Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Un grito resonó en la cabeza de Ariel.

Pero, cuando despertó, estaba jadeando. Luchando por respirar. La cara caliente y húmeda, y un sabor salado y metálico que le cubría la lengua.

La sangre le brotaba de la nariz. Rápida y espesa. Le llenaba la boca y le provocaba arcadas, mientras le goteaba por el cuello hasta el pecho. Se llevó la mano a la boca y la barbilla y la retiró húmeda y pegajosa.

Durante una fracción de segundo, se dio cuenta de que estaba en el dormitorio de Caleb. Pero, aun así, el sueño seguía aplastándola. Los ojos grises de la niña, seguidos del vacío blanco que se lo tragaba todo.

Caleb estaba despierto. Sentado muy recto. Las dos manos apretadas contra las sienes y la cara de un gris céreo. Los tendones del cuello parecían cuerdas. De hecho, oía cómo rechinaban sus muelas.

Gimió. Un sonido grave y crudo, como el de un animal herido.

Cosmo saltó contra el muslo de Ariel y salió disparado hacia Caleb. Y de vuelta a Ariel otra vez. Su gemido era agudo e histérico. Intentó acurrucarse en su regazo, pero ella lo apartó.

—Caleb, ¿estás...? ¿Qué pasa?

Él no contestó. No estaba segura de que siquiera la hubiera oído. Tenía los ojos fuertemente cerrados y expulsaba el aire por la nariz en ráfagas rápidas y ásperas.

Se cubrió la cara con las manos y salió como pudo de la cama.

Las baldosas del baño la golpearon frías bajo los pies descalzos.

La luz del techo deslumbraba. Se inclinó sobre el lavabo y dejó que la sangre le cayera a chorro dentro de la pila.

Salpicaduras carmesí contra la porcelana de un blanco crudo.

Al cabo de un rato, el chorro se redujo a un hilillo.

Cogió una de las toallas de mano y se la apretó contra la nariz.

En el espejo, tenía las pupilas muy dilatadas, como si estuviera en estado de shock.

La sangre le cubría la barbilla y le bajaba en regueros oscuros por el cuello y el pecho, como en una película de terror.

Todavía sentía el sueño. Olía el antiséptico. Veía el pasillo y la salita diminuta con los camastros. Las manos de los niños entrelazadas. El niño atándole la bata a la niña con sus deditos, con delicadeza.

La marca de nacimiento.

Se giró y se miró el costado izquierdo. La misma marca.

Con forma de mariposa. Un poco más oscura que la piel de alrededor. Más o menos del tamaño de una moneda grande.

Así era como la había descrito siempre. La imperfección que había estado ahí de toda la vida. Una marca en su cuerpo, igual que las pecas de los hombros y la cicatriz junto al codo. Parte de quien era.

Pero ahora era más. Una prueba. Un vínculo con un pasado que no lograba recordar.

Era yo la del sueño, en aquel sótano con Caleb. Esos eran mis ojos.

Soltó el aire despacio, abrió el grifo de la ducha y se metió bajo el chorro. El agua pasó de roja a un rosa espumoso y luego a transparente, pero ella no salió. No se permitió pensar. Mantuvo la respiración firme. Cuando por fin cerró el agua, se secó deprisa y se puso una camiseta.

De vuelta en el dormitorio, la lámpara de la mesilla estaba encendida y proyectaba un resplandor suave.

Caleb estaba sentado en el borde de la cama, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos.

El dolor había aflojado su garra sobre él.

Respiraba de forma acompasada y ya no tenía los hombros encogidos hasta las orejas.

Pero tenía un aspecto destrozado. Vaciado y agotado. Cosmo estaba tumbado sobre su muslo. El perrillo temblaba y le lamía el brazo a Caleb, empeñado en consolarlo como buenamente pudiera.

Ariel se sentó despacio a su lado. Había manchas de sangre en la cama y la almohada estaba empapada. Apartó la vista. No dijo nada.

