Capítulo 22
El registro parroquial ocupaba un edificio bajo de ladrillo en las afueras del centro, encajado entre una oficina de fianzas y una tienda de antigüedades con el cierre echado.
Caleb aparcó delante. El aparcamiento estaba casi vacío, con solo dos coches: una furgoneta con el rótulo «City of Bellevoix» en el lateral y una berlina oxidada que parecía llevar un año sin moverse.
Dentro, el aire olía a papel mohoso, a café quemado y a un aire acondicionado que hacía tiempo que había perdido la batalla contra el calor de Luisiana.
Los fluorescentes zumbaban en el techo. Archivadores metálicos cubrían una pared de suelo a techo.
Una mujer de casi sesenta años estaba sentada tras una mesa atestada, con las gafas de leer en la punta de la nariz y los dedos repiqueteando en el teclado.
Levantó la vista cuando entraron, y su mirada se clavó de inmediato en Cosmo.
Ariel lo llevaba bajo el brazo, apostando por el principio universal del Sur según el cual un perro lo bastante pequeño es un tema de conversación y no una infracción.
Cuando la mujer sonrió de oreja a oreja, supo que había funcionado.
—Buenos días. ¿Os echo una mano en algo? —dijo la mujer, desviando por fin la mirada hacia los humanos.
—Buscamos los registros de una propiedad —dijo Ariel—. La Capilla de la Nueva Luz, en la calle Holy Cross.
La empleada arqueó las cejas.
—¿Ese sitio? Lleva casi treinta años siendo un quebradero de cabeza para esta oficina. ¿Qué necesitáis?
Se levantó y fue hacia los archivadores de la pared del fondo.
—La escritura de compraventa de 2007. Cuando la propiedad pasó al ayuntamiento. Y todo lo que tenga sobre los propietarios anteriores —dijo Ariel.
La empleada asintió. Abrió un cajón.
—Dadme un minuto.
Ariel se sentó en una de las sillas de plástico junto a la mesa.
Cosmo se acomodó en su regazo, con la nariz temblándole mientras intentaba interpretar el entorno.
Caleb ocupó la silla de al lado y estiró las largas piernas, cruzándolas por los tobillos.
Ariel se fijó en que seguía entornando los ojos.
El Advil mantenía el dolor a raya, estaba claro, pero no lo eliminaba del todo.
La mujer regresó con una carpeta de cartón manila y la dejó sobre la mesa.
—Muy bien. Dejad que os explique lo que tenemos. —Abrió la carpeta y se ajustó las gafas—. La propiedad perteneció originalmente a Holy Cross Baptist Outreach. Una congregación pequeña que compró el terreno en 1985 y construyó la capilla en el 87. La llevaban como iglesia y centro comunitario.
—¿Cuándo vendieron? —preguntó Caleb.
—Parece que en 1992. —Dio unos golpecitos en la página—. A Gideon Development Group, LLC.
Ariel asintió.
—¿Y la venta de 2007 al ayuntamiento?
La empleada pasó varias páginas.
—Aquí está. Escritura de compraventa, octubre de 2007. La propiedad pasa de Gideon Development al ayuntamiento de Bellevoix para desarrollo municipal.
—¿Quién firmó en nombre de Gideon?
La empleada giró el documento para que Ariel pudiera leerlo. En la línea de la firma vio «Wells & Calder LLP, en calidad de agente autorizado de Gideon Development Group, LLC». Ningún nombre de persona. Solo el bufete firmando en nombre de una sociedad pantalla.
Miró de reojo a Caleb, que también se había inclinado hacia delante y contemplaba el documento con los ojos inexpresivos.
—¿Y la compra de 1992? —preguntó Ariel—. ¿Firmó entonces alguien de Gideon?
La empleada volvió a la carpeta, pasó páginas hacia atrás.
—No. Wells & Calder otra vez, actuando como agente del comprador. El vendedor, Holy Cross Baptist, ese sí lo firmó el pastor. —Levantó la página y la miró entornando los ojos—. El reverendo Peter Duggin.
Así que el único nombre real de toda la cadena pertenecía a un reverendo que había vendido su iglesia hacía más de treinta años. Todos los del lado de Gideon bien podrían haber sido fantasmas.
—¿Hay algo más en la carpeta relacionado con Gideon? ¿Correspondencia, permisos, algo? —preguntó Ariel.
—Los impuestos se pagaban por correo, sin que figurara el nombre de ninguna persona.
Un par de requerimientos de cumplimiento normativo enviados a un apartado de correos en Baton Rouge, pero no volvió nada.
Otros trámites burocráticos de rutina, pero todos dirigidos a la sociedad y ninguno firmado de puño y letra por nadie.
Eso es más o menos todo —dijo, y luego se detuvo y ladeó la cabeza.
—¿Qué ha encontrado? —preguntó Caleb.
—Parece una oferta de compra con fecha de marzo de este año. Gideon Development Group, a través de Wells & Calder, ofreció recomprar la propiedad de la capilla al ayuntamiento de Bellevoix.
Ariel se quedó inmóvil.
—¿Intentaron recuperarla?
—Sí. Después de que el ayuntamiento ya hubiera aprobado las licencias de demolición. —La empleada negó con la cabeza—. El ayuntamiento la rechazó en abril. El proceso estaba demasiado avanzado.
