Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Compraron unos wraps en un drive-through a las afueras del pueblo.

Caleb había insistido y Ariel no había discutido.

La comida era lo último en lo que pensaba, pero la tarde estaba ya muy avanzada y no se había alimentado más que de whisky con Coca-Cola y unas tostadas.

El latido irregular del corazón y el temblor de las manos eran prueba de que no había sido la decisión más inteligente.

Cuando volvieron a casa de Caleb, ella fue directa a la mesa y al portátil. Arrancó el aparato. Caleb sacó la comida y le dejó la suya junto al codo. Abrió el envoltorio y señaló con el dedo.

—Come o me veré obligado a confiscarte todos los aparatos electrónicos —dijo con fingida severidad.

—Esto es acoso en toda regla.

Le dio un buen bocado al wrap. Empezó a masticar con furia.

—¿Contento? —masculló.

—Estaré contento cuando vea que la comida ha desaparecido. Pero es un buen comienzo.

Ariel, sin dejar de masticar, tecleó Pastor Martin Kersley en la barra de búsqueda.

Los resultados fueron escasos, para su decepción. No tenía presencia en redes sociales. No parecía estar afiliado a ninguna iglesia en la actualidad. Pero donde los individuos no dejaban huella digital, las organizaciones sí.

Encontró un certificado de ordenación registrado ante una confesión pentecostal del sur, en Baton Rouge.

La fecha era junio de 1990. Martin Aaron Kersley, veintidós años.

Tomó nota de la confesión. Pentecostal. Tenía sentido, dado lo que Marisa les había contado sobre su intensidad y su convicción.

La forma en que había hablado de los dones espirituales.

Tirando más del hilo, volvió a dar con él en una iglesia llamada Grace Fellowship Tabernacle, a unos dieciséis kilómetros al oeste de Bellevoix. Allí había sido pastor adjunto, a las órdenes de un pastor titular llamado John Earnsly.

Grace Fellowship existía. Apenas. Su página web no se actualizaba desde hacía cinco años, pero celebraban oficios los domingos y tenían un grupo de estudio bíblico los miércoles por la noche.

Siguió buscando. Encontró una segunda iglesia, Cathedral of Praise, en Baton Rouge. Ya no existía, así que volvió a Grace Fellowship.

Caleb estaba sentado enfrente. Había terminado su wrap y picoteaba las últimas patatas fritas mientras la veía trabajar. Agradecía, más de lo que podría expresar con palabras, que no interrumpiera su concentración acribillándola a preguntas.

—He encontrado una iglesia donde fue pastor adjunto antes de la Capilla de la Nueva Luz —dijo—. Grace Fellowship Tabernacle. Había un pastor titular, el pastor John Earnsly. Si sigue vivo, quizá sepa algo.

Caleb cogió otra patata frita y la apuntó con ella.

—Pues llámalo ya.

Marcó el número. Lo puso en altavoz. Una mujer contestó al sexto tono. La voz sonaba mayor. Cautelosa.

—Grace Fellowship. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, me llamo Ariel Winters. Quería localizar al pastor John Earnsly. Tengo entendido que fue el pastor titular a principios de los noventa.

—El pastor John lleva casi quince años jubilado. Ya no ejerce el ministerio.

—No pasa nada, porque busco información sobre un antiguo miembro del equipo. El pastor Martin Kersley.

Hubo varios segundos de silencio antes de que respondiera.

—¿Puedo preguntar de qué se trata?

Ariel había estado sopesando cómo abordarlo, pero, ahora que llegaba el momento de la verdad, se fió de su instinto.

—De niña participé en el programa de la Capilla de la Nueva Luz, en Bellevoix. Martin Kersley era una de las personas que lo dirigían. Estoy intentando encontrarlo.

Otra pausa. Luego la mujer dijo:

—Le daré el número del pastor John. Creo que querrá hablar con usted.

Ariel lo anotó, dio las gracias a la mujer y colgó. Lanzó una mirada triunfal a Caleb y volvió a marcar.

La voz que respondió era grave y tenía dejes de Luisiana.

—Soy John Earnsly.

—Pastor John, me llamo Ariel Winters. Una mujer muy amable de Grace Fellowship me ha dado su número. Le llamo por Martin Kersley.

Oyó el crujido de una silla y luego un largo suspiro.

—¿Está bien?

—Que sepamos, sí.

Miró a Caleb.

—Estoy con un amigo, Caleb Hart. Los dos fuimos niños del programa de la Capilla de la Nueva Luz.

—Hola, pastor John. Gracias por hablar con nosotros. Estamos intentando localizar a Martin —dijo Caleb.

—Yo también lo he estado buscando —dijo el pastor John. Se le había espesado la voz—. Hace seis semanas ya. Casi siete. Vino a verme y después desapareció.

Caleb se inclinó hacia delante, pero Ariel levantó una mano. Déjame a mí.

—¿Puede contarnos cómo fue esa visita? —preguntó.

El pastor John se quedó callado un momento. Quizá tratando de recomponerse. Quizá decidiendo cuánto contar. Probablemente ambas cosas.

—Martin fue uno de los mejores ministros jóvenes que formé en mi vida —dijo—. El muchacho tenía una vocación auténtica. Sentía la presencia de Dios con la misma facilidad con que respiraba. No era algo impostado ni una actuación. Era genuino.

