Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

La Biblioteca Pública de Bellevoix se alzaba en el borde del Barrio Viejo. Era un edificio de ladrillo de dos plantas, con ventanas altas y estrechas y hiedra trepando por las paredes, y parecía haber brotado allí más que haber sido construido.

Hacía años que Caleb no ponía un pie dentro.

De niño, su madre lo llevaba los sábados por la mañana a la sección infantil de la planta baja.

Recordaba un espacio acogedor con pufs y libros ilustrados.

La bibliotecaria, la señorita Popalow, llamaba a todo el mundo «cielo», y le hizo sonreír acordarse de aquella época.

Ariel metió a Cosmo en la bolsa, de forma que solo le asomaba la cabecita, y empujó las puertas de entrada.

—Calladito —le susurró al perro—. Si nos echan, es culpa tuya.

Una mujer con el pelo morado y gafas de ojos de gato atendía el mostrador de entrada. Un hombre y un niño pequeño estaban sentados a una mesa haciendo un puzle. Dos ancianas examinaban la pared de novedades; una se apoyaba en un andador metálico y la otra iba en una silla de ruedas eléctrica.

—Hola —le dijo Ariel a la mujer del mostrador—. ¿Dónde está la sección de historia local? Microfichas, periódicos antiguos, ese tipo de cosas.

—Tercera planta —dijo la mujer—. Suba por la escalera, pasada la sección de consulta.

—Gracias.

Subieron los anchos peldaños de piedra hasta la tercera planta.

La zona estaba fresca y en penumbra. Hileras de estanterías llenas de publicaciones periódicas encuadernadas y cajas de archivo cubrían las paredes.

Dos lectores de microfichas se hallaban en medio de la sala, sobre una mesa rectangular de madera, con las pantallas apagadas.

A su lado, un armario de madera albergaba filas de cajoncitos etiquetados por años.

No había nadie más arriba.

Ariel dejó la bolsa en el suelo para que Cosmo pudiera salir. El perro olisqueó la moqueta y la base de uno de los estantes y después volvió para acurrucarse bajo la mesa, entre los dos lectores.

—¿Listo para volver a 1997? —preguntó Ariel, tirando del cajón etiquetado «1995-2000».

Rebuscó entre las cajitas del interior, cada una marcada con un rango de fechas y el nombre de un periódico—.

Vale, aquí está el Bellevoix Tribune. 1997 está dividido de enero a junio y luego de julio a diciembre.

Cargó el primer carrete en el lector de la derecha. La máquina cobró vida con un zumbido y la pantalla se encendió con un verde pálido.

—Buscamos cualquier cosa sobre la Capilla de la Nueva Luz —dijo, ya desplazando la imagen—. El incendio. La investigación. El personal. La titularidad. Lo que sea.

Caleb sacó una caja de uno de los cajones.

—Yo tengo el Bellevoix Herald. El mismo año.

—El Herald seguramente sea mejor, al ser un periódico más pequeño. Se habrán centrado en lo local y lo habrán cubierto con detalle —dijo.

Con un poco de ayuda de Ariel, cargó el carrete en la máquina de la izquierda. Gruñó a regañadientes antes de que la pantalla parpadeara y mostrara las columnas de texto, diminutas y borrosas, en tonos de verde y gris.

Caleb empezó a desplazarse.

Nunca había hecho investigación de archivo.

Buscar los hilos de una historia en periódicos viejos.

Era como mirar una versión de Bellevoix a través de un cristal manchado, una versión que solo había conocido de niño.

Y aun entonces, en realidad no la había conocido en absoluto.

Recordaba el pueblo en el que se había criado como un lugar seguro y cálido: la versión construida, mantenida y protegida por su madre.

Pero lo que veía de Bellevoix en las microfichas era distinto. Más turbio. Lleno de peleas urbanísticas, disputas municipales y noticias de sucesos. Historia tras historia de los dramas entre las más o menos cien mil personas que vivían unas encima de otras bajo el calor de Luisiana.

En enero de 1997, pasó por encima de historias sobre una ferretería que cerraba tras treinta y cinco años. Un reportaje sobre la cosecha anual de pacanas. Un plan del alcalde para renovar el centro y atraer turismo.

