Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Carly McMillan rondaba los cuarenta y cinco, tenía una complexión atlética y llevaba el pelo castaño claro recogido en una coleta práctica. Vestía pantalones tácticos, un polo del departamento y botas que habían pisado mucho terreno. Se le iluminó la cara con una sonrisa sincera al ver a Caleb.

—Hart. —Cruzó el vestíbulo y le dio un abrazo rápido y fuerte—. Cuánto tiempo.

—Demasiado.

Le estudió la cara varios segundos y luego asintió despacio.

—Deberías pasarte por el parque algún día. Los chicos te echan de menos.

—Puede.

La mirada de Carly se posó en Ariel. Era evaluadora. Profesional.

—Ariel Winters. Gracias por recibirnos —dijo Ariel.

—Faltaría más. Pasad.

Carly los sacó de recepción y los llevó por un pasillo largo.

Su despacho era pequeño y estaba abarrotado.

Cajas de archivo en los rincones, mapas clavados en las paredes y una mesa sepultada bajo informes.

Despejó dos sillas y les indicó que se sentaran, luego se apoyó en el borde de la mesa y cruzó los brazos.

—Bueno. ¿La Capilla de la Nueva Luz?

—¿Has encontrado el expediente? —preguntó Caleb.

—He encontrado lo poco que había. —Buscó detrás de ella y sacó una carpeta fina. La dejó sobre la mesa, entre los tres—. Esto es todo.

Ariel miró la carpeta. Apenas tenía medio centímetro de grosor.

—¿Para un incendio con varios niños muertos? —preguntó.

—Sí. —Carly apretó los labios—. Eso mismo pensé yo.

La abrió. Encima había un resumen del incidente de una sola página. Ariel se inclinó para leerlo.

Capilla de la Nueva Luz. Calle Holy Cross, Bellevoix. 19 de febrero de 1997. Incendio notificado a las 23:54 aproximadamente. Acudieron varias unidades. Estructura totalmente afectada a la llegada. Cuatro víctimas mortales confirmadas, todas menores de edad.

Causa: indeterminada.

Investigación cerrada: 3 de marzo de 1997.

—¿La cerraron en dos semanas? —dijo Caleb.

—Es rápido —reconoció Carly—. Pero no es inaudito si las pruebas son claras. Un edificio viejo, con una instalación eléctrica defectuosa y un foco de origen evidente.

—Salvo que la causa figura como indeterminada —dijo Ariel.

—Sí. Esa parte a mí tampoco me cuadra.

Ariel alargó la mano y pasó a la página siguiente. Una evaluación estructural básica, de un párrafo, seguida de una lista de víctimas.

Víctimas mortales confirmadas:

​•​                         Nombre censurado (menor, 6 años)

​•​                         Nombre censurado (menor, 7 años)

​•​                         Nombre censurado (menor, 8 años)

​•​                         Nombre censurado (menor, 5 años)

Cuatro nombres. Todos censurados.

—Protección de la intimidad de los menores —dijo Carly antes de que Ariel pudiera preguntar—. Procedimiento estándar.

—¿Quién puede acceder a la lista sin censurar?

—Las fuerzas del orden. Los abogados. Los familiares con la documentación pertinente. —La expresión de Carly se mantuvo neutra—. El público en general, no.

Ariel se quedó mirando la página. Cuatro niños. La madre de Caleb había dicho que en el programa había más. Unos diez o quince, no estaba segura. Muchos niños entrando y saliendo de un sitio así.

—¿Y el resto del expediente? —preguntó Ariel—. Este informe remite a varios anexos. El anexo B, análisis estructural. El anexo D, declaraciones de testigos. El anexo F, registro de pruebas.

—No están aquí —dijo Carly.

—Vale. ¿Y dónde están?

—Puede que se perdieran durante la digitalización o que estén mal archivados. Pasa —dijo Carly.

—¿Con qué frecuencia?

—Lo bastante poco como para que me llamara la atención.

Salvo por el zumbido de los fluorescentes, la sala quedó en silencio varios segundos.

—¿Y el investigador principal? —preguntó Caleb.

Carly volvió a la primera página.

—El inspector de incendios Rodriguez Martinez. Un veterano del departamento con veinte años a sus espaldas. Muy minucioso y con mucha experiencia, según todos los que lo conocían. —Hizo una pausa—. Lo comprobé. Se jubiló al año siguiente. Se mudó a Arizona.

—¿Un año después del incendio? —preguntó Ariel.

—Sí.

—¿Eso te parece normal?

Carly exhaló.

—Hay quien prefiere pasar página al jubilarse. Pasa.

