Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Prólogo
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Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1)

Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1)

Por Marion Myles

© inepub.com

Prólogo

Fue otra noche sin dormir.

La ironía no se le escapaba.

En lugar de quedarse allí tumbado, con los pensamientos desbocados, se levantó de la cama y volvió a vestirse. En el pasillo, al salir de su habitación, el aire era fresco y aséptico.

La zona se había reformado por completo en los últimos años. En vez de un amplio espacio diáfano, ahora albergaba puestos de monitorización, salas de observación, salas de diagnóstico y pequeñas cámaras de descanso con catres para los niños.

Allí hacían una buena labor. La obra de Dios. Usaban los sueños para llegar hasta quienes estaban de duelo y consolarlos mientras intentaban demostrar que la mente inconsciente podía tender un puente entre el sufrimiento humano y un poder superior.

Se detuvo ante la sala de monitorización y entreabrió la puerta despacio. Dentro reinaba la penumbra, salvo por el parpadeo de las pantallas. Las ocupantes —dos mujeres— hablaban en voz baja y apremiante.

Entró en la sala.

La mujer del escritorio ni siquiera miró hacia él.

Mantuvo los ojos clavados en la hilera de monitores.

Era alta y enjuta, con el pelo oscuro cortado en una melena recta a la altura de la barbilla.

La segunda mujer estaba de pie junto a ella.

Más baja y de formas más redondeadas, con el pelo largo, castaño rojizo, hecho una maraña de rizos.

Tenía una mano sobre la boca y los ojos húmedos y brillantes.

—¿Qué ha pasado, doctora? —preguntó.

—Convergencia total. Sala seis.

La voz de la mujer enjuta no transmitía emoción alguna, ni el menor atisbo de triunfo.

En el pecho se le encendió una chispa de entusiasmo. Se acercó y se colocó junto a ellas. Se inclinó hacia la pantalla con un seis escrito en un pósit.

Vio las ondas que, con el tiempo, había aprendido a reconocer como lecturas de EEG de la actividad cerebral.

Normalmente parecían garabatos, y la lectura de cada niño era distinta.

Pero lo que veía en la pantalla seis era diferente.

En aquellas gráficas, las líneas se movían al unísono. Una calcándose sobre la otra.

El patrón era idéntico. Dos señales emitidas desde dos cerebros distintos, superpuestas con tal perfección que parecían una sola.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó la mujer del pelo rizado.

—Veintiocho minutos.

Echó un vistazo por la ventana a los dos catres.

La niña, en el lado izquierdo de la sala, estaba tumbada de costado con electrodos colocados en la sien y la frente.

El pecho le subía y bajaba a un ritmo constante, y movía los labios como si hablara.

El niño, al otro lado de la sala, estaba tumbado boca arriba.

Con las manos abiertas a los costados. Los dedos se le crispaban al compás de las palabras mudas de la niña.

Estaban dormidos. Cada uno a un lado de la sala. Pero estaban conectados.

—Magnífico. —La mujer del pelo rizado lo susurró como si fuera una plegaria.

A su espalda sonó un zumbido, como el de una mosca atrapada en un tarro de cristal. Miró por encima del hombro hacia el cuadro eléctrico de la pared. Reparó en que vibraba ligeramente. Algo estaba consumiendo demasiada energía.

—Tenemos que despertarlos —dijo la doctora.

La mujer del pelo rizado juntó las manos.

—No.

—Mira el consumo de energía…

—Cinco minutos más. Por favor.

El zumbido arreció.

Su mirada volvió a los niños, al otro lado de la ventana. Los dedos del niño seguían crispándose. La niña continuaba hablando sola.

Se acercó un poco más y se inclinó, sin estar seguro de que lo que veía fuera real.

Había algo allí. No exactamente una luz. ¿Un campo de energía, tal vez? El aire en el espacio intermedio entre los dos catres temblaba como el calor que se eleva de un lago.

El corazón le latía con fuerza en la garganta mientras aquel aire tembloroso empezaba a brillar con un azul suave pero inequívoco.

La niña abrió los ojos.

No fue el lento parpadeo de una niña al despertar. Se abrieron de golpe, muy abiertos y despejados, clavados directamente en él a través del cristal. Dejó de mover los labios. Entonces oyó la voz de ella dentro de su cabeza. Infantil y segura.

Empujaste a Michael. Se golpeó la cabeza y no volvió a despertar.

El aire se le escapó de los pulmones y se tambaleó hacia atrás, apartándose de la ventana. La mujer del pelo rizado se sobresaltó a su lado.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Me ha hablado. —Su voz sonó extraña. Como si perteneciera a otra persona—. La niña. Ha dicho…

No pudo repetir las palabras porque no tenían sentido. ¿Cómo había logrado aquella niña colarse en la parte más profunda y amurallada de su ser y sacar a la luz aquello que él había enterrado con tanto esfuerzo?

La doctora lo miró a él, luego a los monitores y después a través del cristal.

—Lleva más de veinte minutos verbalizando en sueños. Es un rasgo habitual de la actividad en fase REM.