Pasó a febrero. Siguió desplazándose. Lo distrajo un momento la noticia de un pleno municipal que acabó a golpes y tuvo que ser disuelto por la policía. No hubo cargos, aunque dos concejales dimitieron.

Entonces vio el titular y las manos se le quedaron quietas sobre el dial.

INCENDIO EN LA CAPILLA DE LA NUEVA LUZ: CUATRO MUERTOS CONFIRMADOS

El artículo ocupaba toda la portada y más. Los hechos se exponían en el lenguaje escueto del periodismo local. El incendio se había notificado a las 23:54. Cuatro niños muertos y la causa estaba bajo investigación.

—Ariel, ven aquí. —La voz le salió ronca—. Tengo algo.

Ella se apartó de la mesa y se acercó a su lado; se inclinó hasta que sus hombros se rozaron mientras recorría la pantalla con la mirada.

—«Incendio en la Capilla de la Nueva Luz: cuatro muertos» —leyó en voz alta—. 19 de febrero de 1997. —Señaló la pantalla—. Sigue bajando. Habrá artículos de seguimiento.

Él avanzó despacio por los artículos posteriores. En los días siguientes al incendio, las noticias llegaron en avalancha. Actualizaciones de la investigación. Respuesta de la comunidad. Entrevistas con los equipos de emergencia.

Caleb detuvo el desplazamiento en el titular: LA COMUNIDAD SE VUELCA TRAS EL INCENDIO DE LA CAPILLA.

Debajo, una fotografía granulosa en blanco y negro. Un grupo de personas de pie frente a la capilla en ruinas. Trabajadores de emergencias con abrigos gruesos junto a clérigos con túnicas oscuras, al lado de voluntarios de rostro demudado.

Se quedó mirando la foto, estudiando las caras una a una. Los nombres no le decían nada y las caras eran de desconocidos. Empezaba a pasar de largo cuando la mano de Ariel se cerró sobre su muñeca.

—Para.

Paró.

Ella señaló una esquina de la imagen, una mujer en la que él no había reparado en su primera pasada. Joven. El pelo oscuro recogido hacia atrás. Los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión abatida.

A Caleb se le estrechó la visión.

Conocía esa cara. Era más joven y más delgada de lo que estaba acostumbrado a ver. El pelo era más oscuro. Pero la línea de la mandíbula y la forma de apretar los labios le llegaron hondo. Intentaba no llorar. Le había visto poner esa misma expresión a lo largo de toda su vida.

El pie de foto decía: « Entre quienes salieron ilesos se encontraba Josie Hart, recepcionista de una clínica local que hacía voluntariado en el programa infantil de la Capilla de la Nueva Luz. Hart, que ayudó a evacuar a varios niños durante el incendio, declinó hacer declaraciones. »

El mundo se inclinó.

No en sentido metafórico, sino un vuelco real: el suelo pareció ondularse bajo su silla y las estanterías se curvaron en el borde de su visión. El hombro le estalló en una punzada de dolor tan repentina y feroz que se llevó la mano a él, aferrándose al tejido cicatricial bajo la camisa.

Entonces lo golpeó el olor. Humo y aislamiento quemado.

Mucho más fuerte aquí de lo que había sido antes, en el muro de la capilla.

Y más fuerte de lo que tenía derecho a ser un recuerdo fantasma.

Al disiparse, captó algo más. Limón y antiséptico.

El olor de una habitación de hospital o de algún otro lugar igual de limpio y aséptico.

Sacudió la cabeza, tratando de frenar el pitido agudo y fino que le resonaba en los oídos. Imaginaba que así debía de sonar un silbato para perros. Pero peores eran las voces. Vocecitas. Voces de niños.

—Caleb.

La voz de Ariel estaba cerca. Firme.

Bajó la vista y vio que agarraba el borde de la mesa con ambas manos. Tenía los nudillos blancos y los brazos le temblaban por la tensión. No recordaba haberlo agarrado.

—Caleb. Mírame.

Volvió la cabeza y ella estaba justo ahí. Sus ojos grises fijos en su cara. Sin miedo ni lástima. Solo evaluación. La forma en que probablemente evaluaría una situación sobre el terreno. Y habría jurado que le estaba tomando las constantes vitales a través de la propia piel.

