Capítulo 21
Cuando el sol de la mañana derramó una luz pálida por la habitación, Ariel se despertó con olor a café.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. El techo era de madera en lugar de yeso, y las sábanas olían a un detergente distinto y también a cedro. Entonces su cerebro volvió a ponerse en marcha y recordó. La cabaña de Caleb. La cama de Caleb. Caleb fuera, en el sofá.
Se quedó quieta y repasó mentalmente los acontecimientos del día y la noche anteriores.
La capilla. El cuaderno de bocetos. El hombre que la había seguido hasta el motel.
El sótano de la capilla. La investigación en la biblioteca y el encuentro con Josie.
El allanamiento de su habitación. La cocina de Caleb. Su regazo.
Luego el sueño.
Se apretó los dedos contra los ojos y los mantuvo así. Vio a los niños en el catre, cogidos de la mano. Monitores palpitando de fondo. Y a la mujer del pelo rubio y largo que caminaba por delante de ella por el pasillo con la seguridad de quien sabe exactamente adónde va.
Rachel.
Ariel estaba segura de que había sido su mejor amiga muerta la que aparecía en el sueño. Y anhelaba volver a vivir ese momento. Tener la oportunidad de pasar aunque fuera parte de un sueño con Rachel.
Su mente regresó a la imagen de la niña en el catre. El pelo largo desplegado sobre la almohada y el pecho pequeño subiendo y bajando.
Un recuerdo salió a la superficie. Rachel acurrucada en el sofá de su apartamento, el pelo rubio derramándose sobre un cojín, leyendo uno de sus libros de interpretación de sueños mientras Ariel editaba fotos en la mesa de la cocina.
« Todo el mundo sueña, Ari. Lo que pasa es que tú no recuerdas los tuyos. »
Tragó saliva con fuerza, se negó a dejar que las lágrimas le cerraran la garganta y apartó las manos de la cara.
Cuando se incorporó, la habitación se inclinó y un dolor sordo en las sienes se hizo notar de inmediato. Respiró despacio, esperando a que las paredes dejaran de moverse.
El dormitorio de Caleb era pequeño. Las persianas estaban medio bajadas, y la habitación era como su camioneta: limpia y austera, sin nada decorativo. Ninguna fotografía en las paredes. Ningún libro en la mesilla. Un hombre que mantenía sus posesiones al mínimo.
Encontró su bolsa y fue descalza hasta el baño, donde el espejo confirmó lo que ya sospechaba.
Las ojeras eran tan oscuras que parecían moratones.
Tenía el pelo aplastado por un lado y de punta por el otro.
También había una leve mancha de sangre bajo la fosa nasal izquierda.
Se había secado hasta adquirir un tono pardo rojizo y resaltaba sobre su piel pálida.
No había sangrado activo, solo el residuo, que limpió con una toallita. Ya había tenido hemorragias nasales antes, normalmente por estrés o por la altitud. No era nada.
Se cepilló los dientes, se desnudó y se metió en la ducha.
La presión del agua era mejor de lo que esperaba.
Se quedó bajo el chorro un buen rato, dejando que el calor le penetrara en los hombros y en la nuca, donde la tensión se había asentado durante la noche como bloques de hormigón.
Para cuando se secó con la toalla y se puso ropa limpia, se sentía a medio camino de la normalidad.
La cocina estaba cálida y luminosa. Caleb estaba de espaldas a ella. Vio el bote de Advil en la encimera, junto a la cafetera, con el tapón quitado. Servía café en dos tazas, con movimientos casi robóticos y cuidadosos, como quien intenta que no se le suelte algo dentro del cráneo.
—Buenos días —dijo sin volverse. Tenía la voz ronca y áspera.
—Buenos días.
Cogió una de las tazas y se giró para mirarla de frente. Entornaba los ojos ante la luz del techo, y tenía la piel pálida y demacrada, lo que la hizo pensar en un soldado tras una mala noche. Le tendió la taza.
Ella bajó la vista hacia ella. Se fijó en que la superficie del líquido tenía el tono exacto que le gustaba, ni demasiado oscuro ni demasiado claro. La zona de Ricitos de Oro.
—Tres de azúcar y una de leche, ¿no? —preguntó él.
—¿Y cómo sabes tú eso?
—Porque ayer desayunamos juntos.
—¿Y te fijaste y encima te acordaste? —dijo, mirándolo fijamente.
Él le sostuvo la mirada un instante, luego cogió su propia taza, con el café negro como la noche… y se apoyó en la encimera.
