Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Desanduvieron el camino a través del jardín, de la casa y hasta la camioneta. Sor Mary apareció un momento para despedirlos, con expresión curiosa pero cortés.

Caleb rodeó la camioneta y le abrió a Ariel la puerta del copiloto. Ella se quedó de pie en la entrada de grava, con la fotografía en la mano, estudiándola una última vez antes de guardársela en el bolsillo y subir.

Cosmo saltó a su lado y se estiró en el asiento, con su cuerpecillo cálido contra el muslo de ella. Ariel no lo acarició ni le pasó la mano por la cabeza como habría hecho la mayoría. Se limitó a dejarlo estar, como a un conocido que, por casualidad, iba en la misma dirección.

Caleb arrancó la camioneta y salió a la carretera.

—Bueno —dijo Ariel unos minutos después—. Eso ha sido más o menos tan útil como interrogar a un muro. Un muro muy triste y muy asustado que casi se pone a llorar por los niños muertos, pero que tampoco nos ha dicho prácticamente nada.

—Nos ha dicho mucho.

—Ha dicho que el programa era «terapia del sueño».

No se acordaba del nombre de la niña rubia.

No ha querido decir quién dirigía la operación.

Ni quién es el hombre de la foto, aunque estaba claro que lo reconocía.

—Ariel fue enumerando cada punto con los dedos—.

Lo que sí nos ha dado son los nombres de los niños muertos, una fotografía y una advertencia para que dejemos de buscar.

—Y la confirmación de que alguien drogó a esos niños —dijo Caleb—. «Algo que les habían dado», palabras suyas.

Miró de reojo a Ariel y vio que captaba el detalle. Casi se le había escapado en la avalancha de todo lo demás. Gayle había dicho que los niños apenas se tenían en pie. Que les habían dado algo.

—También hemos visto confirmada nuestra teoría. No le ha sorprendido oír que vaciaron el informe del inspector de incendios. Se lo esperaba —añadió.

—Y hemos descubierto que fue ella quien te sacó —dijo Ariel en voz baja—. Te salvó la vida.

Se le cerró la garganta. No sabía poner nombre a la emoción que sentía al saber que todo —Josie, el bayou, su vida entera— existía porque una desconocida había tenido el valor de meterse en un sótano en llamas. Gratitud se quedaba corto. Se lo debía todo.

—Sí —dijo—. Lo hizo.

Condujeron un rato en silencio. Luisiana desfilaba al otro lado de las ventanillas.

Cipreses, agua oscura y retazos de civilización que rompían la monotonía del pantano.

El sol había encontrado huecos entre las nubes, y la luz entraba baja por el parabrisas e iluminaba las motas de polvo que flotaban entre ellos.

Cosmo tenía la lengua fuera. Los ojos oscuros entornados mientras jadeaba suavemente, tumbado en el asiento.

—Aguanta, colega —dijo Caleb—. Ya casi estamos. Lo primero, te pongo un poco de agua bien fresca.

Ariel no pareció oírlo. Se dio unos golpecitos en los labios con un dedo y miró al frente.

—La niña de la foto podría ser Rachel —dijo.

Él asintió.

—Sí. Pero estaría bien confirmarlo.

—He estado investigando esta mañana, mientras tú te duchabas.

He repasado todas las bases de datos a las que tengo acceso a través del Tribune .

—Mantuvo la vista en el parabrisas—. Los primeros diez años de Rachel son un vacío.

Apareció en el sistema del DCFS, los Servicios de Protección de Menores de Illinois, en 2001, cuando tenía diez años.

Antes de eso, nada. Ninguna matrícula escolar.

Ninguna dirección anterior. Tampoco he encontrado a su padre en ningún documento.

Toda la infancia de Rachel antes de los diez años sencillamente no existe.

—Y el incendio fue en el 97. Habría tenido seis años —dijo Caleb.

—Exacto. Si estaba en la capilla, si su madre la cogió esa noche y desapareció como describió Gayle, lo explicaría todo. Una ciudad nueva. Quizá una identidad nueva. Y una madre aterrorizada que se vino abajo y acabó enganchada a las drogas.

—Encaja.

—Y explicaría por qué la mataron. —La voz de Ariel se había endurecido—. Era un cabo suelto. Una testigo superviviente. Alguien que, con el tiempo, podría acabar recordando lo que pasó en aquel sótano.

Pero casi en cuanto lo dijo, Caleb vio que Ariel caía en la cuenta.

—Salvo que, si alguien está matando a los testigos supervivientes, ¿por qué me dejaron vivir a mí? —preguntó—. He vivido en Bellevoix toda la vida. Josie era voluntaria en la capilla y sigue viviendo allí. Cualquiera relacionado con el programa podría haberme encontrado en cinco minutos escasos.

—Tienes razón. —Hizo una pausa—. Entonces es que no te consideran una amenaza.

—A lo mejor es porque no recuerdo nada. A lo mejor con eso basta —dijo.

—Puede, pero Rachel tampoco conocía su propio pasado.

Miró por la ventanilla. Para sorpresa de Caleb, unos minutos después empezó a tararear.

Al principio fue muy bajo, apenas audible por encima del ruido del motor. Una melodía lenta y sencilla, con un aire cadencioso.

