Capítulo 12
—¿Me dibujaste a partir de un sueño? —dijo Ariel con la voz cargada de incredulidad.
—Todas las noches durante seis semanas.
Ariel se lo quedó mirando.
Los sueños no eran más que reacciones químicas en el cerebro, neurotransmisores que se desplazaban y niveles hormonales que fluctuaban.
Básicamente, el personal de limpieza del cerebro haciendo su ronda.
Había leído lo suficiente para saber que no significaban nada.
No predecían nada. Y, desde luego, no proporcionaban imágenes exactas de una persona desconocida al otro lado del país.
El fogonazo llegó antes de que pudiera evitarlo. Rachel en el sofá, bajo la luz dorada, hablando y riendo y tocándose el pelo.
La noche anterior había soñado por primera vez en su vida. Pero no significaba nada. Y desde luego no validaba la historia disparatada de aquel hombre. Es más, hacía que el momento resultara aún peor: se había acostado con él, ¿y ahora, de pronto, soñaba?
Apartó el pensamiento de un empujón. Lo encerró tras una puerta de acero.
—Eres consciente de lo demencial que suena eso.
—Lo soy.
—Soñar con una mujer que no has visto nunca. Durante seis semanas. Dibujar su cara. —Hablaba despacio, como si fuera a entenderlo por fin con solo tener tiempo de oír bien cada palabra. De asimilarla—. Eso no es para suspirar, Caleb. Es una llamada de auxilio.
Él no replicó. Ni siquiera se inmutó. Se quedó allí plantado, con los brazos caídos a ambos lados y los ojos fijos en los de ella.
—¿Quieres pruebas?
—¿Cómo?
—En el cuaderno de bocetos. Por favor, míralo y ya está.
Ella no respondió.
—Deja que lo saque de la camioneta. Solo te pido cinco minutos —dijo.
Ariel le estudió la cara igual que estudiaría a un sujeto a través de su objetivo. Sabía qué aspecto tenían las mentiras. Había visto a bastantes políticos actuando en las carpas de prensa mientras pasaban de puntillas por los detalles de las víctimas civiles.
Lo que vio en la cara de Caleb era distinto. Vergüenza. Parecía un hombre que sabía que su historia sonaba demencial pero que la contaba de todos modos. Un rubor le trepó por el cuello, de esos que ninguna actuación puede producir a voluntad.
¿Y no tendría un mentiroso una historia mejor? Cualquier acosador con dos dedos de frente habría ideado algo más verosímil que te vi en un sueño. La explicación era tan absurda que parecía cierta precisamente por eso.
—¿Por qué no debería decirte sin más que te marches ahora mismo? —preguntó.
—Porque no vas a poder dejar de darle vueltas. Te quedarás aquí preguntándote si digo la verdad, y te volverá loca —respondió sencillamente.
Odiaba que tuviera razón.
—Pues date prisa. El tiempo corre —dijo, cruzándose de brazos.
En cuanto él salió de la habitación, Ariel se dejó caer contra la pared y se apretó una mano contra los ojos. El dolor de cabeza seguía palpitando como un atizador al rojo vivo que se le clavaba en el cerebro. Cuando Cosmo gimió, levantó la cabeza y suspiró.
—Al contrario de lo que enseñan en las películas, que a ti te caiga bien no significa que sea buena persona —masculló.
El perro se sentó y la miró fijamente.
Se acercó a la mesilla de noche. El vaso de whisky seguía allí. Se lo había servido al volver a la habitación. Ahora lo cogió y se bebió la mitad de un trago.
Dirigió la mirada a la puerta abierta. Lo único que tenía que hacer era cerrarla de golpe, echar el cerrojo y dejarlo fuera. Podía hacer las maletas y estar de camino al aeropuerto en diez minutos. Era el protocolo habitual. Cuando una situación se tuerce, la extracción es la única respuesta.
Pero quedaba el hombre de las fotos, el que la había seguido. Ese era real, sin duda. Y también había estado en la capilla.
