Reclamo Despiadado (vows of violence 2) 20. Cillian
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20. Cillian

CILLIAN

Paso tres días en otra habitación de hotel, comiendo comida del servicio de habitaciones que no me sabe a nada y cumpliendo los encargos de Connor en piloto automático mientras el teléfono descansa sobre la mesilla de noche.

Cada vez que vibra, pienso que es Valentina.

Nunca es Valentina.

Me había llamado ciego.

Dijo que yo quería creer a Claire por alguna retorcida necesidad de demostrar que no era la marioneta de Connor.

Sus palabras se me han metido bajo la piel y se han instalado allí, porque no puedo hacer otra cosa que rumiar la posibilidad de que mi mujer —que es mucho más lista que yo en formas que nunca he llegado a admitir en voz alta— pueda tener razón.

¿Me están manipulando? ¿O es que Valentina está arremetiendo contra mí porque no puede soportar la realidad de que mi vida es más complicada de lo que la obligaron a aceptar?

No lo sé.

Así que hago lo único que tiene sentido: quedo con Claire y observo.

La primera grieta aparece durante un encuentro en un parque cerca del Upper East Side.

Finn está en los columpios. Claire está a mi lado en un banco, lo bastante cerca como para notar su calor, y me habla del colegio de Finn.

—El distrito escolar está bien —dice—, ¿pero «bien» no es suficiente, sabes?

Es un niño listo. Se merece algo mejor. —Niega con la cabeza, y hay una suavidad en el gesto, un cansancio ensayado—.

Es que es difícil. Todo en esta ciudad cuesta muchísimo.

El alquiler, la comida, los materiales. He estado trabajando en dos empleos solo para mantenernos a flote.

De alguna manera, Claire siempre se asegura de mencionar el dinero. Pero esta vez lo escucho de otra forma: no como la confesión de una mujer que lucha por salir adelante, sino como el preámbulo de una petición.

—Tengo pensado crear un fondo fiduciario para la educación de Finn —le digo, y observo su rostro mientras lo hago.

Se le iluminan los ojos. Solo por un segundo, fugaz, pero lo veo. Alivio y algo más bajo ese alivio. Satisfacción.

—Eso es maravilloso —susurra, y me aprieta el brazo con la mano. Me recorre el antebrazo lentamente con los dedos, y no es así como tocas el brazo de alguien en una conversación casual—. Eres un buen hombre, Cillian. Sabía que lo serías.

Le quito la mano de mi brazo. —Estoy casado, Claire.

—Es verdad. —Se echa hacia atrás con una risita suave, bajando la cabeza, con las mejillas sonrosadas—. Lo siento. Es que... hace tanto tiempo que nadie me ayudaba con esta carga. A veces resulta abrumador.

Me mira con esos ojazos oscuros y quiero creer que lo dice en serio, pero mis sospechas empiezan a dispararse. ¿Es real? ¿O está interpretando un papel? La forma en que la vulnerabilidad se enciende y se apaga como un interruptor me resulta extraña.

—¡Mamá! —Finn corre hacia nosotros, sin aliento tras dejar los columpios. Jadea, con los ojos castaños brillantes por el esfuerzo—. ¿Podemos tomar un helado?

—Hoy no, cariño. —La voz de Claire se suaviza mientras mira a su —nuestro— hijo con simpatía—. No podemos permitirnos...

—Yo lo invito —digo antes de poder contenerme.

Finn grita de alegría. Claire me sonríe por encima de la cabeza del niño. —Eres muy generoso.

Generoso. Qué palabra tan rara para referirse a un padre que le compra un helado a su hijo.

Caminamos hacia el carrito de los helados y Finn se pone a mi lado, mirándome con curiosidad infantil.

—¿Eres rico de verdad? —pregunta—. Mamá dice que tienes mucho dinero.

—¡Finn! —La voz de Claire suena cortante, con una dureza que no le había oído antes—. Eso no es de buena educación.

Las pálidas mejillas de Finn se enrojecen mientras mira a su madre boquiabierto. —P-pero tú dijiste...

—Dije que tu padre tiene éxito —corrige ella rápidamente, lanzándome una mirada fugaz—. Tener éxito no es lo mismo que ser rico.

Pero el daño ya está hecho y ambos lo sabemos.

Ella estaba hablando de mi dinero.

Me describía como alguien rico.

Llegamos al carrito de helados y le doy mi tarjeta al heladero. Finn elige un cono de chocolate y sonríe encantado cuando se lo entregan.

Claire no quiere nada y yo tampoco.

No tengo apetito ahora mismo.

—¿Vamos a ir a vivir contigo? —pregunta Finn, lamiendo una gota que resbala por el lateral mientras nos acercamos de nuevo al parque—. Mamá dice que a lo mejor podríamos ser todos una familia.

La sangre se me hiela y me detengo en seco. Finn también se para, mirándome confundido. Claire parece haber visto a un fantasma.

—¿Ha dicho eso? —pregunto con cautela, con el corazón latiéndome con fuerza.

Claire suelta una risa nerviosa. —Los niños siempre lo entienden todo mal. Dije que pasaríamos tiempo juntos como una familia. Eso es distinto a vivir juntos, Finny.

Pero Finn parece confuso y mira a su madre con consternación. —Pero dijiste...

—¡Finn, mira! —Claire señala hacia el otro lado del parque con una urgencia repentina y brillante, desviando su atención—. ¡Hay un perro allí, uno enorme! ¿Por qué no vas a ver si puedes acariciarlo?

