Reclamo Despiadado (vows of violence 2) 19. Cillian #2
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19. Cillian #2

—Y yo creo que estás tan consumido por la culpa que no piensas con sensatez —replica Valentina—. Creo que quieres que esto sea real porque te da a alguien a quien salvar, alguien a quien proteger, una forma de demostrar que no eres como Connor, que usa y desecha a la gente sin pensarlo dos veces.

Abro los ojos de golpe. Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago porque son ciertas. Eso es exactamente lo que he estado pensando, aunque no me lo haya admitido a mí mismo.

Finn es una oportunidad para ser diferente. Para elegir a la familia por encima del deber. Para demostrar que no soy solo el arma adiestrada de Connor.

Pero no puedo dejar que Valentina vea que me ha tocado la fibra sensible.

—No metas a Connor en esto —digo con frialdad.

—¿Por qué no? Esto también va de él, ¿verdad?

—Ahora no da tregua, todas sus percepciones de todo nuestro matrimonio cristalizan en palabras diseñadas para hacerme sangrar—.

Te has pasado toda la vida siendo el arma perfecta de Connor, su sobrino obediente que hace lo que le dicen sin rechistar.

Pero Finn... Finn te da la oportunidad de ser algo más. Alguien que...

—Basta —le corto, con voz gélida—. No sabes de lo que estás hablando.

Pero sí que lo sabe. Ese es el problema. Valentina ve a través de mí de formas que me asustan.

—Sé que estás tan desesperado por ser diferente a Connor que creerás cualquier cosa que te brinde esa oportunidad —dice ella—. Incluso si eso significa ignorar cada instinto que te dice que algo no va bien.

—Mis instintos dicen que ese chico es mi hijo —le suelto, aunque mis instintos en realidad están gritando que algo falla. Es solo que no puedo permitirme escucharlos—. Mis instintos dicen que le debo el intentarlo.

—¿Y qué hay de lo que me debes a mí? —La pregunta sale en un hilo de voz y Valentina se ve vulnerable. Siento que mi ira se desinfla un poco—. ¿Y las promesas que nos hicimos? ¿Y nuestro bebé?

Nuestro bebé. Es verdad. Lleva a mi hijo en su vientre y aquí estoy yo, dando prioridad a un niño que conozco de menos de seis semanas por encima de mi propia esposa.

—Estoy intentando hacer lo correcto por todos —digo, y por primera vez oigo lo agotado que sueno—. Estoy intentando ser padre para Finn y marido para ti, y evitar que toda esta situación explote. Lo estás haciendo más difícil al negarte a aceptar la realidad.

—Realidad —repite Valentina, torciendo los labios como si hubiera probado algo amargo—. ¿Te refieres a tu versión de la realidad? ¿Esa en la que te crees todo lo que dice Claire a pies juntillas e ignoras todas las señales de alerta?

—¿Qué señales de alerta? —exijo saber, aunque yo mismo podría enumerarlas—. ¿Qué ha hecho exactamente que sea tan sospechoso? Se puso en contacto conmigo en privado. Aceptó la prueba. Ha sido cooperativa y comprensiva a pesar de que la abandoné a ella y a nuestro hijo...

—¡Tú no abandonaste a nadie! ¡No lo sabías! —dice Valentina con fiereza.

—¡No lo sabía porque fui un descuidado! —Las palabras brotan de mí, todo el odio hacia mí mismo que llevo un mes cargando se desborda—.

Me acosté con ella, me fui y nunca volví a pensar en ella.

Estaba haciendo el trabajo sucio de Connor, bebiendo demasiado y acostándome con mujeres de las que apenas recordaba el nombre.

Eso es culpa mía, Valentina. Ese es mi fracaso.

Valentina me mira y su expresión se suaviza. —Así que esto es una penitencia —dice casi pensativa—. Te estás castigando a ti mismo.

—Estoy asumiendo mi responsabilidad.

—No. —Niega con la cabeza y se le escapan más mechones del moño—. Estás dejando que la culpa nuble tu juicio. Y estás tan decidido a demostrar que no eres el hombre que eras hace nueve años que estás saboteando todo lo que hemos construido.

«Quizás tenga razón», susurra de nuevo esa voz traidora en mi cabeza. «Quizás te la están jugando y eres demasiado orgulloso para admitirlo».

Pero admitirlo significaría que me he equivocado. Significaría que casi destruyo mi matrimonio por una mentira. Significaría que soy exactamente el tipo de idiota que Connor siempre me advirtió que no fuera.

—¡Estoy intentando hacer lo correcto! —No puedo ocultar la desesperación en mi voz—. Lo intento...

—¡Lo correcto es verificar la verdad antes de hacer saltar nuestras vidas por los aires! —Su voz vuelve a subir—. Lo correcto es considerar que tal vez, solo tal vez, alguien te está engañando. Que todo esto es demasiado conveniente, ocurre en el momento demasiado perfecto, demasiado...

—¿Demasiado qué? —la desafío, con mi orgullo volviéndome cruel—. ¿Demasiado real? ¿Demasiado complicado? ¿Demasiado inconveniente para tu perfecta vidita?

