Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Caleb la observó cruzar el aparcamiento a grandes zancadas.

Ariel caminaba sin un solo movimiento de más: en línea recta, de un punto a otro. Habría apostado a que así hacía casi todo en la vida. La cabeza alta, los hombros atrás. Y todo en su postura y en su forma de moverse decía sígueme y muere.

Así que se quedó en el reservado y se terminó el café, sin apartar los ojos del motel hasta que ella llegó a su puerta y entró. Habría jurado que oyó el pequeño chasquido decidido del cerrojo incluso desde allí.

Pagó la cuenta de los dos y salió al aire húmedo y bochornoso de media mañana.

Le había dicho que la recogiera en una hora. Lo que significaba que tenía sesenta minutos que llenar, porque desde luego no iba a dejarla sola mientras aquel acosador andaba por ahí fuera. En algún sitio.

Así que recorrió el aparcamiento del motel igual que recorrería una cuadrícula de búsqueda sobre el terreno.

Barridos sistemáticos, la vista en el suelo, catalogando detalles.

Se detuvo en el contenedor donde había estado el hombre.

Desde allí tenía una línea de visión despejada hasta la puerta de Ariel. Era el sitio perfecto.

La grava alrededor del contenedor estaba compactada y seca, pero distinguió marcas de rozaduras en el polvo. Quizá huellas de botas, aunque demasiado difusas para deducir la talla o el dibujo de la suela. No había colillas, ni basura, ni objetos olvidados.

Aun así, sacó el teléfono e hizo tres fotos. Una del contenedor. Una de la línea de visión hasta la puerta. Y otra de las marcas de rozaduras. Luego se incorporó, cuadró los hombros y siguió caminando.

En la parte de atrás del motel había una hilera de árboles de unos veinte metros de fondo antes de que el terreno clareara en maleza de bayou y zanjas de drenaje.

Lo bastante tupida para esconderse y lo bastante cerca para vigilar.

Se le erizó la piel de la nuca. Escrutó los árboles, pero nada se movía.

Cuando completó la vuelta y regresó a la camioneta, le vibró el teléfono. Ryan.

Tío. Estoy en el dique. ¿Dónde te has metido?

La salida a correr. El domingo por la mañana. Se le había olvidado por completo. Llamó en lugar de escribir y Ryan contestó al primer tono.

—Por favor, dime que no sigues en la cama.

—Hoy no puedo.

—Caleb, es la tercera vez este último mes. —La voz de Ryan sonaba plana, casi áspera—. La carrera es dentro de cuatro semanas y los de la estación 4 llevan toda la semana fanfarroneando. La última vez nos sacaron seis minutos. Seis minutos.

—Me ha surgido algo.

—Siempre te surge algo. —Hubo una pausa y oyó a Ryan respirar en ráfagas cortas. Seguramente estaba estirando contra un banco del parque—. Venga, hombre. Dame solo media hora. Hasta te dejo marcar el ritmo.

Caleb apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.

—He conocido a alguien.

El silencio al otro lado duró tanto que Caleb llegó a mirar la pantalla para asegurarse de que no se había cortado la llamada.

—Perdona, pero ¿puedes repetir eso? Creo que acabo de alucinar —dijo Ryan.

—Nos conocimos anoche en el festival.

—Eso explica tu numerito de desaparición. —Ryan soltó un bufido—. Emily y yo dábamos por hecho que te habías escabullido a casa.

—Se llama Ariel. Es fotógrafa, de Chicago.

—Vale. Eso suena bien.

—Nos tomamos una copa.

—¿Y?

Caleb lanzó una mirada a la puerta de la habitación del motel y luego al contenedor donde el hombre había estado plantado dos horas antes.

—Se complicó.

—Define «complicado». ¿Del tipo «tiene novio» o del tipo...?

—Del tipo de complicado que de verdad no puedo explicar por teléfono.

Ryan se quedó callado un momento. Luego:

—¿Estás bien?

—Sí. Estoy bien.

—No me convences.

Caleb cerró los ojos y se pasó una mano de un lado a otro por la frente.

¿Cómo iba a explicar nada de esto? Los sueños, el cuaderno de bocetos o el hombre de la gorra de béisbol.

O cómo, cuando había estado con Ariel la noche anterior, había vuelto a la vida por primera vez en todo el último año.

Como un edificio que recupera la luz planta a planta después de un apagón.

Y luego, esa mañana, cómo se había venido todo abajo.

—¿Te acuerdas de los bocetos? —preguntó Caleb.

—La chica de tus sueños que llevas dibujando. Claro. —Hizo una pausa—. Espera. ¿Me estás diciendo...?

—Está aquí, en Bellevoix. Es real, Rye.

