Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Ariel se despertó con la cara aplastada contra la almohada del motel y alguien clavándole un punzón detrás del ojo izquierdo. Al menos eso era lo que parecía. Se quedó muy quieta, respirando superficialmente, esperando a que la habitación se asentara a su alrededor. No quería hacerlo.

En la pared de enfrente, el aire acondicionado resollaba como un anciano.

Sobre su cabeza, el ventilador de techo se tambaleaba, girando en círculos perezosos y proyectando sombras por el suelo.

Por un segundo, hubo dos ventiladores. Dos juegos de sombras.

Parpadeó con fuerza hasta que todo se corrigió.

Tenía que ser deshidratación. El día anterior no había tomado más que Doritos y Coca-Cola y se le había olvidado beber agua antes de caer rendida.

—Está claro que tengo que mejorar mi nivel de autocuidado —masculló.

Cosmo, que estaba en su cama para perros junto al baño, la miraba tumbado con aquellos ojos oscuros y preocupados. Al verla despierta, se incorporó y dio un golpe con la cola.

—No empieces. Ya sé lo que me vas a decir.

Se arrastró hasta el baño, llenó un vaso de agua y se lo bebió entero, más la mitad de otro. Se puso dos Advil del bolso en la mano y se los tragó mientras se miraba en el espejo. Tenía tan mal aspecto como se sentía.

Después de ducharse y ponerse unos vaqueros y una camiseta gris oscuro, se enfundó la chaqueta ligera de trabajo. La de los bolsillos profundos. Se calzó las botas y cogió la bolsa de la cámara y la llave de la habitación.

—Vamos, soldado —le dijo a Cosmo—. Toca que tú pasees y yo me cafeíne. A ver qué pinta tiene este pueblo a la luz del día.

El cielo estaba encapotado, y el aire tan cargado de humedad que respirar era como hacerlo a través de una manta de lana. Guio a Cosmo por el sendero junto a la Rivière des Voiles, con la correa enrollada en la mano, y se recolocó la bolsa de la cámara cuando le dio un golpe en la cadera.

Bellevoix bajo la luz del amanecer parecía un lugar distinto del pueblo en el que había entrado al atardecer. Menos gótico radical y más niebla de cuento de hadas apacible.

Los edificios junto al río eran antiguos.

En su mayoría casitas criollas con contraventanas de colores y barandillas de hierro deslustradas.

Los árboles flanqueaban la acera… robles americanos con troncos más anchos de lo que ella podía rodear con los brazos y ramas que se extendían sobre la carretera hasta entrelazarse en lo alto como una jaula.

La niebla se adhería a todo. No la niebla dramática de la noche anterior, sino una bruma constante que difuminaba los bordes del mundo y volvía imposible encontrar el horizonte.

El río era ancho, del color del té, y pasaba junto al pueblo a un ritmo perezoso, como si tuviera todo el día para llegar adonde fuera. La luz de la mañana iluminaba los finos jirones de niebla que se alzaban de la superficie del agua.

Más adelante vio a unos operarios montando algo.

Había plataformas de madera que se adentraban desde las orillas del río por encima del agua.

De unos cables tendidos entre farolas de hierro ornamentadas colgaban ganchos a intervalos regulares.

Una mujer robusta subida a una escalera colgaba una pancarta entre dos postes.

Ariel apenas alcanzaba a distinguir las palabras entre la niebla.

La Nuit des Lanternes

Debajo, en letras más pequeñas: Festival Anual de los Farolillos de Bellevoix — Esta noche al anochecer

Quizá mereciera la pena fotografiarlo… si le apetecía más tarde. Seguro que a Nora no le importaría añadir las tomas de ambiente para el reportaje.

Cosmo tiró de la correa y marchó decidido hacia la orilla del río.

Ella lo dejó guiarla hasta la ribera, donde se plantó en la línea del agua, con las orejas hacia delante y el hocico tembloroso.

No le interesaba beber. Solo quería permanecer inmóvil, mirando fijamente el agua parda, como si estuviera esperando un transbordador.

—¿Qué estás mirando? —le preguntó.

Él no alzó la vista hacia ella. Se quedó allí plantado, alerta y concentrado, con su cuerpecito apuntando a la orilla de enfrente.

—Venga, bicho raro —dijo, tirando de él de vuelta al sendero.

***

El restaurante se llamaba Betty's y olía a sirope, a beicon y a café. Ariel empujó la puerta mosquitera con Cosmo metido bajo la chaqueta, con la esperanza de que nadie reparara en la cabecita blanca que asomaba.

El local estaba quizá medio lleno. Un par de viejos del lugar en la barra zampando huevos y sémola de maíz (grits). Una mujer con uniforme sanitario tomando café y mordisqueando una tostada. Dos adolescentes sentadas al fondo, sin hablar, con los ojos clavados en las pantallas.

Una camarera salió de detrás de la barra, con una carta bajo el brazo. Rondaba los cuarenta, de cara redonda y labios carnosos. Llevaba el pelo oscuro recogido con una pinza. La placa con el nombre rezaba MARIE.

—Buenos días, cariño. ¿Vienes sola?

—Vengo sola. —Ariel se deslizó en un reservado junto a la ventana y dejó la bolsa de la cámara a su lado. Antes de que pudiera impedírselo, Cosmo saltó al asiento de enfrente.

