Capítulo 11
Cuando Ariel cerró la puerta de la camioneta, sonó como un disparo.
Caleb estaba sentado al volante, con el cuaderno de bocetos cerrado a su lado y el motor en marcha. La cabina olía a ella. Algo ligero y cítrico.
Apretaba el volante con tanta fuerza que notó que la tensión se le extendía hasta los hombros.
Lo de anoche había sido… ni siquiera tenía una palabra para describirlo.
Ella lo había atraído hacia sí y lo había besado con fuerza, y todas y cada una de las demás cosas del mundo dejaron de importar.
Y luego, después, sus dedos entrelazados con los de él, y el perro acurrucado contra sus piernas.
Y había sentido una paz y una plenitud absolutas que nunca antes había experimentado.
Entonces ella había visto el maldito cuaderno.
El cambio en su cara, cómo desapareció la calidez de su expresión y dejó paso al desprecio y al asco, casi lo había matado. Y ahora se había ido. Todo había pasado muy rápido.
Volvería al motel, cerraría la puerta con llave y lo consideraría la peor decisión que había tomado desde que llegó a Bellevoix. Luego seguramente haría las maletas y se marcharía del pueblo. Él no volvería a encontrarla jamás.
Pensó en cómo se le habían enternecido los ojos cuando le besó aquel punto debajo de la oreja. En cómo sus dedos habían recorrido la quemadura del hombro con tanta ternura. En el ritmo de su respiración cuando por fin se quedó dormida.
En aquellas horas con ella, había sentido que su existencia entera cobraba sentido. Fue mejor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.
Si me hubiera dejado explicarme.
Tenía que haber alguna forma de hacerle entender que, por mucho que hubiera visto en ese cuaderno, él no era peligroso. Ni una amenaza. Jamás, nunca, le haría daño. Ojalá se hubiera parado dos minutos a escucharlo.
Lo que habían vivido anoche había sido real. Lo sabía igual que sabía encontrar un pulso a oscuras. O que podía decir qué estaba ardiendo por el color del humo. Esas eran cosas que había aprendido, claro, pero con Ariel seguía sabiendo que tenía razón. Lo que no podía era explicar cómo.
Y Dios era testigo de que ella también lo había sentido. Se lo había visto en la cara en el festival, cuando lo había mirado fijamente entre la multitud. Lo había notado en sus manos sobre su cuerpo. Podía huir todo lo lejos que quisiera, pero no podía borrar lo que había sentido.
Ninguna parte de él estaba dispuesta a limitarse a arrancar y marcharse. No cuando el tirón del pecho iba a peor. Era como si la cuerda se hubiera quedado completamente tensa y, cuanto más se alejaba ella, más se le clavaba el gancho en las costillas.
Caleb metió la marcha y salió a la calle, de vuelta en dirección al Riverview Inn.
La niebla no se había disipado. Seguramente no iba a hacerlo.
Permanecía espesa y densa, flotando entre los robles y enroscándose en la base de las farolas.
El musgo español goteaba humedad y los edificios se difuminaban por los bordes, como si él estuviera dentro de una fotografía ligeramente desenfocada.
En algún punto a través de la niebla, el Rivière des Voiles serpenteaba despacio hacia el delta, llenando el aire con su olor mineral y a limo.
Divisó a Ariel a unas manzanas del motel. Los músculos de los hombros se le relajaron una fracción. Caminaba rápido, con la cabeza gacha. Cada paso parecía una palabra airada.
Detrás de ella, a unos cuarenta metros, caminaba un hombre.
El cuerpo de Caleb se inundó de adrenalina y levantó el pie del acelerador.
El hombre era alto. De complexión robusta. Ropa oscura, con una gorra de béisbol calada. Acompasaba el paso de Ariel con precisión. Sin quedarse nunca rezagado ni acortar la distancia. El espacio se mantenía con una deliberación que no podía achacarse a la casualidad.
Caleb llevaba suficientes años en búsqueda y rescate para saber qué aspecto tenía un rastreo. El modo en que alguien mantenía la cabeza ligeramente baja y la vista al frente, ajustando la velocidad de forma automática mientras sorteaba el terreno y no perdía de vista el objetivo.
Ariel cruzó la calle. Unos segundos después, el hombre se desplazó al mismo lado. Ella aminoró ante un bordillo y aquel andar cambió lo justo para mantener la distancia. No había manera de que ese hombre pasara por allí por casualidad en la misma dirección.
Una sacudida de reconocimiento le recorrió la mente a Caleb.
Había visto a ese hombre antes. Alto. La misma gorra.
El jueves por la tarde, en la Capilla de la Nueva Luz, cuando él y Ryan habían subido a Jacob a la unidad y Caleb había mirado hacia la línea de árboles del fondo y había distinguido la figura, inmóvil y vigilante, devolviéndole la mirada desde el otro extremo de los terrenos.
Y, durante varias respiraciones, ninguno de los dos se había movido.
Caleb arrimó la camioneta al bordillo y sacó el móvil. Hizo la primera foto a través del parabrisas. Captó la espalda del hombre y a Ariel por delante, con la niebla rodando entre ambos como si estuviera viva. La calidad no era buena a través del cristal, pero cumplía su función.
