Capítulo 23
Benedict House se alzaba al final de un largo camino de grava, rodeado de robles y de jardines cuidados con esmero.
El edificio principal tenía dos plantas y estaba construido con ladrillo rojo antiguo y molduras blancas.
A un lado se veía una pequeña capilla. Todo en aquel lugar irradiaba quietud y paz.
Caleb aparcó cerca de la entrada principal y se volvió para examinar la cara de Ariel.
—¿Lista? —preguntó.
—Todo lo lista que puedo estar.
Cuando Ariel abrió la puerta de la camioneta, el aire de la tarde la envolvió, cálido y denso, cargado del aroma del osmanto y de la tierra fértil. En algún punto cercano, un carillón de viento tintineaba con suavidad.
Recorrieron el sendero de losas hasta la puerta principal. Se abrió antes de que Ariel pudiera llamar. En el umbral había una mujer de unos sesenta años, con pantalones y una rebeca, y una pequeña cruz de oro en una cadena al cuello. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos amables y serenos.
—Usted debe de ser Ariel —dijo—. Soy sor Mary. Gayle está en el jardín. Ha pasado casi todo el día ahí fuera. Cuando le dije que venía, me dijo que prefería recibirla fuera.
—Soy Caleb Hart, el amigo de Ariel. Encantado de conocerla —dijo Caleb, adelantándose—. Traemos un perro. ¿No hay problema?
—Ah, en el jardín no pasa nada. A Gayle le encantan los animales. —Sor Mary le sonrió a Cosmo—. Síganme.
Los guio a través de la casa, de suelos de baldosa frescos, con arte religioso en las paredes y el silencio de un lugar de contemplación, y luego los sacó por la puerta trasera a un jardín amurallado.
Las hierbas aromáticas crecían en hileras ordenadas junto a las plantas en flor.
Había bancos de piedra bajo una pérgola cubierta de jazmín.
El aire olía a romero y a la dulzura ya marchita de la lantana de final de temporada.
Una mujer estaba de pie junto al muro del fondo, despuntando rosas con unas tijeras de podar.
Era más baja y más delgada de lo que Ariel había imaginado, con el pelo completamente gris, pantalones oscuros y una camisa de franela con las mangas remangadas.
No levantó la vista cuando entraron en el jardín.
—Gayle —la llamó sor Mary—. Ya están aquí tus visitas.
Gayle dejó las tijeras y se dio la vuelta.
Tenía la cara muy surcada de arrugas, pero no parecía frágil. Había una dureza en torno a sus ojos y la línea de la boca era firme. Los observó un buen rato. Su mirada fue de Ariel a Caleb y de vuelta.
—Les dejo para que hablen —dijo sor Mary, y se retiró al interior de la casa.
Cosmo había estado temblando durante todo el trayecto hasta Benedict House, con los ojos inquietos y angustiados. Pero ahora, en la calma del jardín, pareció relajarse. Olfateó el suelo cerca de los pies de Ariel y, aunque llevaba la cola baja, ya no la mantenía entre las patas.
—Soy Caleb Hart —dijo Caleb—. Josie Hart es mi madre.
Un destello rápido de sorpresa, pero también de reconocimiento, cruzó la cara de Gayle, que luego asintió despacio.
—Me acuerdo de ti.
—Y yo soy Ariel, la periodista. Soy la que llamó —dijo Ariel.
Gayle le estudió la cara, más una evaluación que un interés casual.
—Esperaba que este día no llegara nunca —dijo. No había dramatismo en su voz. Solo una aceptación cansada. Se acercó a un banco de piedra y les indicó el de enfrente.
Ariel se sentó. Caleb se acomodó a su lado, con el hombro firme contra el de ella. La piedra estaba caliente por el sol de la tarde.
—Necesitamos entender qué pasó en la capilla —dijo Caleb.
—¿Ah, sí? —Gayle arqueó una ceja—. ¿O solo os creéis que necesitáis saberlo?
—En ese incendio murió gente —dijo Ariel—. Cuatro niños. Eso lo sabemos. Hemos visto el informe del inspector de incendios.
La boca de Gayle se tensó.
—Entonces sabéis más que la mayoría.
—No sabemos prácticamente nada —replicó Ariel—. El informe estaba vaciado. Faltan archivos. La causa figura como indeterminada. Y cerraron la investigación dos semanas después. —Hizo una pausa—. Necesitamos que rellene los huecos en todo lo que pueda.
Gayle bajó la vista hacia sus manos. Estaban curtidas por años de trabajo en el jardín, la piel moteada y los nudillos algo hinchados. Separó los dedos y se los miró como hace la gente cuando está decidiendo cuánto va a revelar.
—Aquella noche había diez niños en el programa —dijo Gayle por fin.