Se apoyó en el hombro de Caleb. Cosmo se arrastró hacia ella hasta quedar tendido sobre los regazos de ambos. Tenía el pelaje blanco salpicado de sangre.

Se quedaron así un buen rato.

Carraspeó, pero aun así las palabras le salieron ásperas.

—Yo estaba allí. En la sala del sótano. Contigo.

Caleb volvió la cabeza hacia ella. Despacio y con cuidado, como si fuera de cristal. En sus ojos vio la misma incredulidad atónita que estaba segura de tener ella en la cara.

—Rachel estaba allí. Me lo enseñó todo. Me llevó abajo. Me dijo... —Ariel se detuvo, tragó saliva y negó con la cabeza—. Me dijo que mis recuerdos estaban sellados, pero que tenía que encontrarlos.

Los ojos de Caleb seguían fijos en su cara.

—Yo también estaba allí. Lo vi todo. La niña rubia...

—Era yo. Todo este tiempo pensé que era Rachel, pero era yo.

Él asintió despacio y le levantó con suavidad la camiseta. Recorrió con un dedo la marca de nacimiento. Luego sus ojos volvieron a la cara de ella.

—Soy esa niña —dijo Ariel, y las palabras sonaron estranguladas.

La mano de Caleb se cerró sobre la de ella. El mismo agarre. El mismo encaje. En el sueño y en ese momento.

—Lo sé —dijo él.

Los ojos de Ariel se clavaron en sus manos. La de él, grande y callosa. La de ella, pequeña y de huesos finos. ¿Cuántas veces se habían tendido la mano el uno al otro en aquel sótano, tantos años atrás? ¿Se habían consolado mutuamente?

Cuando las emociones afloraron, las empujó de nuevo hacia dentro. Sin piedad. Ariel Winters no lloraba. Había superado el funeral de Rachel sin derramar una lágrima. Y cada noche horrible que vino después. No pensaba llorar ahora.

Pero notó el cambio en lo más hondo. Bloques de hielo desprendiéndose y recomponiéndose en algo nuevo, hasta que la forma original dejaba de ser reconocible.

Caleb no le soltó la mano. Lejos de irritarla, el contacto le resultó reconfortante. El pulgar de él le recorría los nudillos de un lado a otro. No estaba segura de que siquiera fuera consciente de que lo hacía.

Al final, él soltó el aire.

—Supongo que eso explica lo del cuaderno de bocetos.

Ella se lo quedó mirando.

—Creía que estaba dibujando a alguien que no había conocido nunca. —Hizo una pausa. Negó con la cabeza—. Joder. Creía que a lo mejor estaba perdiendo la cabeza. Resulta que solo estaba haciendo una búsqueda de personas desaparecidas de lo más ineficaz.

Ariel se rió. Una risa de verdad. Y entonces descubrió que volvía a poder respirar.

—Un método de búsqueda malísimo. Deberías haberme buscado en Google y ya.

—Salvo que no sabía cómo te llamabas.

Ella frunció el ceño y asintió despacio.

—Bueno, pues ahora sí.

¿O sí lo sabía?

Porque, si ella era la niña del sótano, había conocido a Caleb con cinco años. Había vivido en Bellevoix, o al menos pasado allí una temporada.

Su mente saltó a Josie en su cocina, enumerando los nombres de los niños del programa de la capilla. Había dicho Joey y Darcy y Sam, pero no Ariel. Y sor Gayle tampoco había reconocido su nombre.

—Caleb. Tu madre se acordaba de mí. La niña rubia con la que ibas siempre. Pero no sabía cómo me llamaba.

Él clavó los ojos en los de ella.

—Sí.

—Lo que significa que entonces yo no era Ariel. Debía de tener otro nombre.

Apartó la mano de la de él y se apretó las dos palmas contra lo alto de la cabeza. Su mente tiraba de los hilos. Intentaba entretejerlos para formar algo que tuviera sentido.

