Capítulo 7
Cuando Ryan lo había invitado a acompañarlos a él y a Emily al festival de los farolillos, Caleb se negó.
Al fin y al cabo, había sido un turno cargado y estaba cansado.
Ryan se encogió de hombros con buen talante y dijo:
—Bueno, si cambias de idea, habrá una cerveza bien fría esperándote.
Nadie se sorprendió más que Caleb cuando, una hora después, aparcó la camioneta junto a la ribera.
Las orillas del Rivière des Voiles se habían transformado.
Lo que normalmente era un parque tranquilo con un sendero para pasear ahora estaba lleno de luz y música. Los farolillos de papel se mecían con la brisa de la tarde. Una banda de metales tocaba en el pequeño escenario. El aroma a hamburguesas y a repostería impregnaba el aire cálido de la noche.
La Nuit des Lanternes.
Hacía años que no iba al festival. Era más grande de lo que recordaba.
Padres con niños a hombros. Parejas que paseaban por la orilla del agua cogidas de la mano.
Un grupo de ancianos sentados en sillas plegables en el aparcamiento, con una nevera de cervezas.
Adolescentes apiñados junto al puesto de comida, pasándose el móvil de alguien y riéndose demasiado fuerte.
Caleb localizó a Ryan y a Emily cerca del quiosco de música. Emily lo abrazó de inmediato. Era de las que abrazan al saludar y al despedirse, y aprovechaba cualquier ocasión para abrazar a la gente que le caía bien. Caleb le caía bien, y a él casi nunca le importaba.
—Al final has venido —dijo ella, sonriéndole de oreja a oreja—. Ryan decía que lo habías rechazado de plano, pero yo tenía fe.
—Oye, tío, no me lo tengas en cuenta —dijo Ryan.
Caleb miró a su compañero y se encogió de hombros.
—Yo también habría apostado en mi contra.
Emily le dio un puñetazo a Ryan en el brazo y le pasó a Caleb una cerveza de la nevera que tenían a los pies.
—Nos alegra muchísimo que estés aquí. Tienes que salir más.
Se quedaron juntos escuchando a la banda, mirando a la gente y charlando con tranquilidad.
Emily le contó a Caleb un congreso de psicología al que había asistido en Nueva Orleans, y Ryan relató una de las llamadas de la semana anterior.
Un hombre había intentado rescatar a su gato, que se había quedado atrapado en un árbol, y se había fastidiado la espalda en el intento.
Habían tenido que bajarlo de lo alto de su propia escalera.
Cuando Ryan añadió que había sido él quien había bajado al gato y que, de propina, se había llevado un arañazo en el brazo, todos se rieron.
El móvil de Emily vibró. Miró la pantalla y tecleó deprisa una respuesta.
—Sarah y Mike están junto al food truck. Voy a acercarme a saludar. ¿Vosotros os apañáis aquí?
Ryan levantó la cerveza.
—Nos las arreglaremos.
Cuando Emily se marchó, Caleb recorrió la multitud con la mirada.
Hubo un instante de silencio y entonces Ryan dijo:
—Esta noche no viene.
Caleb lo miró de reojo. Vio que sus ojos se habían suavizado del modo en que lo hacían cuando estaba a punto de darle a alguien una mala noticia.
—Margot. Por si acaso… Solo pensé que… —Se detuvo. Cogió aire—. Emily me ha dicho que está saliendo con alguien. Desde hace un tiempo. Lo siento, tío.
Caleb se preparó para el dolor y luego parpadeó al ver que no llegaba. En su lugar, sintió que se le aflojaba la tensión en el pecho.
—Me alegro —dijo. Como Ryan no respondió enseguida, Caleb continuó—. Espero que sea feliz. De verdad.
Y lo decía en serio.
Margot había sido dulce y divertida, y lo había querido. Él se lo había pagado desapareciendo en un dolor tan profundo que ella no pudo seguirlo.
Y bien sabe Dios que lo había intentado.
Llamándolo incluso cuando sabía que no respondería.
Pasándose por su casa con comida preparada que él no se comía.
Sentándose fuera de su piso y hablándole a través de la puerta mientras él yacía en el sofá, con la mirada clavada en el techo, deseando que todo el mundo lo dejara en paz de una puñetera vez.
Había aguantado cuatro meses tras el funeral de Dan. Luego, un día, sin más, dejó de llamar. Lo único que él sintió fue alivio.
Esa parte nunca se la había contado a nadie.
Porque Margot pertenecía a su vida de antes.
En aquella versión, Caleb iba a barbacoas, le ilusionaba el futuro y estaba dispuesto a todo.
Era como si Caleb hubiera muerto en el incendio del almacén, justo al lado de Dan, y la persona que salió a rastras de entre los escombros no supiera cómo querer a nadie sin estar aterrado de perderlo.
Así que la había dejado marchar y se había dicho que estaba bien. El hecho de que ahora estuviera con otra persona le hacía sentir que así debía ser. Sí, alivio. Era como debían ser las cosas.