—¿Qué era exactamente el programa? —preguntó Ariel—. ¿Qué les estaban haciendo a esos niños en el sótano?
Gayle alzó la mirada y la clavó en la de Ariel. Sus ojos estaban en guardia.
—Ayudarlos. Eran niños con problemas. Todos con pesadillas graves y trastornos del sueño.
Un trauma persistente. —Hablaba despacio.
Eligiendo cada palabra con cuidado—. El programa empleaba técnicas terapéuticas para normalizarles el sueño.
Relajación guiada. Descanso monitorizado. Cosas de ese tipo.
—¿Cosas de ese tipo? —repitió Ariel.
—Sí.
—Con equipo médico. Monitores y máquinas de EEG. En un sótano en el que los voluntarios no podían entrar.
Al principio, Gayle no reaccionó. Solo suspiró y clavó la mirada en la distancia. Finalmente dijo:
—¿Cómo sabéis lo del equipo?
—Hemos estado en la capilla —dijo Caleb—. Bajamos al sótano y vimos lo que hay.
—Era un estudio del sueño —dijo Gayle con voz tensa—. Es todo lo que puedo deciros.
—Pero no es todo lo que sabe —dijo Ariel.
Cuando Gayle negó con la cabeza, Ariel lo dejó pasar. Por ahora. Se inclinó hacia delante en el banco, los codos en las rodillas.
—Háblenos del incendio. ¿Qué pasó esa noche? —preguntó.
De nuevo, Gayle guardó silencio unos segundos. Cuando habló, su voz sonó baja y distante, como si lo estuviera viendo suceder otra vez detrás de los ojos.
—Era tarde. Cerca de medianoche. Estaba ordenando las salas de delante cuando saltaron las alarmas.
Para cuando llegué al ala de los niños, el humo ya era espeso.
Las puertas estaban atascadas. Las salidas de emergencia no funcionaban bien.
—Negó con la cabeza—. Encontré a Caleb y a una niña en una de las salas de sueño.
Estaban medio inconscientes, cogidos de la mano.
Con la medicación que les habían administrado, apenas se tenían en pie.
—¿Quiénes les administraron esa medicación? —exigió Ariel.
Gayle ignoró la pregunta.
—Los levanté a los dos. Los arrastré hacia la salida y conseguí sacarlos fuera. —Apretó la mandíbula—. Josie estaba allí. Había venido corriendo al enterarse del incendio. Puse a Caleb en sus brazos y le dije que se lo llevara y se marchara.
Ariel percibió la tensión en Caleb. Imaginó el peso de oír la historia de tus propios orígenes contada por una desconocida.
—Gracias —dijo él—. Por sacarme. Por llevarme hasta Josie. —Su voz era suave—. Ella se convirtió en mi madre gracias a usted. Me salvó la vida.
La cara de Gayle se descompuso, algo a medio camino entre el dolor y el alivio la recorrió antes de que recuperara el control de sus emociones.
—Ojalá hubiera podido salvar a más.
—¿Y la niña? —preguntó Ariel—. La que estaba con Caleb. ¿Qué fue de ella?
—Su madre estaba allí. Fuera de la capilla.
Gritando. —Los ojos de Gayle volvieron a perder el foco—.
Nunca he olvidado ese sonido. La voz de una madre cuando cree que ha perdido a su hija.
Y entonces salí por la puerta con su hija en brazos y aquella mujer…
—Gayle se detuvo. Tragó saliva—. El alivio y la alegría en su cara.
Agarró a la pequeña y la abrazó con todas sus fuerzas.
Desaparecieron en la noche y nunca volví a saber de ellas.
Ariel no habría sabido explicar por qué imaginar a aquella madre desesperada y aterrada, el alivio de su cara al ver a salvo a su niña, le provocaba una punzada en el pecho. Pero se la provocaba.
Apartó el sentimiento de un empujón.
—¿Recuerda el nombre de la niña?
Gayle frunció el ceño.
—Fue hace tantísimo. Pasaron tantos niños por aquel programa.
—Negó despacio con la cabeza—. Me acuerdo del nombre de Caleb por Josie.
Y me acuerdo de los nombres de los que murieron porque…
—Se llevó un dedo a los labios—. Porque esos no se olvidan.
Pero la niña… ella salió. Su madre se la llevó.
Y después me esforcé muchísimo por olvidar. Olvidar fue mi manera de sobrevivir.
—¿Pudo ser Rachel? —insistió Ariel—. ¿Rachel Monroe?
Gayle arrugó la frente con el esfuerzo de recordar.
—Puede que sí. Pero, sinceramente, no puedo estar segura. Lo siento, ojalá pudiera deciros más.
Ariel apartó la mirada. La decepción se le asentó, pesada, en el estómago.
—¿Y los nombres de los niños que murieron? —preguntó Caleb.
