Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Había visto esa foto incontables veces. Y antes le encantaba lo que veía.

Dos chicas. Mejores amigas. Familia elegida hasta el punto de parecerse incluso físicamente.

Pero ahora veía otra cosa. Veía a un hombre entrando en su apartamento y encontrándose a Rachel con el pelo suelto y la sudadera de Ariel puesta.

Había matado a la persona equivocada.

Ariel se quedó paralizada, mirando la pantalla mucho después de que la foto desapareciera y surgiera la siguiente. Y luego la siguiente.

Notaba a Caleb observándola. Esperando. Dándole tiempo y espacio para asimilar lo que él ya había deducido. Dejándola llegar a la misma conclusión sin presionar.

—Pensó que era yo —dijo al fin.

Caleb mantuvo la mirada firme en su cara.

—Sí. Es lo único que tiene sentido. No hemos podido relacionar a Rachel con la capilla, así que ¿por qué iba Martin a matarla?

Cuando Ariel se levantó de un salto y giró para alejarse, él la agarró del codo, se puso en pie y la atrajo contra su cuerpo.

—Eso no significa que sea culpa tuya —dijo sin más, con los ojos casi verdes bajo la luz tenue—. La culpa es suya. Suya y de su Dios.

Ella negó con la cabeza. Lo apartó.

—No puedo… Necesito…

Esta vez sí cruzó la cocina hasta el fregadero. Le dio la espalda. Cuando habló, la voz le sonó baja y áspera.

—No puedo dejar que esto me afecte ahora mismo. Tengo que mantener la concentración. Tengo que encontrar a ese cabrón.

—¿Por qué esperó Martin casi treinta años para ir a por ti? —preguntó Caleb.

Ella se volvió de nuevo hacia él, con la expresión cuidadosamente neutra y los hombros tensos.

—Supongo que antes no podía encontrarme. No sé muy bien cómo me ha encontrado ahora. No tengo presencia en internet.

—Pero eres fotoperiodista. Y tu trabajo acaba en internet, ¿no?

—Mi cara no. No la pongo en redes sociales ni en la web de ninguna publicación. Siempre lo he hecho así. Y ahora sabemos que además me cambiaron el nombre.

Hizo una pausa. Parpadeó.

—Alguna parte de mí debía de saber que era peligroso. Nunca me lo cuestioné. Solo pensaba que me gustaba mi privacidad.

Caleb ya estaba deslizando el dedo por el móvil. Menos de diez segundos después, giró la pantalla hacia ella.

Mostraba la página de una exposición de su trabajo fotográfico.

Estaba programada para la semana siguiente al asesinato de Rachel.

Había sido Rachel quien la organizó, porque a Ariel le daba pereza hacerse autopromoción.

En lo alto de la página, por encima de los datos de la exposición, ahora tapados por un cartel de CANCELADA, estaba su fotografía.

En ella, Ariel llevaba el pelo suelto. Sonreía. La luz sobre su cara era dorada. Era una foto espontánea. No tenía nada de posado ni de formal.

A Ariel se le encogió el estómago. El corazón le latía con fuerza en los oídos.

—Rachel debió de dársela —dijo con una voz que sonaba débil y metálica—. Es una que me hizo en el parque justo después de adoptar a Cosmo.

—¿Cuándo crees que se publicó en internet? —preguntó Caleb.

—Ni idea. El anuncio se publicó un mes más o menos antes de la fecha de la exposición, pero sin foto. Debió de subirla…

Ariel tragó saliva. Apartó la vista.

—Seguramente fue justo antes de morir. Recuerdo que dijo algo de construir mi marca.

Ariel apoyó las palmas sobre la mesa. Los ojos en carne viva de dolor. Tomó aire. Lo soltó despacio.

Luego se dio la vuelta y fue hasta la encimera. Cogió la botella de Jack Daniel's y se sirvió dos dedos en un vaso. No se molestó con la Coca-Cola. Se lo bebió de un trago y sintió el ardor hasta el centro mismo del cuerpo.

—Es hora de ponerse a trabajar —dijo.

—Vale. Pero ¿qué vamos a hacer?

—Está aquí. En Bellevoix o cerca. Marisa lo vio en el supermercado. Estuvo delante del Riverview Inn. Los dos lo hemos visto en la capilla.

Llenó el vaso con agua del grifo y dio un sorbo.

—Tiene que estar alojado en algún sitio. Un motel. Un Airbnb.

Volvió con paso firme a la mesa y al portátil.

Abrió un buscador y empezó a elaborar una lista.

Todos los moteles, hostales de carretera, posadas, hoteles y casas de huéspedes.

Luego fue a la web de Airbnb y encontró unos cuantos más.

La lista era larga, pero no exhaustiva. Bellevoix no era una gran ciudad.

Cuando la lista quedó lo más completa que pudo, mandó una copia al correo de Caleb.

—Yo me ocupo de la columna de la izquierda y tú de la derecha.

Empezaron a llamar.

Ariel fue bajando por su lista de forma metódica, haciendo las llamadas en frío como había hecho con Rachel miles de veces para miles de reportajes. Las mantenía breves y al grano. Su tono era educado pero directo. Gracias por su tiempo. Siguiente llamada.

Caleb se había trasladado al salón con un bolígrafo y un bloc de papel. Cosmo se tumbó en el suelo, a medio camino entre los dos, dormitando de vez en cuando pero sin perder de vista a ninguno de los miembros de su manada.

Fuera, la luz empezó a cambiar. Los débiles rayos del sol se colaron oblicuos por el suelo de la cocina, luego se desvanecieron y al final desaparecieron.

En algún momento, Caleb pasó para dejar salir a Cosmo.

Lo volvió a meter. Llenó el cuenco de comida.

Esta vez el perro se lo comió todo mientras la habitación se oscurecía a su alrededor.

Por fin, Ariel tachó el último nombre de su lista y dejó el teléfono. Se reclinó en la silla y se frotó los ojos. Gruñó. Caleb no tardó en reaparecer, negando con la cabeza.

—Yo tampoco. Pero había que intentarlo —dijo ella.

—Eso no quiere decir que no se aloje aquí —dijo Caleb.

—Ya. Pero ¿cómo lo encontramos?

Caleb se encogió de hombros, se agachó y pasó la mano por el lomo de Cosmo mientras el perro lo miraba con adoración. Ariel tragó saliva una vez. Desvió la mirada.

—Vale. De momento estamos pinchando en hueso con la búsqueda física.

Hizo una pausa y le brotó una mancha de color en cada mejilla.

—No me puedo creer que esté sugiriendo esto siquiera, pero ¿y si probamos por otro lado? Algo más del rollo esotérico.

Caleb se la quedó mirando.

—¿En nuestros sueños, quieres decir?

Ella soltó el aire. Asintió despacio.

—Sí.