Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Caleb puso el teléfono en altavoz.

—Gracias por llamar. Mi madre me ha dicho que usted trabajó en la Capilla de la Nueva Luz.

Silencio. Duró tanto que Caleb pensó que quizá había colgado. Cuando la voz de Marisa volvió a oírse, sonaba cauta.

—Si pregunta por el incendio, aquella noche no llegué hasta mucho después de que empezara. No sé qué pasó —dijo.

—Lo entiendo —dijo Caleb—. Pero me interesa más lo de antes del incendio. El programa en sí. La gente que trabajaba allí. Nos vendría muy bien poder vernos.

—Aquella noche fue trágica. Todavía pienso en ella a veces. Esos pobres críos atrapados en el sótano. —Hizo una pausa. Exhaló—. La verdad es que he intentado dejarlo en el pasado, ¿sabe?

—Pero ha respondido a mi mensaje, así que alguna parte de usted tiene que sentir curiosidad y estar dispuesta a hablar.

—¿Por qué ahora? ¿Después de tanto tiempo?

—Porque hay gente muriendo. Otra vez. Y creemos que está relacionado con la capilla. Tenemos información nueva, y usted podría estar en peligro.

—¿Qué? —La voz de Marisa subió de tono—. ¿Cómo que en peligro?

—No podemos hablarlo por teléfono —dijo Caleb—. ¿Podríamos vernos? En algún sitio público. Un lugar seguro. En su casa no. No queremos que nadie nos siga hasta usted.

Marisa no respondió enseguida. Caleb casi podía oírla pensar mientras sopesaba y decidía.

Por fin, dijo:

—La biblioteca. La sede central de la calle Chartres. Hay una sala de lectura en la segunda planta. Allí habrá tranquilidad.

—¿Cuándo? —preguntó él.

—Deme media hora.

—De acuerdo —dijo Caleb—. Marisa… tenga cuidado. Esté atenta por si alguien la sigue.

—Me está asustando.

—Lo siento —dijo Caleb—. Pero necesita estar asustada. Solo de momento. Solo hasta que aclaremos esto.

Marisa colgó.

Caleb y Ariel se quedaron un momento en silencio, mirando el teléfono.

Luego Ariel dijo:

—¿Crees que vendrá?

—No lo sé.

Caleb aparcó a una manzana de la biblioteca, pensando que era una pequeña medida para reducir el riesgo por si los seguían.

Caminaron en silencio, con Cosmo trotando entre ellos.

El aire estaba denso y pesado. Esa clase de tiempo que lo amortiguaba todo y hacía que el mundo pareciera aislado del exterior.

Dentro, la biblioteca estaba en calma. Había unas cuantas personas repartidas por las mesas de la planta principal. Una bibliotecaria del mostrador de préstamos levantó la vista y, al ver que no se acercaban, volvió a su ordenador.

Con Cosmo metido dentro de la sudadera con capucha, Ariel se dirigió hacia las escaleras sin vacilar. Caleb la siguió.

La segunda planta era más pequeña. Hileras de libros de consulta. Unos cuantos cubículos de estudio. Ariel los condujo hasta el fondo, donde la sala de lectura tenía ventanales altos que daban al aparcamiento de atrás.

—Buenas líneas de visión —dijo Caleb en voz baja cuando cruzó hasta la ventana y miró afuera.

Ariel dejó al perro en el suelo y luego se asomó junto a Caleb.

—¿Crees que nos han seguido?

—No lo sé. —Volvió a escudriñar el aparcamiento—. No he visto a nadie. Pero eso no significa que no haya alguien ahí fuera.

Ariel asintió. Sacó el móvil y miró la hora. Habían pasado treinta y tres minutos desde la llamada. Cosmo, ya todo un veterano de biblioteca, se acomodó entre sus pies mientras ellos permanecían de pie junto a la ventana.

La bruma se espesó. La luz se volvió más tenue. Y Caleb no lograba quitarse de encima la sensación de que los vigilaban.

