Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Rachel Monroe siempre había sido la afectuosa y expresiva.

Al menos, así lo veía Ariel Winters. Rachel era luz del sol; ella, sombra.

Siempre completamente deslumbrada por la vida, rebosante de energía y entusiasmo, mientras Ariel se mantenía un poco al margen, observando desde la distancia.

Rachel era de esas chicas capaces de ponerse unos calcetines suaves y mullidos y preparar una tetera a medianoche solo porque resultaba acogedor.

Ahora Rachel estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y el pelo largo y rubio suelto, cayéndole hacia delante para enmarcarle la cara.

Llevaba puesta la sudadera gris de Ariel.

Le quedaba grande, y aún conservaba el olor de los productos químicos del cuarto oscuro.

Tenía una mano ahuecada sobre la cabeza de Cosmo, el pequeño cruce de bichón maltés que había rescatado hacía seis meses.

El perro se acurrucaba en su regazo, a gusto, con los ojos cerrados y el pelaje brillante y de un blanco intenso contra la tela gris carbón.

A su alrededor, todo parecía más suave. La única lámpara de pie emitía una luz tenue, y el frigorífico zumbaba de fondo. Trece plantas más abajo, los sonidos amortiguados de la ciudad se filtraban hacia dentro.

Rachel cogió el móvil y abrió el hilo de mensajes.

¿Qué tal? ¿Has estado hidratándote? Avísame cuando salgas y te recaliento la cena.

Ya se imaginaba a Ariel poniendo los ojos en blanco en el estudio en penumbra. Sonrió para sí y pulsó enviar.

Al instante aparecieron tres puntos.

Salgo enseguida. Te escribo cuando esté a una manzana. Espero que hayas pedido rollitos de primavera de más.

Ella respondió: Pues claro. Obvio.

Rachel relajó los hombros. Ariel estaba bien.

A salvo. Aunque, bueno, Ariel casi siempre estaba bien, con esa actitud de emociones-contenidas-no-necesito-a-nadie.

A Rachel le daban ganas de envolver a su amiga en plástico de burbujas, atiborrarla de comida reconfortante y obligarla a ver la persona increíble, con talento y brillante que era.

Dejó el móvil y volvió a su libro: Cómo interpretar tus sueños . Bien sabía Dios que necesitaba toda la ayuda posible para entender algunos de los sueños disparatados que había tenido en los últimos meses. Para cuando alargó la mano hacia la taza, el té se había quedado tibio.

Cosmo levantó la cabeza de golpe y soltó una especie de gruñido.

A Rachel se le erizó la piel. En su regazo, el perrito giró la cabeza hacia la puerta y se le puso el cuerpo rígido. En lo hondo del pecho, le retumbaba un gruñido. Muy distinto de su habitual gimoteo agudo.

Entonces oyó un leve clic metálico que venía del pasillo.

El pulso se le aceleró. Se quedó mirando la puerta… recordándose todo el rato que el edificio era viejo. Todo hacía ruido. Las tuberías gemían, el ascensor retumbaba y los vecinos iban y venían por el pasillo. Pero esto parecía diferente. De algún modo, amenazador.

El ruido cesó.

Rachel soltó el aire de golpe y rio por lo bajo.

—Estás paranoica y ya está —susurró, acariciándole las orejas a Cosmo—. Y me estás contagiando la paranoia, chiquitín.

Se levantó, con Cosmo todavía en brazos, y fue a la cocina. Los envases de la comida para llevar estaban en la encimera, y su plato de la cena seguía en el fregadero. Dejó a Cosmo en el suelo y abrió el grifo.

Cosmo volvió a gruñir.

Rachel cerró el grifo.

Sonaron unos golpes en la puerta. Suaves. Sin urgencia.

El corazón se le subió a la garganta a galope. Avanzó poco a poco hacia la puerta, secándose las manos en la parte delantera de la sudadera. Pegó la oreja a la madera, pero solo oyó silencio.

Cuando volvieron a llamar, fue con más fuerza. Más insistente.

Cosmo se acercó y se plantó junto a sus pies. Tenía el lomo erizado; soltó un gruñido áspero y luego ladeó la cabeza, escuchando.

La respiración se le agitó. Se inclinó con cuidado y acercó un ojo a la mirilla, con el corazón martilleándole en los oídos.

No había nadie. Solo un pasillo vacío con la cruda luz de los fluorescentes en lo alto.

Pero alguien había estado allí. Esa persona había llamado.

Ya se estaba apartando de la puerta cuando esta reventó hacia dentro. Se oyó un chasquido seco, como el de un rayo. La puerta se estrelló contra la pared y la madera se astilló.

Rachel gritó.

Un hombre cruzó el umbral. Alto. Vestido de oscuro. Con una gorra de béisbol negra. Sin máscara. Era mayor. Le salían arrugas en abanico desde los ojos y alrededor de la boca. Su expresión era serena, pero los ojos le ardían con intensidad.

Avanzó despacio, firme y deliberado. Sin abalanzarse ni hacer gestos bruscos. Su aplomo la asustó más que cualquier arrebato de violencia.

Rachel giró sobre sí misma, buscando desesperada un arma. Agarró la taza y se la lanzó. Él apenas se inmutó cuando le rebotó en el hombro y se hizo añicos contra el suelo de madera.

