Capítulo 13 #3
—Exacto. Yo no decidí venir hasta el viernes por la mañana. El día después de que lo vieras junto a la capilla. —Dio unos golpecitos con el dedo sobre la mesa—. Lo que significa que, de algún modo, sabía antes que yo que acabaría aquí, o que la capilla significa algo para él por sí sola.
Terminó el resto del café y echó un vistazo al plato vacío. El estómago no se le encogía ni amenazaba con devolverle la comida. Es más, se comportaba con normalidad. Como si comerse un plato entero fuera lo más normal del mundo.
Su cuerpo estaba a gusto. El reservado era cómodo. Se sentía tranquila. Y se alegraba de que Caleb estuviera sentado frente a ella, hablando del problema y ofreciéndole su apoyo.
Y, aun así, una parte de ella también estaba furiosa. Porque no debería sentirse tranquila con Rachel muerta y su asesino allí mismo, en algún lugar de la ciudad. Y no debería estar intimando con un tipo al que había conocido hacía menos de veinticuatro horas.
La voz de Rachel susurró: esto está bien, idiota. Deja entrar a alguien por una vez en la vida.
Le dijo a la voz de Rachel que se callara.
Caleb seguía sentado en silencio, observándola.
—¿Estás bien?
—Bien. —Cogió la taza y la dejó al recordar que estaba vacía—. Estoy perfectamente.
Él le mantuvo los ojos en la cara un instante y luego dijo algo que ella no esperaba.
—Deberías plantearte irte de Bellevoix. Este tipo sabe dónde te alojas —dijo con una voz que era pura sensatez—. Ni siquiera sabías que te estaba siguiendo hasta que te enseñé las fotos. Vale que tu habitación del motel tiene cerrojo y cadena, pero no es precisamente Fort Knox.
—Sé cuidarme sola.
—Te creo. Pero lo más inteligente es volver a Chicago. Conoces la ciudad y tienes al detective Bolton. Seguramente tengas...
—No.
La palabra salió más alta y más brusca de lo que pretendía. La pareja del reservado de al lado se volvió y se quedó mirando. Se inclinó hacia delante y bajó la voz.
—No pienso huir. Rachel está muerta porque yo no estaba en casa esa noche. Ahora el hombre que la mató está aquí, ¿y quieres que me vaya? ¿Que vuelva a un piso vacío y espere a que Bolton lo resuelva? Olvídalo. De eso nada.
—Ariel...
—He dicho que no.
Caleb no apartó la vista ni se echó atrás. Pero tampoco subió el tono. Se limitó a dejar que el silencio se prolongara unos instantes más. Luego dijo:
—Vale, te quedas. Pero tienes que ser lista con esto. No puedes ir a por este tipo tú sola.
—No estoy pidiendo un compañero.
—Me parece bien. No me ofrezco a serlo. Solo señalo que un hombre que a lo mejor asesinó a tu mejor amiga está vigilando tu habitación del motel, y tu gran plan es darle caza tú solita.
Tenía razón. Lo sabía.
—No necesito un guardaespaldas.
—Lo que necesitas es a alguien que haya visto la cara de este tipo. Que conozca este pueblo y a la gente que vive en él. —Hizo una pausa—. No te estoy pidiendo permiso. Voy a volver a la capilla, quieras que esté allí o no. Podemos ir juntos o por separado.
Ella se lo quedó mirando. Qué cara tiene el tío.
—Esa decisión no te corresponde a ti.
—Da la casualidad de que me corresponde por completo. ¿Entonces qué va a ser? ¿Un coche o dos?
Se recostó y resopló.
—Está bien.
Algo le cruzó la cara, demasiado rápido para descifrarlo.
—Buena elección. ¿Cuándo quieres ir?
—¿Para qué esperar? El hombre está ahí fuera ahora mismo. La capilla está a diez minutos. ¿Quieres quedarte de brazos cruzados hasta que decida cuál es su próximo paso?
—Creo que presentarnos sin un plan es...
—El plan es que vamos a la capilla y vemos qué vemos. —Se cruzó de brazos—. He trabajado con mucho menos en sitios bastante más peligrosos que Bellevoix, Luisiana.
Caleb la estudió un buen rato. Lo veía calcular, sopesar si era mejor estar a su lado o un paso por detrás.
—De acuerdo —dijo—. Pero no vamos a entrar a saco. Primero pasamos en coche y vemos si hay alguna señal de él. Si todo está tranquilo, entramos. Si está ahí, no nos acercamos. Hacemos fotos y llamamos a Bolton.
—Vale —soltó con brusquedad.
—Y no nos separamos. Estás a mi lado todo el rato.
—Eso es una tontería.
—Es el trato.
Fue a discutir, pero la voz de Rachel se abrió paso entre el ruido de su cabeza. Era su voz dura, profesional. La voz de reportera de investigación sobre el terreno.
Deja el ego y acepta el refuerzo, Ariel.
Empujó el teléfono por la mesa.
—Mete tu número.
Él miró el teléfono. Luego a ella. Después lo cogió y tecleó. Lo devolvió a su lado de la mesa.
Ella lo agarró y le mandó un mensaje con un emoji de pulgar hacia arriba.
—Ya está. Estamos conectados.
Todo aquello llevó menos de diez segundos, pero la dejó con la sensación de haber firmado un tratado que no había querido negociar.
Ariel cogió la bolsa de la cámara y salió del reservado. Cosmo salió a toda prisa de debajo de la mesa, alerta al instante.
—Me vuelvo a mi habitación a ducharme y a tomar algunas notas —dijo—. Y tengo que cargar las baterías de la cámara y mandarle las fotos a Bolton. Pásate a buscarme en una hora.
Salió del restaurante a grandes zancadas sin esperar respuesta. Cosmo trotó a su lado, con su pequeña sombra siguiéndole el paso a la de ella.