Pasaron otros cinco minutos antes de que un coche entrara en el aparcamiento. Era un todoterreno azul oscuro, de los antiguos.

La mano de Caleb se aferró al alféizar.

El coche aparcó cerca de la entrada. La puerta del conductor se abrió y bajó una mujer.

Era de mediana edad, con el pelo castaño apagado recogido en una coleta, y vestía vaqueros y una camisa de franela verde.

Echó un vistazo prudente a su alrededor, luego cerró el coche con llave y se encaminó hacia la entrada de la biblioteca.

—Tiene que ser ella —dijo Ariel.

Caleb asintió, pero todavía no se movió de la ventana.

Ariel le tocó el brazo.

—Caleb.

Él se volvió y ella lo miraba, con expresión serena y tranquila.

—Estamos bien —dijo.

Caleb asintió, pero no se lo creía. Al menos, no todavía. Así que se quedó junto a la ventana incluso después de que Marisa apareciera en lo alto de las escaleras.

Marisa tenía un porte alto y erguido, y una cara cuadrada con la nariz pequeña y respingona. Sus ojos saltaron de uno a otro, luego a Cosmo, que estaba sentado tranquilamente a sus pies.

—Marisa —dijo Caleb. Mantuvo un tono cálido—. Gracias por venir.

Ella asintió y luego su expresión se suavizó un poco al mirarlo.

—El Caleb de Josie.

—Sí. Y esta es Ariel Winters. Ella también fue una de los niños del programa de la capilla.

—Encantada —dijo Marisa, y luego soltó una risita—. ¿Queda raro decir eso, dadas las circunstancias?

Ariel sonrió.

—En absoluto. Y es un placer conocerla.

Caleb señaló la mesa más cercana a la ventana. Marisa se sentó. No se relajó. Había escogido una posición desde la que podía salir corriendo si lo necesitaba. Caleb acercó su silla a la ventana y se sentó, con la mirada saltando de vez en cuando al aparcamiento.

Marisa se dio cuenta al instante.

—Está vigilando por si viene alguien —dijo—. Si le tranquiliza, no he venido directa hasta aquí. He dado dos vueltas.

Caleb volvió a centrarse en ella y asintió con aprobación.

—Bien hecho.

—Ha dicho que hay gente muriendo —dijo ella.

—La hay —dijo Ariel.

A Marisa se le tensó la mandíbula.

—¿Y creen que está relacionado con la capilla?

—Así es.

—¿Por qué?

Caleb y Ariel cruzaron una mirada. Luego Caleb dijo:

—Ayer hablamos con Gayle Delacroix.

La expresión de Marisa reflejó sorpresa.

—¿Gayle? ¿Sigue viva?

—Lo estaba —dijo Ariel—. Ya no.

A Marisa se le fue el color de la cara.

—¿Qué?

—Murió apenas unas horas después de hablar con nosotros —dijo Caleb con suavidad.

Marisa se los quedó mirando. Juntó las manos casi como si estuviera rezando.

—¿Cómo?

—Monóxido de carbono, pero la policía lo está investigando.

—Gayle era… era buena persona. Dedicó su vida a esos niños.

—Eso es lo que nos dice todo el mundo —dijo Ariel con cautela.

Marisa lanzaba miradas rápidas de uno a otro.

—¿Creen que alguien está… qué? ¿Borrando las huellas? ¿Silenciando a la gente? El incendio se declaró accidental. No hay nada que limpiar. Y menos después de tanto tiempo.

—No sabemos qué está pasando —admitió Caleb—. Pero cada vez que hurgamos en lo de la capilla, algo se mueve.

Marisa guardó silencio un momento.

—La Capilla de la Nueva Luz ayudaba a los niños. —Los miró a los dos—. Sé cómo terminó. El incendio fue espantoso. Traumático. Pero el trabajo que hacíamos antes de eso… era un buen trabajo.

Caleb reparó en que aquello era, en el fondo, un eco de lo que había dicho su madre la primera vez que le preguntaron.