—Pero... ¿cómo es eso posible siquiera?

—Nos cruzamos junto al río.

—Madre mía.

—Sí. Todo esto es una locura.

—¿Sabe lo de los bocetos?

—Por desgracia. Los encontró esta mañana. Digamos que no salió bien.

Ryan exhaló con fuerza.

—Entonces, cuando dices que es complicado...

—Quiero decir complicado.

Hubo silencio en el teléfono durante varios segundos. Caleb oía pájaros de fondo en el lado de Ryan. Las voces de los corredores que se acercaban y luego se perdían.

—¿Todavía te habla? —preguntó Ryan.

—Me ha dicho que la recoja en una hora.

Ryan carraspeó.

—¿Seguro que va todo bien? Porque suenas distinto, tío. Es lo único que digo.

—Me siento distinto —dijo Caleb, respondiendo con sinceridad.

—Pues más te vale resolver la parte complicada.

—Ya estoy en ello.

—Y, Caleb, el domingo que viene estás aquí. Sin excusas.

—Trato hecho.

Colgó y se quedó en la camioneta, montando guardia ante la habitación catorce hasta que llegó el mensaje de Ariel.

Estoy lista.

Salió con una camiseta limpia, la bolsa de la cámara al hombro y el pelo húmedo de la ducha. Parecía más lúcida y centrada que durante el desayuno. Fuera lo que fuese lo que había hecho en la última hora, la había devuelto al foco con un chasquido, como un objetivo que ajusta el enfoque de golpe.

Su mirada se detuvo en el rizo húmedo de la nuca, y su cerebro, muy poco oportuno, le hizo recordar el sonido que ella había hecho cuando le besó ese mismo punto ocho horas antes. Apartó la mirada. Se abrochó el cinturón de golpe.

Cosmo se subió primero a la camioneta de un salto y se acomodó en el asiento como si hubiera pedido el sitio del copiloto. Ariel lo empujó a un lado y subió, cerrando la puerta tras de sí.

—Buenos días —dijo Caleb.

—¿No hemos hecho eso ya?

—Pensé que a lo mejor venía bien empezar de cero.

A ella se le curvó la boca. Reprimió la sonrisa casi de inmediato, pero no antes de que él la viera.

Condujo hacia el oeste, en dirección a la calle Holy Cross. El cielo encapotado los presionaba desde arriba como una tapa. El tráfico era tranquilo, de domingo, pero pequeños grupos dispersos de peatones rondaban por las aceras entre las tiendas.

Ariel sacó la cámara de la bolsa y se la puso en el regazo mientras repasaba los ajustes. Sus dedos se deslizaban por los diales con la misma precisión inconsciente que él había visto emplear a los cirujanos.

—Primero quiero dar una vuelta completa al perímetro —dijo sin levantar la vista—. Luego me centro en el edificio en sí. Buscar puntos de acceso. Sitios desde los que alguien pueda vigilar sin que lo detecten.

—A sus órdenes, capitana.

—Pasa de largo primero —ordenó—. Veamos el terreno desde la calle antes de entrar.

Él asintió. En algún momento entre el desayuno y la ducha, ella había tomado el mando de la operación, y él era lo bastante listo para plegarse.

Cuando la capilla apareció en el solar de la esquina, tenía exactamente el mismo aspecto que esa misma mañana, pero ahora su cuerpo reaccionó de otra manera.

Una presión le envolvió las sienes hasta que notó el fantasma de un dolor de cabeza.

Se le erizó la piel de los dos brazos, con el vello de punta, como si lo hubieran empujado dentro de una cámara frigorífica.

No había ni rastro del hombre en la linde de los árboles. Ningún movimiento en toda la finca. Los banderines y las marcas topográficas se alzaban en sus pulcras hileras.

—Todo despejado —dijo Ariel en voz baja. Había tenido la cámara pegada a la ventanilla y él había oído el clic del obturador. Ahora la bajó.

Pasó de largo. Giró en el siguiente cruce y rodeó la manzana.

—¿Otra vez? —preguntó.

—No. Apárcala. Entramos.

Encontró un hueco en una calle dos manzanas al este y apagó el motor. Durante un momento, ninguno se movió. La cola de Cosmo golpeaba el asiento a un ritmo constante.

—Solo para que quede claro, si aparece...

—Hacemos fotos y llamamos a Bolton. Me acuerdo del trato —dijo ella—. Vamos.

Apenas habían pasado por el hueco de la valla cuando Ariel empezó a disparar.

Pero no eran las tomas cuidadosamente encuadradas de la hora dorada de antes.

Eran fotos de pruebas. Hacía planos abiertos de las rutas de acceso.

La línea de la valla. Las lindes de los árboles.

