Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Para Ariel era evidente que aquel hombre tenía complejo de héroe.

Caleb, de pie a la entrada del sótano, enumeraba todas las formas posibles en que podían morir ahí abajo.

Derrumbe estructural. Inundación. Moho tóxico.

Fauna rabiosa, cuya sola idea la obligó a apartar la mirada para disimular una sonrisa.

No pudo evitar pensar en la ironía de haber sobrevivido años en zonas de guerra para acabar derrotada por una escalera húmeda en Luisiana.

—El suelo podría estar podrido del todo —decía—. O el techo dañado. Y si algo se derrumba, nadie sabe que estamos aquí.

—Pues tendremos muchísimo cuidado.

—No me gusta.

—Alguien ha estado entrando y saliendo de este edificio. La misma persona que quizá asesinó a mi mejor amiga. —Mantuvo la voz firme—. Necesito ver qué hay ahí abajo.

Él la miró fijamente y ella le sostuvo la mirada. Había ganado duelos de miradas a señores de la guerra y a funcionarios de aduanas hostiles. A guardias fronterizos con el gatillo fácil. Caleb, en comparación, apenas suponía un reto.

—Cosmo se queda fuera —dijo.

—Vale.

—Y voy a volver a la camioneta a por linternas, herramientas y el botiquín. No vamos a entrar a ciegas. —La señaló con el dedo—. Y no te acercas a ese sótano a menos que yo esté contigo.

—Vale. Haz lo que tengas que hacer. Pero espabila.

Él cruzó el terreno al trote y ella se descubrió observándolo. Alto. Hombros anchos. Un culo de escándalo. De esos hombres bendecidos con buena genética que además se cuidan. Era irritantemente atractivo. Y justo lo último en lo que debería estar fijándose en ese momento.

Céntrate, Winters. Sótano siniestro. Posible homicida. A lo que importa.

Se dejó caer en el escalón de arriba, junto a Cosmo. El perro tenía el cuerpo orientado hacia el tablero de contrachapado y la nariz le temblaba ante los olores que le llegaban.

—¿Qué crees que hay ahí abajo? —le preguntó.

Cosmo gimió.

—¿Y eso se supone que ayuda?

Al cabo de unos minutos, Caleb reapareció por el costado de la capilla con una bolsa de lona azul.

Ella enganchó la correa de Cosmo a la barandilla de lo alto de la escalera. El perro gimió al instante y tiró hacia ella. Se agachó y acercó la cara a la suya.

—Te vas a quedar aquí y vas a montar guardia. Es un trabajo importante, pero confío en ti.

Cosmo se sentó. El cuerpo rígido, los ojos preocupados, pero no volvió a tirar de la correa. Era casi como si de algún modo entendiera lo que le había dicho. Lo cual era ridículo.

Caleb le tendió una linterna y después metió una palanca por la rendija de la esquina inferior izquierda.

La madera podrida crujió, pero no opuso mucha resistencia, y enseguida separó el tablero del marco lo suficiente para que una persona pudiera colarse.

Salió una bocanada de aire frío y viciado que arrastraba el olor mineral del agua estancada y del hormigón viejo.

El haz de su linterna reveló unos peldaños de piedra que seguían bajando, resbaladizos por la humedad, hasta terminar en un suelo de hormigón.

—Yo voy primero —le dijo a Ariel—. Tú te quedas dos escalones por detrás. Si digo que nos vamos, nos vamos. No hay discusión.

—Vale.

—Lo digo en serio.

—He dicho que vale.

Caleb empezó a bajar. Ariel lo siguió, una mano aferrada a la linterna y la otra rozando la pared de piedra, áspera y húmeda. Cada peldaño los alejaba de la luz del día; el aire se espesaba y la temperatura bajaba. Oyó a Cosmo gemir una vez por encima de ellos y después quedarse callado.

El sótano de la Capilla de la Nueva Luz resultó ser una decepción.

Ariel había esperado —no estaba segura de qué—, pero algo dramático. Al estilo de una película de terror. En cambio, su linterna encontró un pequeño rellano y un muro de bloques de hormigón que no formaba parte de la estructura original.

Los muros de cimentación eran de hormigón liso vertido, y aquel muro parecía añadido a última hora. El mortero estaba embadurnado de forma irregular entre los bloques, como si lo hubiera levantado deprisa y corriendo alguien a quien no le importaba el aspecto mientras aguantara.

—Debieron de sellarlo después del incendio —dijo Caleb. Pasó la linterna por la parte superior, donde los bloques se unían al techo de hormigón—. ¿Ves cómo lo levantaron justo encima de las marcas del incendio?

Ella examinó el muro. Décadas de humedad habían dejado depósitos blancos de calcio, como lágrimas congeladas que resbalaban por los bloques. Por lo demás, el muro era sólido, sin huecos ni puntos débiles.

Salvo uno.

En la esquina inferior derecha había un agujero. Quizá de medio metro por casi un metro. Lo justo para que una persona pasara arrastrándose boca abajo. Habían empujado varios bloques hacia dentro; el mortero alrededor del agujero se desmoronaba y había cascotes recientes esparcidos por el suelo.

