Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Ariel estaba de vuelta en su apartamento.

El de Chicago, con el ladrillo visto y los ventanales que daban a la ciudad desde la planta trece.

Aunque la luz era extraña. Toda cálida y dorada, como si hubieran bañado la habitación entera en miel.

Había algo raro en la cocina. Ocupaba el sitio donde debían estar los dormitorios, y el pasillo se alargaba más de lo que tenía sentido.

Entonces la distribución cambió, y ella cerró los ojos, luchando por orientarse.

Cuando volvió a abrirlos, Rachel estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas.

Llevaba la sudadera gris enorme de Ariel, el pelo largo y rubio escapándose de la trenza y enmarcándole la cara. Tenía un libro en el regazo. Cómo interpretar tus sueños.

Rachel levantó la vista y la cara se le iluminó al instante con una sonrisa. Amplia y cálida y tan dolorosamente familiar que Ariel soltó un grito ahogado.

—Dios mío —dijo Rachel—. Te lo has cortado.

La mano de Ariel voló a su cabeza. A los mechones cortos y desiguales que le habían quedado después de cortarse el resto a lo loco con unas tijeras de cocina mientras lloraba a las dos de la madrugada.

—No me puedo creer que te lo hayas cortado. El flequillo fino te queda genial. —Rachel apartó el libro, se levantó de un salto y cruzó la habitación descalza. Alargó la mano y le pasó los dedos por el pelo a Ariel—. Pareces un polluelo.

—Parezco una foto policial.

—Estás perfecta. Como tú misma. —La mano de Rachel se quedó allí posada, sobre la cabeza de Ariel, un instante más. Cálida y firme. La sensación de cada yema contra el cuero cabelludo tan vívida y real que le hizo temblar los músculos del estómago.

Porque ¿cómo era posible, si Rachel estaba muerta? Los muertos no te tocaban el pelo.

Pero esta versión de Rachel no parecía saberlo. Estaba entera y viva y allí de pie, como si nunca hubiera habido un hombre con un cuchillo en su apartamento. A Ariel le dieron ganas de gritar. O de llorar.

—No pasa nada —dijo Rachel con dulzura—. No tienes que huir.

—¿Quién dice que estoy huyendo?

—Siempre estás huyendo. —Rachel sonrió—. Pero parece que al fin has parado. Al menos por una noche. Estoy muy orgullosa de ti.

La emoción le atascó la garganta a Ariel y no pudo hablar.

—Has dejado que alguien se quede —dijo Rachel.

—¿De qué hablas?

—El tío ese. —A Rachel le brillaban los ojos—. Ariel, está buenísimo.

—Está… espera. ¿Cómo sabes lo de él?

—No me puedo creer que le hayas cogido la mano. Dormida. Toda la noche. —Rachel suspiró y se llevó ambas manos al pecho—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando a que le cojas la mano a alguien?

—Estás siendo ridícula.

—Tengo razón, y lo sabes.

Ariel quería defenderse. Soltar alguna réplica mordaz y cerrar esta conversación igual que lo cerraba todo. Pero era Rachel. La única persona que veía a través de cada muro que Ariel había levantado en su vida y la quería de todos modos.

—Me da miedo. Él no, exactamente. Más bien cómo me siento cuando estoy con él —dijo Ariel. Las palabras le salieron sin filtro—. Acabo de conocerlo. Es demasiado rápido, Rach. Es demasiado… demasiado.

Rachel le agarró la mano y se la apretó. —¿Esa calidez en el pecho? ¿Ese tirón detrás de las costillas?

Ariel solo pudo mirarla fijamente.

—Tienes que prometerme que no vas a huir de eso —dijo Rachel.

La preciosa luz dorada cambió. Las paredes del apartamento se ablandaron por los bordes, como pintura que se difumina en el agua. El sofá retrocedió. Las estanterías menguaron y luego desaparecieron.

Y entonces él estaba allí.

No se acercaba por el pasillo ni entraba por una puerta. Sencillamente estaba allí, en el rabillo del ojo. Igual que había estado junto a la barandilla, al lado del río. De pie en la habitación que se disolvía, como si siempre hubiera formado parte de ella.

No dijo nada. Solo la miró con aquellos cálidos ojos color avellana mientras el hilo de su pecho se tensaba. El mismo tirón del festival. La misma calidez. Pero más fuerte, palpitando en el aire entre ambos con haces de luz trémula.

Ariel.

No tanto oyó su nombre como lo sintió. Como cuando él se lo había susurrado contra la piel y se lo había exhalado en el hueco de la garganta hacía apenas unas horas. El sonido la alcanzó por dentro y se le enroscó en torno al corazón.

Entonces la luz suave estalló en un blanco cegador. El apartamento desapareció. Caleb desapareció. Y lo único que quedó fue aquella luz abrasadora y la terrible sensación de caer.

***

Ariel se despertó con un jadeo estrangulado. Se incorporó de golpe y se quedó allí sentada, con el corazón aporreándole el pecho y las manos aferradas a la sábana mientras la respiración le salía en ráfagas ásperas.

La habitación estaba a oscuras salvo por una franja de luz del aparcamiento que se colaba por la rendija de las cortinas. El reloj de la mesilla marcaba las 5:52.

Vale. Seguía en la habitación del motel de Bellevoix. No en casa, en su apartamento, con Rachel.

Se apretó una palma contra la frente y se obligó a espirar despacio.

¿Qué cojones acaba de pasar?

