Capítulo 13
Caleb no preguntó a quién tenía que llamar ni por qué. Se limitó a asentir. Pero algo en esa ausencia de preguntas le dio ganas de pegarle.
Dejó el teléfono de él en el escritorio, pasó rozando a Caleb y cerró la puerta al salir.
La luz del aparcamiento era intensa. El sol atravesaba las nubes a trozos y sus rayos resaltaban las grietas del asfalto.
Un carrito de limpieza estaba aparcado junto a una puerta, a mitad de la hilera, con una pila de toallas blancas pulcramente dobladas en equilibrio encima.
Un coche pasó por la calle, delante del motel, con una mujer de sombrero de paja al volante.
Ariel buscó el número de Bolton en el teléfono y pulsó para llamar.
Él contestó al segundo tono.
—Señorita Winters.
Ella entró directa, sin preámbulos.
—El hombre de las imágenes de la cámara del timbre, creo que está aquí.
Un instante de silencio.
—¿Y dónde es exactamente «aquí»?
—Bellevoix, Luisiana. Estoy aquí por un encargo. Lo han visto en un sitio que se llama la Capilla de la Nueva Luz al menos dos veces en los últimos tres días. Y esta mañana me ha seguido a pie. Tengo fotos.
Oyó una inspiración. El sonido de un hombre que había creído ver morir su caso sobre la mesa y ahora lo veía volver de pronto a la vida.
—Necesito esas fotos.
—Se las mando.
—Voy a ponerme en contacto con la policía de ahí abajo —dijo—. Les paso la imagen que han sacado los de informática, el expediente del caso de Rachel, todo. Si este tipo anda deambulando por las calles, alguien lo reconocerá.
—Me parece bien.
—En cuanto a usted, no se acerque al hombre. No lo siga. Si vuelve a verlo, llámeme a mí o a la policía local. ¿Queda claro?
—Entendido.
—Señorita Winters.
—Que le oigo, detective.
Él suspiró, pero lo dejó pasar.
—Estaré en contacto. Y, Ariel... esto está bien. Es la primera pista de verdad que tenemos. No la eche a perder.
Cuando colgó, se quedó allí quieta un momento, dejando que la rabia se le asentara en los huesos.
El hombre que había matado a la mejor amiga que tenía en el mundo se había ido de rositas. Ni ADN ni huellas. Ningún testigo. Y encima había tenido la desfachatez de seguirla miles de kilómetros hacia el sur y rondarla como un buitre.
Quería encontrarlo. Quería atarlo y arrancarle una confesión a base de tortura. Pero no era tonta. Furiosa, desde luego, pero no imprudente. Y eran dos cosas muy distintas.
Se metió el teléfono en el bolsillo y volvió a entrar.
Caleb seguía de pie exactamente donde lo había dejado, en mitad de la habitación, como si esperara un veredicto.
Lo rodeó para ir a la mesilla. Cogió el vaso, que aún tenía un par de dedos de whisky, y se lo bebió entero. Agradeció el ardor mientras le bajaba por la garganta y se le asentaba en el estómago. Dejó el vaso, pero no se sirvió más.
—Necesito comer algo —dijo. El whisky con el estómago vacío no tardaría en pasarle a la sangre. Por mucho que fuera a disfrutar de sus efectos calmantes, necesitaba mantenerse alerta y concentrada.
—Betty's está justo al otro lado del aparcamiento —dijo Caleb.
—Sé dónde está Betty's. —Por pura fuerza de la costumbre, cogió la bolsa de la cámara de la cama y se la colgó al hombro—. Vamos.
Cruzaron el aparcamiento del Riverview Inn.
Pasaron junto al contenedor donde el hombre de la gorra se había quedado vigilando su puerta, cruzaron un tramo de acera y entraron en el aparcamiento de delante del restaurante Betty's.
Seguramente no había mucho más de setenta metros de puerta a puerta.
Cosmo mantenía el paso entre ellos, moviendo sus cortas patitas al doble de velocidad.
El aire de la mañana seguía siendo denso y cálido, cargado de una humedad a la que ni los pulmones de una chica de Chicago acababan de acostumbrarse. El sol había vuelto a esconderse tras un banco de nubes y la neblina se había aclarado, aunque sin disiparse del todo.
Ninguno de los dos habló.
Dentro de Betty's, el aire era fresco y estaba impregnado de olor a grasa de beicon. Una pizarra detrás de la caja anunciaba los platos del día con pulcras letras de imprenta.
Marie, la misma camarera que la había atendido la última vez, saludó con un gesto cordial, pero se le iluminaron los ojos al ver a Caleb entrar detrás.
—Caleb Hart. —Sonrió—. ¿Tu reservado de siempre?
—Si está libre.
—Para ti siempre está libre.
Se metió dos cartas bajo el brazo, cogió una jarra de café del calentador y los llevó a un reservado junto a la ventana del fondo. Un hombre sentado en un taburete, con una gorra de una ferretería, levantó la mano para saludar.
—Hola, Caleb.
Más allá, una mujer con vestido de ir a misa dejó el café y sonrió.
—Buenos días, cielo.
Todo el mundo lo conocía. Se alegraban de verlo. Caleb se movía por el restaurante repartiendo sonrisas y gestos de saludo. Era afable. Cálido. Estaba completamente a gusto. Ariel tomó nota.
