Capítulo 27
Ariel dio el primer trago directamente de la botella.
El Jack Daniel's le raspó al bajar. Hizo una mueca cuando el ardor le golpeó el fondo de la garganta.
Luego se sirvió un poco en un vaso y le añadió Coca-Cola.
Bebió otro sorbo. El alcohol ya la calentaba por dentro y empezaba a aplacar el leve temblor del pecho.
No había podido dormir después del sueño. Ni siquiera lo había intentado. Ahora estaba sentada a la mesa de la cocina de Caleb, bajo la pálida luz de la mañana, con las piernas recogidas debajo del cuerpo y las dos manos alrededor del vaso.
Sabía que debería abrir el portátil y ponerse a buscar. Pero todavía no estaba lista.
Junto a su silla, Cosmo se había hecho un ovillo y apoyaba el hocico en las patas. Tenía los ojos abiertos, mirándola desde abajo de una forma que la entristecía y la enfurecía a la vez.
Ariel bebió otro sorbo de whisky con Coca-Cola e intentó no pensar en el sueño.
No lo consiguió.
Iba por la segunda copa cuando se abrió la puerta del dormitorio y oyó los pasos de Caleb sobre el suelo de madera. Apareció en la cocina con vaqueros y una camiseta, el pelo mojado y peinado hacia atrás… los ojos enrojecidos.
Cuando vio el vaso en su mano, se detuvo. Desvió la mirada hacia la botella de Jack. Luego hacia el reloj del horno. No dijo nada durante un largo instante, y ella tampoco. Por fin, se metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil. Tocó la pantalla.
—Hola, soy Hart. —Tenía la voz áspera, rasposa—. Oye, hoy no voy a poder ir. Me ha surgido algo personal. Una emergencia… sí, gracias… ya te diré algo sobre mañana.
Cuando colgó, se acercó a la nevera. Sacó una cerveza. Le quitó el tapón con un gesto habitual, lo tiró a la basura y se dejó caer en la silla frente a ella.
—Todavía no son las nueve —dijo Ariel.
—Ya. Me he dado cuenta.
—No me pareces de los que beben por la mañana.
Se encogió de hombros.
—En esta vida podemos ser lo que queramos, ¿no? A partir de hoy, soy de los que beben por la mañana.
A Ariel se le cerró la garganta. Apartó la vista y la fijó en los árboles del patio trasero, a través de la ventana que había sobre el fregadero, y esperó a que la sensación pasara. Al cabo de un momento, pasó.
La mirada de Caleb saltó hacia Cosmo. Luego se levantó y fue al armario de al lado de la puerta, donde había guardado la comida del perro…
midió una ración, cambió el agua del cuenco y dejó ambas cosas en el suelo.
Cosmo levantó la cabeza al oírlo y se acercó a investigar.
Olisqueó la comida, dio unos cuantos bocados y luego se dio la vuelta y volvió a su sitio con pasos silenciosos junto a la silla de Ariel.
—Apenas ha comido —dijo Caleb.
—A lo mejor está cuidando la línea —dijo Ariel.
Caleb no contestó. Volvió a sentarse y dio otro sorbo a la cerveza. Ariel levantó el vaso y lo giró despacio de un lado a otro, dejando que el whisky con Coca-Cola atrapara la luz mortecina. Metió un dedo en el líquido y lo removió metódicamente antes de llevarse la yema a la boca.
—No paro de darle vueltas al sueño —dijo—.
Nosotros de niños. La capilla. Las habitaciones del sótano.
Todo el pasado. Como ver una película antigua.
—Hizo una pausa y dejó el vaso sobre la mesa—.
Pero luego estábamos allí. Tú y yo como somos ahora.
Y Rachel también, igual que nosotros. Del presente.
Hablando. No un recuerdo ni un eco. Era real.
Él frunció los labios.
—¿Crees que de alguna manera…?
—No lo sé. Apenas sé lo que intento decir. —Tomó aire—. Lo único que sé es que estaba a mi lado, hablándome y enseñándome cosas. Y quiero volver allí ahora mismo solo para verla otra vez.
Las palabras salieron a borbotones. Apretó los labios. Se recompuso.
—Rachel sabía lo de la marca de nacimiento de la niña… mi marca de nacimiento. ¿Cómo es posible?
—Yo también la vi. Lo oí todo —dijo Caleb.
No intentó explicarlo ni racionalizarlo. Ariel lo agradeció más que ninguna otra cosa. Caleb estaba dispuesto a mirar de frente aquello tan disparatado e imposible y, sencillamente, lidiar con ello.
Se giró en la silla y volvió a echar un vistazo a la ventana.
La luz de fuera estaba cambiando; el gris nublado empezaba a tornarse dorado mientras el sol pugnaba por abrirse paso entre la niebla.
En algún punto del vecindario, ladró un perro.
Las orejas de Cosmo se movieron, pero no levantó la cabeza.
Cuando ocurrió, no fue nada dramático. Ni un fogonazo ni una punzada de dolor ni una visión. Solo un clic en su mente y dos palabras que se soltaron.
Kelly Barrett.
Ariel se irguió en la silla.
El nombre se asentó en su mente. Le resultó familiar y, de inmediato, supo que era el correcto. Apenas tuvo tiempo de asimilar la magnitud del momento cuando saltaron dos nombres más.
David. Ruth.
Se agarró al borde de la mesa. Volvió la cara hacia Caleb.
