15. Valentina #2
Pero Claire toma mi silencio como prueba de que lo que ha dicho duele.
Parece triunfante. —Hay algo especial en eso, ¿verdad?
El primero. Un niño. —Pasa los dedos por el brazo del sillón con naturalidad—.
Eso significa mucho para hombres como Cillian.
Hombres que vienen de familias como la suya.
El legado, la sucesión, todo eso. —No aparta la vista de mí—.
Estoy segura de que sabes todo sobre eso, considerando que eres una Santoro.
Tu bebé tendrá un padre maravilloso. Pero Finn fue el primero.
Mil insultos y réplicas desagradables acuden a mis labios.
Podría decirle fácilmente que Finn puede que sea el primero (poniendo mucho énfasis en el puede porque su paternidad aún no está clara), pero que al menos mi bebé fue concebido dentro del matrimonio y será el heredero indiscutible de la familia Brennan.
Finn siempre será el extraño mirando desde fuera.
Pero no digo nada de eso.
Entonces Claire sabría al cien por cien que ha conseguido herirme, y yo no dejo que nadie vea cuándo me han afectado.
No puede pensar que está ganando.
Y de eso se trata todo esto, ¿no? De ganar. De llevar la delantera.
Me dice esto porque puede. Quiere herirme y se va a quedar a mirar cómo lo hace.
Sería tan fácil estallar ahora mismo. Llevo semanas de náuseas matutinas y un mes de mentiras de mi marido acumuladas en el pecho. Quiero arrastrar a esta puta mujer por el fango. Quiero que esté jodidamente acobardada ante mí.
Pero Gianna Santoro aparece metafóricamente ante mí, con expresión de decepción. Nunca dejes que te vean sangrar, tesoro, especialmente cuando estés sangrando.
Maldita sea. Está bien, Mamma.
Tú ganas, joder.
Cruzo las manos sobre el regazo y vuelvo a centrarme. No la mates, Val.
Es difícil quitar las manchas de sangre de estos sofás y traumatizarás al niño.
—Sabes —digo con un tono de tremenda calidez—, creo que lo que has hecho es increíblemente valiente. Me refiero a venir desde tan lejos y exponerte de esta manera. —La miro con sinceridad—. No todo el mundo tendría el valor.
Claire entrecierra los ojos ligeramente. Casi puedo ver su proceso de pensamiento: «¿por dónde vas con esto, Valentina Brennan?».
—Lo digo en serio —continúo, manteniendo la calidez y la sonrisa, esa que no tiene nada detrás excepto la decisión de ganar—.
Ocho años es mucho tiempo. Y te las has arreglado maravillosamente sola.
De verdad. Es muy... —Hago una pausa, como si buscara la palabra adecuada— impresionante. Dado todo lo ocurrido.
—¿Dado todo lo ocurrido? —pregunta Claire, frunciendo el ceño.
—Bueno. —Inclino la cabeza un poco, como si estuviera avergonzada—.
Las circunstancias no son exactamente...
quiero decir, criar a un niño sola, la carga económica que conlleva, los sacrificios...
—Hago un pequeño sonido de simpatía—. Es mucho.
La mayoría de la gente habría contactado antes, sinceramente.
Aunque solo fuera por practicidad. —La miro con una compasión tremenda—. Debes de haberlo pasado realmente mal.
Su rostro se tensa y frunce los labios, como si hubiera chupado un limón especialmente agrio. —Nos las arreglamos bien —suelta con brusquedad.
Ajá. Bingo. La he cabreado.
—Por supuesto que sí —digo en tono tranquilizador—.
Faltaría más. Y ahora Finn tendrá acceso a una estabilidad real.
Unos cimientos adecuados. Eso es lo que importa, ¿verdad?
Lo que sea mejor para Finn. —Lo miro. Bendito sea, sigue absorto en su juego, con un pie doblado bajo su cuerpo—.
Sé que acabamos de hablar de los tribunales, pero cuando la paternidad se establezca formalmente por vía judicial...
—Veo cómo se le tensa la mandíbula al oír por vía judicial y lo disfruto mucho— ...
los acuerdos de custodia tendrán que organizarse adecuadamente.
Y los tribunales, naturalmente, tendrán en cuenta lo que cada progenitor puede ofrecer.
—Hago un gesto hacia el apartamento que nos rodea y su grandeza—.
Dada la disparidad de circunstancias, que Cillian obtuviera la custodia total sería el resultado lógico, ¿no crees? —La miro con genuina preocupación.
Hemos hablado de esto antes, o más bien la he amenazado al respecto, pero quiero dejarle meridianamente claro a esta zorra que el dinero sí importa. —Eso en realidad te quitaría mucha presión de encima. Has cargado con esto sola durante tanto tiempo.
Claire me mira fijamente. La suavidad ha desaparecido.
La cautelosa y sufrida madre soltera ha abandonado el edificio por completo y lo que está sentado en mi sofá ahora es una mujer furiosa que no se molesta en ocultarlo.
