Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 6
18%

Capítulo 6

Cosmo ladraba con una intensidad alarmante. Salió disparado hacia la linde de los árboles y arrastró a Ariel, que lo seguía dando traspiés. Sus patas cortas y rechonchas devoraban la maleza y, no se sabía cómo, el animal desplegaba la fuerza de un perro tres veces mayor.

—Cosmo. Por Dios. Frena un poco, joder.

Pero el perro tenía una misión. Fuera lo que fuese lo que gobernaba su sistema operativo en ese momento, ya no lo regía el miedo. Se lanzó hacia la figura con los dientes al descubierto, ladrando con la ferocidad de un rottweiler.

El hombre se giró. Sin prisa. Ariel alcanzó a atisbar su perfil bajo la gorra de béisbol. Una cara alargada con nariz aguileña. Luego se adentró en la niebla entre los árboles y desapareció.

Se detuvo derrapando en el borde de la propiedad.

Otra valla de tela metálica… pero esta vez sin huecos cómodos por los que colarse.

Apretó la correa con la mano y apartó a la fuerza a Cosmo, que arañaba la malla con las patas delanteras.

El perro forcejeó con ella y siguió ladrando, puro ruido y furia.

—Quieto. Abajo, chico. Tranquilo.

Ariel se agachó a su lado y le puso una mano en el cogote y la otra en los cuartos traseros.

Al cabo de unos instantes, Cosmo se calmó.

O al menos dejó de ladrar. Pero su cuerpo seguía vibrando de adrenalina.

Mantenía la mirada clavada en el punto entre los árboles donde había estado el hombre. Alerta y listo para cualquier cosa.

—¿De dónde narices ha salido eso? —preguntó en voz baja.

Cosmo levantó la vista hacia ella. Sin menear la cola, sin ablandar el cuerpo. Se limitó a sostenerle la mirada.

Era la primera vez desde la muerte de Rachel que el perrito no la miraba con miedo ni tristeza. Como si mendigara una pizca de cariño que sabía que nunca recibiría. Ahora parecía seguro de sí mismo. Como si hubiera cumplido su misión y lo hubiera hecho bien.

Ariel lo miró fijamente durante un buen rato.

—Vale —dijo—. Resulta que no eres del todo inútil.

Se puso de pie, se sacudió el barro de los vaqueros y lanzó una última mirada a la arboleda. Vacía. Nada más que retazos de niebla deslizándose despacio.

Aun así, mantuvo corta la correa de Cosmo y no dejó de vigilar los alrededores mientras volvía por donde habían entrado en la propiedad.

A su lado, habría jurado que el perrito iba pavoneándose.

Llevaba la cabeza alta y el cuerpo ligeramente ladeado hacia fuera, como si se colocara entre Ariel y los árboles.

Como un perro de patrulla.

***

Ariel arrancó el motor y se quedó sentada en el coche de alquiler. Pensando. Había habido un incendio en la capilla. Habían muerto niños. El pueblo no quería hablar de ello.

La voz de Rachel se coló en su mente: «¿A que te encanta un buen misterio?».

Se descubrió asintiendo. Ya lo creo. Iba a añadir una investigación al encargo fotográfico.

Pero lo primero es lo primero: tenía un recado importante que hacer.

Metió la marcha y salió a la carretera principal. Dos manzanas más adelante vio el letrero —BAYOU SPIRITS—, pintado a mano y fijado junto a la puerta de un edificio de bloques de hormigón.

—Una debe tener claras sus prioridades —le dijo a Cosmo, que la observaba desde el asiento del copiloto con la cabeza ladeada, como si lo entendiera.

Dentro, encontró el estante del Jack Daniel's, cogió un pack de seis Coca-Colas y unos chicles de hierbabuena. El hombre de la caja no hizo ningún comentario mientras le cobraba.

De vuelta en el coche, dejó la botella en el asiento del copiloto, junto a Cosmo, y suspiró. Las nubes se habían abierto un poco. Con la luz suave que se filtraba por el parabrisas, habría jurado que el líquido ámbar brillaba. Verlo ahí la serenó. Saber que pronto podría beber un poco.

Volvió al Riverview Inn y pasó la tarde en su habitación. Despatarrada en la cama, repasando las fotos que había hecho en la capilla. Tomó notas de los ángulos que quería repetir en la hora dorada.

Muro sur, ángulo bajo, necesito luz cálida y direccional. ¿El campanario contra el amanecer, quizá? Vidriera desde dentro si consigo colarme.

En la máquina expendedora que había fuera de la oficina, compró una bolsa de mezcla de frutos secos y luego se permitió un Jack con Coca-Cola. Vale, quizá fuera más bien un doble generoso, pero seguía siendo una sola copa. En su opinión, la primera del día siempre era la mejor.

