Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Mi madre murió en agosto de 1995. Desenterré su certificado de defunción hace años. El doce de agosto.

Ariel asintió despacio.

—Lo siento.

—Murió antes del incendio de la capilla. Yo ya estaba en el sistema de acogida cuando me llevaron allí. Debía de ser un sitio que tenían fichado para reclutar. Yo era un crío sin familia. Nadie que velara por mí.

El contraste era brutal. Los padres de Ariel debían de haberla llevado a la capilla voluntariamente. Caleb había sido un niño perdido, alguien a quien nadie echaría de menos. Dos caminos distintos hacia el mismo lugar tenebroso.

—¿Y tu padre? —preguntó Ariel.

—No lo conocí. Ningún nombre en mi partida de nacimiento. Solo una línea en blanco. —Caleb dio un trago a la cerveza y la dejó con brusquedad.

Ariel sopesó esta nueva información. Otra pieza del puzle, y ya odiaba lo poco que alcanzaba a ver de la imagen que estaban montando.

Sus pensamientos derivaron hacia Rachel.

Tantas preguntas enredadas y ninguna forma clara de desenredarlas.

¿Había estado Rachel en la capilla tantos años atrás?

Ariel no lo recordaba. Aunque acababa de tener su primer recuerdo de infancia, así que difícilmente era una fuente fiable.

Aun así, Rachel había aparecido en el sueño, de modo que tenía que haber alguna conexión, ¿no?

—No consigo encajar dónde entra Rachel —dijo Ariel—. ¿La recuerdas de la capilla?

—No. La verdad es que no. Mis recuerdos son fragmentos, como mucho —dijo Caleb—. ¿Por qué? ¿Crees que estaba allí?

—No lo sé. Cuando creces en acogida, no hablas de tu pasado. Todo el mundo tiene una historia lacrimógena. Nadie quiere oír la tuya. El pasado, pasado está. Incluso después, cuando trabajábamos y vivíamos juntas, ninguna de las dos quería mirar atrás, ¿sabes?

Caleb asintió. Entendía bien lo de mantener la vista fija hacia delante.

—Todo esto es rarísimo —continuó Ariel—. Rachel muere y tú enseguida empiezas a soñar con la capilla y a dibujar mi cara. ¿Por qué no era yo la que soñaba? ¿Cómo encaja todo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé.

Como un perro con un hueso, Ariel siguió royendo el problema.

—¿Fue por Rachel? ¿Porque murió? —Odió lo quebrada que sonaba su voz—. ¿Puso ella de algún modo todo esto en marcha?

—No tenemos suficiente información.

La mirada de Ariel se clavó en la mesa. Pasó el dedo adelante y atrás por la veta de la madera mientras sus pensamientos seguían dando tumbos. Luchó por ordenarlos. Clasificarlos. Encontrar el hilo común.

Pero, si había un hilo común, se le escapaba.

—Hay otra cosa que no me cuadra —dijo—. Los dos estuvimos en la capilla.

En el incendio. Los dos allí, de pequeños.

Tu madre dijo que siempre íbamos juntos.

Pero ninguno de los dos lo recuerda. Entiendo que el incendio fuera traumático…

pero no podemos haber perdido los dos la memoria de forma tan perfecta.

—Desde que vi aquel sueño sobre nosotros, siento como si pudiera recordarlo, pero eso es distinto —dijo Caleb.

—O sea, que lo que nos hicieron fue algo gordo. Más que un trauma que lo bloquea. Nadie olvida toda su infancia por una sola noche mala.

Cerró el portátil de golpe; el ruido sacudió la cocina silenciosa. Cosmo se puso en pie de un salto y alzó la vista hacia ella, con los ojos grandes y preocupados. Al ver que ella no le hacía caso, volvió a arrimarse y se tumbó contra su pie.

La rabia que llevaba hirviendo a fuego lento desde que Ariel despertó del sueño se desbordó y prendió.

—A mis padres los asesinaron. Cuatro niños murieron en aquel incendio.

Y nosotros estábamos allí. Nos hicieron cosas…

experimentaron con nosotros. Seguro que sí —dijo, con los ojos encendidos de furia—.

Y los que lo hicieron se fueron de rositas.

Cerraron la capilla, enterraron los archivos y siguieron con sus vidas.

Eso no está bien. Joder, igual hasta provocaron el incendio para taparlo.

—No. —Se irguió en la silla—. No está bien.

—Estoy harta de quedarme aquí sentada preguntándome qué nos pasó.

Quiero respuestas, y las quiero ya. —Sacó el móvil y se puso a desplazarse por la pantalla—.

El capellán Theo Harris. Estuvo en la capilla.

Daba sermones y trabajaba con los niños y las familias.

Tenía que saber qué pasaba en aquel sótano.

Encontró los datos de contacto que había guardado e hizo la llamada. Sonó cuatro veces antes de que respondiera la voz de una mujer.

—Buenos días. University Medical Center. Oficina del capellán. ¿En qué puedo ayudarle?

—Sí. Hola. Querría hablar con el capellán Theo Harris, por favor.

—Lo siento, el capellán Harris está de permiso por asuntos personales. No volverá hasta dentro de unas dos semanas. ¿Quiere dejar un mensaje o le paso con otro miembro de nuestro equipo pastoral?

A Ariel le rechinaron las muelas.

—¿Dos semanas?

—Así es. ¿Por qué no me da sus datos y él se pone en contacto con usted cuando regrese?

Recitó su nombre y su número, dio las gracias a la mujer, colgó y dejó caer el teléfono sobre la mesa con estrépito.

—Callejón sin salida —dijo.

—De momento.

—No quiero «de momento». Quiero respuestas hoy.

Caleb cogió su móvil y se reclinó en la silla.

—¿Y Marisa Lauder?

—Lo único que tenemos es su página de Facebook —dijo Ariel.

—Pues le escribo yo. —Cuando ella fue a coger su teléfono, Caleb levantó la mano—. Ahora mismo estás muy acelerada. Si le llega un mensaje que parece un interrogatorio, nos bloqueará y la perderemos. Deja que lo haga yo.

—Vale. Todo tuyo.