Caleb dio unos golpecitos en el marco de la puerta, entró y le tendió el cuaderno de bocetos.
Tenía la tapa negra, encuadernación de espiral y parecía un cuaderno de artista cualquiera. Los bordes estaban curvados por el uso. Olía a carboncillo. Lo abrió por la primera página.
El dibujo era tosco y borroso. La cara podría haber sido la suya, quizá. O quizá no. El pelo era largo y abundante, con una ligera ondulación. En la esquina inferior derecha estaba escrito con pulcritud «5 sept».
La mano de Ariel se detuvo.
El 5 de septiembre era el día después de la muerte de Rachel.
Se quedó mirando la fecha, con la garganta tan cerrada que apenas podía respirar. La fecha se le emborronó y tuvo que parpadear con fuerza para volver a enfocarla. No levantó la vista. No quería que él viera lo que se le veía en la cara en ese momento.
Pasó la página. 12 sept. La cara de la mujer era un poco más nítida y los ojos, más definidos. Seguía sin ser exactamente la suya, pero se acercaba.
15 sept. Una vista de perfil.
22 sept. Habían aflorado los pómulos y la mandíbula estaba más definida.
Siguió pasando páginas y vio cómo su cara iba cobrando nitidez poco a poco, como una fotografía que se revela en un cuarto oscuro. Cada dibujo estaba fechado con meticulosidad.
A principios de octubre, no había duda de que era ella. Los mismos ojos ovalados y la barbilla afilada. Había captado el gesto que ponía con la boca cuando pensaba. El leve arqueo de una ceja cuando algo la desconcertaba. Cosas que nadie sabría a menos que hubiera pasado tiempo con ella.
Luego, el 4 de octubre, tenía el pelo corto. Siguió así en el resto del cuaderno. No recordaba la fecha exacta en que se lo había cortado, pero fue más o menos por entonces.
El último boceto estaba fechado el 17 de octubre. El día después de su llegada a Bellevoix.
—Habría sido bastante fácil añadir las fechas después —dijo, con una voz que no dejaba entrever nada de las emociones que le revolvían el cuerpo.
—Lo sé. Pero no lo hice —dijo. Sacó el teléfono del bolsillo y deslizó el dedo por la pantalla. Luego la giró hacia ella—. La segunda semana de septiembre le mandé esto a mi compañero, Ryan. Me estaba dando la lata con lo de dibujar de madrugada.
Cogió el teléfono y vio un hilo de mensajes en la pantalla. Estaba fechado el 12 de septiembre. A las 23:48, Caleb había enviado una foto de uno de los primeros bocetos. En la esquina de la página vio que llevaba esa misma fecha.
Ryan: Tío. ¿Quién es?
Caleb: Ni idea.
Ryan: O sea que te pones a dibujar a una tía que no conoces de nada a medianoche un martes. Qué raro.
Caleb: Anda, duérmete ya.
Ryan: Tú primero.
Ariel leyó el intercambio una segunda vez. El mensaje formaba parte de un hilo de mensajes de meses, lleno de bromas desenfadadas, chistes malos y fotos sueltas. Parecía real. Igual que se escribían Rachel y ella.
Le devolvió el teléfono.
Por dentro, algo se estaba moviendo. Lo notaba. Había levantado un muro sólido de racionalidad y ahora se desmoronaba a la intemperie, con trozos que se desprendían y rayos de luz que se colaban por las grietas.
Ariel volvió al cuaderno, empezó otra vez por el principio y fue pasando las páginas despacio. La mirada iba de la cara de la mujer al fondo. En los primeros bocetos no había ninguno. Sus rasgos flotaban sin más en el espacio en blanco. Pero cada semana se añadían más detalles a su alrededor.
Se detuvo en el 3 oct. La mujer estaba sentada en un sofá, con una pared de ladrillo visto detrás. Las ventanas eran altas. Una lámpara de pie proyectaba una sombra diagonal. Había estanterías y una mesa de centro con más libros apilados encima.