Se asomó a la ventana. La niña seguía de costado. Los ojos cerrados. Los labios moviéndose en aquel murmullo mudo. Parecía una niña normal, dormida.

Entonces se apagaron las luces.

Olió a quemado antes de ver llama alguna.

Probablemente el fuego se había iniciado en el interior de las paredes, propagándose por el viejo aislamiento y convirtiendo los cables en mechas.

Los detectores de humo tardaron treinta o cuarenta segundos en saltar.

Para entonces, el fuego ya estaría dentro del techo, corriendo por los conductos y ganando terreno con avidez.

Se encendieron las luces de emergencia.

La doctora fue la primera en moverse. Avanzó a paso ligero hasta la sala seis y abrió la puerta de golpe.

Los dos niños se incorporaron, aturdidos y desorientados bajo la luz roja intermitente.

La niña tenía el pelo largo y rubio enredado, y un fino hilo de sangre le caía de la fosa nasal izquierda hasta el labio superior.

—Saca a los demás —ordenó la doctora.

A lo largo del pasillo, se abrieron las puertas. Los niños salieron en pijama y descalzos. Con sus vocecitas haciendo preguntas y los ojos desorbitados de terror.

Guio a un grupo por el pasillo y hasta la planta principal, antes de sacarlos al exterior.

—Quedaos ahí. No os separéis —les dijo.

Mientras volvía corriendo al interior, oyó gritos. Crudos y viscerales. Como los de un animal al que desuellan vivo.

Bajó corriendo las escaleras y se cruzó con otro miembro del personal que arrastraba al niño y a la niña de la sala seis hacia arriba, fuera del edificio. A la niña todavía le sangraba la nariz, y su fino camisón amarillo estaba manchado de sangre. El niño caminaba a su lado, aferrándole la mano.

Cuando llegó al nivel inferior y entró en el pasillo, primero el calor lo hizo retroceder. Después, el humo. Se dejó caer a gatas y avanzó por el suelo, buscando con desesperación cualquier cuerpo pequeño.

Sacó a dos niños más, pero cuando se dio la vuelta para intentar otro rescate, ya era tarde. Las llamas lamían el umbral, hambrientas de más combustible. Las chispas salían disparadas por el vestíbulo y le chamuscaban la piel. A su alrededor, el edificio crujía y gemía.

A lo lejos, oyó sirenas.

***

Horas más tarde, estaba sentado en el asiento trasero del Mercedes, aparcado a unos cientos de metros del edificio.

Estaba a punto de amanecer, y todo olía a humo y a ceniza mojada.

La zona seguía plagada de camiones de bomberos, paramédicos y agentes del sheriff.

Un grupo de vecinos del pueblo observaba a cierta distancia.

Pese al caos, el hombre al volante se mantenía sereno. Esa era su naturaleza. La mujer del pelo rizado estaba sentada a su lado, con el rostro ceniciento, abrazándose el torso.

La doctora llegó a toda prisa calle abajo y se deslizó en el asiento, detrás del conductor.

—He salvado los datos. Casi todos, al menos —dijo sin aliento.

—¿El equipo? —preguntó el conductor.

—Destruido.

—¿Víctimas?

La doctora exhaló y negó con la cabeza.

—Se ha confirmado la muerte de cuatro niños. Los sujetos de convergencia están vivos. En shock. Los he separado.

El conductor se giró en el asiento y la escrutó con unos ojos azules e imperturbables.

—¿Pueden volver a hacerlo?

—¿La convergencia?

—Sí.

El hombre del asiento trasero estudió el perfil de la doctora. Su expresión era impasible. De no haber estado allí, jamás habría imaginado que acababa de presenciar cómo cuatro niños morían atrapados y abrasados en aquel edificio.

La mirada de la doctora permaneció fija en el conductor.

—Si esos niños están juntos, es casi seguro que podrán volver a hacerlo.

—¿Y si no lo están?

—Imposible saberlo sin más datos. Puede que el vínculo no se mantenga a distancia. Puede que se desvanezca con el tiempo. O puede que no.

El conductor asintió una vez. Arrancó el motor.

—¿Pero todavía no podemos controlarlo?

—Esta ha sido solo la primera vez. —Soltó el aire con fuerza—. No. Ahora mismo no podemos controlarlo.

—Esta noche podría haber llegado hasta ella —sollozó la mujer del pelo rizado—. Estaba tan cerca. Si hubiéramos tenido solo cinco minutos más…

El conductor se movió. Se giró. Su expresión se suavizó, y el cálculo de su mirada se transformó en preocupación.

—Cariño mío, hiciste todo lo que pudiste —dijo en voz baja.

Le tendió la mano, y la mujer del pelo rizado se aferró a ella como si fuera un salvavidas.

—Pero esos niños están muertos —dijo con la voz desgarrada. Miró fijamente a través del parabrisas los camiones de bomberos.

—No fue culpa tuya.

La doctora se inclinó hacia delante.

—Tenemos que hablar del protocolo.