Si las miradas matasen, probablemente ahora mismo estaría bajo tierra.
—Finn no se va a ninguna parte —dice, y su voz es plana y fría, nada que ver con lo que ha usado en esta sala hasta ahora—. Vive conmigo. Siempre ha vivido conmigo. ¿Crees que he venido desde tan lejos para entregárselo a algún...
Se interrumpe a sí misma, cerrando la boca de golpe mientras sus mejillas se tiñen de rojo intenso.
Pero no ha sido lo suficientemente rápida.
—¿A algún...? —la insto amablemente, incapaz de evitar que una sonrisa de suficiencia se extienda por mi cara.
Su mandíbula trabaja y su rostro se enrojece aún más. —Solo quiero lo mejor para mi hijo —dice con firmeza, intentando controlar su expresión para que no me diga exactamente lo que piensa de mí. Que es cada palabra mal sonante que se le ocurre.
—Yo también —digo—. Por eso voy a organizar que mi chófer os lleve a ambos al Plaza esta noche. Con todos los gastos pagados. —Me levanto, alisándome los pantalones. Es hora de que se vayan—. Insisto.
Me mira fijamente, desconcertada por mi frase. —No necesitamos... tiene más sentido que nos quedemos aquí. Para que Finn empiece a sentirse cómodo, empiece a...
—Mi casa no es un hotel, Sra. Murphy —digo, aún cálida, aún sonriendo.
Pero mis ojos probablemente le están diciendo: lárgate de una puta vez—.
Creo que establecer límites adecuados es importante para todos en este momento.
Especialmente para Finn. —Vuelvo a mirarlo, sintiendo lástima de repente por este niño.
Incluso si Cillian no es su padre, este pobre crío no se merece esto—.
Se merece estar en un lugar tranquilo esta noche.
No en todo esto. —Hago un movimiento circular con la mano.
Ella lo sabe.
También sabe que he ganado. Puedo verlo en su cara mientras lucha por decidir si debe contraatacar. También veo cómo se le hunden los hombros al darse cuenta de que no debería hacerlo.
—Eso es... eso es muy considerado por tu parte —dice entre dientes.
Es la frase más hipócrita que he oído nunca, pero le sonrío de todos modos como si acabara de hacerme el mejor de los cumplidos.
—Faltaría más —le digo alegremente y cojo mi teléfono para llamar abajo.
En veinte minutos, Claire y Finn se han marchado; los acompaño hasta la puerta.
Tras unas despedidas fingidas, cierro la puerta y me quedo allí de pie.
No llores. No llores. No llores.
Apoyo la espalda contra la puerta, mirando al techo. Comienzo el mecanismo de control que me enseñó mi terapeuta: cinco cosas que puedas ver, cuatro cosas que puedas tocar, tres cosas que puedas oír. El techo. La lámpara.
La taza fría sobre la mesa de centro. El hueco en el cojín del sofá donde se sentó Finn. La ventana.
Cuatro cosas que puedas tocar.
Me tiemblan las manos. Las presiono planas contra la puerta que tengo detrás.
La puerta. Mi jersey. Mi...
No puedo hacerlo. No puedo concentrarme en nada de eso. Mi cerebro no se queda donde lo pongo. Cada vez que intento distraerme, vuelve a deslizarse directamente hacia el rostro de Cillian, hacia aquel «fue especial, hay cosas que nunca se olvidan», hacia aquel «Finn fue el primero».
No llores.
Tres cosas que pueda oír. El ascensor al final del pasillo. La ciudad ahí abajo. El...
Me deslizo por la puerta.
No es mi intención. Simplemente mis piernas dejan de funcionar y acabo en el suelo, con la espalda contra la puerta y las rodillas flexionadas. Me presiono ambas manos sobre la boca y respiro y respiro y no lloro y no lloro y no...
Un sonido sale de mi interior.
Al principio no lo reconozco como mío. Viene de un lugar del que no suelo dejar que salga nada; entonces la presa se rompe y lloro de verdad.
Lo peor es que no puedo pararlo.
Unas sacudidas de llanto pesado me agitan el pecho mientras me acurruco contra la puerta y lloro a gritos.
No puedo estar sola ahora mismo, pero ¿a quién llamo? Cillian no tiene permiso para estar aquí, mi madre está fuera de toda posibilidad y...
Emma.
Busco mi teléfono. Me tiemblan tanto las manos que se me cae una vez. Encuentro el nombre de Emma y pulso llamar.
Suena dos veces.
—Hola, mejor amiga —dice Emma con alegría. De fondo oigo a Seraphina arrullar y los sonidos de un bebé succionando algo llenan el auricular. Oh, joder, esto ha sido una idea horrible.
Abro la boca para disculparme y decirle que la llamaré más tarde, pero lo que sale no es una palabra.
—Val. —Su voz cambia por completo y suena alarmada—. Valentina. ¿Qué ha pasado? ¿Qué va mal? ¿Es el bebé?