Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 28 #2
76%

Capítulo 28 #2

Bajaron y Cosmo trotó por delante de ellos hasta el porche y directo a la puerta principal, como si aquello fuera suyo. Caleb sonrió, su primera sonrisa y quizá la única del día.

Llamó una vez y abrió la puerta. La casa olía como siempre.

A café y a algún tipo de bizcocho. Habría apostado a que hoy tocaba bizcocho de plátano.

La tele estaba puesta a volumen bajo en el salón.

Un programa matinal con presentadores animados que comentaban las últimas tendencias de la temporada de Halloween.

—¿Caleb? —La voz sorprendida de su madre llegó desde la cocina.

Salió al pasillo secándose las manos con un paño de cocina. Llevaba el pelo en su habitual moño bajo y una rebeca rosa sobre una blusa de flores. Unas gafas de leer le colgaban de una cadenita de plata al cuello.

Se le iluminó la cara al verlo. Su mirada se desplazó para abarcar a Ariel y a Cosmo, y la sonrisa se le ensanchó.

—Qué alegría tener visita por la mañana. Pasad. ¿Os pongo un café?

—Gracias, mamá. —Dio un paso adelante y le dio un beso en la mejilla. Le palmeó el hombro.

Ella retrocedió y se puso rígida. Sus ojos le recorrieron la cara.

—¿Qué pasa?

No sabía por qué le sorprendía. Nunca había conseguido ocultarle nada.

—Tenemos que hablar.

Larry apareció desde el salón. Era alto. Enjuto. Rondaba los sesenta y pocos. Tenía unos ojos castaños amables tras unas gafas de montura metálica y vestía una camisa de franela. En una mano llevaba el mando de la tele y en la otra una taza de café con la frase «Rey de todas las cosas».

—Hola, Caleb. —Saludó con la cabeza a Ariel—. Señora.

—Larry, esta es Ariel. Ariel, Larry.

Larry se llevó el mando a la frente en un saludo de broma.

—Encantado. Josie me ha dicho que te pasaste el otro día. Tú y tu perrito.

Se retiraron a la cocina y se sentaron alrededor de la mesa. Josie sirvió café y cortó el bizcocho de plátano —había acertado—, lo puso en un plato y lo dejó sobre la mesa. Llenó un cuenco de agua para Cosmo.

Y, todo ese rato, Caleb reparó en el temblor de los dedos de su madre. En lo forzada que parecía su sonrisa y en la tensión de sus hombros. Ya se estaba preparando para malas noticias.

Caleb se aclaró la garganta.

—Mamá, hay algunas cosas que tienes que saber. Sobre la Capilla de la Nueva Luz. Es mucho.

Las manos de Josie se juntaron frente a ella sobre la mesa; los nudillos se le pusieron blancos. Un gesto habitual en momentos de angustia.

—Te escucho —dijo.

Caleb volvió al principio. Cómo él y Ariel registraron el sótano de la capilla y lo que encontraron. El descubrimiento de que Ariel era una de los niños. La misma niña rubia que Josie recordaba siempre a su lado, cogida de su mano.

Los ojos de Josie fueron hacia Ariel; luego se levantó y rodeó la mesa. Caleb vio a Ariel luchar contra su reacción instintiva de apartarse. Dejó que su madre le tomara la barbilla, se inclinara y le estudiara la cara.

—Debería haberte reconocido antes. Son los ojos. Nunca he visto unos de un gris tan claro. —Le sonrió a Ariel—. Me alegro muchísimo de que no murieras en el incendio. Y de que hayas vuelto a encontrar a Caleb.

Ariel se echó hacia atrás. La mano de Josie cayó.

—Solo que he puesto a tu hijo en peligro. Seguramente habría sido mejor que me mantuviera alejada. Pero antes no lo sabía. No…

—No hagas eso —dijo Caleb—. No es culpa tuya.

Se miraron fijamente. Ariel fue la primera en desviar la vista.

—Hoy es un día feliz —dijo Josie, sonriéndole a Larry al volver a su silla.

—Mamá, hay más —advirtió Caleb—. Alguien ha estado siguiendo a Ariel.

Lo vi cerca de la capilla, y salía en las grabaciones de seguridad delante del apartamento de Ariel en Chicago.

De la noche en que asesinaron a su compañera de piso.

Ayer fuimos a ver a sor Gayle. Le enseñamos la foto del hombre.

Lo reconoció, de eso no hay duda, pero no quiso contarnos nada.

—Ay, madre, ¿cómo está sor Gayle? Habría ido con vosotros de haberlo sabido. Siempre fue muy amable conmigo.

Como Caleb no dijo nada, Ariel sacó el móvil, deslizó hasta la galería de fotos y le ladeó la pantalla a Josie.

—Este es el hombre. ¿Lo reconoces? —Le dio a Josie unos segundos para estudiar la foto y luego pasó a la segunda imagen.

—No. De verdad que no. ¿Por qué pensáis que tiene algo que ver con la Capilla de la Nueva Luz?

—Porque Gayle ha muerto —dijo Ariel sin rodeos—. Y descubrí que mis padres murieron poco después del incendio. Y a este tipo ya lo hemos pillado rondando la capilla al menos tres veces.

