Capítulo 28 #3
Encima había un folleto con el encabezado: CAPILLA DE LA NUEVA LUZ – PROGRAMAS COMUNITARIOS PARA FAMILIAS Y NIÑOS. Debajo, el dibujo de un sol con los rayos extendiéndose hacia fuera y las palabras Sanación a través de la Fe, la Ciencia y el Servicio.
Era de esas cosas que se repartían en un mostrador de bienvenida o se metían en un boletín parroquial.
Un segundo folleto se titulaba: TALLER DE RESILIENCIA INFANTIL – MARTES Y JUEVES. 15:00. Seguía una lista de actividades. Arteterapia. Relajación guiada. La hora del cuento.
Dos recortes de periódico, amarillentos y quebradizos, de The Bellevoix Tribune. Caleb los reconoció. Él y Ariel habían leído los mismos artículos en microfichas en la biblioteca. El incendio. Las muertes. La versión oficial.
Lo último era un boletín. Una sola hoja, doblada en tres.
THE NEW LIGHT QUARTERLY. INVIERNO DE 1996.
Estaba impreso en papel color crema con una orla de crucecitas.
Dentro había un mensaje de la dirección de la capilla, un horario de los próximos oficios y una lista de eventos comunitarios.
A media altura del segundo panel había un directorio del personal.
Josie desdobló el boletín con manos temblorosas y lo mantuvo plano sobre la mesa. Su dedo índice se deslizó por la lista del directorio.
Capellán Theo Harris – Consejero pastoral
Gayle Delacroix – Coordinadora infantil
Y debajo de eso:
Pastor Martin Kersley – Director espiritual
El dedo de Josie recorrió el nombre.
—Kersley —dijo. La palabra salió en voz baja—. Eso es. No conseguía acordarme cuando me preguntasteis antes. Martin Kersley. —Miró a Caleb—. Era el joven. Daba sermones y pasaba tiempo con los niños. Siempre estaba… —Se detuvo. Frunció el ceño—. Siempre estaba con los niños.
La mirada de Caleb se desplazó a Ariel. Esta contemplaba el boletín con expresión neutra y los brazos cruzados sobre el pecho. Luego exhaló y dejó caer los brazos a los costados. Cuando su mirada se encontró con la de él, Caleb vio alivio y triunfo.
—Martin Kersley —dijo ella con un gesto de asentimiento.
—¿Puedo quedarme con esto? —le preguntó Caleb a su madre.
—Claro. Llévatelo. Todo. —Volvió a meter los papeles en la caja y la empujó hacia él como si estuviera desesperada por quitársela de encima.
—Gracias. Esto ayuda.
—Ojalá tuviera más nombres que daros —dijo Josie.
—Ya es más de lo que teníamos. —Caleb enderezó la caja, ajustó la tapa combada—. Mamá, necesito que me prometas una cosa. Deja la alarma puesta. Mantén las puertas cerradas con llave. Si viene a casa alguien que no conoces, no abras la puerta. Llámame a mí y luego a la policía.
La mano de Larry se cerró sobre la de Josie. Miró a Caleb directamente a los ojos.
—Me aseguraré de ello. Y cancelaré mis trabajos el resto de la semana. Hasta que esto termine.
Caleb notó que se le relajaban un poco los hombros.
—Gracias. Me quedo más tranquilo sabiendo que tú también estarás aquí.
—Tú tienes que prometer algo a cambio —dijo Josie.
—¿El qué?
—Que tendréis cuidado. Los dos. —Sus ojos fueron hacia Ariel—. Sea lo que sea esto, hay gente muerta. Nada vale vuestra vida.
—Tendremos cuidado —dijo Caleb.
Larry los acompañó a la puerta, le dio una palmadita en el brazo a Ariel y luego le estrechó la mano a Caleb.
—Puedes contar conmigo para mantenerla a salvo. —No hubo dramatismo en su manera de decirlo. Solo la afirmación de un hombre que decía lo que pensaba.
Cuando salieron al porche, a su espalda giró primero la cerradura y luego el cerrojo. Caleb sonrió para sus adentros.
Rodeó la camioneta y les abrió la puerta a Ariel y a Cosmo. Cuando volvió y se subió al asiento del conductor, se quedó quieto un momento, con las manos en el volante.
—No le has contado lo de los sueños —dijo Ariel.
—Me pareció que ya era suficiente por un día. Y saber lo de los sueños no la mantiene más segura —respondió.
Ariel se encogió de hombros.
—Cierto. A no ser que ella también esté teniendo sueños.
Caleb se la quedó mirando.
—No pensarás que… —Negó con la cabeza—. No los tiene, o habría dicho algo. Deja de meterte conmigo.
Ella sonrió.
—Perdona. No he podido evitarlo. Eres un blanco facilísimo.
Sentó bien devolverle la sonrisa. Arrancó la camioneta y la sacó despacio por el camino de entrada hasta la calle.
—Con Martin Kersley, ya tenemos seis nombres vinculados a la Capilla de la Nueva Luz —dijo Ariel—. Pero quien mató a Rachel y me siguió era un hombre, ¿no? Así que nuestros sospechosos ahora mismo son el capellán Theo y el pastor Martin.
—Y a Theo no hay forma de localizarlo. —Caleb hizo una pausa—. Además, tenía que haber más de seis personas dirigiendo la capilla. Un médico, por lo menos, y algunos ayudantes. Quizá más gente. Estoy seguro de que hay otro hombre acechando por ahí, en alguna parte.
Ariel frunció los labios. Asintió.
—Ya. Pero de momento trabajamos con lo que tenemos. —Sacó el móvil, tocó la pantalla—. Martin Kersley, ¿dónde narices estás?
Caleb pisó el acelerador y la camioneta dio una sacudida hacia delante.
—Esté donde esté, no me cabe duda de que lo encontrarás.
Sonó un aviso. Ella miró a Caleb. Negó con la cabeza.