El vaso estaba medio vacío cuando el dolor de cabeza remitió y solo le quedó una leve presión detrás de los ojos.

Cosmo descansaba a gusto en su camita, tumbado de lado con las patas estiradas. Su respiración, lenta y acompasada. Algo de aquella mañana lo había tranquilizado.

Hacia las seis de la tarde, se acercó a la ventana y contempló la masa de nubes cada vez más densas que avanzaba y tapaba el sol poniente. No tenía sentido volver hoy a la capilla.

Desde el río llegaba música. Algo con metales y cuerdas y un ritmo lento y cadencioso. Los farolillos del paseo fluvial empezaban a brillar. Las formas de papel colgadas de los cables que había visto esa mañana, ahora iluminadas por dentro, se mecían suavemente con la brisa.

La Nuit des Lanternes.

Cogió la cámara y la correa de Cosmo.

***

La ribera cobraba vida.

Esa mañana había sido una orilla tranquila, flanqueada de plataformas y cables desnudos. Ahora estaba llena de gente, de ruido y de luces ámbar resplandecientes. Cientos de vecinos del pueblo se habían congregado junto al Rivière des Voiles mientras el sol caía hacia el horizonte.

Más farolillos bordeaban las plataformas de madera que sobresalían por encima del río. Pequeñas velas votivas en tarros de cristal, las llamas temblando en la brisa. En un escenario bajo cerca del mercado, una banda tocaba y una mujer cantaba algo lento y dulce en francés.

A lo largo de toda la orilla, la gente se arrodillaba con sus propios farolillos de papel. Pequeños, del tamaño de una mano y con forma de barco o de simple cuadrado. Escribían en ellos con rotulador. Nombres. Fechas. Mensajes. Ariel estaba demasiado lejos para leerlos bien.

Uno a uno, los farolillos se echaban al agua, donde la suave corriente los arrastraba río abajo. Flotaban y se mecían a la deriva, sus diminutas llamas reflejadas en la oscura superficie del río, cada uno dejando una pequeña estela de luz anaranjada.

Ariel se quedó junto a la barandilla, con Cosmo a sus pies, mirando.

La gente añadía más farolillos hasta que las decenas se volvieron cientos y el río se convirtió en una constelación que avanzaba despacio. Los padres estaban de pie en la orilla con sus hijos, sujetándolos por la cintura mientras se estiraban por encima del agua.

Un anciano con un gastado traje de lana se agachó en el borde de la plataforma y depositó su farolillo con ambas manos. Lo vio alejarse flotando, con los labios moviéndose… aunque Ariel no alcanzaba a oír qué decía.

Una mujer con dos niñas pequeñas se arrodilló junto al agua.

Las niñas discutían por quién usaba el rotulador morado para escribir su nombre en el farolillo.

La madre les puso una mano en el hombro a cada una y les susurró algo.

Las dos se callaron y se concentraron en escribir con cuidado: guardado el rotulador morado, cada una usaba ahora uno rojo.

Soltaron juntas los farolillos en el agua, tres lucecitas que se alejaban a la deriva para unirse a las demás.

Ariel levantó la cámara. Capturó el asombro en la cara de las niñas, la pena en la de la madre.

Durante un rato siguió disparando. Los farolillos en el agua y la forma en que sus reflejos duplicaban la luz. Los rostros a lo largo de la orilla. El anciano solo en la plataforma. La banda recortada contra el cielo color carbón.

Algo se le agarró al fondo de la garganta y bajó la cámara cuando el pensamiento la golpeó sin previo aviso. Ni piedad.

A Rachel le habría encantado todo esto.

Habría estado allá abajo, metida en el meollo, con los vaqueros remangados y los pies descalzos en el agua mientras escribía los nombres de las dos en un farolillo de papel con su letra extravagante. Seguramente se habría echado a llorar. Y luego se habría reído de estar llorando.

Y Ariel se habría quedado atrás, apoyada en la barandilla, fingiendo que todo aquello era una cursilada y que no se le cerraba la garganta lo más mínimo.

Los rituales como este eran la configuración de fábrica de Rachel. Creía en ellos a pies juntillas. En el poder de hacer cosas pequeñas, simbólicas y esperanzadoras aunque no arreglaran nada. Ariel, nunca. Ella creía en lo que se podía ver, oír, sentir. Hechos. Pruebas. Resultados.

Pero allí de pie, viendo los farolillos alejarse río abajo, empezó a entender lo que Rachel había intentado decirle todos esos años.

A veces, permitirte vivir algo por completo, sentirlo de verdad, era más importante que empeñarte en seguir ocupada y ser productiva.

