Capítulo 3 #3
Debajo, alguien había pintado con espray rojo: DA MEDIA VUELTA AHORA.
Miró a Cosmo por el retrovisor y sonrió.
—Pues no es muy alentador que digamos.
Pero siguió conduciendo de todos modos. Los árboles se apretaban contra la estrecha carretera. Entre las hojas vislumbraba el agua. Reflejaba el atardecer resplandeciente y hacía que el suelo pareciera estar en llamas.
Entonces los árboles se abrieron y apareció el pueblo.
Bellevoix. Población: 98.790.
Las letras negras del cartel estaban descoloridas y se fundían con el fondo gris.
El pueblo se extendía a lo largo del río. Edificios antiguos se apiñaban en calles estrechas. Balcones de hierro se asomaban al empedrado. Las agujas de las iglesias apuntaban al cielo. Y todo estaba cubierto de musgo, sombras y niebla, como si hubiera crecido allí en lugar de haberse construido.
Era de una belleza inquietante.
Por lo visto iba a fotografiar algo más que la vieja capilla.
Ariel condujo despacio por la avenida principal, pasando por delante de restaurantes, una librería, tiendas de antigüedades. Había gente por la calle, paseando perros y corriendo. Algunos sentados en los porches.
Más adelante vio un motel de una sola planta a las afueras del pueblo. El Riverview Inn. Seguramente de esos sitios que no actualizaban la decoración desde los años ochenta. A ella le valdría de sobra.
Entró en el aparcamiento y se quedó un momento con el motor en marcha mientras hacía un repaso rápido de cómo estaba. Tenía las manos firmes. La respiración controlada. Estaba bien.
En el asiento de atrás, Cosmo gimió, y ella apagó el motor. Fuera, el aire del anochecer la envolvió como una mano cálida y húmeda. En algún lugar cercano, un pájaro dejó oír un canto grave y lastimero.
Ariel entró en la recepción del motel. La mujer del mostrador levantó la vista de una revista.
—Necesito una habitación —dijo Ariel.
—¿Cuántas noches, cariño?
Ariel vaciló. Más allá de coger el vuelo y alquilar el coche, no había planeado gran cosa.
Ni siquiera había reservado todavía el vuelo de vuelta.
No le llevaría más de un día fotografiar la capilla, pero, ahora que estaba allí, se planteó hacer un reportaje fotográfico del propio Bellevoix.
Quizá también de alguno de los pueblos vecinos.
—Empecemos por tres —dijo.
Se ocupó del papeleo y le entregó la tarjeta de crédito. La mujer le dio una llave con un llavero de plástico en forma de rombo.
—Habitación 14. Planta baja, al final del edificio. Hay desayuno continental en el vestíbulo, de seis a nueve. Y al lado tiene una cafetería por si quiere algo más contundente.
—Gracias.
Llevó el coche hasta el final del edificio y aparcó delante de la habitación. Cuando sacó a Cosmo del transportín y lo dejó en el suelo, él se guio de inmediato por el olfato hasta la hierba del lateral del edificio.
La habitación era prácticamente lo que había esperado. Una cama y una cómoda, además de una mesita con dos sillas de plástico. La tele era pequeña y anticuada, pero funcionaba. Todo estaba limpio, aunque gastado. Era la clase de sitio donde la gente paraba una noche o dos, pero no mucho más.
Cosmo olfateó la moqueta, la papelera y los rodapiés. Levantó la cabeza, olisqueó el aire, pareció decidir que todo estaba bien y se sentó con un suspiro.
Ariel llevó el cuenco del agua al baño y lo llenó en el grifo.
Lo dejó debajo del aire acondicionado y luego echó una ración de comida en el segundo cuenco y lo puso junto al agua.
Sacó la cama para perros que Rachel había tardado tanto en elegir —blanda, ridícula, cubierta de huesitos estampados— y la colocó pegada a la pared, junto a los cuencos.
—Come —dijo—. Al menos uno de los dos debería.
Se desplomó al pie de la cama y sacó el móvil. Volvió a abrir la carpeta RACHEL.
Las preguntas le devolvieron la mirada. Las seis. Ojalá tuviera alguna respuesta.
Añadió una séptima.
¿Y si el asesinato de Rachel no fue al azar? ¿Podrían haberla elegido como blanco?
Releyó las palabras, puso el móvil con la pantalla hacia abajo sobre el edredón y se tumbó en la cama. Había una mancha de humedad en el techo con forma de mapa de Siria.
Al día siguiente encontraría la capilla.
Conseguiría las fotos para el encargo de Nora.
Quizá pasara unos días husmeando por ahí y dejando que la musa la guiara.
Después volvería a casa y seguiría indagando en el asesinato de Rachel.
Tenía que haber algo. Algo que a Bolton y a toda la policía de Chicago se les había pasado.
Alguien había matado a la única persona a la que Ariel había querido de verdad. La hermana de su alma. Y ese alguien seguía ahí fuera.
Ni de coña iba Ariel a dejar que aquello quedara así.
Cosmo se hizo un ovillo en la moqueta, en medio de la habitación, a medio camino entre su cama y la de ella.
Ariel no lo acarició. No le dio las buenas noches.
Apagó la luz y se quedó tumbada en la oscuridad, escuchando los sonidos desconocidos del pueblo. E intentó no pensar en lo mucho que a Rachel le habría encantado ese viaje.