2. Cillian #2
Tiene veintiséis años y la han vendido para mantener la paz.
Pienso en eso un momento y luego me detengo, porque no es algo útil en lo que pensar y necesito dormir.
Hicimos el mismo cálculo, ella y yo.
Ambos comprendimos el precio y lo pagamos, y aquí estamos.
Eso no es una tragedia, es el trabajo.
Cierro los ojos.
Me despierto antes del amanecer.
Mi horario empieza temprano y quince años adaptándome a él significan que mi cuerpo ya no sabe dormir más allá de las cinco, lo cual es una de las muchas cosas que podría reprocharle a Connor si llevara ese tipo de lista.
Valentina sigue en su borde del colchón, hecha una bola apretada como si intentara ocupar el menor espacio posible incluso mientras duerme.
Su oscuro cabello está esparcido por la almohada y, bajo la luz grisácea del amanecer, parece...
Parece alguien que está dormido y no me está amargando activamente la existencia, que es lo mejor que ha estado en todo el día.
Me levanto sin hacer ruido y me pongo la ropa en la oscuridad antes de salir, cerrando la puerta silenciosamente tras de mí.
Necesito café.
La cocina es enorme y parece sacada de un reportaje de revista, pero eso me importa una mierda ahora mismo.
En este momento, mi único objetivo es la cafeína.
—Menos mal —murmuro cuando encuentro la cafetera espresso.
Rebuscando por los armarios, encuentro una taza y, tras unos instantes de deliberación, descubro cómo funciona el maldito trasto.
¿Qué pasó con las cafeteras normales?
Quién coño necesita beber capuchinos o lattes o como quiera que se llamen esas mierdas.
Mi teléfono vibra con un mensaje y ni siquiera me molesto en mirar porque sé que es Connor.
Ese hombre no duerme, o si lo hace, es el sueño ligero y vigilante de alguien con muchos enemigos; que los tiene, porque se ha pasado cuarenta años acumulándolos.
Una vez que me sirvo el café, echo un vistazo al teléfono.
Preséntate al mediodía. Tenemos que hablar de Queens.
Escribo una confirmación y pongo el teléfono boca abajo sobre la encimera porque tengo unas tres horas antes de tener que estar en cualquier parte y voy a beberme mi maldito café en paz.
Estoy con la segunda taza cuando oigo la puerta del dormitorio.
Valentina aparece con una bata de seda sobre el pijama, con su cabello oscuro enredado sobre los hombros.
Se detiene al verme, como si hubiera olvidado que yo iba a estar aquí, lo cual es comprensible.
Yo también he olvidado que iba a estar aquí, en un sentido cósmico.
Nos miramos el uno al otro a través de la cocina.
—¿Café? —pregunto, porque puedo ser civilizado cuando no hay ningún propósito particular para ser lo contrario.
—Puedo hacerme mi propio café, gracias —dice con rigidez.
Me encojo de hombros, acomodándome para ver el espectáculo—. Tú misma.
Valentina se acerca a la cafetera exprés y me doy cuenta enseguida de que no tiene ni la más remota idea de cómo usarla.
Y no me refiero a que no esté familiarizada con el modelo.
Me refiero a que no ha estado delante de una cafetera en su vida, porque está claro que siempre ha habido alguien para encargarse de ello.
Se queda mirando la máquina como si fuera un rompecabezas que tiene que resolver. Su rostro está perfectamente sereno porque es evidente que preferiría masticar cristales antes que dejar que yo la vea pasar apuros.
Pero llevo décadas leyendo a la gente y veo con total claridad que no sabe qué botón sirve para qué.
Cierra los ojos un instante antes de dirigirse al frigorífico y abrirlo.
Buscando leche, supongo.
Se queda allí de pie un momento, escudriñando su interior, pero de pronto su boca tiene un tic.
No llega a ser un ceño fruncido, pero por cómo arruga la nariz, es evidente que ha encontrado algo que no está a la altura de sus estándares de princesa.
—No hay leche de almendras —anuncia a nadie en particular.
Arqueo una ceja—. ¿Perdona?
—Leche de almendras. —Se gira para mirarme como si esto fuera culpa mía de alguna manera—. No hay. Solo hay... —Señala el frigorífico y se estremece—. Leche normal.
—Impactante —digo con sarcasmo—. Leche normal en un frigorífico. Alguien debería investigar eso.
Cierra la nevera—. No bebo leche de vaca.
¿Por qué no me sorprende? —Por supuesto que no.
Valentina se da la vuelta hacia mí bruscamente—. ¿Qué se supone que significa eso?
—Significa —reflexiono, cogiendo mi café— que no me sorprende en absoluto que Valentina Santoro necesite un tipo específico de leche que proviene de un fruto seco. —Hago una pausa—. Un fruto seco muy caro, supongo.