Lo siguió, manteniendo la camioneta una manzana por detrás y desviándose a calles paralelas siempre que podía.
Lo perdió una vez, la silueta engullida por un denso banco de niebla donde la carretera descendía serpenteando hacia el río.
El corazón le latía deprisa en la garganta hasta que la forma oscura reapareció.
Cuando Ariel llegó al Riverview Inn, la vio cruzar el aparcamiento, abrir la cerradura y colarse dentro con Cosmo.
El hombre no la siguió. En cambio, se apostó junto a un contenedor en un lateral del aparcamiento.
Estaba lo bastante cerca y en el ángulo adecuado para tener una línea de visión despejada hacia la puerta de Ariel.
Se quedó allí plantado, con las manos en los bolsillos, sin moverse inquieto ni mirar el móvil. Solo vigilando.
Caleb hizo otra foto. Esta salió mejor. El hombre estaba de perfil contra el aparcamiento, la mandíbula angulosa y la nariz aguileña visibles bajo la gorra de béisbol, la puerta de Ariel claramente de fondo. Seguramente no bastaba para una identificación, pero era una prueba clara.
Se quedó allí sentado en la camioneta, repasando sus opciones. Podía llamar a la policía. Decirles que un hombre había caminado detrás de una mujer por una calle pública… ¿y qué iban a hacer? No era ilegal salir a dar un paseo. Y Ariel seguramente les diría a los agentes que el problema era Caleb.
El hombre no se movió en los minutos siguientes, solo mantuvo los ojos clavados en la puerta del motel.
Caleb se bajó de la camioneta.
Algún sexto sentido debió de alertar al hombre, porque se volvió de inmediato. Durante medio segundo se encararon de un extremo a otro del aparcamiento. Entonces se apartó del contenedor y salió a la acera. Se movía con brío, pero aparentemente sin pánico.
Cuando el hombre desapareció tras la esquina del edificio, Caleb trotó tras él, pero ya se había esfumado en la niebla. Sopesó montar una búsqueda y luego desanduvo sus pasos hasta el aparcamiento, porque ¿qué iba a hacer si lo atrapaba? ¿Atarlo y sacarle una confesión a golpes?
En vez de eso, se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta de Ariel. Dio tres golpes con los nudillos.
Una sombra tapó la mirilla y entonces la voz de ella llegó a través de la puerta, plana y dura. —Vete, Caleb.
—Ariel…
—Lo digo en serio. Llamaré a la policía.
—Un hombre te ha seguido hasta aquí.
Silencio.
—Desde la calle Holy Cross. Alguien iba detrás de ti durante todo el camino de vuelta.
Hubo otro instante de silencio. Luego: —Ya. Lo sé. Tú. Pedazo de acosador siniestro.
—No era yo. Yo iba en la camioneta. Iba a pie, a unos cuarenta metros por detrás, todo el rato. —Hizo una pausa—. Hice fotos.
Oyó el aire acondicionado traqueteando al otro lado de la pared y a Cosmo arañando la puerta. Entonces el cerrojo giró y la puerta se abrió unos diez centímetros. Alcanzaba a ver un ojo gris y parte de su cara. Y la cadena, que seguía puesta.
—Enséñamelas.
Él levantó el móvil. Ella estudió la pantalla por la rendija.
Vio cómo le cambiaba la expresión. La hostilidad permanecía, pero ahora había también cierta curiosidad.
Debería haber supuesto que no tendría miedo.
Pasó a la segunda foto, la del perfil junto al contenedor.
Ella la miró fijamente durante un buen rato.
Entonces la cadena se soltó y la puerta se abrió.
Caleb entró en la habitación. El contraste entre el antes y el ahora era brutal.
Antes había estado cálida y en penumbra.
Cargada con la electricidad que corría entre ambos, algo que habría jurado que era visible a simple vista.
Ahora el fluorescente del techo lo bañaba todo con una luz cruda.
La cama deshecha, con las sábanas revueltas, era la única prueba de todo lo que habían hecho anoche.
Sobre el escritorio, un vaso contenía dos dedos de whisky. Ni siquiera eran las nueve de la mañana. Se dio cuenta, pero no dijo nada.
Ariel estaba junto a la puerta del baño. Básicamente la máxima distancia que podía poner entre ambos en la pequeña habitación. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los labios apretados en una línea tensa.
Cosmo se le acercó, meneando la cola. Él se agachó y le frotó las orejas al perro, le pasó una mano por el lomo. Dándole cariño sin reservas, como siempre había hecho con los animales. Cosmo suspiró y se arrimó a su mano.
Entonces el perro miró hacia Ariel. Se apartó de la mano de Caleb y trotó por la habitación hasta los pies de Ariel. Se sentó y encaró a Caleb como si hubiera ocupado su puesto de guardia.
A Caleb le dieron ganas de sonreír. Pero no lo hizo.
—Enséñamela otra vez —dijo Ariel.
