Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

La pregunta quedó flotando en el aire mientras Caleb conducía despacio por el barrio, hasta que al final se detuvo junto al bordillo, bajo un magnolio. Dejó la camioneta al ralentí mientras se quedaba allí sentado, mirando por el parabrisas.

Cosmo tenía la barbilla apoyada en la consola, entre ambos. El sol de la tarde lo bañaba y hacía brillar su suave pelaje blanco.

Ariel se giró en el asiento y miró a Caleb. Él no le devolvió la mirada. Se quedó allí, con los ojos al frente, mientras seguía procesando todo lo que había ocurrido en las últimas horas.

El silencio se alargó, y ella no era —como Rachel había señalado tantas veces— una mujer paciente.

Debería decir algo. Quizá sobre lo bien que estaba llevando la situación, o sobre lo evidente que era que Josie lo quería, o sobre que nada de aquello era culpa suya.

Algo cálido, humano y emocionalmente inteligente.

Por desgracia, lo que salió fue:

—Tu madre hace unas galletas buenísimas.

Caleb parpadeó despacio, luego volvió la cabeza y la miró.

—Las galletas —continuó Ariel—. Las del plato. Creo que eran snickerdoodles. Y estaban riquísimas.

Al principio su expresión siguió inalterable y no respondió. Pero luego ladeó la cabeza hacia ella y sonrió de verdad.

—Le haría muchísima ilusión oír eso. Lo más probable es que la próxima vez te mande a casa con un tupper. Se toma la repostería muy en serio.

—No le diría que no.

Ariel decidió que, aunque el intento había sido torpe, había cumplido su función de bajar la temperatura emocional.

Se aventuró a probar otra vez.

—¿Estás bien?

—Todavía no lo sé.

Suspiró.

—Yo era un crío en ese incendio. Mi madre estaba allí y nunca me lo dijo. Esa cicatriz que no recuerdo haberme hecho me quedó grabada a fuego en la piel aquella noche.

Hizo una pausa.

—Es mucho que asimilar.

—Ya.

Le observó la cara igual que observaba la luz al posarse sobre un sujeto antes de disparar. Asegurándose de no perderse el mejor ángulo.

—Es muchísimo.

—Pero no me estoy viniendo abajo, si es lo que preguntas —dijo él.

—No lo preguntaba.

—Te he visto trabajar. Estabas encuadrando la toma e intentando decidir si disparar o no.

Ella abrió la boca y enseguida volvió a cerrarla. Tenía razón y los dos lo sabían.

—Vale —dijo—. Puede que estuviera esperando la luz perfecta. Demándame. No se me da muy bien esto.

—¿El qué?

—Estar ahí para la gente. Interesarme.

Tiró de un hilo suelto de sus vaqueros.

—Rachel solía decir que hablar conmigo de sentimientos era como intentar abrazar un trípode.

Una sonrisa asomó en los labios de Caleb.

—Qué comparación tan específica.

—Rachel era una persona muy específica.

Él asintió, pero no dijo nada más, mientras Ariel sentía que el fantasma de Rachel se sentaba entre ambos.

—Bien —dijo Ariel—. Tenemos que decidir nuestro siguiente paso.

Cuando él se volvió para mirarla, ella vio producirse el cambio en tiempo real. La mirada se le concentró en su cara. Cuadró los hombros, apartó las manos de los muslos. Una fue al volante.

—La oficina del inspector de incendios —dijo—. Quiero ver el informe oficial de la investigación.

—Deberíamos pasarnos también por el catastro parroquial. Rastrear registros de la propiedad, historial de titularidad. La venta a la ciudad.

—Puede que haya expedientes judiciales si la investigación del incendio derivó en cargos.

Ariel asintió.

—Y en la biblioteca quedaban más bobinas que no llegamos a ver.

Mientras se miraban, la constatación aterrizó al mismo tiempo.

—Es domingo —dijo Caleb.

—Es domingo —convino Ariel.

Él exhaló por la nariz. No de frustración, solo barajando las opciones disponibles.

—Entonces comemos —dijo.

—¿Qué?

Ariel frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no podemos hacer nada oficial hasta mañana. Y, por muy buenas que sean las galletas de mi madre, no son una comida de verdad. Además, es un buen momento para parar un segundo. Reagruparnos.

Metió la marcha.

—Conozco un sitio.

—No tengo hambre.

—Tú nunca tienes hambre. No podemos usarte de barómetro.

Quiso discutir, pero no tenía ninguna idea mejor.

—Vale, está bien. Pero trabajo mientras comemos.

—No esperaba menos.

Condujo hacia el oeste por el Barrio Viejo, pasando los balcones de hierro y las farolas de gas, hasta que los edificios se abrieron cerca del río.

Incluso en temporada baja, el Bayou Market atraía a los paseantes.

Las familias deambulaban entre las terrazas de los cafés y los niños se perseguían por la zona de juegos.

Adolescentes con tatuajes y múltiples piercings se agrupaban junto a los bancos.

Un músico callejero tocaba una guitarra desvencijada, con el estuche reluciente de monedas y billetes arrugados de un dólar.

El restaurante se llamaba On The Flat y ocupaba un almacén reconvertido, con una marquesina de chapa ondulada sobre una terraza en la que colgaban, apagadas, unas bombillas Edison.

Sillas descabaladas rodeaban mesas de hierro forjado.

La puerta se mantenía abierta con una pizarra de menú haciendo de tope.

