Reclamo Despiadado (vows of violence 2) 24. Valentina #3
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24. Valentina #3

Él me devuelve el beso como si hubiera estado esperando para hacerlo, y cuando nos separamos, apoya su frente contra la mía.

—Vamos a estar bien —dice en voz baja, con su nariz rozando la mía, su aliento mezclándose con el mío—. Los tres.

—Cuatro —corrijo—. Tú, yo, el bebé y tu ego descomunal.

Se ríe y vuelve a besarme, pero esta vez es diferente. Es más profundo.

Sus manos se deslizan por mi cabello, inclinando mi cabeza, y el calor se acumula en la parte baja de mi estómago. Han pasado semanas desde la última vez que tuvimos sexo.

Había demasiado dolor y traición entre nosotros. Espero no tener que sentir nunca más que comparto la cama con alguien en quien no estoy segura de seguir confiando.

Pero ahora, con la verdad finalmente revelada y nuestro matrimonio de nuevo sobre terreno sólido, quiero recuperar a mi marido.

Me aparto lo justo para decir: —Al dormitorio. Ahora.

No hace falta que se lo diga dos veces. Me levanta con él, con nuestros dedos entrelazados, y me guía por el pasillo hacia nuestra habitación. Sin embargo, a mitad del pasillo parece cambiar de opinión y, antes de que me dé cuenta, estoy presionada contra la pared.

Enarco una ceja, con la piel de gallina en los brazos, mientras Cillian clava su mirada encendida en mí.

Mi respiración se vuelve superficial, mi pecho sube y baja contra el suyo. Las manos de Cillian agarran mi cintura, atrayéndome más. Puedo sentir el calor de su cuerpo: un pulso eléctrico que coincide con el de mi propio corazón acelerado.

Mi cuerpo se mueve por voluntad propia, impulsado por el ansia que siento en lo más profundo, la necesidad de sentirlo, de confirmar que ambos seguimos aquí, juntos.

Me inclino hacia delante, presionándome contra él, y atrapo sus labios en un beso ardiente. Es urgente, todo dientes y fuego, como si pudiéramos borrar el dolor de los últimos dos meses.

Su boca está sobre la mía casi con violencia, y yo le correspondo con la misma desesperación. No hay dulzura en ello, solo una necesidad cruda y desenfrenada, como si intentáramos anclarnos el uno en el otro. Sus manos se deslizan por mi cuerpo, rudas y posesivas, reclamando cada centímetro de mí.

—Te necesito —gruñe contra mi cuello, con voz ronca. Sus palabras me provocan un escalofrío, encendiendo algo en mi interior. Puedo sentirlo: me necesita tanto como yo a él.

Mis manos se enredan en su pelo, atrayéndolo más, profundizando el beso, igualando su urgencia.

Su pierna se apoya entre las mías y mi cuerpo se arquea en respuesta cuando roza mi centro excitado.

No esperamos.

No hay delicadeza, no hay suavidad; solo la necesidad frenética de aferrarnos el uno al otro, de asegurarnos de que estamos vivos, de que hemos sobrevivido a esto. Me presiona con más fuerza contra la pared, su cuerpo es un horno contra el mío.

Puedo sentir su pulso, rápido y frenético, a juego con el mío. El mundo exterior no existe en este momento. Solo él. Solo nosotros.

Nuestras bocas chocan de nuevo, con fuerza y afán de posesión. Las manos de Cillian suben por mi cuerpo para meterse bajo mi jersey, agarrando mi pecho. Gruñe. —¿En serio no llevas sujetador?

Su pulgar roza mi pezón erecto. —Estás haciendo la pregunta equivocada —jadeo, arqueándome ante su tacto.

—Hmm. —Cillian acaricia con el pulgar mi otro pezón y un placer puro me recorre—. ¿Y qué pregunta debería estar haciendo?

—Si llevo bragas —consigo decir.

La maldición de Cillian es fuerte y obscena, y no puedo evitar reír ante eso. Algo en el embarazo ha hecho que mi piel esté supersensible y la ropa interior me resulta insoportable ahora mismo.

Él trabaja mis pechos, sus dedos los amasan suavemente hasta que froto mis caderas contra su pierna, que sigue entre las mías.

Cillian gruñe y presiona su cuerpo a ras del mío, su dureza presionando contra mi vientre.

Intento meter la mano entre nosotros para tocarlo a través de sus pantalones, pero él me agarra las muñecas y las inmoviliza por encima de mi cabeza.

—Creo que no —murmura contra mi clavícula.

Utiliza una de sus manos para seguir sujetándome las muñecas mientras que con la otra me baja los leggings.

Se aparta para mirar hacia abajo y un gruñido ahogado escapa de sus labios.

—Joder, no mentías —murmura mientras se arrodilla ante mí, con las manos en mis muslos.

Con un guiño, me separa las piernas y me lame.

Un gemido prolongado sale de mi pecho ante la sensación de su lengua contra mi calor. Rodea el ápice de mis muslos, raspando ligeramente con sus dientes, y suelta una risita contra mí cuando mis caderas se agitan y se me escapa otro gemido más.

—Nunca me cansaré de oírte hacer esos ruidos —dice antes de continuar.

Mis dedos se aferran a su pelo mientras su lengua me trabaja con largas pasadas.

Introduce un dedo en mi interior y yo gimoteo, mordiéndome el labio en un esfuerzo por no hacer ruido.

Añade un segundo dedo y siento el calor acumulándose en mi estómago, suplicando por la liberación.

Le agarro el pelo con más fuerza cuando sus dedos empiezan a moverse más rápido dentro de mí, percibiendo lo cerca que estoy.

Cillian me succiona el clítoris y yo lo miro, de rodillas ante mí. La imagen me descompone y me despego de la pared mientras el orgasmo me sacude y las piernas me tiemblan.

Él se levanta, con los labios brillantes, y sus manos van a mis caderas para sostenerme mientras termino de bajar de mi orgasmo.

Mis labios chocan contra los suyos y puedo saborearme en él.

Él gruñe profundamente en mi boca mientras vuelve a empujarme contra la pared, metiendo una mano entre nosotros para desabrocharse los pantalones.