Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

En el aeropuerto, Ariel esperaba de pie en el mostrador con Cosmo en el transportín.

—¿Animal de apoyo emocional? —La mujer no levantó la vista—. Si trae los papeles, le hacemos descuento.

—Si está apoyando a alguien, lo está haciendo fatal.

Cosmo gimió. Un sonido agudo y tembloroso que hizo que el hombre de negocios que tenía detrás desplazara el peso de una pierna a otra y soltara un suspiro sonoro.

La mujer bajó la vista por fin.

—¿Está bien?

Ariel miró a Cosmo, la forma en que su cuerpecito blanco se apretaba contra el rincón del fondo, los ojos muy abiertos y llenos de miedo.

—Ni idea. Yo tampoco ando precisamente sobrada de apoyo emocional ahora mismo.

La mujer se encogió de hombros.

—No puedo hacerle descuento. A ninguno de los dos.

Imprimió la tarjeta de embarque y la deslizó por el mostrador.

—Puerta C14. El embarque empieza en cuarenta minutos.

Ariel la cogió. Se recolocó la bolsa de la cámara para que la correa dejara de clavársele en el hombro y levantó el transportín de Cosmo. Se le agarrotó el estómago, con un dolor ardiente e intenso. Respiró hasta que se le pasó.

—C14 —repitió para sí.

Encontró un asiento en la puerta de embarque y dejó a Cosmo a su lado. La rodeaban los ruidos habituales del aeropuerto. Avisos por megafonía, niños chillando, maletas rodando por el suelo de baldosas. Todo tan normal.

Sacó el móvil. Abrió la carpeta etiquetada como RACHEL.

En la carpeta se amontonaban seis semanas de trabajo. Nada del duelo, eso sí. Lo había cogido y hundido en un lugar profundo y oscuro. Un sitio donde no la frenara. Ese trabajo era lo único que la sacaba de la cama por las mañanas. Eso y el whisky.

La policía de Chicago había calificado el asesinato de robo que había salido mal. Entrada forzada. Señales de forcejeo, pero nada robado. Salvo que contaras la vida de Rachel.

El caso seguía abierto, pero, por lo que Ariel podía ver, estaba completamente atascado. Era solo cuestión de tiempo que lo mandaran al cajón de los casos archivados y lo dejaran morir de forma lenta y silenciosa.

Ariel no iba a permitir que eso pasara. No cuando su instinto le decía que nada de aquello tenía sentido. Y Rachel siempre le había dicho que se fiara de su instinto.

Pasó a su intercambio más reciente con el detective Max Bolton. El detective original se había trasladado a otra comisaría y a Bolton lo habían metido en el caso hacia la tercera semana. Era meticuloso, casi sin sentido del humor, y tenía la personalidad de un cubo de barro. A Ariel le caía bien.

Bolton (27 sept): Sin novedades forenses. El laboratorio va saturado. Haré seguimiento.

Ariel (3 oct): ¿Y las grabaciones de seguridad del edificio de enfrente? Dijo que había un ángulo de cámara que quizá captara la entrada.

Bolton (3 oct): La grabación estaba corrupta. Informática intenta recuperar lo que pueda. No se haga ilusiones.

Ariel (3 oct): Llevo conteniendo la respiración desde que Rachel murió. Supongo que puedo aguantar un poco más.

Bolton (5 oct): Entiendo su frustración, señorita Winters. Estamos en ello.

Ariel (5 oct): Pues más deprisa.

Cerró el hilo de mensajes y abrió la aplicación de notas.

Pulsó en la titulada PUERTA A PUERTA. Un título que, sin duda, le habría puesto Rachel.

Rachel, la reportera de investigación capaz de sacarle una historia a un tronco de árbol, que le había enseñado a Ariel lo de las fuentes.

Y que las mejores eran aquellas a las que a nadie se le ocurría preguntar.

Así que Ariel preguntó. A todo cristo.

No había puerta en el edificio a la que no hubiera llamado. Había abordado a todos los vecinos de la calle. De forma sistemática. Con una libreta, una lista y la clase de obstinación que hace que la gente o se vuelque contigo o llame a la policía.

Dorothy Warren (puerta de enfrente): En casa esa noche.

Tuvo la tele puesta toda la tarde y toda la noche.

No oyó nada raro hasta aprox. las 20:40, cuando llegué a casa y empecé a gritar.

Dato clave: dice que vio a un hombre desconocido en el portal ese mismo día, hacia las 14:00.

Blanco, estatura media, chaqueta oscura, gorra de béisbol.

«Parecía que estaba leyendo los buzones.

» No le dio importancia. Al edificio siempre llegan paquetes.

Lou Oakly (3.ª planta): No estaba en casa. En el trabajo. Su novia (Becky Morts) dice que oyó pasos en la escalera hacia las 19:00, pero «la gente usa las escaleras a todas horas». Sin descripción.

Diana Shelk (6.ª planta): No oyó nada. Pero mencionó que la salida de incendios trasera del edificio tenía el cerrojo roto «desde hacía semanas».

Cualquiera podría haber entrado por el callejón.

Lo había denunciado dos veces a la administración.

«En este edificio no arreglan nada hasta que se muere alguien.

» Confirmado: el cerrojo se arregló la semana siguiente al asesinato de Rachel.

Jack Pembly (planta baja, dueño de la cafetería): Estaba cerrando hacia las 18:00. Dice que esa tarde hubo una berlina oscura aparcada enfrente «un par de horas». No cogió la matrícula. «Me fijé solo porque ahí no aparca nadie. Es zona de carga y descarga.»

