Capítulo 28
—Gayle ha muerto —repitió Ariel.
Caleb se la quedó mirando, sin parpadear.
Al cabo de unos segundos, se echó hacia atrás.
Paseó la mirada por la cocina. Unas franjas pálidas se colaban por las persianas y pintaban una cuadrícula en el suelo de baldosas mientras, fuera, pasaba traqueteando un camión de la basura con las marchas rechinando.
En algún sitio, un cortacésped arrancó con un rugido.
Todos los sonidos normales de la vida en un martes normal.
Solo que no era normal. Allí dentro no.
—¿Cuándo? —preguntó.
—En algún momento de la noche. La encontraron esta mañana.
—¿Qué ha pasado?
—Sor Mary no tenía detalles. Dijo que fue inesperado. Gayle murió en su cama.
Caleb sintió que una presión le atenazaba la frente. Echó un vistazo al reloj del horno. Eran las nueve y diez. Ayer por la tarde se habían sentado con Gayle en el jardín de Benedict House. Habían cogido la foto que ella les ofreció y habían prometido tener cuidado. De eso hacía diecisiete horas.
—Tenemos que averiguar qué pasó —dijo.
Ariel ya estaba asintiendo.
—Sí. Hay que hacerlo.
—No de sor Mary. De alguien del personal sanitario.
—¿Tu red de paramédicos?
Cogió el móvil y deslizó hasta la pantalla de contactos.
Encontró a Bruce Hardy. Habían pasado juntos por la academia de bomberos y luego habían trabajado en la estación 7, antes de que Bruce se trasladara a los servicios de emergencias de Baton Rouge cuatro años atrás.
Antes de que el mundo de Caleb implosionara.
No eran íntimos, pero el vínculo estaba ahí.
Algún mensaje de cumpleaños de vez en cuando.
Invitaciones ocasionales a pescar a las que ninguno de los dos daba continuidad.
Bruce contestó al segundo tono.
—Hart. Cuánto tiempo.
—Ya. Perdona, pero necesito un favor. Anoche hubo una muerte en Benedict House, en Baton Rouge. Gayle Delacroix. La encontraron esta mañana en su cama. ¿Puedes mirar si respondieron los tuyos?
—¿Es algo personal?
—Sí.
Bruce, al parecer, captó la urgencia y no hizo preguntas.
—Dame veinte minutos.
Caleb colgó. Dejó el móvil sobre la mesa. Ariel estaba encorvada sobre el portátil. El sonido de sus teclas llenaba la cocina. Ninguno de los dos habló. Bajo la mesa, Cosmo se removió y volvió a tumbarse con un suspiro.
Bruce devolvió la llamada unos minutos después.
—He hablado con uno de los del turno de noche sobre tu monja.
—No era monja de verdad. Solo trabajaba allí.
—Vale. Lo que sea. Los han avisado justo después de las cinco y media de esta mañana.
La han encontrado en la cama y no respondía a ningún estímulo.
Sin pulso. La han declarado muerta allí mismo.
—Bruce hizo una pausa—. Pero aquí está lo retorcido.
Tiene pinta de muerte natural. La mujer rondaba los setenta y cinco, ¿no?
Así que piensan en un infarto o un ictus.
Solo que se han fijado en que la calefacción estaba encendida y la ventana, cerrada.
Han decidido medir el nivel de CO. Estaba alto.
A Caleb se le tensó la mano sobre el móvil.
—¿Cómo de alto?
—Lo suficiente. La oficina del forense le hace la autopsia hoy. Normalmente, cuando una mujer de setenta y tantos muere mientras duerme, cierran el caso rápido. Lo del CO ha hecho que lo miren con más detenimiento.
—¿Y el detector? ¿Había uno en su habitación o cerca, en el pasillo?
—No lo sé, tío. Pregunto por ahí.
—Cuanto antes, mejor.
Bruce hizo una pausa antes de preguntar:
—¿De qué va esto?
—Aún no lo tengo claro. Tú entérate de lo del detector, ¿vale?
—Voy.
Cuando Caleb colgó, se dio cuenta de que Ariel había dejado de teclear y le estudiaba la cara.
—Sospechan de monóxido de carbono —dijo.
Se le marcó una línea entre las cejas.
—¿A propósito?
Se encogió de hombros.
—La lectura de CO era alta. No una barbaridad, pero suficiente para haberla matado. No sé por qué no saltó el detector.
Ariel se puso en pie de un salto. Fue hasta el fregadero y volvió. Tenía los hombros en tensión. Los labios apretados. Cosmo correteó hasta el lado de la mesa de Caleb y se metió debajo de su silla.
—Hablamos con Gayle ayer y ahora está muerta. ¿Y si alguien nos siguió? El asesino de Rachel, por ejemplo. Benedict es un sitio grande y con muy poca seguridad. No sería difícil colarse, trucar la calefacción y apagar el detector de CO. Murió porque hablamos con ella.
—Eso no lo sabemos.
—Sí lo sabemos. —Se giró en redondo para encararlo—. Sabemos que la mataron horas después de que la viéramos. Esas dos cosas tienen que estar relacionadas.
Caleb no discutió. Sobre todo porque la creía. La coincidencia era demasiado perfecta. Gayle, que había guardado sus secretos, su culpa y su silencio durante veintinueve años, estaba muerta justo después de hablar con ellos. Probablemente habían llevado al asesino directo hasta su puerta.
Lo que significaba que alguien los seguía.
