Capítulo 16
Ariel y Caleb siguieron adelante.
Pasadas las salas de las camas, el pasillo se estrechaba y el techo bajaba otros centímetros. Ariel encogió los hombros por instinto y luchó contra la claustrofobia que la atenazaba. Caleb iba delante, barriendo el suelo de lado a lado con el haz de la linterna.
Había tres salas más. Todas vacías. Todas con idénticas paredes de hormigón, suelos de hormigón y la misma pintura amarillenta que se desprendía en tiras largas. Dos de ellas tenían la disposición de los pernos en las paredes y todos los techos estaban marcados por los daños del fuego.
—Más de lo mismo —dijo Caleb desde el último umbral.
—Más de lo mismo —convino ella.
El corredor terminaba en un muro.
Esta vez no era un muro de bloques de hormigón levantado de cualquier manera, sino uno de ladrillo construido con esmero.
Las líneas de mortero uniformes y a ras del hormigón de alrededor.
Ariel dirigió el haz hacia abajo, al contorno de la escalera, con tres peldaños muy inclinados visibles antes de que el muro de ladrillo se tragara el resto.
Caleb pasó una mano por la lisa superficie de ladrillo.
—Este habría sido el acceso interior entre el sótano y la capilla.
—Así que antes había dos formas de bajar. La escalera exterior que hemos usado y esta.
Golpeó el muro con los nudillos.
—No creo que mi fiel palanca pueda con este pedazo de muro. No hay quien lo tire sin un equipo serio.
Ariel examinó el muro e intentó imaginar cómo había sido casi treinta años atrás, cuando bajaban a los niños por aquellos peldaños hasta el pasillo que quedaba a su espalda, con sus paredes con pernos, sus desagües y sus camas.
Suspiró y se dio la vuelta. Se quedaron allí un momento en silencio mientras el sótano se cerraba a su alrededor, con el aire viciado y teñido de un leve olor químico.
En el haz de la linterna flotaban motas de polvo, probablemente lo único que se había movido ahí abajo en décadas.
Aparte de ella y Caleb. Y de quienquiera que hubiese abierto el bloque de hormigón antes que ellos.
La idea la golpeó como un rayo.
—Mierda. —Buscó a tientas la bolsa de la cámara—. No he hecho ni una sola foto.
Caleb le lanzó una mirada.
—Soy fotógrafa —dijo, con la voz cargada de incredulidad—. Me he recorrido todo este sitio subterráneo… o lo que narices sea… y ni siquiera he hecho una toma.
No recordaba ninguna otra vez que se hubiera olvidado de documentar. La cámara era un reflejo. Como la memoria muscular. Pero esta vez había atravesado el sótano como una civil, no como una fotógrafa. Como alguien que lo vivía en lugar de registrarlo.
—Tengo que captar y documentarlo todo mientras volvemos —dijo, sacando ya la cámara.
Se puso manos a la obra y registró primero la escalera sin salida, con los peldaños de piedra desapareciendo tras ella.
Luego cada sala por orden, mientras desandaba metódicamente el pasillo.
Planos generales de cada puerta. Detalles del interior de cada sala, incluidos la disposición de los pernos, las fundas de los conductos derretidas y los desagües.
Captó las marcas del incendio en los techos.
Las estructuras metálicas deformadas de las camas. El carro volcado.
Caleb la seguía por detrás, sosteniendo su linterna para reforzar la de ella, inclinándola cuando se lo pedía, sin decir nada. No la metía prisa ni le preguntaba cuánto tardaría. Solo se quedaba con ella y observaba el proceso.
Cuando terminó con la última sala, desenroscó el objetivo y lo guardó junto con la cámara en la bolsa.
—Vale —dijo—. Vámonos de aquí.
Esta vez Ariel fue primero, agachándose para cruzar el hueco del muro de hormigón y rascándose el hombro contra el borde áspero. Caleb la siguió. Tiró de la bolsa de la cámara tras de sí y luego se la tendió.