La mano de Ariel se aferró a la barandilla. La cámara le colgaba olvidada contra el pecho.

Miró de reojo al vendedor que, cerca del escenario, ofrecía farolillos a cinco dólares cada uno, rotulador incluido. Podía comprar uno, escribir el nombre de Rachel y soltarlo en el agua para que se uniera a los demás.

Cuando se dio la vuelta, lo hizo con una sensación de urgencia… presa del repentino e irracional temor de que se quedaran sin farolillos. Cosmo le siguió el ritmo cuando trotó hasta el borde del mercado y se puso a la cola, impaciente, detrás de dos adolescentes.

—Voy a escribir el nombre de Derek en el mío —dijo una, echándose hacia atrás la larga melena oscura con un gesto ensayado.

—Ni hablar. Lo dije yo primero. No podemos las dos —replicó la otra, poniéndole los ojos en blanco a su amiga. Los tenía de un azul porcelana, muy perfilados, y fruncía los labios en un mohín de brillo rosa.

—Claro que podemos. Lo demás lo dejamos en manos del destino.

Cuando le llegó el turno, Ariel se acercó al puesto y eligió uno de los farolillos verdes. Le pareció lo apropiado para alguien que amaba las plantas, los animales y el planeta.

En un banco cercano, alisó el farolillo contra el asiento y escribió: Rachel Monroe. La mejor amiga que he tenido jamás. Te echo de menos.

Para cuando se encaminó hacia el embarcadero más cercano, su seguridad ya se desvanecía.

Bajó la vista hacia el farolillo, hacia el nombre de Rachel escrito con su letra inclinada.

Recordó cómo, tras un vuelo nocturno de vuelta de Irak, su amiga había bajado del avión dando tumbos para luego abrir los brazos de par en par y girar sobre sí misma allí mismo, en la puerta de embarque de O'Hare.

—Qué contenta estoy de estar en casa. Lo primero que vamos a hacer es darnos el capricho de una mani-pedi y sushi vegano.

Por mucho que luchó por contenerlas, las lágrimas le resbalaron por las mejillas, saladas y calientes. Se las enjugó con rabia. Luego, despacio, con reverencia, dobló el farolillo de papel verde por la mitad y después en cuartos y lo guardó dentro de la bolsa de la cámara.

Se dio la vuelta para marcharse. Ya se había alejado unos pasos del río cuando ocurrió.

Una calidez repentina, como una mano abierta apoyada contra el pecho.

No dolía. Y no se parecía en nada al dolor de cabeza ni a la visión doble ni a ninguna de las otras jugarretas que su cuerpo le venía haciendo últimamente.

Esta resultaba amable, como si un hilo atado al centro de su cuerpo se hubiera tensado.

Ariel dejó de caminar.

Se le erizó la piel. Pero no sentía miedo… ¿era expectación? ¿Emoción? ¿Alivio, quizá?

Se giró y escrutó a la multitud. Había tantísimas caras, yendo y viniendo, con la piel teñida de dorado por los farolillos. Nadie la miraba. Era como si fuese un fantasma.

Pero la calidez del pecho se mantuvo firme… un fuego contenido dispuesto a arder despacio durante toda la noche.

Buscó a tientas la cámara, se llevó el visor al ojo y rastreó la multitud por la orilla. Sin pensar, encuadró una toma y disparó rápido mientras capturaba rostros a contraluz por el resplandor de los farolillos. Siguió disparando.

Cosmo gimoteó y tiró de la correa. Levantó una pata y le arañó la espinilla. Ella se lo quitó de encima y luego clavó la vista en la pantalla mientras pasaba las fotos.

Iba por la tercera pasada cuando se detuvo en una de las tomas y examinó a un hombre al borde del encuadre. Alto, de pie y solo junto a la barandilla de hierro. Estaba medio vuelto hacia ella, con la cara en sombra.

Ariel giró sobre sí misma y buscó entre la gente junto a la barandilla.

La mayoría estaban agrupados en parejas o en pequeñas familias.

No logró encontrar ninguna figura solitaria.

Pero la calidez seguía latiendo en su pecho y el corazón le iba deprisa.

Levantó una mano y se la pasó sobre la calidez. Soltó el aire.

La correa tiró de su mano. Bajó la vista hacia Cosmo y lo vio tensarse hacia el río, con la cola meneándose frenéticamente. Volvió la cabeza, siguió la dirección de su mirada y vio al hombre. El de la pantalla.

La calidez del pecho estalló. El calor irradió desde su centro en oleadas, una tras otra.

El hombre se apartó de la barandilla. Se quedó plantado con los pies separados y las manos colgando a los costados. La miraba con intensidad.

Tenía la mirada clavada en ella.