8. Cillian
CILLIAN
Llevamos dos meses y sé que estoy completamente, profundamente e irreversiblemente jodido.
No jodido a nivel operativo. Sé cómo lidiar con eso. Llevo haciéndolo desde que tenía catorce años y Connor me metió por primera vez en una habitación con hombres que me doblaban el tamaño y me dijo que me las apañara.
No, es la clase de jodido doméstico, que es peor, porque no hay respuesta posible al hecho de despertarse a las cuatro de la mañana y quedarse ahí tumbado escuchando respirar a tu mujer.
Es la clase de jodido en la que sostienes un Post-it que dice tortuga arrogante en mandarín y le sonríes antes de recordar que no deberías estar sonriéndole.
Los Post-it empiezan un día cualquiera.
Entré en la cocina y había un pequeño cuadrado amarillo pegado a la cafetera exprés.
Lo despegué y estudié las palabras. Parece italiano, pero no tengo ni idea de lo que decía. Lo busqué en Google.
Testa dura. Cabezota.
Lo cual... bueno, no es exactamente un insulto, al menos para mí no lo es. Me quedé allí con mi café decidiendo qué hacer al respecto. No hice nada.
En su lugar, me fui a trabajar.
Cuando volví a casa, había uno en mi portátil en francés: têtu comme une mule. Terco como una mula. Seguí sin decir nada. Esto es claramente un juego y yo soy bueno en los juegos.
Dos días después, puso uno en el espejo de mi baño en lo que la aplicación de la cámara me dijo que era mandarín: tortuga arrogante. Algo debe de haberse perdido en la traducción, porque no acabo de ver qué tiene de arrogante una tortuga.
No obstante, lo quité y me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta. Me dije que tenía que tirarlo más tarde, pero nunca lo hice.
A la mañana siguiente hay uno en mi taza de café. Había dibujado una corona diminuta en este, debajo del griego: rey arrogante.
Un rey, ¿eh? No creo que su intención fuera que fuera un cumplido, pero vaya si me lo voy a tomar como tal.
—¿Vas a seguir haciendo esto? —le pregunto. Está sentada en la isla con su bata, tomando una taza de café. Lleva puestas las gafas, tratando de dejar muy claro que no me está mirando la cara mientras «lee» su libro.
—No sé de qué me hablas —dice ella, sin levantar la vista.
—Las notas.
—¿Qué notas? —pregunta Valentina con inocencia.
Le lanzo una mirada. Se la ve tan absolutamente despreocupada y es tan evidente que miente, que se me revuelve el estómago, algo que me viene pasando mucho últimamente.
—Las notas en mis cosas —digo, señalando mi taza de café—. En idiomas que sabes que tendré que buscar.
Pasa una página. —No tengo ni idea de a qué te refieres.
Pongo los ojos en blanco. —Valentina.
Se encoge de hombros. —Quizá tus cosas ya vienen así.
El viernes pongo uno en su bolso favorito, usando un idioma que sé que ella no entendería. Mo phian sa tóin. Mi dolor de muelas (en el culo).
Ya estoy en el despacho de Connor para cuando ella lo encuentra.
El mensaje que recibo a mediodía dice: esto significa la guerra, Brennan, y hay una pequeña estrella, algo torcida, dibujada en la esquina del mensaje.
Vale. Así que sabe dar tanto como recibe.
Eso ya lo sabía.
Archivo la nota en la parte de mi cabeza que se está llenando por completo con información específica sobre Valentina e intento concentrarme en lo que Connor está diciendo.
La guerra escala, como hacen las guerras. Ella pone uno dentro de mi zapatilla de correr en lo que resulta ser suajili —mkaidi, testarudo— y yo pongo uno en el estuche de sus gafas en galés.
Encuentro un Post-it rosa metido en mi pasaporte tres días después en lo que la aplicación de la cámara, tras reflexionar un poco, identifica como tagalo. Naiinis ako sa iyo. Me sacas de quicio. Ha dibujado dos estrellas torcidas al lado.
Dos estrellas.
La primera tenía una estrella.
La nota de la zapatilla en suajili, cuando vuelvo a mirarla, no tiene estrellas.
¿Cuál es el significado de las estrellas?
¿Y por qué me importa?
Pongo uno en el bolsillo de su abrigo que dice cailín deacair (chica difícil) en irlandés y dibujo una pequeña corona al lado porque odiará que la haya superado. Las coronas obviamente tienen más rango que las estrellas.
A la mañana siguiente entra en la cocina con la nota en la mano y el ceño fruncido.
Oculto mi sonrisa tras el café.
—Una corona —dice ella, enarcando una ceja.
Me encojo de hombros. —Me pareció apropiado —le digo.
Se mete la nota en el bolsillo de la bata y va hacia la cafetera.
Me doy cuenta de que no la tira, lo que le está haciendo cosas muy raras a mi corazón.
Se va a quedar con la nota.
La situación del café es un desastre aparte.
Ella prepara su café y yo el mío. Pero, de alguna manera, ella coge el mío, bebe un sorbo y me lo devuelve antes de coger su propia taza. Todas y cada una de las mañanas.
La primera vez que pasa, le pregunto por qué. Ella me mira por encima de la taza y dice: —El tuyo sabe mejor.