Una línea de tensión le recorrió los hombros a Caleb. La conocía. No de la radio ni de ningún sitio que pudiera precisar. Y aun así le resultaba familiar, como grabada en cada célula de su cuerpo.

Era una nana. Suave y circular. De esas melodías que se repliegan sobre sí mismas, de modo que el final se convertía en el principio y podías cantarla sin parar.

Cuando Ariel tarareó la siguiente parte, se le erizó el vello de los brazos. La miró de reojo.

Ella mantenía los ojos en la ventanilla y las manos en el regazo mientras tarareaba. No parecía darse cuenta de que lo hacía. Se detuvo de golpe, con el ceño fruncido, como si hubiera perdido el hilo de un pensamiento.

Pero él conocía la parte siguiente. Tarareó cinco notas más para completar la melodía, y ella se removió en el asiento y lo miró fijamente. Se había quedado pálida.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó.

—Estabas tarareando algo.

—No, qué va... —Se interrumpió. Frunció el ceño. Se llevó los dedos a los labios, como comprobando si la habían traicionado—. ¿Qué era?

—No lo sé exactamente. El nombre, al menos, no. Pero ¿me sabía la última parte?

—¿Cómo?

—No lo sé.

Ella cerró la boca. Negó con la cabeza. Luego volvió a mirar por la ventanilla. Ninguno de los dos volvió a decir nada.

Sonó el teléfono de Ariel. Cuando miró la pantalla, cambió de postura. Se irguió. Cuadró los hombros.

—Nora. Hola.

Caleb mantuvo la vista en la carretera, pero oía la voz al otro lado. De mujer. Seca. La cadencia de alguien con confianza y mando.

—Sigo aquí. Lo sé. Lo sé. Escucha, he estado haciendo fotos todos los días. Tengo buen material. La capilla es increíble con la luz adecuada, y también tengo tomas del interior. —La voz de Ariel sonaba firme. Relajada.

Era una actuación tan impecable que costaba creer que acabara de verla perder el color de la cara por una melodía que no sabía explicar.

Nora dijo algo y entonces Ariel respondió.

—Sí. Solo quiero editar un poco más antes de enviártelas. Esta noche sin falta. En un par de horas te tengo una selección.

Más conversación al otro lado. Caleb captó fragmentos. Carpeta del encargo… siguiente ubicación… agenda…

—En realidad, puede que aquí haya algo más allá del reportaje fotográfico.

—La voz de Ariel había cambiado, y él intuyó que elegía las palabras con cuidado—.

La capilla... hubo un incendio allí en 1997.

Murieron cuatro niños y se silenció la investigación.

Vi el informe del incendio. Estaba prácticamente vaciado.

Creo que está relacionado con el asesinato de Rachel.

El silencio al otro lado se alargó tanto que Ariel apartó el teléfono de la cara y miró la pantalla. Cuando la voz volvió, sonaba más fuerte. Caleb captó el tono más que las palabras en sí. En él percibió alarma y preocupación.

—Estoy bien, Nora. Te prometo que voy con cuidado. Tengo a alguien conmigo —dijo Ariel, en tono tranquilizador.

Hubo otra pausa y entonces Caleb oyó:

—¿Seguro que estás bien?

—Seguro. Solo necesito cuarenta y ocho horas más. Te mando las fotos esta noche y te llamo cuando tenga más. —Ariel hizo una pausa—. Aquí podría haber una historia de verdad. De las que Rachel habría perseguido.

Caleb sonrió para sus adentros. Desde luego, Ariel sabía cómo plantear una propuesta. Usar el nombre de Rachel era una baza en toda regla.

Cuando terminó la llamada, soltó el aire y negó con la cabeza.

—Cree que estoy perdiendo la cabeza.

—¿Y la estás perdiendo?

Ella se volvió hacia él. Por un segundo se le cayó la máscara, y él vio el cansancio y el dolor en sus ojos.

—Pregúntamelo mañana —dijo.

Volvió a coger el teléfono y recorrió los contactos.

—Debería ponerme en contacto con Bolton —dijo, más para sí que para él. Pulsó el número y lo puso en altavoz.

—Bolton.

—Soy Ariel.

—Señorita Winters, iba a llamarla hoy.

—¿Alguna novedad sobre la habitación del motel?

—No mucha. Sacaron muchas huellas, lo que cabe esperar de una habitación de motel con limpiadoras y huéspedes entrando y saliendo. Las suyas fueron las únicas que identificaron en el portátil.

—¿Así que llevaba guantes?

—Eso parece. Han enviado todas las huellas sin identificar de la habitación al laboratorio estatal para analizarlas, pero le seré sincero: va a llevar días. Puede que más. Están desbordados, y una entrada forzada en una habitación de motel donde no robaron nada no va a saltarse la cola.

—¿Y el portátil? —preguntó ella, apretando la mandíbula con tanta fuerza que Caleb vio el músculo tensarse bajo la piel—. Lo abrió. Aunque llevara guantes, podría haber...

—Nada. Solo las suyas. Este tipo sabía lo que hacía. Entró limpio y salió limpio.

Cosmo se removió en el asiento y apoyó el hocico en la pierna de Ariel. Ella no le hizo caso. Tenía toda la atención puesta en el teléfono.

—¿Algo más por Chicago? —preguntó.

Bolton hizo una pausa, y Caleb intuyó el peso de las malas noticias.