Ella no soñaba. Jamás. Toda su vida se había quedado dormida y, algún tiempo después, se había despertado, y todo era un vacío. Tiempo perdido y luego la mañana. Y le parecía bien. Era sencillamente cómo funcionaba su cerebro. No hay motivo para echar de menos algo que nunca has tenido.

Solo que Rachel había estado allí. De pie delante de ella, tocándole el pelo, hablando como hacía siempre. Habría jurado que era real. Más real que esta estúpida habitación de motel.

El cuerpo entero le temblaba, y se metió las manos entre las rodillas y apretó para que dejaran de agitarse.

Contó despacio hacia atrás desde diez. Luego desde veinte.

Tal como se había enseñado a sí misma en Kunduz cuando empezaban los bombardeos.

Si quería mantener firme la cámara, primero tenía que averiguar cómo controlar el pánico.

Siguió contando y poco a poco el temblor cedió. El corazón se le fue calmando hasta que dejó de tamborilearle un ritmo frenético en los oídos. La habitación a su alrededor dejó de dar vueltas.

Enhorabuena, has tenido tu primer sueño, se dijo. No es para tanto. La mayoría de la gente sueña a todas horas. Has bebido mucho whisky y has tenido un sexo buenísimo y quizá demasiada adrenalina en el cuerpo, y tu cerebro ha hecho lo que hacen casi todos los cerebros. Bienvenida al mundo normal.

Solo que no había sido como ella esperaba que fuera un sueño.

¿No eran todos absurdos y borrosos? ¿Difíciles de recordar?

Lo que acababa de vivir había parecido real y palpable.

Todavía sentía el aliento cálido de Rachel contra la cara mientras le tocaba el pelo. Todavía oía a Caleb diciendo su nombre.

Una punzada de dolor le atravesó el ojo izquierdo. Ariel hizo una mueca y se apretó la mano contra la cuenca. El dolor de cabeza palpitó con saña un rato y luego remitió despacio hasta un latido sordo. El estómago se le revolvió. Apretó la boca, respiró por la nariz y contuvo las náuseas.

Solo es resaca. Ya has pasado por esto.

Fue entonces cuando reparó en el movimiento a su lado, en el colchón. Bajó la vista hacia Caleb, que dormía de costado con un brazo estirado hacia ella. Su respiración era profunda y regular, y parecía en paz.

Lo había dejado quedarse. No recordaba haber tomado la decisión, pero debía de haberlo hecho, porque ahí estaba. Era muy impropio de ella.

Normalmente iba a casa de ellos y se marchaba en cuanto terminaba. Nada de remolonear ni desayunar ni el incómodo paripé de la mañana siguiente, muchas gracias.

Pero lo había traído aquí. Lo había dejado quedarse en su habitación. Le había cogido la mano mientras se dormía. Había roto hasta la última de sus reglas. Y ahora él estaba en su espacio, respirando su aire, con un aspecto demasiado sexy para su gusto.

Tenía que salir de allí.

Con el mayor sigilo posible, se deslizó fuera de la cama. Cuando sus pies tocaron la moqueta, la cabeza de Cosmo se alzó de golpe. Ariel caminó de puntillas hacia el baño y notó los ojos del perro siguiendo sus movimientos.

—No me juzgues —susurró.

No encendió la luz, solo se quedó frente al espejo agarrando el borde frío del lavabo. Tomó aire. Lo retuvo. Lo soltó.

Estás bien. Te vas. Vístete, coge tus cosas, lárgate. Protocolo estándar.

Oyó el roce de las sábanas y luego el gruñido grave de un hombre que despierta.

—Buenos días —dijo él, con la voz ronca de sueño. Carraspeó. Hubo más movimiento, y entonces la lámpara de la mesilla se encendió con un clic.

Ariel se enderezó. Se volvió para mirarlo. A toda prisa se cruzó ambos brazos sobre los pechos y dejó que la máscara volviera a su sitio.

—Hola —dijo—. ¿Has dormido bien?

—Ya lo creo. —Se apoyó en un codo. Tenía los ojos tiernos y desenfocados, aún medio dormido. Su mirada encontró la de ella y se le encendió, y Ariel sintió la caricia como si le pasara una mano por el vientre—. ¿Y tú?

—Como un muerto.

Vio cómo se le tensaba la expresión. Como si ya comprendiera que ella estaba reconstruyendo su fortaleza.

Negó levemente con la cabeza, sonrió y se incorporó.

La sábana le resbaló hasta la cintura, y los ojos de ella fueron a la cicatriz de quemadura del hombro izquierdo.

Recordó haberla tocado y cómo él se había apretado contra su mano, como si de algún modo ella estuviera curando aquella piel vieja y dañada.

—¿Desayunamos? —preguntó—. Betty's está justo enfrente, al otro lado del aparcamiento.

—Tengo que trabajar. —Se acercó a la maleta y empezó a sacar ropa con eficiencia practicada—. Tengo que pillar el amanecer en la Capilla de la Nueva Luz. Ayer estaba tan nublado que todas las tomas salieron planas.

—Puedo llevarte.

—Puedo ir yo sola, gracias, pero creo que iré andando. No está lejos. —Se puso los vaqueros sobre la ropa interior. Encontró un sujetador limpio y se lo abrochó sin mirarlo—. Deberías irte yendo.

Él se quedó callado varios segundos y luego dijo: —Ariel.

—Ajá. —No lo miró. Siguió rebuscando en la maleta una camiseta limpia. Sacó una gris y se la puso.

—Lo de anoche…