Ariel captó la vacilación en su voz.

—Pero no crees que sea eso —dijo Caleb.

Carly lo miró un buen rato. Luego se volvió hacia Ariel.

—Creo que hay muchas cosas raras en este expediente —dijo—.

Un incendio con cuatro niños muertos y una investigación de dos semanas.

Una causa marcada como indeterminada y sin ningún seguimiento.

Anexos que faltan. Un investigador principal que se marchó del estado.

—Enderezó las páginas y cerró la carpeta—.

Pero que algo sea raro no es una prueba.

A veces el papeleo se pierde de verdad y la gente sigue con su vida.

Y a veces un incendio no es más que un incendio.

Ariel notaba a Caleb a su lado, rígido y callado. Bajó la vista hacia Cosmo, que se había relajado lo suficiente para tumbarse en el suelo.

—¿Podemos quedarnos con copias? —le preguntó a Carly.

—Ya las he hecho. —Carly se giró y cogió otra carpeta de la mesa, a su espalda. Se la tendió—. Me imaginé que lo pedirías.

Ariel la cogió.

—Gracias.

—No me las des todavía. —Carly se puso de pie—. Si alguien se tomó la molestia de limpiar este expediente, no le va a hacer ninguna gracia que andéis fisgando en él.

—Tomo nota —dijo Ariel.

Carly los acompañó de vuelta al vestíbulo. En la puerta se volvió hacia Caleb y le puso una mano en el hombro.

—Cuídate, Hart. Tienes pinta de llevar una semana sin dormir.

—En ello estoy.

—Esfuérzate más. —Echó un vistazo a Ariel—. Encantada, señorita Winters.

—Lo mismo digo —dijo Ariel.

Salieron a la penumbra de octubre con apenas más respuestas de las que traían al entrar. En la camioneta, Ariel extendió las copias sobre el regazo y las estudió. Caleb arrancó el motor, pero no metió la marcha. Se quedó mirando el aparcamiento a través del parabrisas.

—Todas las puertas están cerradas —dijo.

—De momento.

—Gideon es un fantasma. El informe del incendio está vaciado, y el investigador ya no está. Y quienquiera que esté detrás tenía recursos para asegurarse de que siguiera enterrado casi treinta años.

—Habrá más puertas que no estén cerradas. Tiene que haberlas, con algo tan grande —dijo Ariel.

Caleb la miró.

—Sor Gayle —dijo ella—. En Benedict House, en Baton Rouge. Dirigía el programa infantil. Estuvo allí. Conocía a esos niños.

—¿Crees que hablará?

Ariel miró por la ventanilla. El cielo estaba bajo y gris, y los robles de la calle aún goteaban tras la lluvia de la noche. Sacó el teléfono y buscó la ficha de Benedict House.

—Es una persona, no un papel. Al papel se le pueden tachar cosas y archivarlo. Hacerlo desaparecer. A las personas cuesta más borrarlas —dijo.

Caleb soltó el aire.

—Esa ficha era de hace mucho. A lo mejor ya no sigue allí.

—Solo hay una manera de averiguarlo. —Ariel marcó el número en el móvil y puso el altavoz.

Sonó cuatro veces antes de que alguien lo cogiera.

—Benedict House, soy sor Mary.

—Hola, hermana. Me llamo Ariel Winters. Intento localizar a alguien que creo que puede estar vinculado a su casa de retiro. ¿Gayle Delacroix?

—Sí. Gayle lleva muchos años con nosotras. Forma parte del personal de la casa. ¿Puedo preguntar de qué se trata?

Ariel eligió las palabras con cuidado.

—Intento dar con ella por un asunto personal. De hace mucho tiempo. ¿Está disponible?

—Me temo que ahora mismo no está cerca del teléfono. Pero puedo darle un recado.

—Sería estupendo. ¿Podría pedirle que me llame, por favor? —Ariel recitó su número de móvil.

—Se lo paso, pero debo advertirle… Gayle no es muy de devolver llamadas. No le gusta hablar por teléfono —dijo sor Mary.

Ariel aprovechó el hueco y se lanzó de cabeza.

—¿Y en persona? Podría acercarme en coche a verla.

La voz de sor Mary se volvió más cálida al instante.

—Ay, sería maravilloso. Gayle no recibe muchas visitas. Casi ninguna, la verdad. Creo que lo agradecería mucho.

—Puedo estar ahí en unas dos horas. ¿Le viene bien?

—No veo por qué no. Gayle estará aquí. Siempre está aquí. Me aseguraré de avisarla de que viene.