La mano de Gayle se tensó en su regazo.
—Danny Gross. Eliza Pence. Sandy Zita. Frank Allen. —Pronunció cada nombre despacio. Con cuidado.
—Vi a otros dos chicos salir por una puerta lateral. El humo era muy espeso —continuó—. Después los busqué. No los encontré. No sé qué fue de ellos. Algunos tenían a los padres alojados cerca. Los demás… simplemente no me acuerdo.
Se detuvo. Apartó la vista.
Ariel sacó el teléfono y deslizó hasta la foto del hombre de la gorra de béisbol delante del Riverview Inn. Giró la pantalla hacia Gayle.
—¿Reconoce a este hombre?
Cuando Gayle cogió el teléfono y estudió la imagen, el cambio fue inmediato.
Se le quedó la cara blanca como el papel y la mano empezó a temblarle.
No un temblor leve, sino una sacudida visible que le subió por el brazo hasta los hombros.
Le devolvió el teléfono de golpe, como si la hubiera quemado.
—¿De dónde ha sacado esto?
Su voz sonó cortante… el dolor por los niños muertos barrido por el miedo.
—Me sigue desde que llegué a Bellevoix —dijo Ariel—. Estuvo cerca de la Capilla de la Nueva Luz. En mi motel. Creemos que está relacionado con el asesinato de mi amiga.
—Tenéis que iros. —Gayle se puso de pie. Se apartó del banco—. Ahora. Los dos.
—Pero si él…
—No entendéis a qué os estáis enfrentando. —Se apretó las manos una contra otra delante del estómago y luego exhaló despacio—. Ya os he contado suficiente. Más de lo que debía. El resto… es más seguro que no lo sepáis.
—Esa no es una decisión suya —dijo Ariel, poniéndose en pie y encarando a la anciana.
—Sí. Sí lo es. —Los ojos azules de Gayle se habían vuelto de hielo—. Una vez les fallé a esos niños. No volveré a fallar dándoos información que haga que os maten.
Caleb se levantó despacio. Su mano fue al codo de Ariel, un roce suave que la ancló.
—Al menos díganos quién dirigía el programa. Por favor, denos un nombre. Algo —dijo.
—No puedo, y, si sois listos, dejaréis de preguntar —dijo Gayle.
Por un momento, no hubo ni un ruido en el jardín. Hasta el carillón de viento se había quedado inmóvil.
Gayle se giró de repente y se alejó de ellos hacia un pequeño cobertizo al fondo de la finca. Regresó con una vieja caja de madera. Las manos ya no le temblaban cuando abrió la caja y sacó un pequeño fajo de fotografías. Le tendió a Ariel la de encima.
—Es todo lo que puedo daros —dijo.
La foto mostraba un grupo de niños delante de la capilla.
Las caras estaban algo borrosas, como solían estarlo las fotografías de los años noventa.
Seguramente tomada con carrete barato y revelada en la droguería de la esquina.
Dos de los niños estaban muy juntos, un poco apartados del grupo principal.
Una niña rubia y menuda y un niño de pelo castaño. Tenían las manos entrelazadas.
Ariel se quedó mirando la imagen. A la niña rubia. ¿Era Rachel? Escrutó el rostro, tratando de encontrar a su amiga en los rasgos difuminados de la cría. La niña era pequeña. De pelo claro. De la edad adecuada.
Pero algo en la imagen le había puesto los sentidos en alerta.
No la cara de la niña rubia, porque no se veía con la nitidez suficiente para servir de algo.
Era el lenguaje corporal. La manera en que la niña se inclinaba hacia el niño.
La inclinación de su cabeza. Le recordaba a algo que no lograba ubicar del todo, y eso la irritaba más que los callejones sin salida.
Caleb miró por encima de su hombro. Estudió en silencio el grupo de niños, con la mirada demorándose en el niño que había junto a la niña rubia.
—¿Podemos quedárnosla? —preguntó.
Gayle asintió.
—Es vuestra.
Dio un paso adelante y le puso la mano en el brazo a Caleb. Su mirada era intensa. El miedo seguía ahí, pero ahora había determinación mezclada con él.
—Me alegro de que sigas vivo y de que te criara Josie. Antes rezaba por eso. Esperaba que crecieras a salvo y querido y que no recordaras nada de aquello. —Le apretó el brazo con suavidad—. Pero, por favor, no volváis por aquí. No es seguro. Ni para ti ni para mí.
Bajó la mano y dio un paso atrás. La conversación había terminado.
—Gayle —dijo Ariel. La anciana había empezado a darse la vuelta, pero ahora se detuvo—. Gracias por sacar a esos niños. Por intentar salvarlos a todos.
Gayle le estudió la cara y luego asintió.
—Tened cuidado. Los dos.
Volvió a los rosales y no los miró de nuevo.