Sus ojos se entrecierran ligeramente—. Es mejor para la salud.
—Claro. —Doy un sorbo—. Lo añadiré a la lista de la compra, princesa. Justo después del papel higiénico chapado en oro.
—Yo no uso... —Se detiene y parece decidir que esta batalla en particular no vale la pena. Vuelve a girarse hacia la cafetera—. Haré que me la traigan.
Reprimo una carcajada—. Naturalmente.
Pulsa un botón. Empieza un ruido de molinillo y parpadea muy rápido antes de que su rostro recupere la calma.
No digo nada.
Pulsa otro botón y el molinillo se detiene, pero se enciende una luz diferente.
Hay una pausa y definitivamente tiene una expresión de ¿qué cojones acabo de hacer? antes de probar con un tercer botón.
La máquina hace un sonido como si estuviera tan confundida como ella.
Dejo mi taza en silencio y me muerdo el labio. Si no me controlo, me voy a reír y nunca me lo perdonará.
Inclina la cabeza ante la máquina.
Su expresión es divertida, como si no supiera si estar furiosa con el aparato o consigo misma.
Saca su teléfono y observo con interés cómo sus dedos vuelan por la pantalla, escribiendo algo.
De verdad desearía saber qué ha escrito.
¿Será: cómo funciona una cafetera? Oh, por favor, dime que es eso.
Sus ojos recorren la pantalla mientras lee el resultado, mordiéndose el labio inferior, antes de poner el teléfono boca abajo en la encimera.
—¿Todo bien por ahí? —pregunto alegremente. Esto es lo más divertido que me ha pasado en veinticuatro horas.
—Bien —murmura a la máquina.
Intenta lo que sea que acaba de buscar. Esta vez llega más lejos, pero luego se detiene. Se queda mirando el compartimento de la leche y luego al frigorífico. Y de nuevo a la máquina.
Me estoy mordiendo el labio con tanta fuerza para no reírme que duele.
Valentina claramente quiere prepararse algún tipo de café con leche, pero como no bebe de la de vaca, se enfrenta a un dilema. ¿Se bebe la leche de vaca o sufre con un café solo?
Abre la nevera y coge la leche antes de abrir el compartimento y verter la cantidad necesaria. La frustración emana de ella y sé que si digo algo me atacará.
Aprieto los labios y decido divertirme un poco.
—Pensé que no... —comienzo.
—Estoy haciendo una excepción —dice con voz cortante, sin darse la vuelta.
—Por supuesto —digo, asintiendo. Dios, duele aguantarse la risa—. Muy flexible por tu parte.
—Una palabra más —dice, todavía sin volverse—, y te echaré esta máquina entera por la cabeza.
No digo nada porque creo que habla en serio, aunque tengo tantas, tantas ganas de soltar una pulla.
Frunce el ceño al ver la espuma cuando sale. La leche normal se comporta de forma distinta a la de almendras, claramente, y la textura no es la que quería. Valentina se pone rígida un momento.
—Puedo enseñarte cómo... —lo intento.
—Ya lo tengo —espeta.
No lo tiene.
Lo que produce es un capuchino solo de nombre, pero desde luego no en apariencia.
Yo lo sé.
Ella definitivamente lo sabe, pero está haciendo todo lo posible para no dejarme verlo.
Se lleva la taza a los labios y duda.
Un ruido ahogado casi escapa de mi boca antes de que lo cubra con una tos, incapaz de quitarle los ojos de encima.
Da un sorbo y espero a que aparezca la repugnancia.
Pero su expresión no cambia.
Tengo que reconocérselo.
Su cara de póker es increíble considerando que lo que sea que está bebiendo es probablemente horrible.
—Hay un modo barista —digo amablemente—. Primer botón a la izquierda. Lo hace todo automáticamente y tarda unos cuarenta segundos. Es compatible con leche de almendras, antes de que preguntes.
Se gira y me mira con una expresión tan fulminante que un hombre menos experimentado probablemente pediría perdón.
—Es bueno saberlo —dice, en un tono que significa exactamente lo contrario.
Me encojo de hombros—. Solo intento ser útil.
—Tú —dice ella, cogiendo su triste capuchino y dirigiéndose al otro extremo de la isla— nunca intentas ser útil.
Intentas ser insufrible y, ocasionalmente, ambas cosas coinciden.
—Se sienta y rodea la taza con ambas manos, y me pregunto si se estará imaginando que la taza es mi cuello—.
Así que gracias por eso. Ha sido muy informativo.
Vuelvo a mirar por la ventana antes de que pueda ver que estoy sonriendo.