Finn dirige la vista hacia el perro. Por un momento parece que va a terminar la frase de todos modos.

Luego el perro gana y sale disparado por el césped a toda velocidad.

Claire se vuelve hacia mí con una sonrisa pesarosa. —Los niños. Oyen lo que quieren oír.

—Ya —digo lentamente. Pero algo ha cambiado. La voz de Valentina está ahora en mi cabeza. Todo en esta situación está diseñado para manipularte.

Nos volvemos a sentar en el banco. Finn está agachado frente al Golden Retriever, extendiendo la mano con solemne paciencia mientras el perro lo olfatea.

Claire lo observa con expresión tierna. —Siempre ha querido un perro.

Desde que era pequeñito. —Suelta un pequeño suspiro—.

Es que no puedo permitírmelo económicamente.

Solo el depósito por mascota en la mayoría de los edificios es...

—Niega con la cabeza—. Es una de esas cosas por las que me siento culpable. La lista de cosas que no puedo darle.

La escucho a medias, asintiendo cuando corresponde mientras examino lo ocurrido en la última media hora.

Algo no cuadra.

Y entonces la veo.

Emma.

Viene cruzando el césped con vaqueros y una chaqueta ligera, con el pelo pelirrojo recogido en una coleta, empujando el cochecito de Seraphina. Parece que pasaba por el barrio por casualidad.

Emma nunca está en ninguna parte por casualidad.

¿Cómo demonios sabía que yo estaba aquí?

—¡Cillian! —Levanta la mano saludando, con expresión alegre como si estuviera genuinamente sorprendida—. ¡Me pareció que eras tú!

A mi lado, Claire se yergue. De algún modo, su mano, que había vuelto a mi antebrazo, regresa a su propio regazo. Mira con curiosidad a mi prima mientras se acerca.

—Emma —digo sorprendido cuando llega hasta nosotros—. ¿Qué haces aquí?

—Seraphina necesitaba aire puro, y este parque tiene la mejor zona de juegos. —Emma detiene el cochecito al lado de nuestro banco y le sonríe a Claire—. Hola, soy Emma. La prima de Cillian.

—Claire Murphy. —Claire le tiende la mano—. Es un placer conocerte.

Emma se la estrecha, pero noto que su sonrisa no llega a sus ojos. Está siendo educada, incluso amable, pero no hay nada de la calidez que suele mostrar a los desconocidos.

—Y ese debe de ser Finn —dice Emma, mirando hacia donde el niño sigue absorto con el perro—. Es adorable.

—Gracias —dice Claire con cautela, sin quitarle el ojo de encima a Emma—. Es un buen niño.

—Seguro que sí. —Emma se vuelve hacia mí—. No sabía que estarías aquí. Leo mencionó que te estás quedando en un hotel desde hace unos días.

El énfasis en la última parte me hace tensar la mandíbula y puedo sentir la mirada de Claire.

Por supuesto que Leo lo mencionó. Lo que significa que Valentina se lo contó a Leo.

Lo que significa que probablemente todo el mundo en ambas familias sabe que Valentina y yo estamos peleados, y no puedo culpar a nadie más que a mí mismo por ello.

—Solo temporalmente —digo entre dientes.

—Claro. —Emma vuelve a mirar a Claire, con expresión ilegible—. Bueno, no quiero interrumpir vuestra tarde. Solo quería saludar a mi primo favorito.

Claire sonríe. —No interrumpes nada. En realidad... —Mira su reloj y luego hacia el parque, como si acabara de darse cuenta de algo—. Debería llevar a Finn a casa pronto de todos modos. Casi es su hora de la siesta.

Frunzo el ceño. ¿Hora de la siesta? Finn tiene ocho años.

Los niños de ocho años no duermen siesta.

¿De qué demonios está hablando Claire?

Claire se levanta, alisándose el vestido, y llama hacia el camino. —¡Finn! Es hora de irse, cariño.

Finn levanta la vista del perro con un mohín. Le dice algo al dueño del perro, acaricia al retriever una última vez y viene trotando. Claire lo coge de la mano.

—Ha sido un placer conocerte, Emma —dice Claire antes de volverse hacia mí, sonriendo—. ¿A la misma hora mañana?

—Ya te avisaré —digo con cuidado.

La sonrisa de Claire flaquea un poco, pero se recupera rápido. —Claro. Hablamos pronto.

Se marcha con Finn y los veo alejarse.

Claire mira hacia atrás una vez, saludándome con la mano, pero algo en el gesto me resulta calculado.

Emma se sienta en el banco a mi lado, ajustando el cochecito para que Seraphina quede a la sombra.

—Así que —dice en voz baja—, esa es ella.

—Sí —respondo—. Esa es ella.

Nos sentamos en silencio un momento. Siento que Emma me estudia, probablemente catalogando todas las formas en las que doy pena.

—Te ha enviado Valentina —digo finalmente.

Emma niega con la cabeza. —No, no lo ha hecho. He venido porque quería ver por mí misma qué demonios te pasa.

—Lo tengo todo controlado. —Miro a Emma con severidad—. ¿Y cómo sabías siquiera que estaba aquí?

La sonrisita que me dedica Emma es tan parecida a la de Connor que casi me sobresalto.

—Tengo mis fuentes —dice con evasivas. Su sonrisa se convierte en un ceño fruncido—.

Y no tienes nada controlado. Te estás regodeando en la culpa y tomando decisiones terribles que están haciendo daño a mi mejor amiga.

Aprieto los puños. No necesito esta mierda. —No sabes de qué estás hablando.