Ariel se inclinó hacia delante en la silla.

—Seguro que sí. ¿Cuál era su papel allí? Si no le importa, cuéntenos qué hacía usted en el día a día.

Marisa exhaló.

—Las comidas. Las actividades. Las manualidades. Mantener a los niños entretenidos entre sesión y sesión. No formaba parte del personal sanitario. Tampoco del religioso. Yo trabajaba arriba durante el turno de día.

—¿Y los tratamientos? —preguntó Ariel.

—No conozco los detalles médicos —dijo Marisa—. Yo no bajaba al sótano. No me dejaban.

Caleb se removió.

—Pero sabía que allí pasaban cosas médicas. Entonces cuéntenos qué notaba.

Marisa frunció el ceño.

—¿Notar el qué?

—Cualquier cosa fuera de lo común —dijo Ariel—. Sobre cómo se comportaban los niños. O qué pasaba en relación con esos tratamientos.

Marisa se quedó callada. Pensando.

—Los niños estaban adormilados a veces —dijo—. Más de lo que yo habría esperado. Incluso teniendo en cuenta la terapia del sueño. Volvían de las sesiones y parecían desorientados. Como si los hubieran sacado de un trance.

—¿Con qué frecuencia? —preguntó Caleb.

—Unas cuantas veces por semana. Dependía de su horario. —A Marisa se le arrugó la frente—. Una vez pregunté por ello. Gayle me dijo que era normal. Que los tratamientos incluían técnicas de relajación profunda, y que a los niños les costaba un rato despertarse del todo.

Caleb le sostuvo la mirada.

—Y usted la creyó.

—En aquel momento, sí. —Marisa tragó saliva—. A mí me pareció razonable.

—¿Quién los llevaba físicamente? —preguntó él—. Desde las zonas comunes.

—Normalmente Gayle. A veces Theo o Martin.

—¿Y había un médico en el centro? —preguntó Caleb.

Marisa apretó la boca.

—La Doctora.

—¿Los niños la llamaban así? —preguntó Ariel.

—Sí. Creo que nunca llegué a oír su nombre real.

—Marisa esbozó una sonrisa leve e incómoda—.

No era cálida. Educada, sí. Pero también distante.

Como si no tuviera el instinto adecuado para tratar con niños ni con personas…

en general. Supongo que se sentía más a gusto en el laboratorio, con sus aparatos.

—¿Los niños hablaban alguna vez de lo que pasaba ahí abajo? —preguntó Ariel con delicadeza.

—La verdad es que no. Solían estar demasiado atontados. —Los ojos de Marisa se desviaron hacia la ventana—. Algunos decían que las sesiones eran como sueños. Deslavazadas. Difíciles de retener. Eran todos muy pequeños.

A su lado, Ariel se puso rígida. Él sintió la misma tensión en su propio cuerpo.

Caleb buscó los ojos de Marisa.

—¿Llegó a preguntarse alguna vez si era algo más que terapia?

Marisa se mordió el labio inferior.

—¿Creen que estaban haciendo daño a los niños?

—No lo sabemos —dijo Ariel—. Pero nosotros estuvimos allí. Y no recordamos qué nos pasó.

Marisa se los quedó mirando.

—¿No lo recuerdan?

—No —dijo Caleb—. Tenemos fragmentos. Sensaciones. Pero ningún recuerdo claro de los tratamientos.

La respiración de Marisa se aceleró.

—Pero… si no lo recuerdan, ¿cómo saben que pasó algo malo?

Ariel no se inmutó.

—Porque la gente relacionada con la capilla no deja de morir. Empezó con mi compañera de piso hace seis semanas. La asesinaron en nuestro apartamento de Chicago. Aquella noche vieron a un hombre vinculado a la capilla delante del edificio.

El silencio se alargó.

Marisa miró por la ventana. La luz apagada y la calle tranquila más allá del aparcamiento.