Movía los labios. Ella no alcanzaba a oír lo que decía. No estaba segura de querer oírlo. Entonces él levantó la mano y la hoja plateada destelló a la luz.

Ella se dio la vuelta y echó a correr.

Clavó la mirada en la puerta corredera del balcón y la escalera de incendios. Sus pies descalzos golpeaban el suelo. Empujó una silla a su espalda y la oyó caer con estrépito. Sus dedos tantearon el pestillo de la puerta.

La mano de él se cerró sobre su brazo.

Rachel pateó, arañó y le dio un cabezazo. Una mano le quedó libre y manoteó a ciegas, hasta que consiguió atrapar una foto enmarcada de la mesa. Era una del verano pasado: ella y Ariel riendo mientras los fuegos artificiales estallaban sobre sus cabezas. Se la estrelló en la cara.

Él se sacudió y los fragmentos de cristal cayeron al suelo. Echó una ojeada fugaz a la bolsa de la cámara que había junto a la puerta. Luego al montón de correo de la mesa.

Volvió a agarrar a Rachel y la apartó a rastras de la puerta del balcón.

—Por favor… —jadeó Rachel, intentando pensar pese al pánico—. Por favor. Espere. Hablémoslo…

—Lo siento, jovencita. De verdad que lo siento. Pero hay oscuridad en ti —dijo él.

Su voz sí contenía una nota de pesar. Aun así, no vaciló ni un momento.

Rachel apenas fue consciente del dolor. Se le nubló la vista. La habitación daba vueltas. Se sintió resbalar por la pared a medida que las piernas le fallaban.

Cosmo.

Lo oyó gimotear bajo el sofá, aterrorizado.

—Por favor, no le haga daño a Cosmo —suplicó.

Intentó arrastrarse hacia el perro, pero ya se le escapaban las fuerzas. Con los dedos temblorosos, extendió la mano sobre el suelo de madera.

El perrito salió arrastrándose, temblando de pies a cabeza. Se le subió al pecho y se apretó contra ella. Los dedos de Rachel encontraron su pelaje cálido y suave y se aferraron a él.

Ahora respiraba más despacio. De forma más superficial. El pánico se iba retirando. En su lugar, sintió una especie de aceptación serena. Su visión se redujo a la coronilla de Cosmo, y sonrió.

—Cuida de Ariel —susurró.

Cosmo gimió y le apretó el hocico contra el cuello.

Los párpados de Rachel temblaron antes de cerrarse.

***

Ariel recorría el pasillo de su edificio, con las llaves en una mano y la bolsa de la cámara en la otra.

Estaba cansada. De ese cansancio de músculos agarrotados y ojos irritados que viene de pasar demasiadas horas mirando la pantalla del ordenador, ajustando sombras y luces en fotos que nunca llegarían a ser del todo perfectas.

Aun así, había hecho un buen trabajo ese día. Un trabajo cojonudo. La idea de la exposición de la semana siguiente —la primera de su vida— ya no la llenaba de pavor. O no solo de pavor. Ahora había algo de ilusión y orgullo mezclados ahí dentro.

Sonrió al pensar en el último mensaje de Rachel, en el que le recordaba que bebiera agua. Dándole la lata con la cena. Ariel nunca había tenido una amiga como Rachel. Jamás había estado realmente unida a nadie en toda su vida. Era agradable.

Ahora solo tenían que encontrar a aquellos hermanos míticos y perfectos con quienes casarse, y serían de verdad hermanas, como siempre habían deseado ser.

El gimoteo ahogado de Cosmo le llamó la atención. Era frenético y agudo, nada que ver con sus ladridos de siempre. Sonaba desesperado.

Entonces vio la puerta.

Ariel se quedó petrificada.

Mirando el cerrojo que colgaba de la puerta y las astillas de madera en el suelo, llamó:

—¿Rachel?

Le salió una voz aguda, igual que la del perro.

Cosmo salió disparado al pasillo y corrió derecho hacia ella. Le arañó las piernas, gimoteando y temblando. Tenía el pelaje empapado de carmesí.

Ariel entró a toda prisa. Vio una silla volcada. Una taza hecha añicos. Un charco de sangre extendido sobre la madera como una mancha de petróleo.

Entonces vio a Rachel.

Su precioso pelo rubio se derramaba por el suelo, atrapando la luz del pasillo. Un pie descalzo apuntaba hacia Ariel, con las uñas pintadas de rosa algodón de azúcar. La sudadera gris de Ariel, puesta sobre una camiseta rosa y empapada de sangre.

Ariel cayó de rodillas.

La bolsa de la cámara golpeó el suelo a su lado. El sonido que salió de su garganta no fue un grito. Ni un sollozo. Fue más bien un lamento que le brotaba directamente del alma.

—No. No. No.

Su mano se tendió hacia el hombro de Rachel. Tenía que tocarla. Asegurarse. Saber. Pero temblaba demasiado. No era capaz.

En algún punto a su espalda, un vecino gritó, y unos pasos resonaron por el pasillo. Cosmo se arrastró hasta ponerse al lado de Ariel, con el cuerpecito vibrando.

Ahora llegaba más ruido desde el otro lado de la puerta abierta.

Ariel seguía de rodillas, mirando fijamente a la única persona que la había visto de verdad.

Y a su alrededor, el mundo enmudeció.