Reclamo Despiadado (vows of violence 2) 15. Valentina
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15. Valentina

VALENTINA

La puerta se cierra tras Cillian y me quedo allí parada, con la mano aún sobre el marco. Escucho sus pasos, luego el ascensor y después, nada.

Solo silencio.

Inspiro lentamente por la nariz y exhalo, utilizando una técnica que me enseñó mi terapeuta para cuando empezaba a sufrir ataques de pánico.

El objetivo es no desmoronarme en mi propio pasillo, sobre todo cuando todavía tengo a extraños en mi casa.

Una vez convencida de que no voy a desmoronarme, yergo los hombros y giro sobre mis talones. Es hora de ocuparme de mis otros problemas.

Al volver por el pasillo, veo a Claire y a Finn de pie en el umbral de la cocina mirándome.

Finn aferra una botella de agua entre las manos.

Me mira en silencio con esos cautelosos ojos marrones. Qué extraño. Este niño lleva dos horas sentado en mi apartamento, viendo cómo todos los adultos de su órbita se desmoronan en alguna dirección, y no ha emitido ni un sonido.

¿Qué demonios habrá visto este niño?

Claire asiente hacia la puerta. —¿Va a volver Cillian? —pregunta con audacia.

No voy a darle la satisfacción de decirle que le he echado. —Sentémonos.

Nos sentamos.

Claire le dice a Finn que puede volver a usar la tableta y él la agarra como si le hubiera lanzado un salvavidas.

Se pone los auriculares antes incluso de haberse acomodado del todo y, sinceramente, bien por él. A mí también me gustaría no estar en esta habitación ahora mismo.

Miro a Claire.

Algo ha cambiado.

No sabría decir qué es exactamente de inmediato. No es una sola cosa, es un conjunto de pequeños detalles: la forma en que está sentada, el ángulo de su barbilla, el hecho de que no se está esforzando tanto como antes de que apareciera Cillian.

Antes, todo lo que hacía era cuidadoso y dócil.

Me miraba como si fuera consciente de cada palabra que salía de su boca. Ahora me mira como si hubiera conseguido lo que venía a buscar y se sintiera cómoda con ello.

Como si el espectáculo fuera para Cillian y yo fuera simplemente lo que queda.

Me revuelve el estómago.

O quizá sea el embarazo.

No lo sé ahora mismo.

Mis náuseas y mi pavor se han fusionado en una única y horrible sensación indiferenciada que lleva instalada en mi pecho desde que ella llamó a mi puerta y no se ha movido.

Me pilla mirándola y su sonrisa es pequeña y educada.

Hay algo en ella que me pone los pelos de punta.

—Cuéntame más —digo finalmente, intentando deshacerme de esa sensación con una conversación.

Necesito repasar su historia de nuevo; hay algo que suena raro, pero no sé qué es—.

Sobre Belfast. Sobre Cillian y tú. —Mantengo un tono de voz relajado y natural para que no sepa cómo me siento de verdad—. Siento que me falta información.

—Por supuesto —dice con fluidez—. ¿Por dónde quieres que empiece?

Y algo en su forma de decirlo —esa disposición tan particular, como si estuviera esperando la invitación— hace que se me vuelva a erizar la piel.

—Por donde quieras —respondo.

Una mirada suave y soñadora cruza su rostro.

—Hay cosas que no mencioné —empieza, inclinándose hacia delante como si fuéramos mejores amigas compartiendo secretos—.

Antes. No quería... me parecía demasiado, con todo lo demás.

—Mira de reojo a Finn, que está totalmente absorto en su tableta.

Vuelve a mirarme a mí—. Pero has dicho que querías entender el panorama completo.

No quiero. Ya no. —Así es —respondo, aunque noto la boca seca y el estómago se me revuelve por la ansiedad.

—No solo nos veíamos en el pub —dice Claire—.

Así es como lo hice sonar pero... tuvimos una semana, hacia el final, en la que su agenda se despejó un poco y pasamos casi todos los días juntos.

—Hace una pausa para organizar sus pensamientos—.

Le enseñé la ciudad. Las zonas reales de Belfast, no las turísticas.

Una tarde fuimos en coche hasta la costa.

—Se mira las manos, como si el recuerdo estuviera en ellas—.

Era diferente fuera del pub. Más relajado.

Más callado. Hablaba de su infancia en Nueva York y de su familia.

De cuánto quería a su prima... Emma, creo que se llama.

Dijo que era joven, pero que pensaba que ella y yo seríamos muy buenas amigas.

Me quedo rígida al oír mencionar a mi cuñada, y el monstruo de los celos asoma su fea cabeza.

Emma es amiga mía, no suya. Siento un extraño pitido en los oídos e intento ignorarlo para poder seguir escuchando.

—... me hablaba de cosas de las que no creo que hablara muy a menudo.

—Me sonríe con serenidad y, de repente, me entran ganas de pegarle un puñetazo en la cara—.

Me dio la sensación de que le resultaba más fácil, ¿sabes?

Hablar con alguien que no sabía nada de todo aquello. Que no formaba parte de ese mundo.

Me quedo muy quieta.

—Cocinó para mí una vez —continúa con afecto, y algo ácido se me cuaja en las entrañas—.

