Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Estuvo genial —terminó ella antes de volverse y dedicarle una gran sonrisa que era pura fachada y nada de fondo. La misma sonrisa que usaba con los oficiales de prensa y los guardias de las embajadas—. Genial de verdad. Me lo pasé bien. Gracias.

Observó cómo la palabra gracias caía como un fajo de billetes en el suelo entre los dos.

Transaccional. Del todo desdeñosa. Vio cómo él movía la mandíbula y la pequeña arruga que se le marcaba entre las cejas, y tuvo que sofocar la fealdad y la vergüenza que le subían por el pecho. Él no se merecía esto.

—Ariel, espera. ¿No podemos…?

Pero ella ya estaba en marcha. Agarrando la bolsa de la cámara y el bolso y la llave de la habitación. Cogiendo a Cosmo y dejándolo en el suelo. Enganchándole la correa.

Caleb salió disparado de la cama. Empezó a ponerse los vaqueros. —Espera un momento.

—No puedo. Voy a perder la luz —dijo ella desde la puerta—. Gracias otra vez. Ha estado… —Hizo un gesto hacia la cama—. Bien.

Él se estremeció. Retrocedió un paso. Pero ella salió por la puerta antes de que pudiera responder.

***

La capilla a primera hora de la mañana era un edificio distinto.

Cuando llegó, el sol había asomado por el horizonte y sus largos rayos dorados rastrillaban la piedra.

Realzaban las distintas texturas. Las toscas piedras grises de base y el mortero desmoronado, los parches esponjosos de musgo, el rastro del antiguo incendio subiendo por el muro sur, todo cobraba vida de una forma que no había tenido la tarde anterior.

A Ariel la golpeó como una droga.

Para esto lo hacía. Ese instante perfecto en que la luz y el motivo se alineaban y le ofrecían la toma exactamente como la había visto en su cabeza, aunque Ariel siempre temía no llegar a capturarla.

Sintió la composición en las células, supo que aquella foto sería de las buenas antes siquiera de levantar la cámara.

Cuando Caleb aparcó su camioneta y se bajó, ella no se volvió para saludarlo. Se limitó a colarse por el hueco de la valla, esta vez sin engancharse la ropa, y se plantó en los terrenos de la capilla mientras la niebla se le enroscaba en las botas.

Se olvidó de Caleb. Se olvidó del sueño. Se negó a recordar el tacto de los dedos de Rachel en su pelo y esa estúpida calidez en el pecho y, sobre todo, el momento en que había salido huyendo de la habitación del motel hacía media hora como una mujer que escapa de la escena de un crimen.

Ariel sacó la Canon de la bolsa y se puso a trabajar, moviéndose alrededor del edificio, disparando rápido, fiándose de su instinto. Captó el campanario contra el cielo rosa pastel. Luego la ventana con los fragmentos de vidriera azul y dorada que brillaban con orgullo… pese a las décadas de mugre.

No hablaba mientras trabajaba. Su cuerpo recorría la coreografía familiar de ángulos y ajustes de cámara con una concentración intensa. La cámara chasqueaba y zumbaba. Ariel acompasaba la respiración, como un francotirador que espera a espirar para apretar el gatillo.

Al cabo de un rato reparó en Caleb. Estaba apartado, cerca de la valla del perímetro, observando.

No tanto a ella como a la capilla. Y, por la postura de sus hombros y por cómo cargaba el peso hacia delante, sobre las puntas de los pies, no pudo evitar preguntarse qué le estaría diciendo el edificio.

—Oye —gritó—. ¿Puedes sujetarlo?

Levantó la correa de Cosmo. El perro había estado husmeando entre los hierbajos, pero ahora tiraba hacia un lado, intentando seguir algún olor.

Caleb se acercó directamente, cogió la correa sin decir palabra. Los dedos de ambos se rozaron al pasarse la correa, y ella ignoró el pequeño chispazo de electricidad que le recorrió la piel.

Los veinte minutos siguientes los pasó en el muro sur, documentando los daños del incendio. Cómo el calor había fracturado la piedra y el hollín negro había manchado el mortero.

Cuando por fin consiguió todas las tomas de su lista mental, se volvió hacia Caleb.

Él estaba sentado en el suelo con Cosmo en el regazo.

El perro tenía los ojos medio cerrados y la cola se le movía perezosa de un lado a otro.

La mano de Caleb descansaba sobre su lomo, el pulgar trazando lentos círculos entre el pelo.

Volvieron caminando a la camioneta. La hora dorada se había esfumado, reemplazada por la luz blanca y plana de una mañana cualquiera.

A Ariel le dolían la espalda y el cuello de contorsionarse para las tomas.

Le rugió el estómago. Por una vez era hambre de verdad en lugar del calambre nauseabundo con el que llevaba semanas conviviendo.

—¿Ahora sí desayunamos? —preguntó Caleb.

Ella apretó los labios. Se tomó un momento. Lo inteligente era rechazarlo y volver sola a su habitación del motel. Podía revisar las tomas de la mañana, servirse un whisky con Coca-Cola y asegurarse de que su fortaleza interna estuviera del todo intacta.

Solo que el estómago le rugió otra vez y la mañana en la capilla había sido… resopló. Vale, había estado bien.

—Vale —dijo—. Pero pagas tú.

—Trato hecho.

Subieron a la camioneta y Cosmo se sentó entre los dos, los ojos vivos y la cola meneándose. Caleb arrancó el motor. Ariel dejó la bolsa de la cámara en el suelo, a sus pies, y apoyó la cabeza contra el reposacabezas.

La camioneta olía a él. Ese mismo olor a cedro y jabón que tan embriagador le había resultado anoche en su piel.

Cerró los ojos un segundo. Los abrió cuando Cosmo empezó a hurgar en el asiento. Había encontrado algo encajado entre la consola central y el asiento del copiloto. La esquina de un cuaderno asomaba.

—Cosmo, déjalo —dijo, alargando la mano hacia su collar.

Pero Cosmo volvió a escarbar, y, al sujetarlo, golpeó el objeto con el codo y lo soltó. Cayó al suelo, abierto. Era un cuaderno de bocetos. Cuando por fin contuvo al perro, vislumbró la página y una descarga de adrenalina le recorrió todo el cuerpo.

Era un dibujo de ella.