Había tenido intención de decírselo con más delicadeza. Pero, al mirar la cara de su madre, se dio cuenta de que la delicadeza no habría hecho que aquello fuera más fácil.

La mano de Josie voló a su garganta. Sus ojos se aferraron a la cara de Caleb.

—Pero si hablasteis con sor Gayle ayer.

Él suspiró.

—Sí. Y murió anoche. La muerte tiene pinta sospechosa.

Larry dejó la taza con un golpe seco.

—¿Qué estáis diciendo exactamente? ¿Creéis que Josie corre peligro?

—¿Por qué iba alguien a querer hacer daño a la gente de la capilla? Hacían tan buen trabajo. Ayudaban a muchísimas familias —dijo Josie, con la cara pálida y las manos de nuevo entrelazadas frente a ella.

Ariel metió la mano en la bandolera y sacó un papel. Lo desdobló con cuidado y lo deslizó por la mesa hacia Josie.

—Puede que hicieran buen trabajo, pero también hacían otra cosa —dijo—. Encontramos esto en el sótano.

Josie miró el papel y luego apartó la vista. Frunció los labios y exhaló una vez por la nariz. Por fin, se puso las gafas de leer y acercó el papel con manos temblorosas.

SOMbrAS DEL SUEÑO PRO—

—duración de la sesión 45 min…

…inducción de ondas theta tras la inicial…

…cohorte pediátrica monitorizada a las…

…respuesta observada en…

…se recomienda ajustar la dosis para los que no responden…

Mientras Josie leía, movía ligeramente los labios, como hacía cuando se concentraba. Sus ojos volvieron al principio de la página; luego levantó la vista y Caleb vio que se le humedecían los ojos.

—Cohorte pediátrica —dijo—. Eso significa niños.

—Sí —respondió Ariel.

—¿Qué les… qué les estaban haciendo? —Una lágrima se escapó y le rodó por la mejilla. Su mirada fue hacia Ariel y luego se clavó en Caleb—. ¿Qué te estaban haciendo a ti?

Nadie habló.

Josie se apretó la mano contra la boca. Sus ojos se fijaron en la página sobre la mesa, en los bordes chamuscados y en el lenguaje clínico sobre niños, dosis y seguimiento. En el sótano de la capilla.

—Debería haberlo sabido. —Se le quebró la voz—. Debería haberlo visto. Yo ayudaba con las manualidades y la hora del juego, y les daba de comer a los niños. Y todo ese tiempo les estaban haciendo algo horrible.

—Mamá. Si apenas estuviste allí —dijo Caleb.

—Josie. —La mano de Larry le frotó el hombro. No miró a Caleb ni a Ariel. Observaba a su pareja con una atención firme y preocupada—. Escúchame. Tú no has hecho esto. No es culpa tuya.

—Y no querían que lo supieras —dijo Ariel.

Todos se volvieron hacia ella.

—Los sitios como este están diseñados para ocultar lo que son —dijo Ariel—.

La cara pública está cuidadosamente construida, y es tremendamente convincente.

Los programas de duelo, las actividades infantiles, los servicios comunitarios eran todos reales.

Pero también eran una tapadera. Y tú viste exactamente lo que querían que vieras.

Si hubieras estado allí más tiempo, quizá habrías descubierto más. O quizá no.

Josie se la quedó mirando. Las lágrimas le corrían por las mejillas y le goteaban de la barbilla. No se las secó.

—Los niños —dijo—. Los que murieron en el incendio. ¿Formaban parte del programa secreto?

—Eso creemos —dijo Caleb.

Josie cerró los ojos. La mano de Larry siguió en su hombro.

El reloj de la cocina hacía tictac. Cosmo se acercó con pasos silenciosos al cuenco de agua y bebió.

Volvió a la mesa y se sentó a los pies de Josie, mirándola desde abajo con la cabeza ladeada, sus sentidos sintonizados con el humano que más lo necesitaba.

Cuando Josie abrió los ojos, Caleb vio que algo había cambiado. El dolor en carne viva seguía asomando, pero por debajo hervía la rabia.

—¿Qué necesitáis de mí? —preguntó.

—Información, sobre todo. Nombres de la gente que dirigía el programa. No hemos conseguido localizar al capellán Theo ni a Marisa. ¿Y el otro predicador? Solo sabemos su nombre de pila —dijo Ariel.

Josie se apartó de la mesa.

—Esperad aquí.

Caleb oyó sus pasos avanzar por el pasillo, pasar el baño, hasta el cuartito del fondo de la casa que hacía las veces de habitación de invitados y trastero. Se abrió la puerta de un armario. Algo se movió en un estante… el sonido de cajas al cambiarlas de sitio.

Larry miró a Caleb.

—¿Qué va a buscar?

—Ni idea.

Josie volvió con una caja de zapatos. Estaba polvorienta, con la tapa algo combada. La dejó sobre la mesa y permaneció de pie junto a la caja, inclinada sobre ella, con las palmas apoyadas sobre la tapa.

—Guardé esto. Forma parte de dónde vienes —le dijo a Caleb.

Levantó la tapa. Dentro, el contenido era escaso pero estaba pulcramente ordenado.