Se deslizó en el reservado, frente a él, mientras Cosmo se tumbaba bajo la mesa, con los ojos brillantes y la nariz temblándole.
Marie les tendió una carta a cada uno. Levantó la jarra.
—¿Café?
—Por favor —dijo Caleb.
Ariel extendió un brazo.
—El mío, directo a la vena.
Marie soltó una risita, dio la vuelta a dos tazas y sirvió el café.
—Sin prisas, cariño. Vuelvo en un minuto.
Ariel le añadió sus tres cucharadas de azúcar de costumbre y un buen chorro de nata líquida. Rodeó la taza con las manos, se inclinó sobre ella e inhaló hondo antes de dar el primer sorbo. Sabía a gloria.
Pidió huevos revueltos, beicon, tostadas y más café. Un desayuno completo. No comía en condiciones desde antes de la muerte de Rachel. Pero esa mañana se sentía vacía de una forma que solo la comida podía arreglar.
Caleb ni se molestó en mirar la carta. Pidió algo con huevos, salchicha y sémola de maíz ( grits ).
El restaurante bullía a su alrededor. El chisporroteo de la plancha.
La campanilla de la puerta cuando entró un grupo de cuatro.
El tintineo de los cubiertos contra los platos.
Una canción country sonando bajito por los altavoces, el cantante arrullando una oda a su pueblo natal.
Los sonidos normales y cotidianos de un local de desayunos con trajín.
Dudaba que nadie de allí hubiera pasado la mañana comparando fotos de vigilancia del sospechoso de un asesinato.
Ariel miró a Caleb al otro lado de la mesa. Él le devolvió la mirada de frente. Tranquilo y paciente.
Siempre había sido una solitaria. Aparte de Rachel, nunca se había fiado de verdad de nadie. Pensó en lo que costaba confiarse a alguien. Compartir cosas hondas y dolorosamente personales.
Caleb lo había hecho. Le había hablado de los sueños y del cuaderno de bocetos. Le había enseñado el hilo de mensajes con Ryan sin que la vergüenza se le despegara de la cara. Había sido transparente aunque le costara.
Y lo único que ella le había dado era un interrogatorio.
Tenía que contárselo. No porque quisiera... sino porque se lo debía.
—Preguntaste qué pasó en Chicago.
Él asintió despacio.
—No tienes por qué contármelo.
—A mi mejor amiga la asesinaron en nuestro piso hace seis semanas —dijo.
Mantuvo la voz plana y clínica, igual que si le pasara un informe a su jefa, Nora—.
El cuatro de septiembre. Se llamaba Rachel Monroe.
Era reportera de investigación en el Tribune.
Habíamos trabajado juntas durante años. Compartíamos piso. Lo compartíamos todo.
Vio la lástima en sus ojos. Apartó la vista enseguida. Cogió el café, dio un sorbo y volvió a dejarlo.
—Rachel fue la que me enseñó a trabajar una historia.
A escarbar y escarbar hasta dar con el hilo que lo desenreda todo.
Cubrimos zonas de guerra juntas. Alepo. Kabul.
Yo conseguía las fotos y ella hacía hablar a las fuentes.
Rematábamos reportajes que ni los veteranos podían tocar.
—Su voz sonaba firme, pero ahora respiraba más deprisa—.
Era la única persona en la que confié plenamente. La única que veía quién y qué era yo.
Se detuvo. Cogió el salero y lo inclinó de lado a lado.
—Esa noche estaba trabajando hasta tarde en la oficina, editando fotos.
Llegué a casa y la encontré en el suelo del salón.
—Mientras seguía hablando, Ariel mantuvo los ojos en la mesa—.
La policía de Chicago lo calificó de robo que había salido mal.
Había señales de que habían forzado la entrada y rastros de forcejeo, pero no se habían llevado nada.
El portátil y la cartera. Las joyas. Seguía todo allí.
Ariel sintió los ojos de Caleb en la cara, percibió la quietud de su cuerpo, pero no podía mirarlo.
—El caso no avanzó. Prácticamente se quedó parado la primera semana.
Ninguna huella que no fuera mía o de Rach.
Ningún ADN aprovechable. El detective, Max Bolton, lo intenta.
Pero no ha habido nada con lo que trabajar.
—Hizo una pausa. Dejó el salero y entrelazó las manos sobre la mesa—.
Hasta hoy. El departamento de informática ha recuperado una imagen de la cámara del timbre de enfrente.
Las imágenes están granuladas, pero se ven lo bastante bien para distinguir a un hombre alto, con ropa oscura y gorra de béisbol.
Tiene la cara angulosa y una nariz aguileña.
Por fin lo miró. Vio que abría mucho los ojos.
—El hombre del contenedor —dijo.
En el silencio que siguió, los ruidos del restaurante continuaron a su alrededor —la plancha, la radio, el tintineo de los cubiertos—, pero dentro del reservado el aire estaba electrizado.
—Por eso me interrogaste —dijo Caleb.
—Sí.
—Las preguntas sobre Chicago el cuatro de septiembre. Si había estado en Illinois.
Ella asintió.
Él se recostó y ella lo observó procesar la información. Darle vueltas de un lado a otro e intentar encajarlo todo. Por fin, vio que lo asimilaba.
—Pensabas que la había matado yo —dijo.
—Pensaba que podrías estar relacionado.
—Es lo mismo.