A Ariel se le erizó la piel. Era su piso. Se había sentado en ese sofá más veces de las que podía contar, con una copa de vino y el portátil. Había pasado ratos mirando el perfil de Chicago por esas ventanas.
¿Cómo podía saber él qué aspecto tenía a menos que hubiera estado dentro?
Volvió a la primera página. La fechada el 5 sept. El día después del asesinato de Rachel. Una capa de hielo se le formó en el pecho.
Él debió de ver que algo le cambiaba en la cara, porque la suya se llenó de confusión y recelo.
—Ariel...
—¿Dónde estabas hace seis semanas?
—¿Qué?
—Hace seis semanas. A principios de septiembre. Dime dónde estabas.
—Aquí, en Bellevoix. Siempre estoy aquí. —Negó con la cabeza—. ¿Qué pasa?
—¿Has estado alguna vez en Chicago?
—¿Chicago? No. Nunca.
—¿Y en Illinois?
—No.
Las preguntas le salían en tromba y no conseguía frenarlas. La investigadora había tomado el volante mientras la mujer que se había acostado con aquel hombre la noche anterior iba encerrada en el maletero.
—¿Sabes dónde vivo?
—No sé ni tu apellido.
—No es eso lo que te he preguntado.
Caleb dio un paso atrás y levantó las manos.
—Mira. No tengo ni la más remota idea de dónde vives. En realidad no sé nada de ti salvo tu nombre de pila y que eres fotógrafa.
Ella se limitó a mirarlo, con la mandíbula apretada y los ojos duros.
—¿De qué va todo esto? —preguntó.
No respondió. No soportaba decir las palabras en voz alta. A mi mejor amiga la asesinaron en nuestro piso y tú empezaste a dibujarme en tu cuaderno justo al día siguiente y uno de los bocetos es idéntico al lugar donde murió.
Porque, si lo decía —y él era el asesino—, acababa de enseñarle sus cartas. Y, si no era el asesino, todo lo demás era demasiado fantástico para aceptarlo.
Lo abordó desde otro ángulo.
—¿Y el hombre que me ha seguido esta mañana? El de tus fotos —dijo.
—¿Qué pasa con él?
—¿Cómo sé que no lo montaste tú?
La frustración se le extendió por toda la cara. Era la primera grieta que veía en aquella armadura paciente y firme.
—Ya. Claro. Tengo un amigo a mi entera disposición, rondando por aquí un domingo por la mañana. —Puso los ojos en blanco—. Le susurré al reloj y activé el seguimiento. Así fue exactamente como pasó. Bravo, me has pillado.
El sarcasmo dio en la diana porque era lógico. Nada en la cronología cuadraba. Cuando se había largado de la camioneta hecha una furia, no había forma de que él hubiera coordinado un seguimiento tan rápido.
—No soy ningún acosador —dijo. La frustración había desaparecido.
En su voz solo quedaba cansancio—. Soy paramédico y vivo en una cabaña junto al bayou.
Trabajo y dibujo, y ahora mismo es casi lo único que hago.
—Le sostuvo la mirada—. Nunca he estado en Chicago y, hasta ayer, nunca había visto tu cara fuera de mi propia cabeza.
Le escrutó la cara en busca de microexpresiones. La delatora mirada esquiva, el gesto incómodo al tragar o la mano a la cara. Cualquiera de las traiciones habituales del cuerpo cuando la boca miente. No había nada.
Solo un hombre dolido que esa mañana se había despertado cogiéndole la mano y al que ahora sometían a un interrogatorio sobre una ciudad que nunca había pisado, por razones que ella se negaba a explicar.
Y aun así, insistió.
—Demuéstralo —dijo—. Demuestra que estabas aquí el 4 de septiembre.
Él volvió a sacar el teléfono y ella observó cómo su pulgar se movía por la pantalla mientras buscaba algo. Lo giró hacia ella. Era un cuadrante de turnos. Paramédicos de Bellevoix, estación 7. Había una cuadrícula de calendario con bloques de colores. Tocó el 4 de septiembre.