Caleb se acercó despacio y le tendió el móvil. Ella se tomó su tiempo. Ampliando la imagen, estudiando la complexión del hombre, la línea de los hombros, el perfil algo borroso.
—Lo he visto antes —dijo Caleb.
Ella alzó la cabeza de golpe.
—¿Te acuerdas de que te hablé del chaval de la capilla con la pierna rota? Justo antes de irme, vi a un hombre de pie en la línea de árboles. La misma complexión. La misma ropa oscura y gorra de béisbol. Se quedó ahí plantado observándonos trabajar. Fue el jueves por la tarde.
Ariel se quedó inmóvil, el móvil aferrado en la mano.
—Yo también vi a alguien —dijo—. Ayer por la mañana. Estaba explorando la capilla. Haciendo tomas de prueba, y había un hombre de pie al fondo de los terrenos. —Bajó la vista hacia Cosmo—. Salió a por él enseñando los dientes.
Ariel cruzó la habitación despacio, se dejó caer en la silla del escritorio. Por cómo se le desenfocaba la mirada, hacia dentro, Caleb notó que estaba pensando. Trabajando el problema igual que compondría una toma difícil.
—La camarera del restaurante me habló de un incendio en la capilla allá por los noventa —dijo—. Murieron niños. Me pregunto si tendrá algo que ver. —Le lanzó una mirada fugaz a Caleb—. Van a demolerla, ¿no? ¿Qué sabes de todo eso?
—No mucho. —Se apoyó en la pared, porque sentarse en la cama parecía mala idea—.
Crecí aquí, pero nadie habla mucho del tema.
La capilla siempre fue solo un edificio viejo y triste en la esquina de Holy Cross.
No puedo decir que pensara en ella antes del aviso del jueves.
—Hizo una pausa—. Tengo que admitir que algo de ese sitio me ponía los pelos de punta.
Preguntaré por ahí. A ver qué recuerda la gente.
—Pensaba investigarlo yo misma. El incendio. Los niños. Averiguar qué pasó de verdad. —Hizo una pausa y le echó una mirada—. Supongo que me distraje.
Él no respondió, solo mantuvo la mirada clavada en la de ella.
—Empezó siendo una buena distracción. —Su voz era fría—. Se puso muy feo muy rápido.
Las palabras se le hundieron a Caleb en el pecho, y las encajó con estoicismo.
—Preguntaré por ahí —repitió.
—Genial.
La habitación resultaba claustrofóbica con la cama justo ahí y el whisky en el vaso y el recuerdo de la noche anterior, de cuando aún había algo bueno entre ellos. Ella cruzó la habitación y abrió la puerta.
Había llegado el momento. O se quedaba y decía su verdad, o cruzaba la puerta y se marchaba.
Carraspeó. —Sobre el cuaderno de bocetos —empezó.
La expresión de Ariel se endureció.
Intentó encontrar la forma de abordar el tema.
Empezó a hablar y luego se detuvo. Consideró los distintos ángulos y no dejaba de topar con el mismo muro.
Era el hombre que, en plena crisis, guiaba a la gente a través de algunos de los peores momentos de su vida.
Siempre tan calmado y firme. Y ahora era incapaz de articular una triste frase coherente.
—No te conocía antes de ayer —dijo—. El festival fue la primera vez que te vi. Te lo juro, Ariel. No sabía tu nombre. Joder, ni siquiera sabía si existías.
—Entonces explícame los dibujos.
Los ojos se le fueron al suelo. Al perro. A la rendija de las cortinas por la que casi alcanzaba a distinguir uno de los coches del aparcamiento de fuera. A cualquier parte menos a ella.
—Caleb.
Se frotó la nuca mientras la incomodidad le recorría el cuerpo en oleadas. No podía creer que fuera a contárselo. Era ridículo. Imposible. Pero era la única forma de hacerle entender. O eso, o lo tomaría por un demente. Pero, en realidad, ¿acaso iba a salir peor parado?
—Hace unas seis semanas, empecé a tener sueños —dijo.
La mirada de Ariel no se apartó de su cara.
—Todas las noches con la misma mujer. Al principio no era más que sombras.
Apenas conseguía algo más que una impresión de ella.
Pero con las semanas se fue volviendo más nítida.
Y me despertaba con la mano ya buscando el carboncillo antes incluso de estar del todo consciente.
—Agachó la cabeza. Espiró—. Eso es lo único que son los bocetos.
—Me dibujaste a partir de un sueño.
Cuando todo en su interior quería apartar la vista, mantuvo los ojos clavados en los de ella.
—Te vi en mis sueños, y luego estabas de pie entre la multitud en el festival de los farolillos y yo… —Calló un momento. Tragó saliva—. Sé cómo suena.
—¿Seguro? Porque ahora mismo me están saltando todas y cada una de las alarmas.
El aire acondicionado volvió a arrancar. Cosmo, que había seguido a Ariel hasta la puerta, se removió a sus pies y suspiró… como hacen los perros cuando deciden que su humano va para largo.
A Caleb no se le ocurría qué decir. Cómo hacerle entender.
El móvil de Ariel vibró sobre el escritorio. Ella no lo miró.
No apartó los ojos de su cara.