—¿De verdad estás bien? —preguntó Ryan.
—Sí. —Caleb bebió un trago de cerveza—. De verdad que sí.
Ryan le estudió la cara un momento y luego chocó su botella contra la de Caleb y volvió a fijar la atención en el río. Unos minutos después, empezó la ceremonia de los farolillos.
A lo largo de las dos orillas, la gente sujetaba farolillos de papel.
Habían escrito en ellos con rotuladores de colores, algunas letras grandes y marcadas y otras apenas un garabato.
Había risas y lágrimas. Muchos abrazos. Unos cuantos simplemente se arrodillaban en silencio y sostenían los farolillos como plegarias antes de dejarlos en el agua.
La corriente arrastraba despacio las luces titilantes. Una a una, las pequeñas llamas se alejaban río abajo, cada una dejando un tenue rastro de fuego reflejado en el agua. Pronto el río se llenó de ellas. Caleb se quedó allí, hechizado, la cerveza olvidada en la mano.
Al cabo de un rato, Ryan se alejó para buscar a Emily. Caleb bajó hasta la barandilla y pensó en Dan. Pensó en comprar un farolillo a alguno de los vendedores, escribir el nombre de Dan en él. Empujarlo al agua para que se uniera a los demás y se deslizara lejos.
No se movió.
Porque Dan se habría burlado de la idea.
Dan le había dicho una vez que los funerales eran para los vivos, porque una vez muerto te daba igual si la gente lloraba por ti.
Se reía de todo. Sobre todo de las cosas que no tenían gracia.
Decía que no sobrevivirías ni un día en el trabajo si no le encontrabas el humor a los peores momentos.
Dan —seguro— no habría querido un farolillo. Le habría echado una buena bronca y le habría dicho que fuera a buscar a una chica guapa con quien hablar.
Caleb sonrió ante la conversación imaginaria y le dio otro trago a la cerveza. Se quedó en la barandilla, con los ojos puestos en los farolillos, y se permitió echar de menos a su amigo sin combatir el sentimiento ni apartarlo de sí.
Y entonces ocurrió.
Una oleada repentina de calidez en el centro del pecho. Como una almohadilla térmica… pero palpitante y empujando hacia fuera, como si algo dentro de él acabara de despertar.
A Caleb se le cortó la respiración en la garganta.
No dolía. No se parecía a nada que hubiera sentido antes. Tenía la sensación de que la calidez tiraba de algo hacia él, un hilo que se tensaba y se iba enroscando despacio sobre sí mismo.
Dejó la cerveza junto a la barandilla. Se giró. El corazón le martilleaba, pero no tenía miedo. Estaba… ¿qué?
Barrió la multitud con la mirada. Cientos de rostros bañados por el resplandor de los farolillos. Todos mirándose entre sí, o al río, o al móvil. Nadie reparaba en él.
Pero de algún modo sintió a alguien. A una sola persona.
Caleb volvió a escrutar la zona. Echó un vistazo al río y a otra tanda de farolillos que se echaban al agua. Hacia el quiosco de música y el pequeño grupo que bailaba cerca, sobre la hierba.
Algo le llamó la atención en el borde de la multitud, junto a la barandilla. Algo pequeño y a ras de suelo. Un perro. Diminuto. Una especie de cruce de terrier de pelaje blanco como la nieve. Tiraba de la correa y apuntaba el hocico hacia él.
Su mirada se desplazó a la mano que sujetaba la correa y luego subió hasta la mujer.
Ella no lo miraba, solo escrutaba la multitud, con la cabeza girando de un lado a otro mientras la mano libre apretaba una cámara contra el pecho.
Comprobó la pantalla, miró a izquierda y derecha, volvió la vista a la cámara.
Se movió, y la luz de los farolillos le alcanzó la cara e iluminó la línea marcada de la mandíbula y un surco entre las cejas. La calidez del pecho de Caleb latió más deprisa y el hilo tras sus costillas tiró con más fuerza, como si hubiera encontrado lo que buscaba.
Se quedó clavado en el sitio. Al fondo, la banda tocaba. Los farolillos iban a la deriva. Y la multitud se movía alrededor de la mujer mientras ella permanecía en medio, con los ojos recorriendo los rostros junto a la barandilla.
Entonces se giró y lo encontró.
Se miraron. Ninguno de los dos se movió.
Caleb no habría podido asegurar que seguía respirando.
El ruido de la multitud se desvaneció. No del todo, más bien amortiguado, como si hubiera dado un paso detrás de una lámina de cristal.
Lo único que quedaba era el resplandor de los farolillos y el tirón constante en su pecho.
Y los ojos de ella, abiertos y brillantes… fijos en los suyos.
Ella no apartó la vista.
Él tampoco.
El perrito volvió a mirarla y luego tiró de nuevo hacia Caleb, con la cola meneándose tan rápido que se volvía un borrón.
Caleb soltó el aire en un suspiro largo y lento, y dio un paso hacia ella.