—Pero luego dejó Grace Fellowship —dijo Ariel.

—Así es. En mil novecientos noventa y dos, o por ahí.

Animamos a nuestros pastores a expandirse a otros ministerios, a desplegar las alas.

La Capilla de la Nueva Luz no era… de nuestra confesión.

Era interconfesional, algo poco habitual.

Martin aseguraba que hacían un trabajo que nadie más podía hacer.

Un trabajo importante. Intenté hacerle entrar en razón, pero estaba empeñado en ese camino.

Me dijo que aquella capilla nueva estaba logrando grandes avances para conectar con el Poder Divino.

La silla del pastor John volvió a crujir.

—Salvo por algunas llamadas a lo largo de los años, le perdí la pista a partir de entonces. Después del incendio intenté ponerme en contacto, pero todos los números estaban fuera de servicio.

—Hasta hace seis semanas —apuntó Ariel.

—Sí. El 5 de septiembre. Me llamó tarde, la noche anterior. Dijo que necesitaba verme y se presentó por la mañana, justo al amanecer.

Ya se le oía la respiración.

—Parecía un hombre que llevaba días sin dormir ni comer. Pero no estaba débil; al contrario. Estaba lleno de energía. Hablaba deprisa. Obsesionado con Abraham e Isaac.

Ariel notó que Caleb se ponía rígido. Vio cómo abría mucho los ojos.

—Martin hablaba de la obediencia —continuó el pastor John—.

De cómo los mandatos de Dios a veces pueden parecer crueldad vistos desde fuera, pero son verdaderos y justos vistos desde dentro.

De cómo los profetas fueron rechazados e incomprendidos incluso cuando hacían lo que Dios exigía.

Y aun así el mundo no lo aprobaba. Repetía una y otra vez que lo importante era mantener la certeza de que la mano de Dios te guiaba, aunque después sintieras dudas. La duda era el enemigo.

—¿Qué le dijo usted? —preguntó Ariel.

La voz se le mantuvo firme, aunque la mano se le aferraba al borde de la mesa.

—Le dije que, si me estaba pidiendo que lo absolviera de algo terrible porque creía que Dios lo quería, ya conocía mi respuesta.

—¿Dijo lo que había hecho? —preguntó Caleb.

—No dijo nada —respondió el pastor John con un suspiro—. Se quedó ahí sentado, completamente inmóvil, como si le hubieran cortado la corriente. Luego se levantó y se marchó. Ni siquiera se despidió. Desde entonces rezo por él todos los días. He preguntado por ahí, pero nadie sabe nada de él.

—Pastor John, ¿cree usted que Martin sería capaz de hacerle daño a alguien? —preguntó Ariel.

Contuvo la respiración mientras esperaba la respuesta.

—¿El Martin que yo formé? En absoluto.

Hizo una pausa.

—Pero ¿el Martin que se sentó frente a mí hace seis semanas?

Aquel hombre creía que Dios le había pedido que hiciera algo…

algo monstruoso, y trataba de convencerse de que era sagrado.

Un hombre en ese estado ya no es capaz de distinguir el bien del mal.

No si piensa que sus actos cuentan con la aprobación de un poder superior.

Ariel cerró los ojos y, durante un brevísimo instante, vio la imagen de un hombre con ropa oscura y una gorra de béisbol en el pasillo, frente a su apartamento de Chicago. Al alejarse, se limpió la sangre de las manos con un trapo.

Dio un respingo. Bajó la vista hacia la mano de Caleb sobre su brazo. Luego la alzó hacia sus ojos color avellana, llenos de preocupación.

—Gracias, pastor John —dijo Caleb, con la mano aún en torno a la muñeca de ella—. Si Martin se pone en contacto con usted, llámenos, por favor. Es importante.

—Le prometo que lo haré. Que Dios los bendiga.

Cuando Ariel tocó la pantalla para colgar, la mano de Caleb le dio un apretón suave y la soltó.

—¿Qué ha pasado al final? Te has quedado pálida.

—He visto algo. No tengo ni idea de si era real.

Soltó el aire y se rodeó con los brazos.

—Solo un destello del hombre de la gorra de béisbol saliendo de mi apartamento y limpiándose la sangre.

—Por lo que ha dicho el pastor John, Martin pudo matar a Rachel creyendo que Dios se lo había ordenado —dijo Caleb.

—Y después, no lo tenía claro —dijo Ariel.

—Pero debió de recuperar la fe, porque fue y mató también a sor Gayle.

Ariel no contestó. La mente le daba vueltas mientras la mirada seguía fija en la pantalla del portátil. Había saltado el salvapantallas, que iba pasando por su biblioteca de fotos. Apenas lo percibió.

Cuando pasó a la siguiente foto de la secuencia, a Caleb se le cortó la respiración. Se inclinó hacia delante y estudió la pantalla.

—Con el pelo largo, en esta foto tú y Rachel podríais pasar por gemelas —dijo en voz baja.

Su atención se clavó en el portátil. En la imagen aparecían ella y Rachel, con las caras juntas para un selfie.

Se tocaban los pómulos y las dos reían. El pelo de Rachel estaba suelto y se enredaba con el de Ariel, del mismo tono rubio.

De la misma longitud. La estructura ósea también era parecida.

Salvo los ojos. Los de Rachel eran de un azul intenso; los de Ariel, de un gris ahumado.