Cosmo salió de debajo de la mesa de la cocina, se estiró con gran teatralidad y trotó hasta los pies de Ariel, donde la miró desde abajo. Ella se agachó y le rascó detrás de las orejas. El perro suspiró, y la cola se le movía en arcos lentos y satisfechos.
Ella se enderezó y señaló con la cabeza el bote de Advil.
—¿Qué tal la cabeza?
—Bien.
—¿Un Advil de bien o medio bote de bien?
Él esbozó una sonrisa fugaz.
—Un punto intermedio.
—Caleb, ¿cómo de mal?
Exhaló por la nariz y se frotó la nuca con una mano.
—Como una resaca, pero sin la parte divertida. Ya va mejor.
—Tienes una pinta horrible.
—Gracias. Y, si me permites, tú tampoco es que estés muy radiante. Fue una noche dura para los dos.
Lo observó por encima del borde de la taza.
Entornaba los ojos y sostenía la cabeza con cuidado, como si todo lo que tenía en el cerebro se mantuviera en su sitio solo por fuerza de voluntad.
Pensó en el sueño y en cómo lo había sentido.
No como dormir, sino como una experiencia absolutamente real.
Como si los hubieran arrastrado a algún sitio.
Pensó en el esfuerzo que había supuesto. Y en el precio.
Él alargó la mano y le apretó el brazo justo por encima del codo.
Tenía la mano firme y cálida, y a ella se le pasó por la cabeza, de repente, la idea absurda de que podría quedarse allí toda la mañana con su mano en el brazo y no necesitar nada más.
Era la clase de pensamiento que, en su oficio, podía hacer que te mataran.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Ella bajó la mirada hacia la mano que él tenía en su brazo y luego la subió hasta su cara.
—No es por mí por quien deberíamos preocuparnos —dijo—. Eres tú el que está tragando analgésicos y metiéndose cafeína en vena.
Él le soltó el brazo.
—Es un dolor de cabeza, no es para tanto.
—No es solo un dolor de cabeza, y los dos lo sabemos.
Caleb se encogió de hombros y cogió su café. Dio un sorbo.
—Sobre lo de anoche.
—¿Te refieres al sueño?
Empezó a decir algo, pero se contuvo.
—Deberíamos aparcarlo —dijo ella—. Al menos por ahora. No podemos hacer nada con ello y hoy tenemos pistas de verdad que seguir. Tenemos que centrarnos.
Él no apartó los ojos de su cara, y ella habría jurado que lo notaba leyéndola. Ya se estaba acostumbrando a él. A su manera de no presionar, de limitarse a tomarle el pulso al ambiente y actuar como un paramédico que lee las constantes vitales.
—Vale —dijo él.
—El registro parroquial y luego el inspector de incendios, ¿no?
—Ajá.
Ella bebió su café. Él bebió el suyo. Cosmo olfateó el suelo de la cocina y luego vino a sentarse entre los dos.
—Antes necesito investigar una cosa —dijo Ariel—. ¿Me das una hora?
—Tómate el tiempo que necesites. Yo voy a meterme en la ducha.
Ariel instaló el portátil en la mesa de la cocina e hizo lo que debería haber hecho semanas atrás.
Buscó en el pasado de Rachel.
No el asesinato ni la investigación, sino su pasado anterior . Los años previos al Tribune y a su apartamento de la planta trece, donde habían construido una vida a base de café a contrarreloj y del acuerdo tácito de no pedirle a la otra que fuera quien no era.
Nunca había tenido motivos para indagar.
La historia de Rachel era la historia de Rachel.
Le había ido ofreciendo fragmentos a lo largo de sus años de amistad, como la gente que comparte cosas poco a poco a medida que crece la confianza.
Ariel sabía que Rachel había tenido una infancia dura.
Su madre había sido adicta. Rachel había entrado y salido del sistema de acogida durante años, incluso antes de que su madre muriera.
Cuando cumplió los dieciocho y salió del sistema, se costeó ella misma los estudios universitarios y, a los veintidós, se las apañó con labia para conseguir unas prácticas en una redacción.
Nunca había husmeado más allá de eso. Ariel se había criado igual. No te metías en el pasado de otra persona cuando el tuyo se sostenía con cinta americana y silencio.
Ahora tecleó el nombre de Rachel en las bases de datos a las que tenía acceso a través del Tribune . Registros públicos. Archivos de la ley de transparencia (FOIA). Expedientes judiciales. El rastro digital de una vida vivida dentro de los sistemas de la administración.
