Capítulo 2
Seis semanas después.
El edificio del Chicago Tribune olía a café quemado y a dónuts, como siempre. En otro tiempo, a Ariel le había resultado reconfortante, pero ahora solo le daban ganas de marcharse.
Entró directa en el despacho de Nora sin llamar. Su jefa estaba sentada tras un escritorio sepultado en impresiones. La mujer rondaba los sesenta, con el pelo blanco cortado en una melena corta en cuña. Tres décadas en zonas de guerra le habían granjeado el respeto de toda la planta.
Nora levantó la vista. Su expresión se ensombreció de preocupación.
—Winters. Siéntate.
—Estoy bien aquí —dijo Ariel, cruzándose de brazos—. ¿Cuándo salimos para Gaza?
Nora suspiró. Dejó el bolígrafo.
—No vas a ir a Gaza.
A Ariel le centellearon los ojos.
—Y una mierda que no. Llevo seis años cubriendo Oriente Medio. Conozco el terreno. Tengo los contactos.
—No vas.
—Nora…
—No pienso ponerte ni cerca de una zona de conflicto activo. No después de Alepo.
Ariel dejó caer los brazos a los costados y cerró las manos en puños.
—Eso no es justo.
—Te subiste a un edificio bombardeado para conseguir una foto. La estructura se estaba viniendo abajo. Lo que no es justo es que estuvieras a punto de mataros, a ti y a tu observador.
—La toma era oro puro. Hasta tú lo dijiste.
—Eso fue antes de saber las circunstancias. Tuviste suerte —dijo Nora, con voz dura—. Y antes de eso, te atrincheraste con una unidad bajo fuego activo. Estuviste con ellos dos días. Tu evaluación del riesgo fue inexistente. El equipo dijo que actuabas como si tuvieras un instinto suicida.
—Están exagerando.
—No creo que lo hagan. —Nora rodeó el escritorio y se acercó a Ariel—. Mírate. Apenas comes. Habrás perdido cinco kilos, y no es que te sobraran. ¿Cuándo dormiste por última vez? —Negó con la cabeza—. Ariel, nunca te tomaste el tiempo de hacer el duelo por la muerte de Rachel.
—Chorradas. Fui a su funeral. Me cogí tiempo libre, como me pediste.
—Apenas una semana. Eso no es procesar el duelo, es pasarlo de largo.
—Hizo una pausa, y su voz se suavizó—. Rachel era una pieza clave de nuestro equipo.
Todos la echamos de menos. Pero era tu mejor amiga y tú eres quien encontró su cuerpo, por el amor de Dios.
Solo han pasado seis semanas. Puedes insistir todo lo que quieras, pero no me trago que estés bien.
Ariel luchó por tragar saliva.
—Pero es que estoy bien.
—No. No lo estás.
—Necesito trabajar, Nora. Necesito seguir en movimiento. Seguir haciendo fotos. Así es como lo llevo. Necesito… —Se detuvo y se miró las manos. Al ver que le temblaban, se las metió en los bolsillos—. No puedo quedarme sentada en ese apartamento. Me volveré loca.
—Pues no te quedes sentada en el apartamento. Vete a algún sitio. Pide ayuda. Ve a un terapeuta. Cógete tiempo libre de verdad.
—No necesito…
—Hueles a whisky. Y apenas son las cuatro de la tarde.
Ariel se puso rígida.
—Llevas muchos años trabajando para mí. Te he visto demostrar tu valía…
perseguir historias en sitios que la mayoría de la gente evitaría.
Eres una de las mejores fotógrafas que hay, y me alegro de tenerte en mi equipo.
—Los ojos de Nora permanecieron clavados en el rostro de Ariel—.
Pero siempre has caminado en la cuerda floja entre la seguridad y el peligro.
Desde… bueno… estas últimas semanas da la impresión de que ya ni siquiera hay cuerda.
Eres un peligro. Para ti misma y para mi equipo.
—¿Y qué? ¿Me mandas al banquillo?
—Te digo que te vayas a casa y aclares las ideas. Si te niegas, te pondré de baja administrativa.
La habitación se le desenfocó. Ariel se giró hacia la puerta.
—Espera —la llamó Nora—. ¿Dices que quieres trabajar?
—Déjalo. —Ariel siguió caminando.
—No te vayas dando pisotones como una cría. Espera un segundo.
Ariel se detuvo y luego se obligó a darse la vuelta. Nora rebuscó entre los papeles del escritorio. Sacó una carpeta de cartulina. Se la tendió a Ariel.
—¿Qué es esto?
—Un reportaje sobre conservación arquitectónica.
La edición impresa quiere un reportaje fotográfico.
Algo de interés humano y poco arriesgado.
Aquí dentro hay fichas sobre edificios históricos de todo el país con la demolición prevista.
Lo único que tienes que hacer es sacar fotos preciosas de lugares que estamos a punto de perder.
Ariel clavó los ojos en la carpeta.
—Me estás dando un reportaje de relleno.
—¿Quieres trabajo? Esto es trabajo. Y así no tendré que preocuparme de que te subas a estructuras inestables ni de que nadie te dispare.
—Nora suspiró—. Si estás empeñada en superar el duelo a base de trabajo, es lo mejor que puedo ofrecerte.
Y quizá, mientras lo haces, descubras que huir de lo que pasó no es lo mismo que afrontarlo.
Ariel dio un paso adelante y le arrancó la carpeta de la mano.