—Kelly Barrett —dijo. Su propia voz le sonó extraña—. Me llamaba Kelly Barrett. Mis padres eran David y Ruth.
Caleb abrió mucho los ojos y mantuvo la mirada clavada en la de ella.
—De repente estaba ahí —continuó Ariel—.
Como si hubiera estado todo el tiempo debajo de todo, esperando a que abriera la mente lo suficiente y le diera espacio para salir a la superficie.
—Se llevó los dedos a las sienes—. Siento que es verdad.
No viene de un recuerdo. Es más bien como algo metido en un cajón cerrado con llave, y por fin he encontrado la llave.
Caleb alargó la mano por encima de la mesa. Cubrió la de ella con la suya, grande y muy cálida. Dejó que se la sostuviera un momento antes de apartarla con suavidad y abrir el portátil.
La pantalla cobró vida con un resplandor, brillante en la penumbra de la cocina. Cuando empezó a teclear, los dedos le temblaban menos de lo que esperaba.
David Barrett. Ruth Barrett. Luisiana.
Caleb arrastró su silla hasta rodear la mesa y se inclinó para ver la pantalla mientras cargaban los resultados.
El primer resultado era un artículo archivado de 1993 del New Orleans Times-Picayune .
Una breve mención en la sección de economía de un contrato municipal para un puente adjudicado a David Barrett, ingeniero de estructuras.
El artículo era árido y técnico, sin un solo detalle personal. Aun así, Ariel lo leyó tres veces.
—Mi padre era ingeniero.
Esta vez buscó solo con el nombre de Ruth.
Apareció una ficha de un directorio profesional de 1994.
Su madre figuraba en una lista de ingenieros civiles especializados en plantas de tratamiento de aguas.
También se la mencionaba en un segundo artículo sobre mujeres en el campo de la ingeniería, pero solo se centraba en aspectos profesionales. Nada sobre la mujer en sí.
Había más artículos. Más proyectos. Pero ninguna fotografía de ellos.
—Los dos eran muy inteligentes —dijo Caleb—. Tenían una gran capacidad de análisis y entendían de sistemas, de estructuras y de cómo funcionaban las cosas.
—Y de cómo desaparecer —dijo Ariel.
Sacó más artículos de Luisiana que llegaban hasta 1996 y 1997. Más menciones de proyectos y citas. Luego el rastro se enfrió. Era como si David y Ruth Barrett hubieran dejado de trabajar. De existir.
Ariel volvió a buscar, esta vez en todo Estados Unidos, pero empezaron a aparecerle falsos positivos.
Un David Barrett que cantaba en una banda de metal de San Francisco.
Una Ruth Barrett, entrenadora personal en Tampa.
David otra vez. Esta vez, un camionero de larga distancia que tenía un blog sobre su perro salchicha.
Siguió desplazándose sin mucho entusiasmo. El titular era pequeño. Fácil de pasar por alto. Del Daily Southtown , con fecha del 23 de marzo de 1997.
DOS MUERTOS EN UN ACCIDENTE DE UN SOLO COCHE EN LA RUTA 6
La mano se le quedó paralizada sobre el panel táctil. Tuvo que reunir todas sus fuerzas para hacer clic en el enlace.
David Barrett, de 42 años, y Ruth Barrett, de 39, ambos de Nueva Orleans, fallecieron a última hora de la noche del sábado cuando su vehículo se salió de la Ruta 6 a la altura de Ruby Street y chocó contra una barrera de hormigón.
La policía estatal de Illinois informa de marcas de derrape en el asfalto a unos veinte metros del punto de impacto.
Los daños en el parachoques trasero mostraban transferencia de pintura y marcas de impacto.
No se localizó ningún segundo vehículo en el lugar.
Las autoridades investigan el caso y piden a cualquier ciudadano que presenciara el accidente que se ponga en contacto con ellas.
Veintitrés de marzo.
Treinta y dos días después del incendio en la Capilla de la Nueva Luz.
Ariel estudió el artículo como estudiaría una fotografía: centrándose en los detalles, leyendo la luz y la sombra. Transferencia de pintura en el parachoques trasero. Marcas de derrape. Ningún segundo vehículo en el lugar.
Acercó el portátil a Caleb. Él leyó deprisa. En silencio. Luego se volvió hacia ella; en sus ojos avellana se distinguían con claridad el verde y el dorado, normalmente cálidos y suaves, ahora convertidos en hielo.
—Impacto en el parachoques trasero —dijo—. Marcas de derrape de veinte metros.
—Alguien los sacó de la carretera.
Ninguno de los dos dijo «asesinato». La palabra resultaba demasiado definitiva, demasiado concreta, pero flotaba en el aire como humo.
—Treinta y dos días —dijo Ariel. Fue a coger el vaso, pero estaba vacío.
Volvió a dejarlo—. Me sacaron del incendio y de la capilla.
Me cambiaron el nombre. Lo cambiaron todo.
Y luego los mataron. Y yo entré en el sistema como Ariel Winters, sin ninguna relación con aquello. Me protegían de algo, pero ¿de qué?
Fuera, pasó un coche por la calle. Destellos de luz reflejada barrieron un instante el techo de la cocina y desaparecieron.
Había tenido padres. Gente que la quería. No se habían deshecho de ella para luego olvidarla como si fuera basura.
Caleb habló en voz baja.