Rachel Monroe. Nacida el 3 de mayo de 1991. Servicios de Protección de Menores de Illinois (DCFS).
Los registros del DCFS estaban, como era de esperar, sellados. Pero los metadatos que los rodeaban, no. Números de expediente judicial. Referencias de archivo del caso. Fechas de acogida.
Ariel tiró de cada hilo y, poco a poco, se formó una imagen.
Resultaba repugnantemente familiar. La madre de Rachel, Karla Monroe, había aparecido por primera vez en el radar del DCFS en 2001, cuando Rachel tenía diez años.
Hospitalizada por endocarditis. Una infección bacteriana de las válvulas del corazón que puede estar causada, entre otras cosas, por las jeringuillas sucias.
Rachel ingresó en acogida temporal. Karla se recuperó y recuperó a Rachel.
Luego volvió a enfermar. Y otra vez. El ciclo se repitió durante cuatro años, hasta que Karla murió en 2005, cuando Rachel tenía catorce.
A partir de entonces, el sistema se convirtió en el domicilio permanente de Rachel. Un centro de acogida en la zona sur. Un acogimiento en Rogers Park que solo duró tres meses. Otro en Pilsen, seis.
Ariel dejó de desplazarse por la pantalla porque esa parte ya la conocía. No por una base de datos, sino de memoria.
El centro de acogida de West Garfield. Ella tenía quince años. Rachel llegó con una bolsa de basura llena de sus cosas y una sudadera dos tallas más grande. Ocupó la litera superior, justo encima de la de Ariel, y no dijo una palabra durante los tres primeros días.
Al cuarto día, se asomó desde la litera de arriba y dijo: «Roncas, ¿lo sabías?», y Ariel contestó: «¿Ah, sí? Pues tú lloras en sueños, así que estamos en paz». Rachel se rio entonces. Una risa de verdad que le salió a borbotones. Aquel había sido el principio de todo.
Compartieron habitación durante ocho meses, hasta que trasladaron a Rachel con una familia de Lincoln Park que la acogió durante el resto del instituto.
Ariel se quedó porque siempre se quedaba.
Era la clase de niña que las familias de acogida pasaban por alto.
Demasiado seca y con demasiadas cosas detrás de aquellos ojos tan tristes.
Rachel era cálida y adorable, así que a ella la elegían.
Ariel no se lo había reprochado. Algunas personas estaban hechas para que las quisieran. Otras, para sobrevivir solas. Había hecho las paces con su destino hacía mucho.
Después de aquello perdieron el contacto.
No volvieron a encontrarse hasta el Tribune , con Rachel en la redacción y Ariel detrás de la cámara.
Y retomaron la amistad como si no hubiera pasado el tiempo.
Rachel la abrazó en el pasillo el primer día y Ariel se quedó allí plantada, rígida y aturdida, y luego, poco a poco, la rodeó con los dos brazos y le devolvió el abrazo.
Al recordarlo, parpadeó y se secó los ojos con el dorso de la mano.
Los expedientes de acogida le hablaban de Rachel a partir de los diez años.
Pero, antes de la primera hospitalización de Karla y de la intervención del DCFS, apenas había rastro.
Ningún registro de matrícula escolar. Ningún domicilio anterior.
Ningún padre que figurara en ningún documento.
Los primeros diez años de Rachel eran una página en blanco.
Podía no significar nada. Karla era adicta, y los adictos llevan vidas caóticas.
Dormían en sofás ajenos, vivían en moteles y se movían al margen del sistema.
Una niña que crecía en esa clase de ambiente podía no dejar ningún rastro documental.
Ariel lo sabía. Lo había vivido en carne propia y había cubierto suficiente pobreza y desarraigo como para entender cómo se colaba la gente por las grietas del sistema.
Pero también sabía que Rachel había nacido en 1991. Que de su primera década no había constancia. Que tenía el pelo rubio y largo y que creía en los sueños como quien ha vivido algo que no sabe explicar.
Y cuando se produjo el incendio de la capilla, en 1997, Rachel habría tenido seis años.
Ariel se quedó mirando la pantalla.
No estaba sacando conclusiones. Solo estaba reuniendo información. Ese era su método. Juntar fragmentos sin obligarlos a formar una imagen. Dejar que la formaran ellos solos.
Pero aquel tiempo del que no había constancia se le asentó en el pecho como un ancla.
Cerró el portátil cuando dejó de oír el agua de la ducha.