Caleb se removió en la silla.
—¿Por qué iban a querer recuperarla? La vendieron hace diecinueve años.
La empleada se encogió de hombros.
—Ni idea, cariño. Nosotros solo archivamos el papeleo.
Ariel le dio vueltas en la cabeza. Una sociedad pantalla compra la capilla en 1992.
La conserva pese al incendio que mató a varios niños y durante diez años más.
Por fin se la vende al ayuntamiento. Y ahora, casi dos décadas después, ¿intenta recuperarla justo antes de que el ayuntamiento la derribe?
—¿Qué pasa con los cimientos durante la demolición? —preguntó.
—Se retiran por completo. El sótano está dañado estructuralmente —dijo la empleada—. La licencia exige una excavación total antes de poder construir el nuevo parque.
Caleb cruzó la mirada con ella. Ariel asintió.
—¿Puedo conseguir copias de la escritura y de la oferta de compra? —preguntó.
—Claro, cariño. Solo tardo un minuto.
La empleada recogió las páginas y se dirigió a una fotocopiadora al otro lado de la sala. Cosmo se movió en su regazo, apretó el hocico contra su muñeca como si buscara anclarse. Caleb se acercó, lo bastante para que su hombro rozara el de ella.
—Alguien no quiere que se desentierren esos cimientos —dijo.
Ariel mantuvo la voz baja.
—Y en su día alguien se gastó dinero en abogados para asegurarse de que no se les pudiera relacionar con ese edificio. Y cuando el ayuntamiento decidió excavar, intentaron recuperarlo.
—Vimos lo que había ahí abajo —dijo Caleb—. Los catres. El material que quedaba. Pero un equipo de demolición lo encontraría, y seguramente muchas más cosas.
—Y lo documentarían. Darían parte de ello. Y entonces alguien tendría que explicar qué hacía un programa comunitario infantil con equipo médico en un sótano justo antes de un incendio mortal.
La empleada regresó y les entregó las copias. Ariel le dio las gracias, las guardó en la bolsa y salieron. En cuanto volvieron a subir a la camioneta, Ariel sacó el teléfono y empezó a marcar.
—¿Qué haces? —preguntó Caleb.
—Llamar al agente registrado. —Pulsó el botón de llamada y puso el altavoz.
Una voz nítida y profesional respondió al tercer tono.
—Wells & Calder, ¿con quién desea hablar?
—Llamo por uno de sus clientes —dijo Ariel—. Gideon Development Group, LLC. Necesito hablar con alguien sobre los registros de propiedad.
—¿Me dice su nombre?
—Ariel Winters. Soy periodista y estoy investigando propiedades inmobiliarias en Bellevoix, Luisiana.
Una pausa.
—Lo siento, señorita Winters, pero no podemos facilitar información de nuestros clientes sin la debida autorización legal. Si desea presentar una solicitud formal con documentación que acredite su legitimación, puede hacerlo por escrito.
—No les pido datos financieros. Solo necesito saber quiénes son los titulares que hay detrás de la sociedad.
—No estamos obligados a facilitar esa información. —La voz se mantuvo cortés y firme, y sonaba muy ensayada—. ¿Puedo ayudarla en algo más?
Ariel no dijo nada durante un instante.
—No. Gracias.
Colgó y se quedó mirando la pantalla.
—Eso siempre iba a ser un callejón sin salida —dijo Caleb.
—Lo sé. Pero al menos tenía que seguir el procedimiento.
—Dejó caer el teléfono en el regazo—. Quienquiera que esté detrás de Gideon se aseguró de que fuera imposible localizarlo.
Se escuda en el bufete. Ni un cargo ni un socio en los registros.
La única dirección es el apartado de correos.
Esto es una planificación metódica y cuidadosa.
—¿Te ves con fuerzas para lo del inspector de incendios? Tengo un contacto allí. Debería facilitar las cosas —dijo Caleb.
—Vamos allá.
Cosmo se puso de pie, apoyó las patas delanteras en la puerta y miró por la ventanilla como si diera el visto bueno al plan.
***
La oficina regional del inspector de incendios de Luisiana era un edificio de bloques de hormigón en la zona sur del pueblo, con ventanas estrechas y una bandera estadounidense colgando lánguida en el aire quieto. Caleb aparcó y se quedó sentado un momento, con las manos aún en el volante.
—¿Estás bien? —preguntó Ariel.
—Sí. Claro.
Ella sabía que no, pero no quería ofenderlo sugiriéndole que no participara en aquella visita. Bajaron de la camioneta y cruzaron el aparcamiento hasta la entrada principal, con Cosmo pegado a sus tobillos.
El vestíbulo era pequeño e institucional, con suelos de linóleo y una luz cenital dura. Un joven de pelo oscuro y muy corto por encima de las orejas atendía el mostrador de recepción. Levantó la vista cuando entraron.
—¿Puedo ayudarles?
—Venimos a ver a Carly McMillan —dijo Caleb—. Nos está esperando. Soy Caleb Hart.
El joven descolgó el teléfono y pulsó un botón.
—¿Carly? Está aquí Caleb Hart… Vale. —Colgó—. Sale enseguida.
Esperaron. Ariel cambiaba el peso de un pie a otro y Cosmo giraba la cabeza ante cada ruido. Por fin se abrió una puerta en el extremo del vestíbulo.