—Si algo horrible estaba pasando en aquel sótano, les juro que yo no lo sabía —susurró.

—La creemos —dijo Caleb.

—Entonces, ¿qué quieren de mí? —preguntó Marisa, secándose los ojos con el dorso de la mano.

—Lo que observara de la gente que trabajaba allí —dijo Caleb.

—Háblenos de Theo y de Martin —dijo Ariel.

Los hombros de Marisa cedieron un poco.

—Theo era amable. Hacía que los niños se sintieran seguros y queridos.

—¿Y Martin? —preguntó Caleb.

Marisa titubeó.

—Martin era… intenso. Un verdadero fanático de la Biblia. Hablaba de los niños y del programa como si fuera su misión sagrada personal.

—¿Qué cree que quería decir con eso? —preguntó Ariel.

—Decía que los niños eran puros. Que estaban más cerca de Dios. —Marisa tragó saliva—. Que lo que hacíamos no lo entendería la mayoría de la gente, pero que era importante. La siguiente etapa en el viaje espiritual del hombre.

A Caleb no se le escapó la forma en que los dedos de Ariel se tensaron sobre la mesa.

—¿Y la Doctora? —preguntó Ariel—. ¿Llegó a verla a ella y a Martin juntos?

Marisa se inclinó hacia delante en la silla. Asintió despacio.

—Hay una cosa. No creí que tuviera importancia. Pero ahora…

Caleb se giró hacia ella.

—¿Qué?

—Una semana antes del incendio, más o menos, vi a Martin y a la Doctora discutiendo en el pasillo, delante del sótano. No oía lo que decían, pero Martin estaba enfadado. Muy enfadado. Y la Doctora se limitaba a estar ahí plantada, tan tranquila, como si le diera igual.

—¿Y qué hay de otros hombres que trabajaran en la capilla, aparte de Martin y Theo? —preguntó Ariel.

—Había uno. Solo vino unas pocas veces. Creo que era importante.

Se notaba por cómo actuaban todos a su alrededor.

Saludaba a los niños con la mano o a veces les llevaba juguetes, pero luego se iba directo al sótano.

No hablaba con ninguno del personal, salvo con Gayle. Lo siento… no recuerdo su nombre.

Ariel sacó el móvil y deslizó hasta las fotos del hombre de la gorra de béisbol.

—¿Reconoce a este hombre? ¿Podría ser Theo o Martin? ¿O quizá el hombre misterioso e importante?

Marisa cogió el teléfono, estudió la imagen durante unos segundos, giró la pantalla hacia un lado y hacia otro y luego exhaló.

—No es el capellán Theo. Él es rubio, y este hombre parece tener el pelo más oscuro. Apenas me acuerdo del aspecto del hombre misterioso, y solo lo vi unas pocas veces hace casi treinta años. —Tomó aire y dirigió la mirada a Ariel—. Podría ser el pastor Martin, pero no estoy segura.

Volvió a bajar la vista a la pantalla, abrió la boca y luego la cerró de nuevo, y le devolvió el teléfono a Ariel.

—¿Qué? ¿Se ha acordado de algo más? —preguntó Caleb.

—Es solo que… creo que vi a este hombre en el supermercado hace unos días. Le sonreí, como haces cuando alguien te resulta familiar pero no sabes de qué. —Se encogió de hombros—. Él se dio la vuelta. Dejó la cesta y salió de la tienda.

Caleb se echó hacia atrás. Intuyó que, por ahora, habían exprimido a Marisa a fondo.

—Gracias. Esto ayuda.

Marisa se levantó.

—Debería irme.

—Nosotros esperaremos aquí —dijo Caleb—. Para darte algo de ventaja. Por si acaso.

Marisa asintió. Los miró a los dos.

—Espero que encontréis la verdad —dijo—. Y espero que os dé paz.

Luego se dio la vuelta y se encaminó hacia las escaleras. Cuando llegó al aparcamiento, Marisa miró por encima del hombro dos veces antes de subirse al coche y marcharse.