Los ojos del conductor se desviaron hacia el asiento trasero, primero al rostro del hombre, antes de centrarse en la doctora.

—Supongamos que separamos a los dos niños de la sala seis; ¿qué pasa si consiguen volver a encontrarse?

—Ya han generado suficiente energía neurológica para sobrecargar el sistema eléctrico del edificio.

Y solo tienen cinco y seis años. —La doctora hizo una pausa, dándose golpecitos en los labios con un dedo—.

A medida que sus cerebros maduren, es probable que la naturaleza del vínculo se refuerce.

Si convergen de adultos, será mucho más fuerte.

—Habla claro, doctora.

—No lo sé con exactitud. Este protocolo se concibió para un entorno controlado. Con medidas de seguridad. —Miró por encima del hombro hacia el edificio que aún humeaba—. Y aun así, esos dos críos acaban de reducirlo a cenizas. Solo Dios sabe qué más podrían hacer.

Una pausa. Entonces el conductor dijo:

—Bórralos.

—¿A los dos? Pero hemos llegado muy lejos. Esta noche ha sido la culminación de cinco años de trabajo. Si dejamos que se calmen las cosas… y lo intentamos de nuevo dentro de unos días…

—No tenemos alternativa. Hazlo sin más.

La doctora negó con la cabeza.

—Podríamos causarles daños. El procedimiento tiene riesgos, y la niña es la única que hemos encontrado hasta ahora capaz de este nivel de convergencia. Borrarle los recuerdos podría borrar la propia capacidad. No creo que entiendas las implicaciones científicas…

—Entiendo la responsabilidad legal. Entiendo lo que significa un incendio con cuatro niños muertos.

Si cualquiera de esos críos recuerda lo que pasó ahí dentro, nos enfrentamos todos a cargos penales.

—Hizo una pausa y entrecerró los ojos—. Bórralos a los dos.

Por completo. Y asegurémonos de que no vuelvan a encontrarse jamás.

Cuando la mujer del pelo rizado se volvió hacia el conductor, el hombre del asiento trasero advirtió las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

—Si borramos lo que ha pasado esta noche, puede que no tenga otra oportunidad de llegar hasta ella.

—Sé lo que esto te cuesta. —La voz del conductor era suave; se inclinó hacia la mujer y le sostuvo la barbilla entre las manos—.

Pero podemos encontrar a otro niño. Esta niña no puede ser la única.

Nos instalaremos en otro sitio, empezaremos a trabajar de nuevo en cuanto podamos. No llores, por favor, Angel.

El hombre del asiento trasero había permanecido callado todo el tiempo. Observando. Escuchando. Entonces se inclinó hacia delante.

—¿Dónde está la niña? —preguntó.

La doctora lo miró.

—Ya no está. Sus padres se la llevaron hace horas.

—¿Y dónde están los padres?

—Tienen alquilada una casa en el pueblo. Iré a verlos hoy mismo, más tarde. Realizaré el procedimiento.

—¿Y el niño? —preguntó el hombre.

—Está en el hospital, lo están tratando por inhalación de humo y quemaduras —dijo la doctora—. Nos ocuparemos de él mañana, igual que de la niña.

Mientras el conductor metía la marcha, dijo:

—Aquí hemos terminado. Volvamos a la casa… a limpiar, recoger y marcharnos. —Miró por encima del hombro al hombre del asiento trasero—. Puedes venir con nosotros o quedarte. Tú decides.

El hombre miró más allá del hombro del conductor, por el parabrisas, hacia las ruinas del edificio. El humo todavía se elevaba hacia el cielo nocturno, teñido de naranja desde abajo.

Una niña… que había provocado todo aquello y había abierto una puerta que debería haber permanecido cerrada, seguía ahí fuera.

—Iré con vosotros —dijo.

Durante el trayecto por el pueblo, el hombre se acomodó en el asiento trasero y pensó en el resplandor tembloroso que había visto en la sala seis. En la presencia que había entre los dos niños y en lo antinatural que resultaba. En la furia del fuego, que había surgido con tanta rapidez.

Y en la voz de la niña dentro de su cabeza. Las palabras que había pronunciado y que ninguna alma viva salvo él podría haber conocido.

Aquello no era obra de Dios.

Era otra cosa. Algo antiguo y peligroso que no debería caminar sobre la faz de la Tierra.

Si el procedimiento fracasaba y la niña conservaba sus poderes, entonces era una puerta que había que cerrar. Para siempre. No podía arriesgarse a la alternativa.

Cuando habían emprendido aquel trabajo —aquella búsqueda de un plano superior de conciencia y de conexión con lo divino—, el hombre había creído que por fin había encontrado su propósito.

Ahora comprendía lo equivocado que había estado.

No había formado parte del experimento para contribuir a la causa. Había estado allí para dar testimonio de la oscuridad que este destapaba y para asegurarse de que nunca se extendiera.

Vigilaría a aquella niña. Aquel conducto hacia el señor de las tinieblas. Y si conservaba sus poderes tras el borrado, haría lo que hubiera que hacer.