—Si esto era una charla motivadora… se te da de pena.
Cruzó la puerta antes de que Nora pudiera responder.
***
El Uber se alejó y Ariel alzó la vista hacia el edificio de apartamentos.
Eran quince plantas de patrimonio histórico de Chicago rehabilitado.
A ella y a Rachel les habían encantado los grandes ventanales, el ladrillo visto, las vistas de la ciudad.
Cuando les aceptaron la solicitud, lo habían calificado de sueño hecho realidad.
Ahora era material de pesadillas.
Se bajó del ascensor en la octava planta y subió a pie el resto del camino hasta la trece. Necesitaba el movimiento. Necesitaba sentir el ardor en las piernas y los pulmones.
Abrió la puerta del hueco de la escalera y salió al pasillo. Se paró en seco.
La señora Warren estaba de pie delante de su apartamento.
El pelo blanco recogido en su habitual moño.
Una mano se aferraba a una chaqueta de punto gruesa pese al calor que escupían las rejillas de ventilación del pasillo.
A sus pies estaba el transportín de Cosmo.
Ariel alcanzaba a ver la cara del perrito apretada contra la rejilla.
—Ah, aquí estás. Menos mal. —La expresión de la señora Warren se llenó de alivio—. Temía que no llegaras a casa a tiempo.
Ariel observó el transportín y al perro que había dentro. Reparó en que meneaba la cola, esperanzado.
—¿Qué pasa?
—Está todo manga por hombro. Mañana tienen que operarme de urgencia. Es la vesícula. Mi hija, Katie, no puede quedarse con Cosmo. Tiene unas alergias horribles. —La señora Warren se retorció las manos—. Vas a tener que quedártelo tú ahora.
Los ojos de Ariel volvieron al perro, y a aquella expresión esperanzada en su carita blanca. Retrocedió un paso. Se cruzó de brazos.
—No puedo. Tendrá que buscar a otra persona.
—No hay nadie más. Lo siento muchísimo, cariño.
De todos modos iba a hablar contigo. Cosmo no es feliz conmigo.
—La expresión de la señora Warren era dulce.
Cautelosa. Igual que la miraba todo el mundo últimamente, como si temieran que fuera a hacerse añicos—.
Araña mi puerta a todas horas para volver a tu apartamento.
Creo que estaría más a gusto en un entorno familiar. Contigo.
Ariel no miró al perro. El perro de Rachel, el que había rescatado del refugio hacía seis meses. El que había estado allí mientras Rachel se desangraba en el suelo.
Se recolocó la bolsa de la compra en los brazos. La botella de whisky tintineó contra el pack de seis Coca-Colas.
—Ariel, cielo. Tienes que cuidarte mejor. Y cuidar de este perro —dijo la señora Warren.
—Buenas noches, señora Warren.
Ariel abrió su puerta, metió el transportín dentro y volvió a cerrar antes de que la mujer pudiera decir nada más.
***
Dentro, el apartamento estaba exactamente como lo había dejado.
La gorra de béisbol rosa de Rachel aún colgaba de la puerta del armario. Su manta de sofá reposaba sobre el respaldo del sillón. La pila de libros — Cómo interpretar tus sueños , Cristales curativos , Manifiesta tu vida perfecta — seguía intacta en la mesa de centro.
Ariel había contratado a profesionales para limpiar la sangre. Habían hecho un buen trabajo, pero ella aún la veía. Sabía exactamente dónde habían asesinado a su mejor amiga. Allí el suelo de madera era más oscuro que el resto. Una mancha fantasma.
Inspiró, contuvo el aire y lo soltó de golpe, con rabia. Cuando se agachó y abrió la puerta del transportín, Cosmo salió rodando y corrió de inmediato al punto donde Rachel había muerto. Olfateó el suelo. Gimoteó. Dio vueltas.
—Para ya —dijo Ariel, apartando la mirada a propósito.
Fue a la cocina y llenó los cuencos de comida y agua. Los dejó en el suelo de un golpe.
—Esto es solo temporal. Mañana a primera hora buscaré a otra persona que se quede contigo. Mientras tanto, come, bebe y sé feliz. Pero quédate en tu lado del apartamento. —Hizo una pausa y apretó los ojos con fuerza—. Por favor.
Cosmo la miró desde abajo. Meneó la cola una vez, con cautela. Al ver que no lo llamaba, se desinfló visiblemente y se escabulló hacia el cuenco de la comida.
Ariel se quedó plantada en medio de la cocina y contó sus respiraciones.
Luego abrió el whisky y se sirvió tres dedos en un vaso. Añadió Coca-Cola hasta que el color le pareció más o menos aceptable. Tuvo un fogonazo repentino de Rachel plantada frente a ella, con las manos en las caderas y negando con la cabeza. Ariel se bebió la mitad allí mismo.
Se metió la botella de Jack Daniel's bajo el brazo y cruzó hasta el salón. Se desplomó en el sofá.
Las paredes del apartamento se le echaban encima. Su mirada saltó de las fotos de la pared a la mesa de centro y al suelo manchado. Todo un recordatorio de lo que había perdido.
Inclinó la cabeza y se frotó el cuero cabelludo con las manos, de atrás a delante.
Todavía le resultaba chocante encontrarse el pelo tan corto, apenas lo bastante largo para agarrarlo entre los dedos.
Se lo había cortado ella misma. Harta de ver aquellos largos mechones rubios —idénticos a los de Rachel— cada vez que se miraba al espejo.