En mi piso. Se apoderó de mi cocina como si fuera lo más natural del mundo e hizo algo absolutamente delicioso con lo que hubiera en la nevera.

—Suelta una risita, casi como si se divirtiera ella sola—.

Recuerdo que pensé: "aquí hay alguien que sabe sentirse como en casa en cualquier lugar".

—Hace una pausa y me mira significativamente—.

Era como estar en casa, supongo, durante esas pocas semanas.

Era como estar en casa.

Cojo mi taza y tomo un sorbo, solo por hacer algo que no sea estrangularla. El té está frío y el jengibre me resulta amargo en la lengua.

—Y hubo una noche —dice, ahora más bajo—, casi al final, cuando ambos sabíamos que se iría en unos días.

Realmente no hablamos de ello. Pero recuerdo que él...

—Se detiene, como si le costara decidir qué decirme—.

Estaba diferente esa noche. Más tierno. Dijo cosas que probablemente no habría dicho en otro momento.

—Me sostiene la mirada—. Creo que él también sabía que aquello era real y que no era una nimiedad. Teníamos una conexión increíble.

No era una nimiedad.

Acaba de presentarme una versión totalmente distinta de mi marido que nunca he conocido, y lo sabe.

—Ocho semanas no parecen mucho tiempo para conocer a alguien pero, al final de nuestro tiempo juntos, sentía como si lo conociera de hace años.

—Claire suspira, con aire desolado—. Fue algo muy intenso.

Dejó huella. Entre otras cosas. —Hace una pausa y mira a Finn con intención.

El corazón se me cae a los pies—. Hay cosas que nunca se olvidan.

Se detiene ahí y se mira las manos, como si tuviera cuidado de no hablar de más.

No me trago esa mierda ni por un segundo. Está diciendo absolutamente todo lo que quiere decir.

Necesito más té. En realidad no, necesito algo bastante más fuerte que el té. Como un martini. O tres.

—Parece que significó mucho para ti —logro decir entre dientes.

—Así fue. —Asiente—. Luego él se fue y tuve que lidiar con la realidad de aquello.

—La calidez cambia y se vuelve más pesada, como una nube cruzando su rostro—.

Yo sola. Cada hito, cada reunión de padres y profesores, cada vez que Finn me hacía una pregunta que no sabía cómo responder.

—Niega con la cabeza—. No puedes imaginarte lo que es. Hacer todo eso sin nadie que te apoye.

Su voz ha adquirido un matiz nuevo, pero no consigo identificarlo. ¿Envidia? ¿Suficiencia? ¿Molestia? Como si se le debiera una deuda enorme y ahora que ha localizado a quien la debe, planeara cobrarla.

—Qué duro —digo, incapaz de infundir el más mínimo sentimiento de simpatía en mi voz.

Claire lo nota. Entorna los ojos. —Lo fue. —Me mira con desconfianza—. Pero nos las arreglamos. Finn es un niño maravilloso. Se merecía algo mucho mejor. —Sus ojos bajan hasta mi vientre y me cuesta todo lo que tengo no cubrirlo con un cojín—. Al menos tu bebé tendrá a su padre desde el principio.

Me quedo rígida.

Claire mira a su hijo. —Finn ha esperado ocho años para conocer a su padre.

Ein. Zwei. Drei. Vier. Fünf.

Respiro por la nariz.

Sechs. Sieben. Acht. Neun. Zehn.

Cada parte de mí quiere... no lo sé. Varias cosas que no son opciones. Esta mujer tiene la audacia de autoinvitarse y actualmente me mira con unos ojos que fingen pena, pero no hay ni un ápice de remordimiento real tras ellos.

Quiero despedazarla miembro a miembro, y no veo por qué no debería hacerlo. Conozco a varias personas y organizaciones que pueden hacer desaparecer a esta mujer.

Finn es, lamentablemente, un daño colateral, pero puedo pensar en algo para asegurarme de que él también esté a salvo fuera de peligro.

Luego pienso en mi madre y en cómo trata ella a la gente maleducada.

La compostura primero, Valentina. Si alguien insiste en ponerse en evidencia, lo mínimo que puedes hacer es parecer amable mientras lo hace. Los puños son cosas toscas; las palabras, colocadas con cuidado, pueden poner de rodillas a toda una sala.

Mátalos con amabilidad.

Bueno, planeo hacerlo, pero con un gran énfasis en matar.

—Qué generoso por tu parte —digo con calidez— contarle por fin a Cillian lo de su supuesto hijo después de ocho años. —Le sonrío y noto que la he descolocado—. Pura devoción materna, de principio a fin. De verdad, Claire, es profundamente admirable.

La calidez desaparece de sus ojos de golpe y no se molesta en intentar ocultarlo.

—Sé que esto es difícil —dice, y su voz se ha vuelto fina y afilada, mientras sus mejillas se enrojecen ligeramente—.

Enterarte de que tu marido tiene un hijo con otra persona.

—Me sonríe con suficiencia, como sabiendo que esto me dolerá—.

Especialmente ahora que estás esperando un bebé suyo.

—Su sonrisa se ensancha—. Debe de ser absolutamente devastador...

saber que no fuiste tú quien le dio a Cillian su primer hijo. Su primer varón.

El extraño pitido en mis oídos ha vuelto, pero me niego a dejar que esta mujer vea que lo que dice me afecta.