Marie miró al perro. Frunció los labios.

—Se portará bien —dijo Ariel, echando ya mano a la correa para bajarlo.

—No pasa nada —dijo Marie—. Pero que no se suba a la mesa. El inspector de sanidad suele venir los jueves, y hoy no es jueves. —Dejó la carta sobre la mesa y dio un golpecito con el dedo en la taza—. ¿Café?

—Ay, Dios, sí.

El café era tan oscuro como el aceite de motor y olía como si llevara casi una semana recalentándose.

Ariel le añadió sus tres azucarillos de costumbre y un buen chorro de nata.

Durante los instantes siguientes, su mundo se centró en aquel líquido dulce y cremoso y en la gloriosa sensación de la cafeína colándose en su torrente sanguíneo.

Cuando Marie volvió, bajó la vista hacia Cosmo otra vez.

—¿Y si le traigo unas salchichas que sobraron de ayer?

—No —dijo Ariel automáticamente. Luego miró las costillas del perro bajo el pelaje y se encogió de hombros—. Vale. Pero solo un poco. No quiero que lo vomite luego.

La cara de Marie se abrió en una sonrisa, y le dio unas palmaditas a Cosmo en la cabeza antes de desaparecer en la cocina.

Ariel estudió la carta, pero nada la atraía. Su estómago seguía empeñado en rechazar cualquier tipo de comida. Como un niño pequeño que dice que no por principio.

—Tortitas —dijo cuando Marie volvió—. Y una ración de beicon.

Marie dejó un platito de salchicha troceada en el suelo y lo acercó con el pie al borde del reservado. Cosmo se inclinó hacia delante, con el hocico tembloroso, luego bajó de un salto al suelo y comió deprisa. Casi sin masticar.

—¿Has venido al pueblo por La Nuit des Lanternes? —preguntó Marie, rellenándole el café.

—No. Estoy cubriendo un encargo. Fotografiando edificios históricos para un reportaje sobre conservación.

—Pues has venido al pueblo adecuado. Por aquí tenemos auténticas joyas. La forja del Barrio Viejo es muy especial. —Hizo una pausa—. ¿Has ido ya a la calle Holy Cross?

—De camino para allá.

—El barrio no es gran cosa, pero la capilla merece verse. La derriban la semana que viene. Es una pena.

Ariel dejó la taza de café.

—¿Y eso?

Marie apoyó la cadera contra el reservado.

—Antes era algo importante por aquí. Oficios religiosos, sí, pero también programas para niños y servicios de orientación.

Le venía bien al pueblo. Hasta el incendio, al menos.

Eso fue allá por los noventa. Fue terrible.

Murieron algunos niños. —Sacudió la cabeza—.

Después de aquello, nadie quiso tocarlo.

El edificio ha estado prácticamente vacío desde entonces.

—¿Murieron niños? —Ariel mantuvo la voz serena y profesional. Rachel la había entrenado en cómo hacer preguntas. Actúa como si ya supieras la respuesta y solo la estuvieras confirmando.

—Creo que cuatro. A lo mejor más. Yo todavía no me había mudado al pueblo, así que solo lo sé de oídas. Y la gente, en general, no suelta prenda. —Cuando sonó la campanilla de la cocina, Marie se irguió—. Es de esas cosas que a un pueblo no le gusta recordar, ¿sabes?

Ariel se recostó, dándole vueltas a la información en la cabeza. A sus pies, Cosmo seguía lamiendo el plato.

Cuando Marie le trajo el pedido, Ariel logró comerse una tortita y media, pero no fue capaz de enfrentarse al beicon.

Aun así, se felicitó, porque era más de lo que había comido en la mayoría de las comidas de aquellas últimas semanas.

También se bebió tres tazas del café espantoso, aunque también maravilloso, y dejó suficiente dinero en la mesa como para incluir una buena propina.

Fuera, se habían acumulado más nubes, espesas y grises, tan bajas que habría jurado que casi podía tocarlas.

—Bueno —le dijo a Cosmo, dejándolo en la acera—. Vamos a buscar esa capilla.

***

Aparcó en una bocacalle a la vuelta de la esquina de la capilla y recorrió a pie las dos manzanas de vuelta. Le daba la oportunidad de tomarle el pulso al barrio.

Holy Cross no tenía tanto encanto como las partes de Bellevoix que había visto hasta entonces.

Las calles eran estrechas y estaban pavimentadas con adoquines desgastados que lucían multitud de baches.

Los edificios se apretaban a ambos lados y eran de piedra y estuco ennegrecidos por décadas de abandono.

Los balcones metálicos de las segundas plantas sostenían esqueletos de enredaderas muertas, y algunas de las ventanas estaban tapiadas con tablas.

Ariel no vio ningún coche por la zona. Ni peatones. El único sonido eran sus botas sobre el adoquín húmedo y las uñas de Cosmo repiqueteando a su lado.

Allí la niebla era espesa. Llenaba los espacios entre los edificios como una gasa… suavizando las esquinas y convirtiendo el final de la manzana en un lienzo gris. A su derecha, pasó junto a una iglesia con una cruz de hierro torcida y una casa adosada con las contraventanas clavadas.

Cosmo se pegó a su pierna, con la cabeza girando de un lado a otro mientras rastreaba sonidos a través del aire denso.