—Hice un turno de doce horas —dijo—. Trabajé con Ryan Mitchell de siete de la mañana a siete de la tarde. Puedes llamarlo a él o a mi supervisor. Puedes llamar a la estación y pedir que saquen los registros de la central.
Mantuvo los ojos en la pantalla. En el bloque azul resaltado con el nombre de Ryan Mitchell junto al suyo. Sabía que esas cosas podían falsificarse y que las coartadas se podían fabricar.
Pero se iba acumulando un montón de pruebas. Los bocetos fechados. Los metadatos del hilo de mensajes. El cuadrante de turnos. El acosador cuya aparición no habría podido preparar. En conjunto, su peso era cada vez más difícil de descartar.
—¿Quién más te vio ese día? —dijo, aunque no sabía muy bien por qué seguía haciendo preguntas cuando en el fondo ya lo sabía.
—Ryan, claro. El equipo de la central. Los pacientes que atendimos.
El personal del Bellevoix General. No recuerdo los detalles así de memoria, pero vamos allí casi a diario.
El personal de donde comimos, que aparecerá en mi extracto bancario.
—Exhaló—. Ariel, no sé qué demonios pasó en Chicago, pero yo no tuve nada que ver.
Hizo una pausa y su mirada se suavizó.
—Algo te pasó a ti o a alguien que te importa —dijo—. Y crees que yo podría estar relacionado.
—No sé qué pensar.
Un largo silencio se extendió entre ellos.
Sobre el escritorio, el teléfono volvió a vibrar. Lo cogió y la pantalla se encendió.
Detective Max Bolton: ¿Recibió mi último mensaje? Llámeme cuando pueda.
Deslizó hacia arriba y tocó la imagen. La foto estaba granulada y desvaída, pero mostraba una figura en una acera. La marca de tiempo indicaba: 04/09 - 19:33. El departamento de informática había logrado por fin limpiar un fotograma de la cámara del timbre de la casa de enfrente de su edificio.
El hombre de la imagen era alto y corpulento.
Llevaba ropa oscura y una gorra de béisbol calada que le ocultaba parte de la cara.
Pero el perfil se veía lo bastante bien para distinguir la forma de la mandíbula y la nariz prominente y aguileña.
De esas narices que se notan incluso en una foto granulada.
A Ariel se le cayó el alma a los pies.
Estudió la figura de la pantalla y luego se volvió hacia donde el teléfono de Caleb descansaba bocarriba sobre el escritorio. Pasó a la foto que él había hecho esa mañana. La toma de perfil del hombre a las puertas del motel. La mandíbula angulosa bajo la gorra de béisbol.
Y la misma nariz aguileña.
Puso las dos imágenes una al lado de la otra. El hombre de las imágenes de la cámara del timbre de la noche en que asesinaron a Rachel, y el hombre que la había seguido por Bellevoix esa mañana.
Era el mismo hombre.
Y Caleb había estado haciendo un turno de doce horas en Luisiana la noche que murió Rachel. Tenía un compañero, un operador de la central, un supervisor, el personal del hospital y todo un restaurante lleno de testigos.
Él no había matado a Rachel.
Pero este hombre, el de la ropa oscura y la nariz aguileña bajo la gorra de béisbol, quizá sí. Y ahora estaba allí, en Bellevoix. En la capilla. Siguiéndola. En la calle, a su espalda, vigilando la puerta de su motel.
Ariel miró a Caleb. Él tenía los ojos clavados en su cara.
—¿Qué pasa?
No respondió. El corazón le latía con tanta fuerza que le martilleaba en la cabeza... lo notaba hasta en los dientes.
Comparó de nuevo los perfiles en los dos teléfonos. Los estudió con la precisión de una mujer que llevaba décadas leyendo imágenes.
Era el mismo hombre. Estaba segura.
—Tengo que hacer una llamada —dijo.