Subir la escalera fue una experiencia totalmente distinta a bajarla. El aire se iba templando con cada peldaño, y cuando se escurrió entre el contrachapado y el marco, la luz del día le dio en la cara. Inspiró hondo y sintió el aire dulce y fresco llenarle los pulmones.
Cosmo perdió la cabeza.
El perrillo soltó una serie de ladridos agudos y frenéticos y tiró de la correa. Todo su cuerpo vibraba y movía la cola tan rápido que era un borrón. Cuando Ariel le soltó la correa, se lanzó hacia ella y le hundió la cara en el cuello.
—Sí, sí. Hemos vuelto. Tal como prometí. Y tú, mi querido amigo peludo, has sobrevivido a la guardia. Enhorabuena —dijo, pasándole una mano por lo alto de la cabeza antes de dejarlo en el suelo.
Cuando Caleb salió detrás de ella y se sentó en el escalón de arriba, entornando los ojos ante la luz, Cosmo corrió hacia él, le olisqueó la mano y después le trepó por el cuerpo y le apretó el hocico contra el pecho.
—Estamos bien, colega. Ni un rasguño —dijo, acariciándole las orejas al perro.
Ariel se volvió y examinó la capilla.
—Quiero entrar.
—¿En serio? ¿No te ha bastado con el sótano?
—Sí, en serio. El sótano era la parte secreta. Algo que la gente no debía ver. —Señaló con la cabeza la estructura principal—. Quiero ver el resto. La parte que la gente sí veía.
Él no dijo nada durante un buen rato y después se puso en pie y se sacudió el polvo de los vaqueros.
—La puerta lateral es seguramente nuestra mejor opción —dijo.
Rodearon el edificio, dejaron atrás la entrada principal tapiada con contrachapado y atornillada al marco de piedra con tirafondos que aún no se habían oxidado.
Cosmo trotaba entre ellos mientras doblaban la esquina hacia el lado este, hasta lo que parecía haber sido en su día la entrada de la sacristía.
La única plancha de contrachapado colgaba torcida, y el tablero estaba suelto y se movía con facilidad de un lado a otro, como una puerta para perros.
—Quédate aquí —le dijo Ariel a Cosmo. Rastreó el terreno hasta que encontró una piedra grande y la usó para sujetarle la correa—. Lo digo en serio. Quieto.
Cosmo se sentó, encorvado y con las orejas pegadas a la cabeza, haciendo su mejor imitación de perro apaleado y abandonado en la cuneta. Pero se quedó.
Caleb y Ariel se colaron dentro.
Olía a moho y a madera húmeda, pero el aire no tenía el deje químico del sótano. Cruzaron el vestíbulo y, al final, atravesaron una puerta que daba a la nave.
El espacio era más grande de lo que Ariel había esperado.
Techo alto y abovedado, arcos de piedra que se alzaban hasta una cúspide a unos diez metros de altura.
Los bancos estaban desperdigados. La mayoría volcados de lado, aunque algunos los habían arrinconado apilados contra las paredes del fondo.
Unos cuantos seguían en filas torcidas, como si los últimos feligreses se hubieran levantado y, sin más, se hubieran marchado.
En el suelo había viejos cantorales, con las páginas hinchadas y deformadas. Cerca de la puerta, había un dibujo infantil sujeto al tablón de corcho… monigotes cogidos de la mano bajo un sol amarillo, con una hilera de flores a sus pies.
Al fondo estaba el altar. Se asentaba sobre una tarima de madera y lo habían dejado desnudo.
Las velas, la cruz y el paño que lo hubiera cubierto hacía tiempo que no estaban.
Solo quedaba la madera dañada, oscurecida por las manchas de agua y los años.
El púlpito de al lado se inclinaba como un borracho y un candelabro de latón yacía de costado en uno de los escalones, verde por la oxidación.
Pero cuando Ariel levantó la vista hacia la vidriera, se le cortó la respiración.
El ventanal era enorme. De al menos tres metros y medio de alto y encastrado en el arco de piedra de la nave.
Representaba a un pastor que cargaba un cordero sobre los hombros.
Sus ropajes eran de azules y morados intensos, y el cordero de un dorado pálido.
