20. Cillian #2
—¿Ah, no? —Emma se gira para encararme por completo—. Cillian, te conozco de toda la vida. Te he visto cumplir las órdenes de mi padre sin cuestionarlas. Te he visto hacer cosas horribles en nombre de la lealtad familiar. Pero nunca te he visto ser estúpido.
La rabia me recorre y me vuelvo hacia ella. —No estoy siendo estúpido —gruño.
—Sí, lo estás siendo —dice mi prima con franqueza, arrugando la nariz mientras me aparta—. Te están engañando y eres demasiado orgulloso para admitirlo. —Me mira furiosa—. Y si vuelves a ponerte así frente a mí, voy a golpearte.
—La prueba de paternidad dio positivo —digo entre dientes, ignorando su último comentario—. Eso no es orgullo. Es ciencia.
—La ciencia se puede comprar —señala Emma y reprimo un gemido. Joder, ella también—. Lo sabes tan bien como yo. ¿Cuánto cuesta sobornar a un técnico de laboratorio? ¿Cambiar las muestras? ¿Fabricar resultados?
De verdad que no me puedo creer lo que estoy oyendo. —Pareces Valentina.
—Menos mal. A lo mejor si lo oyes de las dos, por fin te entra en la cabeza. —Emma se reclina contra el banco, sin quitarme ojo—. Esa mujer se acaba de ir. Dime con sinceridad: ¿hubo algo en esa interacción que te resultara extraño?
Mi primera reacción es decir que no. Quiero defender a Claire e insistir en que solo es una madre soltera que lucha y hace lo que puede.
Pero no puedo.
—Ha vuelto a mencionar el dinero —me oigo decir—. Lo ha estado mencionando mucho. Y Finn... me ha preguntado si iban a vivir conmigo. Ha dicho que su madre le dijo que seríamos una familia.
Emma asiente lentamente. —¿Qué más?
—Me ha tocado el brazo y se ha quedado demasiado tiempo. Cuando me he apartado, ha hecho ver que simplemente estaba abrumada y agradecida.
—Manipulación clásica —dice Emma, negando con la cabeza—. Crear intimidad física y luego retractarse cuando se le llama la atención. Te hace sentir que te estás imaginando cosas.
Me froto la cara, de pronto avergonzado por no haberlo visto. —Vas a decirme que soy un idiota.
—No, voy a decirte que te están estafando —responde Emma, meciendo suavemente el cochecito—. Las estafas solo funcionan con gente inteligente; los idiotas no tienen nada que valga la pena quitarles.
A pesar de todo, casi sonrío. —¿Se supone que eso debe hacerme sentir mejor?
—Se supone que debe hacerte despertar. —Emma se queda callada—. ¿Puedo preguntarte algo? ¿Te has fijado bien en el niño?
La miro fijamente. —Por supuesto que sí.
—¿Y qué has visto?
Pienso en Finn. Pelo castaño claro. Ojos castaños. Una expresión seria que me recuerda a...
Nada. El niño no me recuerda a nadie.
—No se parece a mí —admito en voz baja, con la desesperación asentándose en el fondo de mi estómago.
—No se parece a ningún Brennan —dice Emma—. Y Cillian, nuestros genes son fuertes. Mira a cada Brennan que conoces. Tenemos un tipo.
—Claire tiene el pelo oscuro y los ojos castaños —vuelvo a decir, pero suena débil incluso para mis propios oídos—. Los genes recesivos...
—Son una posibilidad —termina Emma—. Pero no son comunes.
Menos aún cuando ambos padres tienen rasgos tan dominantes.
—Hace una pausa—. Cuando estaba embarazada de Seraphina, todo el mundo bromeaba sobre si sacaría el color italiano de él o el irlandés mío.
¿Sabes lo que nos dijeron los médicos? Con genes tan fuertes en ambos lados, lo más probable era que se pareciera mucho a uno de los progenitores.
Y así es. —Emma suspira con cansancio pero mira con cariño el cochecito—.
La señorita es un clon de Leo. Los genes Brennan perdieron esa batalla.
Emma mueve el parasol para que pueda ver a Seraphina. Está durmiendo, con los puñitos cerrados cerca de la cara y... sí. Es idéntica a Leo. Pobre criatura. A lo mejor se parece más a su madre cuando crezca.
—¿A dónde quieres llegar? —Aparto la vista de la bebé.
—A que si ese niño fuera realmente tuyo, probablemente parecería un Brennan —dice Emma con suavidad—. Puede que no de forma obvia, pero algo tendría. La estructura ósea. La forma de moverse. Algo.
Niego con la cabeza. ¿Es que Emma no aprobó biología en el instituto? —No se puede determinar la paternidad por el aspecto.
—No —coincide Emma—. Pero sí se puede determinar la probabilidad. ¿Y ese niño? No parece ni remotamente que haya salido de nuestra familia.
Algo frío se me instala en el estómago. Yo mismo lo había notado —la falta de parecido—, pero me dije que no importaba. O creí ver un parecido. Pensé que era posible que Finn hubiera salido a algún pariente lejano, incluso a mis propios padres.
Pero Emma tiene razón. Los genes Brennan son fuertes. Crecí escuchando historias sobre ello, viendo pruebas en cada reunión familiar.
Joder, mi padre y Connor podrían haber sido gemelos.
Cada Brennan tiene alguna variante de pelo cobrizo, una estructura de mandíbula específica...
Finn no tiene nada de eso.