—Respira —dijo—. Despacio. Por la nariz.

Inspiró. Y, al hacerlo, el olor se retiró y el pitido se desvaneció. Por fin, la sala se estabilizó.

—¿Esa es tu madre? —preguntó Ariel.

Sus ojos regresaron a la pantalla. A la joven del pelo oscuro y el rostro lleno de angustia. El nombre de su madre impreso bajo la foto en una noticia de hacía casi treinta años.

—Nunca me lo contó —dijo. La voz no le sonaba como suya—. Trabajaba allí. Estuvo allí la noche del incendio y ayudó a evacuar a los niños. —Muy despacio, negó con la cabeza—. Nunca dijo ni una palabra.

Al principio, Ariel no respondió. Se limitó a observarlo del mismo modo que lo había observado aquella mañana, cuando él había dicho soñé tu cara durante seis semanas. Como si buscara algo enterrado bajo la superficie. La mentira o la actuación. La grieta en la fachada.

Esta vez debió de quedar conforme con lo que encontró, porque su expresión se suavizó una fracción.

—Tendría sus motivos —dijo Ariel—. La gente que sobrevive a hechos traumáticos no siempre habla de ellos.

—Pues vaya si hablaba de todo lo demás. Mi infancia. Mi adopción. Lo poco que sabía de mis padres biológicos. —Tenía la garganta tensa. Tragó una vez y soltó el aire pesadamente—. Me lo contó todo menos esto.

—A lo mejor porque era su pasado. Solo suyo —sugirió Ariel.

Bajo la mesa, Cosmo gimió y se apretó contra el tobillo de Caleb. Su cuerpecito temblaba y sus ojos oscuros lo miraban desde abajo con esa expresión que ponen los perros cuando notan la angustia brotar de una persona a oleadas.

Caleb bajó la mano y le dio unas palmaditas a Cosmo en la cabeza, le apoyó la mano en el lomo. El calor resultaba reconfortante, y cuando los temblores bajo su palma remitieron, lo tranquilizó saber que había podido hacer algo bueno, por pequeño que fuera, en medio de aquel caos emocional.

Ariel pasó el brazo por delante de él y pulsó el botón de imprimir de la máquina. Cogió las páginas granulosas de la bandeja y las metió en la bolsa de la cámara.

—Aquí habrá más —dijo, señalando la pantalla con la cabeza—. Quiero seguir. Sacar todo lo que podamos encontrar.

Él asintió y se volvió hacia la pantalla, pero los ojos no querían enfocar. Las palabras entraban y salían de foco, el texto se emborronaba.

Su madre había estado en la capilla. No una simple testigo, sino dentro, trabajando con los niños. Había colaborado en el programa que estuviera llevando la Capilla de la Nueva Luz. Y, de algún modo, nunca había mencionado que había ayudado a rescatar niños cuando ardió.

La misma capilla que Ariel había venido a fotografiar desde Chicago para un encargo de trabajo.

Donde el hombre de la gorra de béisbol —el hombre que probablemente había asesinado a la mejor amiga de Ariel— se había quedado observándolos.

El mismo sitio en el que Caleb había tenido dos alucinaciones raras o fallos cerebrales o lo que narices hubieran sido.

—Caleb. —La voz de Ariel era ahora más suave—. Vamos a resolver esto.

No era tanto un consuelo como una declaración de intenciones práctica. Una promesa igual que le habría prometido a sus editores que conseguiría la foto o se habría prometido a sí misma que encontraría al asesino de Rachel.

Él volvió la mirada hacia su rostro y se la sostuvo. Y encontró algo que no esperaba. El reconocimiento de que ahora ambos pisaban el mismo terreno. De que, fuera lo que fuese aquello, les pertenecía a los dos.

—Necesito hablar con mi madre —dijo.

Ariel devolvió los carretes al armario. Cerró los cajones. Después cogió a Cosmo y lo metió en la bolsa.

—Voy contigo —dijo.

No era una pregunta.

Él la miró. Los labios carnosos y los ojos grises y el flequillo rubio cayéndole sobre la frente. La forma en que la correa de la cámara le cruzaba el pecho en diagonal, como una banda.

—Vale —dijo.