Lila Marsh (2.ª planta): Poco útil. Parecía nerviosa. Dijo que «no vio nada, no oyó nada, solo quiere que la dejen en paz». No abrió la puerta más que una rendija. ¿Merece un seguimiento?

Ariel, por supuesto, le había pasado la información a Bolton. Él había hecho el esfuerzo de mostrarse agradecido, pero sobre todo parecía molesto, como se ponen los policías cuando un civil cree que puede hacer su trabajo mejor que ellos.

Repasó las notas otra vez. Se detuvo en el hombre que leía los buzones. La berlina oscura en la zona de carga. La salida de incendios con el cerrojo roto.

Nada de aquello bastaba, pero, todo junto, tampoco era poca cosa.

Voy a encontrar a quien hizo esto, pensó. No una plegaria, sino un juramento, hecho con los dientes apretados.

Sobre su cabeza, la pantalla de la puerta de embarque parpadeó.

C14 – NUEVA ORLEANS (MSY) – A SU HORA

Clavó los ojos en el texto. Por un instante, todo se emborronó. La pantalla parpadeó, tuvo un fallo y luego se aclaró.

CAPILLA DE LA NUEVA LUZ – 1997

Sacudió la cabeza. Se frotó los ojos y parpadeó. La pantalla había vuelto a la normalidad. El número de puerta correcto con el destino correcto.

El pulso le martilleaba en la garganta.

—Genial, o sea que sigo borracha —masculló.

En el transportín, Cosmo gimoteó.

—Hago lo que puedo —le dijo—. Y no te he pedido opinión, así que cierra el pico.

Se puso en pie y cruzó la terminal hasta un quiosco de aperitivos.

Compró una bolsa de Doritos y una Coca-Cola.

Lo habría llamado el desayuno de los campeones, pero ya era primera hora de la tarde.

Fuera como fuese, el estómago no lo quería.

Pero es que el estómago llevaba semanas sin querer nada, y había dejado de negociar.

Se comió un puñado de Doritos. Las bajó con un trago de Coca-Cola. El estómago se le revolvió en señal de protesta y luego se calmó.

—Eso es. Te comes lo que te doy y te gusta —dijo.

El hombre que estaba sentado a su lado la miró de reojo y apartó enseguida la vista.

La megafonía crepitó sobre su cabeza.

—Comienza el embarque del vuelo 1847 con destino a Nueva Orleans. En este momento, damos la bienvenida a bordo a los pasajeros que necesiten asistencia y a quienes viajen con niños pequeños.

Diez minutos después, por fin llamaron a la zona de Ariel. Se colgó la bolsa de la cámara del hombro, cogió el transportín de Cosmo y arrastró su maleta de mano por la pasarela. No miró atrás.

Su asiento estaba en las tres últimas filas. El transportín apenas cabía debajo del asiento de delante, y el hocico de Cosmo asomaba por la rejilla mientras olfateaba el aire reciclado. Emitió un sonido, algo entre un gemido y un suspiro.

Ariel se abrochó el cinturón, sacó la bolsa de premios para perro del bolso y le metió unos cuantos por la rejilla. No lo miró.

Porque cada vez que lo hacía, su mente conjuraba escenas de Rachel acurrucando al perrito blanco contra el pecho… cubriéndole la cabeza de besos… pasándole la mano por la tripa cuando él se estiraba a su lado en el sofá.

No podía permitirse entrar en eso en ese momento o se echaría a llorar y no pararía nunca.

Cuando alcanzaron la altitud de crucero, sacó el móvil y volvió a la carpeta RACHEL. Se desplazó hasta la subcarpeta CRONOLOGÍA. Hacía unos días que no la abría, pero ahora le pareció un buen momento para estudiarla otra vez.

La había elaborado ella misma. Había reconstruido cada detalle que recordaba del día en que Rachel murió.

4 de septiembre:

6:15—Ariel sale hacia Midway. Sesión industrial en el South Side.

6:40—Rachel escribe: «Trae dónuts». Ariel responde con el emoji de la peineta.

7:00-16:00—Ariel cubriendo un encargo. Varios intercambios de mensajes a lo largo del día. Normales. Ligeros.

16:15-20:25—Ariel editando fotos para una exposición de su obra en galería.

18:45—Rachel y Gary Courtland salen juntos del trabajo y se despiden en la acera.

19:08—Rachel recoge comida tailandesa en Red Basil.

19:52—Rachel escribe: «¿Qué tal? Espero que te hayas hidratado. Avísame cuando salgas y te caliento la cena».

19:54—Ariel escribe: «Salgo pronto. Te escribo cuando esté a una manzana. Espero que hayas pedido rollitos de primavera de más».

19:55—Rachel escribe: «Pues claro. Obviamente».

Eso fue lo último que Rachel le dijo en la vida. Obviamente. Como si fuera obvio que iba a pedir rollitos de más. Como si fuera obvio que seguiría viva cuando Ariel llegara a casa.

Entre las 19:55 y las 20:38—Se produce el acceso por la salida de incendios trasera (cerrojo roto) o por la entrada principal (posible acceso con telefonillo o colándose detrás de alguien).

20:38—Ariel llega a casa. Encuentra a Rachel en el suelo del salón.

20:43—Llamada al 911.

A Ariel le ardían los ojos y tenía la garganta en carne viva. Le martilleaba un dolor de cabeza. Cerró la cronología.