Las palabras están diseñadas para herir y lo hacen. Lo veo en la forma en que da un paso atrás, como si le hubiera pegado físicamente.

—Vete —dice en voz baja.

El pecho se me oprime y desearía con todas mis fuerzas poder retirar esas palabras. —No, Valentina, lo siento...

—Sal de mi apartamento. —Su voz es ahora puro hielo, todo el dolor encerrado tras esa máscara de los Santoro que tanto odio—. ¿Quieres jugar a la casita feliz con Claire y Finn? Pues vete a hacerlo a otra parte.

—Eso no es lo que...

—¿Crees que estoy siendo celosa e irracional?

—Su voz tiembla tras la máscara—. ¿Crees que me invento problemas porque no soporto que tengas otro hijo?

Entonces no hay nada más que hablar. Ve con tu hijo.

Estoy segura de que Claire estará encantada de tenerte a jornada completa.

—Escupe el nombre de Claire como si le diera asco.

La imagen cruza mi mente: mudarme con Claire, jugar a los papás, fingir que somos una familia. La idea me revuelve el estómago. Yo no quería eso. Quiero a Valentina. Este apartamento. Nuestra vida juntos.

Pero ya he dicho demasiado. He ido demasiado lejos.

—No hagas esto —digo, pero incluso para mis propios oídos, suena a derrota.

—Tú has hecho esto —dice Valentina, negando con la cabeza y mirándome con lástima. Lo odio—. En el momento en que decidiste que yo era el problema en vez de la situación. En el momento en que elegiste la culpa antes que la confianza.

—No estoy eligiendo nada por encima de ti...

—Sí, lo estás haciendo. —Camina hacia la puerta y la abre—. Cada vez que descartas mis preocupaciones. Cada vez que tratas mis instintos como si fueran paranoia. Estás eligiendo creer que yo soy la villana en esta historia. Que me interpongo en tu camino para hacer lo correcto.

No puedo moverme. Siento los pies clavados al suelo, aunque sé que debería irme antes de que esto empeore.

—No es así como te veo —digo en voz baja.

—Entonces demuéstralo —dice Valentina, y ahora hay un desafío en su voz—.

Hazte la segunda prueba. Verifica los resultados.

Protege a nuestra familia como protegerías cualquiera de los intereses de Connor: con sospecha, con verificación, con diligencia debida.

Si Finn es tuyo, la ciencia lo dirá y yo lo aceptaré.

Pero si ni siquiera te planteas que Claire pueda estar mintiendo, entonces ya has tomado tu decisión.

El ultimátum queda suspendido en el aire entre nosotros. Siento que algo cambia en mi pecho: la ira mezclándose con la duda, mezclándose con el miedo de que quizás, solo quizás, Valentina tenga razón.

Pero mi orgullo no me deja ceder. Todavía no.

—¿Y si me niego? —pregunto en voz baja—. ¿Si digo que la primera prueba fue suficiente?

Valentina me sostiene la mirada y veo todo lo que hemos construido juntos reflejado en ella. Todo el progreso, toda la confianza, todo el amor por el que tanto hemos luchado.

Todo está al filo de la navaja.

—Entonces sabré cuál es mi lugar —dice finalmente Valentina—. Y también lo sabrá nuestro hijo.

El silencio se prolonga entre nosotros, pesado por todas las cosas que no decimos.

Sé que debería disculparme.

Debería admitir que ella podría tener razón. Debería elegirla a ella por encima de mi orgullo herido.

Pero las palabras no salen.

Hago un gesto hacia la puerta. —Debería irme.

El rostro de Valentina está impasible. —Es una buena idea.

Me acompaña hasta la puerta. Mi mano se detiene justo encima del pomo y me giro hacia ella. —Me lo pensaré —digo.

Es una oferta débil y ambos lo sabemos.

—No te molestes en pensarlo por mí —dice con frialdad—. Hazlo porque de verdad te importa la verdad. O no lo hagas en absoluto. —Me aparta la mano de un golpe y abre la puerta. El mensaje es claro: vete.

Me detengo en el umbral, mirándola. Valentina se queda allí con la mano en la puerta, con su expresión cuidadosamente vacía. Pienso en todas las cosas que debería haber dicho desde el principio.

«Lo siento. Tienes razón. He sido un idiota. Por favor, no te rindas con nosotros».

En lugar de eso, me limito a asentir una vez y me marcho.

La puerta se cierra tras de mí con un suave clic. Me quedo en el pasillo, mirando la puerta cerrada, y todo el peso de lo que acabo de hacer cae sobre mí.

He elegido mi orgullo antes que a mi mujer.

Mi culpa antes que nuestro matrimonio.

Mi necesidad desesperada de ser diferente a Connor antes que a la mujer que amo.

Y ahora tengo que vivir con esa elección.

«O», susurra esa estúpida voz, «podrías escucharla de verdad. Podrías hacerte la segunda prueba. Podrías admitir que tal vez —solo tal vez— te equivocaste».

Saco el móvil y lo miro durante un largo rato. Pero luego me doy la vuelta y me alejo, volviéndome a meter el teléfono en el bolsillo.

Me lo pensaré.

Eso es lo que he dicho.

Solo que no sé si pensar será suficiente para salvar lo que acabo de romper.