—Hay algo más —dice Emma y tengo que esforzarme por oírla por encima del rugido en mis oídos—. Hay algo extraño en la forma en que Claire te mira.
—¿A qué te refieres? —pregunto aturdido.
Emma parece estar debatiéndose consigo misma antes de tomar una decisión. —No te mira como si fueras su ex o el padre de Finn. Te mira como... como si fueras un objetivo.
—¿Un objetivo?
—He visto esa mirada antes —dice Emma—. Cuando alguien intenta conseguir algo de otra persona. Es calculadora. Evaluadora. Está midiendo cuánto puede presionar y qué botones pulsar para mantenerte enganchado.
Pienso en la forma en que Claire me había tocado el brazo. En cómo se le iluminaron los ojos cuando mencioné el fondo fiduciario. En cómo se retractó rápidamente sobre lo de vivir juntos cuando el comentario de Finn hizo sus intenciones demasiado obvias.
Te están manipulando, había dicho Valentina.
Está llevando a cabo una estafa, dice Emma ahora.
Y yo, que me he pasado toda mi vida adulta aprendiendo a detectar el engaño, aprendiendo a leer a la gente, aprendiendo a ver a través de las tácticas de manipulación... me lo había pasado todo por alto porque estaba demasiado consumido por la culpa para ver con claridad.
—Joder —digo en voz baja.
—Ya —coincide Emma—. Joder.
Nos sentamos en silencio. Seraphina se remueve en el cochecito, haciendo un ruidito, y Emma se agacha para mecerlo suavemente.
—Valentina me pidió que me hiciera una segunda prueba de paternidad —digo—. Le dije que me lo pensaría.
—¿Y? —Emma me mira con demasiada expectación. ¿Le habrá metido ella esa idea en la cabeza a mi mujer?
—Y me lo estoy pensando.
La expresión de Emma se suaviza un poco. —La quieres de verdad, ¿no? A Valentina, digo.
—La amo —digo, y es la primera vez que lo admito en voz alta ante alguien que no sea la propia Valentina—. La amo y estoy destruyendo lo que tenemos porque soy demasiado cabezota y orgulloso para admitir que podría estar equivocado.
—Pues deja de ser tan orgulloso —dice Emma—. Hazte la segunda prueba. Contrata a un investigador. Alguien independiente que pueda seguir el rastro del dinero y averiguar quién está realmente detrás de esto.
—¿Crees que hay alguien detrás de esto?
—Sé que lo hay —afirma Emma con seguridad—. Esa primera prueba de paternidad llegó demasiado rápido. Toda la situación es demasiado conveniente. Alguien está moviendo hilos, y lo ha hecho específicamente para destruir tu matrimonio con Valentina. La pregunta es por qué.
—Tengo que llamar a Valentina —digo de repente, con una necesidad desesperada de oír su voz. Hago ademán de levantarme, pero Emma me retiene.
—Cálmate, enamorado. Tienes que pedirle perdón a Valentina —ordena—. Luego tienes que arreglar este desastre. En ese orden.
—Puede que no me coja el teléfono —digo con aire sombrío, recordando cómo terminó nuestra última charla.
—Lo cogerá —dice Emma con confianza—. Está enfadada y dolida, pero te quiere. Si no, no estaría luchando tanto para que veas la verdad.
Saco el móvil y me quedo mirándolo, con el pulgar suspendido sobre el nombre de Valentina.
—Ah, y una cosa más —dice Emma, levantándose y preparándose para irse con el cochecito—.
Cuando la llames, no empieces con excusas.
—Me lanza una mirada gélida—. No intentes justificar lo que hiciste ni explicar por qué no escuchaste.
Limítate a decirle que ella tenía razón y tú no. Todo lo demás puede venir después.
Miro a mi prima con incredulidad. —¿Es así de sencillo?
—¡Ja! No, no es nada sencillo —se ríe Emma—. Es lo más difícil que dirás jamás. Pero es lo que ella necesita oír.
Empieza a alejarse, pero se detiene y mira atrás.
—Solo... ten cuidado, Cillian. Sabes tan bien como yo que, en nuestro mundo, si algo parece demasiado conveniente, suele serlo. ¿Y todo este asunto? —Inclina la cabeza en la dirección en la que se había ido Claire—. Esto es demasiado jodidamente conveniente.
Emma se aleja empujando el cochecito de Seraphina por el césped hacia el aparcamiento.
Me quedo sentado solo en el banco, con el móvil en la mano, y dejo que todo empiece a encajar.
La charla sobre el dinero. Las preguntas ensayadas. El cronograma que no terminaba de cuadrar. La falta de parecido.
Las expresiones calculadoras de Claire cuando creía que yo no estaba mirando.
La forma en que me había tocado el brazo restándole importancia. Los resultados de paternidad demasiado rápidos.
Valentina lo había visto todo desde el principio. Había intentado decírmelo. Me había suplicado que lo verificara.
Y yo la había llamado celosa. Irracional. Paranoica.
He antepuesto mi culpa y mi orgullo a mi esposa.
Joder.
La segunda grieta aparece al día siguiente.
Me he citado con Claire en una cafetería; sugerencia suya, no mía.
Cuando llego, la veo a través del ventanal, sentada a una mesa.
Está con el móvil y su expresión es distinta.
Más dura. ¿Casi como si estuviera tramando algo?
Aún no me ha visto, así que me quedo atrás y observo.
He descubierto que la gente muestra quién es en los momentos previos a saber que la están observando. Y la Claire que está sentada a la mesa con el móvil en ambas manos es alguien a quien no he visto antes.