Los edificios de enfrente. Documentaba las líneas de visión igual que un detective documenta la escena de un crimen.

Caleb pensó en cómo, la noche anterior, había visto su lado más tierno y, en buena medida, con la guardia baja. Ahora la armadura estaba otra vez puesta y atornillada en su sitio. Ambas versiones de ella le atraían. Encendía algo en su interior que no lograba apagar.

Él la siguió unos pasos por detrás, con Cosmo pegado al tobillo. Tanto el perro como él iban alerta, escrutando y, en el caso de Cosmo, girando las orejas. Compañeros en labor de vigilancia.

Cuanto más se acercaban a la capilla, más aumentaba la presión en las sienes de Caleb. No exactamente dolorosa, pero con la promesa de convertirse justo en eso al menor paso en falso.

Doblaron la esquina del edificio hacia la pared sur, donde estaban los daños del incendio.

Clavó los ojos en la piedra chamuscada...

y durante varios latidos lo olió. Humo, caliente y acre.

Aislante quemado y cable fundido. Lo mismo que había olido en las pesadillas que lo despertaban de golpe a las tres de la madrugada, boqueando en busca de aire y con el corazón martilleando.

Luego desapareció.

Apoyó una mano en la pared para sostenerse y esperó a que el pulso volviera a la normalidad.

Es un incendio antiguo. No hay humo. Y no se está quemando nada. Tu cerebro está reaccionando de más porque estás plantado junto a un edificio chamuscado y por lo que le pasó a Dan. No es más que eso.

Pero el temblor seguía ahí, en su mano, cuando la apretó contra la piedra.

—Oye. —La voz de Ariel fue brusca. Cercana—. ¿Qué pasa?

Dejó caer la mano de la pared y se volvió hacia ella.

—No pasa nada.

Ariel asintió una vez y luego alzó la vista hacia la vidriera.

—Rachel habría tenido este sitio calado en menos de un día —dijo.

Su voz sonaba objetiva, pero él vio el pulso latiéndole deprisa en la base del cuello.

—Habría llamado a todas las puertas de la zona. Habría consultado las licencias de obra. Seguramente habría dado con el nombre del dueño antes de comer.

Caleb no se precipitó con preguntas ni comentarios. Se limitó a esperar.

—En Darfur, una vez convenció a un funcionario del Gobierno para que le diera copias de documentos que probaban que el régimen atacaba hospitales.

Estuvo seis horas sentada con él en un café, con francotiradores en los tejados.

No lo amenazó ni levantó siquiera la voz.

—Hizo una pausa y examinó la puerta lateral sellada—.

Se limitó a seguir haciendo preguntas hasta que la verdad se le cayó de la boca.

—Suena a que era excepcional en su trabajo —dijo Caleb.

—Sí. —Tragó saliva—. Rachel era la mejor.

Caleb pensó en Dan. En cómo se sabía todas y cada una de las letras de todas las canciones que había cantado Kenny Chesney.

En cómo había convencido a un adolescente suicida de bajarse de un edificio asomándose para enseñarle fotos de su perro, Harlo.

Y en cómo el mundo se había quedado con un agujero enorme ahora que él ya no estaba.

—Yo también tuve una vez un amigo así. Duele perderlos.

Ariel se encogió a medias de hombros con un gesto torpe y brusco.

—Venga. Quiero echar un vistazo a la entrada del sótano.

Se acercaron a los escalones de piedra de la parte de atrás del edificio, que bajaban hasta unas ventanas de sótano tapadas con tableros de contrachapado.

—Con una buena patada entramos —dijo ella.

—No vamos a entrar a patadas en un edificio en ruinas.

Ella le lanzó una mirada por encima del hombro.

—¿Eso quién lo dice?

Él se cruzó de brazos.

—Lo dice un exbombero y paramédico en ejercicio que ha sacado a demasiada gente de estructuras derrumbadas. Dudo mucho que este edificio sea seguro.

Ella se inclinó más y examinó el contrachapado. Levantó la cabeza de golpe y señaló.

—Mira la esquina inferior izquierda.

Él se agachó. Observó que habían hecho palanca para separar el contrachapado y luego lo habían vuelto a colocar en su sitio. Los agujeros de los clavos no coincidían bien con los clavos. Alguien había abierto aquello y después había intentado cerrarlo de nuevo.

—La madera no ha vuelto a hincharse alrededor de la ranura. Esto seguramente pasó en las últimas semanas —dijo.

Se miraron el uno al otro.

—Si mi acosador anda rondando esta capilla, tiene que haber un motivo. Necesito averiguar cuál es. —Hizo una pausa y echó un vistazo atrás, a los escalones—. Voy a entrar. Contigo o sin ti.