—Voy a ponerme en contacto con Bolton —dijo Ariel.
Hizo la llamada y puso el altavoz.
—Buenos días, señorita Winters. Por mi parte no hay novedades.
—No pasa nada, porque yo tengo novedades. ¿Puede hablar?
—Adelante.
Ariel se lo contó. Lo de haber descubierto que era una de los niños de la capilla durante el incendio. La visita a Gayle en Benedict House ayer por la tarde y su muerte durante la noche. La sospecha de intoxicación por monóxido de carbono. Se ciñó a los hechos, sin aportar opiniones.
Luego hizo una pausa. Se aclaró la garganta.
—Hay algo más. He descubierto mi nombre de nacimiento.
Los nombres de mis padres. Murieron en un accidente de coche a las afueras de Chicago, más o menos un mes después del incendio de la capilla.
El artículo mencionaba daños en el parachoques trasero y transferencia de pintura.
Nunca se encontró ningún segundo vehículo.
Me cambiaron el nombre justo antes de que ocurriera.
Hubo silencio al otro lado del teléfono.
—Me está diciendo que cree que a sus padres los asesinaron. ¿Y que ahora han asesinado a esta monja? —dijo Bolton.
—Solo le doy los hechos. El detective es usted.
Más silencio. Caleb oía ruido de fondo. Teléfonos sonando. Voces. Un tecleo irregular.
—Señorita Winters, voy a serle sincero —dijo Bolton—. Tiene que parar.
Ariel alzó la barbilla.
—¿Parar el qué?
—De investigar. De rastrear testigos. De dar vueltas por Luisiana haciendo preguntas sobre un caso que podría implicar varios homicidios.
—Su voz era paciente, con un deje de cansancio.
La que probablemente usaba al dirigirse a los ciudadanos más pesados—.
No está formada para esto. No es policía ni detective privada.
Es una civil que, además, podría ser un objetivo.
Deje esto en manos de los profesionales.
—Entiendo el riesgo.
—Lo dudo. Dígame una cosa. Si alguien ha matado a una mujer de setenta y tantos años en una casa de retiro por haber hablado con usted, ¿qué cree que le harán a usted?
—Le agradezco la preocupación, detective —dijo ella—. Tendré cuidado.
Bolton no respondió de inmediato. Al final, suspiró.
—Está bien. Investigaré la muerte de esa tal Gayle Delacroix. Pero quiero que me envíe toda la información que tenga. La fotografía y los artículos de prensa. El informe del accidente de sus padres. Todo.
—Por supuesto.
—Una última cosa. Tener cuidado no es lo mismo que ser lista. Lo inteligente sería coger un avión y volver a casa.
Colgó.
Caleb mantuvo la vista en el móvil de Ariel. Observó cómo la pantalla acababa apagándose. Luego tomó aire y se volvió hacia ella.
—Necesito ver a mi madre.
Ariel asintió de inmediato.
—Lo sé.
Se pusieron en marcha. Caleb cogió el móvil y las llaves, dejó salir a Cosmo al patio y lo hizo entrar de nuevo. Ariel desapareció en el dormitorio y volvió con la bolsa colgada del hombro. Metió un papel en el compartimento exterior. Se guardó el móvil en el bolsillo.
Cuando Ariel enganchó la correa al collar del perro y lo cogió en brazos, Caleb la siguió afuera.
Cerró la puerta con llave. Probó el picaporte una vez para asegurarse.
Luego se tomó un momento para examinar el jardín delantero, el coche de alquiler de Ariel metido junto a la casa, la calle…
lo escudriñó todo antes de subirse a la camioneta.
Reprimió el miedo e intentó pensar con claridad. Estaba entrenado para esto. Bueno, para esto exactamente no. Pero sí para emergencias. Crisis. Situaciones con peligro y variables desconocidas.
Solo que esto era su madre.
—No sabe nada de lo que pasaba en la capilla —dijo al salir a la carretera.
Ariel lo miró desde el asiento del copiloto. Cosmo estaba encajado entre su muslo y la consola, con las orejas gachas y los ojos alerta.
—Nada de los experimentos ni de lo que era de verdad la capilla. Cree que era un buen sitio. —Encorvó los hombros—. Creía que estaba ayudando a niños.
Ariel se quedó callada un momento.
—¿Cuánto le contamos?
—Lo suficiente para mantenerla a salvo, supongo.
—O sea… todo.
Se dio cuenta de que ella tenía razón. ¿Cómo advertías a alguien de una amenaza que no entendía? Si le decía ten cuidado, alguien peligroso está relacionado con la capilla , su madre asentiría, se preocuparía y cerraría las puertas con llave, pero sin tener ni idea real de contra qué las cerraba.
Se le encogió el estómago.
—Pues todo, entonces —dijo.
Cuando llegaron a la casa, la camioneta de Larry estaba en el camino de entrada. El alivio casi lo dejó sin aliento. Su madre no estaba sola.
Aparcó detrás del Ford y apagó el motor.
Luego se quedó quieto un instante, mirando el pulcro bungaló de una sola planta, con el revestimiento azul claro y las contraventanas blancas.
El porche estaba flanqueado de helechos en macetas, y el carillón de viento —un regalo de Caleb por su último cumpleaños— tintineaba con la brisa suave.
Todo parecía normal y seguro.
—¿Listo? —preguntó Ariel.
—La verdad es que no.
Ella alargó la mano. Le dio una palmadita en el brazo.
—Vamos, machote.