Era la clase de sitio que servía cocina sureña tradicional y cerveza fría.

Cosmo los siguió hasta la entrada, con el hocico tembloroso y la cola moviéndose feliz de un lado a otro.

—¿Dejan entrar perros? —preguntó Ariel.

—Esto es Luisiana. Seguramente dejen hasta caimanes en la terraza.

Se decidieron por una mesa en el borde, medio a la sombra de la marquesina.

El sol de media tarde caía en ángulo bajo y proyectaba sombras largas sobre el ladrillo.

Ariel soltó la bolsa de la cámara en la silla vacía de al lado y dejó el móvil sobre la mesa.

Caleb se sentó enfrente, de espaldas a la pared y con los ojos puestos en la calle.

Una camarera joven, de pelo largo y oscuro, se acercó a la mesa.

—Hola, Caleb. Hacía tiempo que no te veía.

—Hola, Kylie. He estado liado.

—¿Lo de siempre?

—Estupendo, y…

Ladeó la cabeza hacia Ariel.

—Whisky con Coca-Cola —dijo ella, y luego lanzó una mirada a Caleb—. No empieces. En algún sitio ya son las cinco.

—No he dicho ni una palabra.

—Tu cara sí.

—Mi cara estaba a lo suyo.

Le sonrió a Kylie.

—¿Y nos puedes poner un cuenco de agua para el perro?

La camarera echó un vistazo bajo la mesa, donde Cosmo estaba sentado, alerta a cualquier oportunidad de comida.

—Por supuesto. Qué monada.

—Eso es lo que quiere que creas —dijo Ariel.

La camarera se rio y volvió adentro.

Ariel cogió el móvil y se puso a teclear.

—¿Qué buscas? —preguntó Caleb.

—Información sobre la Capilla de la Nueva Luz. Registros de la propiedad. Quiero ver quién es el dueño del terreno ahora.

Los pulgares se le movían rápido, la pantalla reflejándose en sus ojos.

—El catastro parroquial tiene un portal en internet. A ver cuánto han colgado ahí en realidad.

La página tardó una eternidad en cargar.

Ariel entornó los ojos ante el texto diminuto mientras navegaba, tocando y desplazándose y volviendo a tocar.

El sitio no parecía haberse actualizado en años.

Los menús desplegables no se desplegaban y los campos de búsqueda no aceptaban nombres de propiedades.

Cuando abrió el mapa de Bellevoix, se colgó dos veces antes de que por fin consiguiera algo de información.

—El propietario actual es la ciudad de Bellevoix —dijo—. Adquirió el terreno en 2007.

—Diez años después del incendio.

—Ajá.

Siguió desplazándose.

—Hay una nota de que la ciudad la compró para desarrollo municipal. Tienen pensado un espacio verde público y una zona recreativa infantil.

—Un parque.

—Un parque con zona de juegos infantil. En el terreno donde murieron cuatro niños.

Dejó que la idea se asentara un momento.

—Alguien en el ayuntamiento, o le gusta la ironía o tiene mala memoria.

Caleb se recostó en la silla.

—O intentan recuperar el espacio. Convertirlo en algo bueno.

Ella se encogió de hombros.

—Puede. En cualquier caso, lleva ahí parado desde 2007 sin construir nada. Diecinueve años es mucho tiempo para planear un parque.

Kylie volvió con las bebidas y un cuenco de cerámica con agua, que dejó en el suelo junto a Cosmo. Él lo olisqueó, luego bebió a lengüetadas en silencio antes de tumbarse con un suspiro de satisfacción.

Ariel dio un sorbo al whisky con Coca-Cola, después dejó el vaso y volvió al móvil.

—A ver qué encuentro del propietario anterior.

Navegó hacia atrás por el historial de transacciones del catastro. Cuanto más retrocedía, más escasos eran los registros.

—Vale, tengo a la ciudad comprándoselo a una sociedad. Espera.

Amplió la imagen. El escaneado era de mala calidad, la tipografía borrosa y desvaída.

—Gideon Development Group —leyó en voz alta.

No le sonaba de nada.

—Registrada en Delaware. Cómo no.

—¿Por qué «cómo no»? —preguntó Caleb.

—Significa que no quieren que los encuentren. Delaware te permite registrar una empresa sin tener que identificar públicamente a sus propietarios. Es adonde va la gente cuando quiere una tapadera financiera legal y no dejar huellas.

Siguió buscando.

—Si es una sociedad de Delaware, el agente registrado será público, pero los miembros reales seguramente no. A menos que consigas una orden judicial o un abogado muy bueno.

Los resultados fueron más o menos lo que esperaba.

Una mención al registro mercantil de la Secretaría de Estado de Luisiana.

LLC extranjera. Estado: activa. El agente registrado era un bufete del que nunca había oído hablar.

Ningún directivo ni miembro listado. La única dirección era un apartado de correos en Baton Rouge.

—Callejón sin salida —dijo—. Al menos en la búsqueda por internet. Con suerte sacamos más en el registro parroquial mañana. A veces los archivos físicos tienen detalles que el sistema digital no.

—¿Como qué?

—Como la escritura de venta en sí. Firmas. Sellos de notario. Los nombres de las personas que actuaron en nombre de la sociedad.

Cogió la bebida, dio un sorbo y volvió a dejarla.

—Alguien firmó los papeles cuando le vendieron a la ciudad allá por 2007. Esa firma está en algún archivador.