El fondo era un paisaje de colinas verdes y onduladas bajo un cielo que iba del ámbar junto al horizonte al carmesí profundo en lo más alto.
Aunque el vidrio se había hecho añicos, aún se veía media cara del cordero. Los bordes dentados parecían dientes rotos. El viento entraba por el hueco y removía el polvo del altar de abajo. Aun así, el resto del ventanal estaba intacto y, pese a la suciedad y la mugre, los colores resplandecían.
Sin pensarlo, Ariel levantó la cámara y fotografió el ventanal. Después la nave. Encuadró el altar y los bancos dispersos antes de cruzar hasta el otro lado para captar el dibujo infantil del tablón de corcho.
Caleb se quedó junto al altar, mirando fijamente la vidriera.
—Durante toda mi infancia, mamá me arrastró a First Baptist Church todos los domingos —dijo—.
Lo odiaba. Los sermones duraban siempre como dos días, y si volvía a oír el del hijo pródigo una vez más, creía que me volvería loco.
—Hizo una pausa y la miró de reojo—. Pero me encantaban las vidrieras.
Hacían que todo el sitio pareciera mágico. Como si cualquier cosa fuera posible.
—Yo nunca fui a la iglesia.
—¿Nunca?
—No. A ninguna de mis familias de acogida le iba el tema. —Bajó la cámara. Se encogió de hombros—. Recuerdo que en una casa había una estatua de Buda en el salón, pero era más decorativa que por devoción.
Lo dijo con voz plana, como si describiera la vida de otra persona. Caleb no dijo nada durante un momento, pero ella intuyó que se estaba animando a decir algo. Se le notaba en cómo cambiaba de postura y se le dulcificaba la mirada.
—¿Cuánto tiempo estuviste en el sistema? —preguntó.
—El suficiente.
—Ariel…
—No. —Su voz era fría. No enfadada, solo cerrada, como una puerta que se cierra de golpe y un cerrojo que encaja en su sitio—. Seguro que estás a punto de decir algo amable y comprensivo y, por bienintencionado que sea, no necesito oírlo. He hecho las paces con mi pasado.
El silencio que siguió fue pesado. Caleb le sostuvo la mirada unos instantes y después se limitó a asentir y apartar la vista.
Ariel echó un último vistazo a la capilla.
—Creo que aquí hemos terminado. Vámonos —dijo.
Salieron por donde habían entrado y encontraron a Cosmo fuera, todavía sujeto por la piedra, esperando.
—Buen chico —dijo Ariel, recogiendo la correa.
Rodearon el edificio hasta la fachada y se detuvieron en el camino agrietado. El sol se había desplazado un poco en lo alto y ahora quedaba justo detrás del edificio, sumiendo en sombra la capilla con su campanario torcido.
—Tenemos que averiguar todo lo que podamos sobre este sitio —dijo—. Quién lo dirigía. Qué pasó antes del incendio.
Caleb asintió.
—Sí. Eso hay que hacer.
—Marie, la camarera de Betty's, me dijo que la biblioteca tiene una sección de historia local. —Se volvió y le dedicó una sonrisa chulesca—. ¿Te animas a investigar con microfichas?
—Investigar no es precisamente lo mío.
—Bueno, por suerte para ti, yo he aprendido unos cuantos trucos con los años.
Ariel retrocedió unos pasos, se protegió los ojos con la mano y contempló la capilla por última vez.
Desde allí no alcanzaba a ver la vidriera que había sobre el altar, pero la tenía clara en la cabeza.
El pastor, las colinas y la cara destrozada del cordero…
el viento entrando por el agujero donde habían estado sus ojos.
Algo había pasado en aquel edificio. Y ese algo había tenido que ver con camas y pies de gotero en un sótano sellado y había dejado tras de sí el rosario de un niño alrededor del cuello de un peluche.
Y, fuera lo que fuese, cuatro críos habían muerto y el pueblo había hecho todo lo posible por olvidar el asunto entero.
Iba a averiguarlo todo.
Le dio la espalda a la Capilla de la Nueva Luz y echó a andar con Caleb hacia la camioneta.