—Podría ser nuestro hombre —dijo—. Primero forzó el contrachapado y luego abrió este muro a golpes.

Cuando Caleb se agachó a su lado, ella percibió la reticencia que irradiaba a oleadas. Él extendió los brazos y apoyó las manos en los bloques, una a cada lado del hueco, y probó si cedía. Empujó con fuerza. Nada se movió. El muro era completamente sólido.

—¿Lo ves? No pasa nada. Vamos a entrar —dijo.

—¿Te parece buena idea arrastrarnos boca abajo por un agujero en un muro para meternos en el sótano sellado de un edificio en ruinas? —La miró—. He tenido que decirlo en voz alta solo para asegurarme de que oías cómo suena.

—No sabes divertirte, ¿verdad?

Él bajó la cabeza y tendió la mano.

—Pásame la palanca.

Ella le pasó la pesada barra de metal y él encajó el extremo plano en la línea de mortero por encima del hueco e hizo palanca.

El bloque se resistió. Siguió insistiendo hasta que por fin se oyó un chirrido y el bloque se soltó y cayó sobre el montón de cascotes con un golpe seco.

El siguiente salió con más facilidad, pero el tercero y el cuarto se resistieron, y ya jadeaba cuando cayeron al suelo.

Apartaron los bloques. El hueco era ahora, tranquilizadoramente, más ancho. No lo bastante para pasar de pie, pero sí lo suficiente para tener que agacharse solo un poco. Y más seguro si tenían que salir a toda prisa.

Dirigió la linterna por la abertura y barrió despacio de lado a lado.

—¿Qué hay ahí detrás? —preguntó.

—Poca cosa. Un pasillo. Unas puertas.

—Estupendo. —Ya se estaba pasando la correa de la bolsa de la cámara por la cabeza—. Voy yo primero.

—Y una mierda.

—Tienes que echarte atrás, machote. Esta es mi investigación.

—Y es mi palanca la que nos ha traído hasta aquí. Además, soy yo el que tiene formación en evaluación de edificios —dijo, dando un paso hacia el agujero y cortándole el paso—. Entro, compruebo el suelo y el techo. Si me parece estable, entras tú. Si no, nos vamos.

Se moría de ganas de discutir, pero sabía que él tenía razón. Y la parte de su cerebro que la había mantenido con vida en edificios que se derrumbaban por todo el mundo conocía la diferencia entre la valentía y la estupidez.

—Vale —resopló—. Pero tienes dos minutos o entro igualmente.

Se agachó y cruzó la abertura del muro de lado, como un cangrejo.

—El suelo es firme —dijo desde el otro lado—. El hormigón está en bastante buen estado. El techo parece intacto.

Ariel empujó la bolsa de la cámara por delante y cruzó la abertura antes de que él pudiera decir nada más.

El aire al otro lado del muro era más fresco y más denso, y traía olor a tierra húmeda. Se volvió a por la bolsa de la cámara, pero Caleb ya se la estaba tendiendo.

—Gracias. —Se la colgó al hombro y miró a su alrededor.

Ante ella se extendía un pasillo estrecho con puertas a ambos lados.

Todas estaban abiertas. La pintura blanca de las paredes había amarilleado a trechos y se desprendía en tiras largas y finas, como pieles de serpiente mudadas.

El techo era bajo y presentaba ampollas por el calor.

Numerosos desconchones y grietas contaban la historia del incendio.

Avanzaron despacio por el pasillo, los haces de las linternas barriendo de lado a lado. Sus pasos resonaban contra el hormigón, los de él pesados y pausados, los de ella más rápidos y ligeros.

Al llegar a la primera sala, reparó en que el suelo y las paredes de hormigón estaban vacíos.

Por el techo corrían canaletas de cableado, con casi todas las fundas de los conductos derretidas por el incendio y luego recortadas de cualquier manera.

De las paredes sobresalían pernos oxidados a intervalos irregulares.

No había estantes ni soportes, solo los pernos.

La segunda sala era parecida, salvo que esta tenía un desagüe en el centro del suelo. Estaba manchado de óxido y le faltaba la rejilla. Los restos minerales dejaban regueros de un blanco calcáreo que destacaban sobre el gris del hormigón.

—Agente extintor —dijo—. Inundaron esta sala. A conciencia.

La tercera sala era distinta. Allí la linterna de Caleb se detuvo sobre dos pequeñas estructuras metálicas de cama.

De tamaño infantil. Una estaba tumbada de lado, con la estructura retorcida y doblada en ángulo.

La otra seguía en pie contra la pared del fondo; el colchón había desaparecido hacía tiempo y solo quedaban los muelles y el acero oxidado.

Un borde estaba ennegrecido, el metal deformado y descolorido en un degradado del plateado al negro.

En un rincón había un carro de acero volcado. Los tubos y las pinzas esparcidos por el suelo a su alrededor le hicieron pensar a Ariel en material médico. También había algo que en su día pudo ser un pie de gotero, con la barra doblada en un ángulo de cuarenta y cinco grados y la base abollada.

Ariel se quedó en el umbral, asimilándolo todo.