—Eso es imposible —le digo, con la confusión grabada en mi voz—. Me has dicho repetidamente que lo hago mal.
Ella se encoge de hombros. —Aun así sabe mejor.
No tengo respuesta para esto, así que ahora preparo dos tazas. Pero ella coge la mía de todos modos. Yo me bebo la suya, aunque lleve leche de almendras, y ninguno de los dos dice ni palabra.
Ahora tenemos un programa bilateral de intercambio de café que nadie acordó y que ambos, al parecer, hemos aceptado.
Así es mi vida.
En lugar de que el desayuno sea tranquilo mientras intentamos salir de la cocina, discutimos.
Por todo.
Discutimos sobre los Knicks: yo sostengo que no tienen remedio, pero ella argumenta que están a solo una buena elección del draft de conseguir algo.
Discutimos sobre si las pasas pintan algo en alguna comida: no, y punto, pero ella parece encontrar deliciosas esas cosas que parecen mocos secos.
El otro día estuvimos cuarenta minutos discutiendo si hay algún argumento legítimo para que la segunda temporada de una serie de televisión que ella ha estado viendo sea mejor que la primera.
Yo no había visto la serie, pero me vi viéndola esa misma noche específicamente para poder rebatir con propiedad.
La segunda temporada es mejor que la primera, y ahora estoy enganchado a esta maldita serie de vampiros y hombres lobo.
Joder.
La semana pasada dejó un libro con un marcador sobre la encimera.
Leí la sección subrayada y saqué el tema durante la cena, y le dedicamos cuarenta y cinco minutos.
No quería que la conversación terminara.
Tengo que controlarme.
Soy un hombre adulto.
Me muevo en habitaciones con gente que intenta matarme activamente y mantengo la compostura por completo.
Me está desmantelando una mujer que esconde insultos por mi casa y se guarda los que yo le escribo a ella.
Lo del tema físico también ha empeorado.
Siempre estuvo ahí, la he deseado desde aproximadamente los primeros diez minutos de conocerla, lo cual es vergonzoso, teniendo en cuenta que la odiaba. Pero antes era algo directo.
Es atractiva, la quiero.
Eso es una transacción con un principio y un fin. Sencillo.
Ya no es sencillo.
Ahora, cada vez que la veo, me pongo duro. No importa si está peinada o si todavía está medio dormida con el rímel corrido bajo un ojo y el ceño fruncido porque el café aún no está listo.
Mi cerebro simplemente... se detiene. Se queda completamente fuera de servicio. He llegado a soltar una taza porque no me fiaba de mi agarre.
He leído la misma línea de un informe tres veces porque ella ha pasado por delante de mi escritorio.
La semana pasada tuve una conversación entera con Connor de la que no puedo dar cuenta totalmente porque ella había salido del baño veinte minutos antes solo con una toalla y, al parecer, la imagen seguía reproduciéndose en algún lugar en segundo plano.
También está la pastelería de la calle 67. La mencionó una vez, hace quizás dos semanas, de pasada; algo sobre que su padre la llevaba allí de niña. Cambió de tema y no creo que ni se diera cuenta de que lo dijo.
Pero yo me di cuenta.
Ahora paso por delante de camino a casa casi todas las tardes como un idiota, debatiendo si debería entrar y comprarle algo.
Es algo normal de hacer, ¿verdad?
¿Ser consciente de que ha mencionado una pastelería?
Sí, lo es.
Me detendré allí y le compraré algo. Le compraré la tienda entera.
El caso es —y tengo un punto bajo todo esto— que estoy completamente loco por mi mujer. No lo vi venir, o lo vi venir y me dije a mí mismo que no, lo que lleva al mismo resultado. Está en mi cabeza todo el tiempo y se ha convertido en aquello hacia lo que camino al final de cada día.
Pero tengo un trabajo que hacer, y probablemente debería centrarme en eso.
Connor ha tenido sospechas sobre los muelles durante tres meses. Le llegó el soplo de que faltaba mercancía entre el barco y el almacén.
No lo suficiente como para que fuera obvio, pero sí lo justo para formar un patrón si prestabas atención, y Connor siempre presta atención. Los números apuntaban a alguien de dentro dando cobertura, alguien que conocía el horario lo suficientemente bien como para saber exactamente qué noches sisar.
Hicieron falta ocho semanas para conseguir un nombre.
Mickey Sheehan.
Cuarenta y tres años, dos antecedentes y trabaja en los controles de manifiestos del turno de noche. Ha estado complementando sus ingresos de formas que Connor encuentra ofensivas.
Mickey no sabe que lo sabemos.
Ese es el objetivo de esta noche: obtener la confirmación, los nombres de aquellos a quienes ha estado pasando la mercancía, y asegurarse de que comprenda que esta fuente de ingresos en particular se ha terminado.
Connor no envía a tres personas a un almacén de Queens a las once de la noche para charlar.
Lo pillamos al salir de su turno. Está cruzando el solar sur hacia el edificio de aparcamientos, con las llaves ya fuera.
No nos detecta hasta que está a unos cinco metros.
Observo el momento exacto en que sucede: cómo aminora el paso, procesa a los tres que estamos parados entre él y su coche, y hace el cálculo.
Sus ojos se dirigen a la salida que tiene detrás.
Ryan ya está allí.
Mickey vuelve a mirarme.