Si había estado en el sótano de la capilla, ¿cómo había llegado hasta allí? Alguien tuvo que llevarla. ¿Pero quién? ¿Y cómo acabó en el sistema de acogida de Chicago? ¿Y por qué nunca había conseguido encontrar a sus padres?

Los pensamientos se arremolinaban, girando, retorciéndose, a veces soltándose. Entonces algo empezó a abrirse paso y a cobrar forma.

Un recuerdo. Nítido, como si estuviera ocurriendo en ese preciso instante.

Iba en el asiento trasero de un coche. El cinturón le cruzaba el pecho, y tiraba de la correa, pero no cedía. Era de noche. El coche iba deprisa. Los faros abrían dos túneles gemelos de luz en la oscuridad. En el asiento del copiloto, una mujer estaba sentada de lado, mirándola hacia atrás.

—Dilo otra vez, cariño.

—Me llamo Ariel Winters.

Era su voz. Su voz de niña.

—Muy bien. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—El doce de marzo.

—Lo estás haciendo genial. —La mano de la mujer se estiró hacia atrás y le dio unas palmaditas en la rodilla a Ariel—. Ahora todo junto, ¿vale?

—Me llamo Ariel Winters y mi cumpleaños es el doce de marzo.

—Perfecto. —Los ojos del conductor encontraron los de ella en el espejo. Asintió—. ¿Puedes decírnoslo otra vez?

—Me llamo Ariel Winters.

—¿Qué más? ¿Y el otro sitio? —preguntó.

—No me acuerdo de ningún otro sitio. Siempre he vivido aquí, en Chicago. —Lo recitó sin esfuerzo. Un surco grabado de tanto repetirlo.

Ariel abrió los ojos.

Estaba sentada en la cama de Caleb. Le temblaban las manos y tenía la cara mojada. Pero esta vez no era sangre. Comprendió, horrorizada, que podían ser lágrimas.

Caleb la observaba. Con expresión preocupada.

—He recordado algo. De mi infancia. Nunca había recordado nada. —Su voz parecía venir de muy lejos—. Iba en el asiento trasero de un coche. Era pequeña. Cinco años, puede. Y mi... una mujer...

No podía decir madre. Todavía no. Solo de pensarlo se le retorcía el estómago y el corazón se le aceleraba demasiado.

—Me hacían repetir mi nombre una y otra vez. Y mi cumpleaños, y que no había vivido nunca en ningún sitio que no fuera Chicago.

Se pasó una mano por los ojos.

—Ariel Winters no es mi nombre. Es solo lo que me enseñaron a decir.

En el silencio, los pensamientos de Ariel giraron de nuevo hacia Rachel.

Rachel había estado en el sueño. No como un recuerdo ni como un deseo.

Sino allí de verdad. Sabiendo cosas que era imposible que supiera y mostrándole a Ariel lo que necesitaba ver.

Diciéndole a Ariel que sus recuerdos no estaban perdidos, solo encerrados bajo llave.

No tenía sentido. Rachel estaba muerta. Pero en el sueño, Rachel había estado viva. Ariel apartó de sí lo imposible de aquello.

Fuera, el primer indicio del alba aclaraba la oscuridad en los bordes de las cortinas. A lo lejos sonaba el canto de los pájaros.

Ariel se concentró en su respiración. Ralentizándola y contando las exhalaciones. Necesitaba algo que pudiera controlar. Algo a lo que aferrarse.

Y, a medida que su mente se calmaba, algo burbujeó desde la parte más profunda de sí misma. Subió despacio. Empujando contra el muro de ladrillo. Colándose entre la hiedra.

Algún fragmento de recuerdo.

Todavía no conseguía atraparlo. Necesitaba tiempo para asentarse.

Tiempo para formarse del todo y volver a ser real.

Pero notaba que venía.