Reclamar Mi Reina Helada Capítulo 21
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Capítulo 21

EIRLYS

Estaba de pie antes de haber decidido levantarme, y mis manos no podían quedarse quietas.

Alaric cubrió ambas con una de las suyas.

—Respira.

Ya estaba tomando mi abrigo.

—Voy contigo.

—No tienes que...

—Eirlys.

Sostuvo el abrigo en alto y esperó hasta que metí el brazo en la manga.

—Lo que sea que haya detrás de esa puerta tiene que ver con tu madre. No vas a enfrentarlo sola y, desde luego, tampoco vas a hacerlo mientras intentas abrocharte el abrigo con un solo brazo útil.

Él mismo me abrochó los botones. Tardó once segundos y no me miró a la cara ni una sola vez mientras lo hacía, lo cual, comprendí, era una delicadeza.

* * *

En cuanto se abrió la puerta del salón lateral, el aire cambió.

Había tres hombres en la habitación, todos de cabello blanco, todos vestidos con prendas que habían sido remendadas más veces de las que habían sido lavadas. El que estaba al frente era anciano —llevaba sesenta años de intemperie grabados en el rostro— y se volvió hacia el sonido de la puerta.

Nuestras miradas se encontraron.

Empezó a temblar. Luego cayó de rodillas sobre las losas.

—Es usted —dijo con la voz quebrada—. De verdad es usted.

Yo no podía moverme.

Logró ponerse de pie, se acercó a mí y me rozó la manga, apenas, como si yo pudiera ser un espejismo, mientras las lágrimas le corrían por los surcos del rostro.

—Es la viva imagen del antiguo Alfa. No podría equivocarme. Usted es nuestra joven matriarca.

Los tres se arrodillaron juntos e hicieron una reverencia que yo jamás había visto: una mano sobre el hombro opuesto y la frente contra el suelo. Las botas del anciano tenían suelas hechas de cuerda.

Vinieron caminando. Desde la región de los glaciares.

Lo tomé por debajo de los brazos con ambas manos.

—Por favor, póngase de pie. Por favor. Venga a sentarse y cuéntemelo todo despacio.

Antes de que terminara la frase, Alaric ya había colocado una silla detrás de él y otra detrás de mí, y luego se había apartado de la luz para dejarnos la habitación. Desde entonces he pensado mucho en eso: en que ni una sola vez, durante toda aquella hora, intentó ponerse en medio.

El anciano se sentó y no dejó de mirarme.

—Amos —dijo—. Soy uno de los ancianos del clan del Lobo Blanco y, después del antiguo Alfa, fui lo más parecido a un padre que tuvo su madre. Usted es Eirlys. Oí su nombre por el camino.

—Me llamó joven matriarca.

—Porque su madre, Kalis, era la heredera del clan del Lobo Blanco del cañón de hielo —lo dijo como si fuera evidente—. Si nada hubiera salido mal, habría sido nuestra Alfa.

El suelo pareció alejarse bajo mis pies.

Nunca dijo una sola palabra. En trece años, nunca dijo una sola palabra.

—Entonces, ¿por qué se fue?

—Porque tenía trece años y era imposible mantenerla bajo techo.

La boca de Amos esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Del cañón solo sale un sendero, y ese sendero mata gente, pero aun así ella lo recorría dos veces al mes desde que cumplió trece años. Así conoció a su padre.

La sonrisa desapareció.

—No nos casamos con gente ajena al clan. Ella abandonó el clan para tenerlo a él y, cuando se marchó, todo contacto se fue con ella. Somos pobres, y no hay forma de enviar una carta fuera de ese valle salvo recorriendo el camino a pie.

—¿Nunca le escribieron?

—Vinimos.

Se frotó los ojos con la base de la mano.

—Cuando el antiguo Alfa, su padre, murió hace diez años, bajé yo mismo para decírselo. Llegué a la Manada del Zafiro Blanco y su Alfa me dijo en la cara que allí no vivía ninguna mujer con ese nombre y que buscara en la costa.

Gideon se plantó delante de él y le dijo eso.

—Busqué durante un mes.

Amos tenía las manos aferradas a las rodillas.

—¿Puedo preguntar dónde estuvo? Diez años sin dedicarle una sola palabra a la tumba de su propio padre...

Se me cerró la garganta.

—Amos.

Le tomé ambas manos.

—Mi madre murió hace trece años.

No se movió. Luego se le descompuso el rostro, y los dos hombres más jóvenes que estaban detrás de él comenzaron a llorar abiertamente, sin el menor pudor.

Se lo conté. Todo, con tanta delicadeza como pude, pero no suavicé lo relacionado con Gideon, porque había recorrido seiscientos cuarenta kilómetros a pie y se había ganado la verdad.

Cuando le conté cómo había acabado Gideon, su semblante recobró un poco la serenidad.

—Entonces, la deuda está saldada.

Se secó la cara con la manga.

—Y usted, niña. Todos esos años.

—Fue terrible.

Busqué a Alaric con la mirada al otro lado de la habitación.

—Ahora ya no lo es.

Amos siguió mi mirada, y algo en su interior se distendió.

—Amos, él es Alaric. Mi compañero.

Lo dije, oí cómo sonaba y no me retracté.

—Y mi esposo, prácticamente; el papeleo no es más que una formalidad.

Alaric se acercó y —siendo el rey de todas las manadas entre aquí y el mar— hizo una reverencia ante un hombre con botas de suela de cuerda.

—El camino fue difícil. Hay habitaciones preparadas y comida en camino, y nadie en esta casa les pedirá nada hasta que hayan dormido.

Amos lo miró durante un largo momento, luego me miró a mí y soltó un suspiro que probablemente llevaba conteniendo desde la frontera.

—Sentí su despertar —dijo—. Hace once días, o doce. El linaje ancestral se remonta al mismo origen y, en el cañón, sentimos cuando cambia. Sabía lo que cuesta despertar de esa manera. Solo sucede cuando un corazón está protegiendo algo.

Volvieron a humedecérsele los ojos.

—Pensé: ella lo despertó, y eso significa que alguien le hizo mucho daño. Así que vinimos. Para averiguar si necesitaba que la sacáramos de aquí en brazos.

Tres ancianos atravesaron seiscientos cuarenta kilómetros de montañas ante la mera posibilidad de que una muchacha a la que nunca habían conocido necesitara que la sacaran en brazos.

Algo se abrió dentro de mí y ya no quiso cerrarse.

Llevé la mano al colgante que tenía en la garganta —el de ella, lo único suyo que aún conservaba— y por fin comprendí por qué solía quedarse junto a la ventana del norte, mirando las montañas con un paño en la mano, y olvidarse de que lo estaba secando.

De ahí venimos.

No lo pensé en absoluto. Las palabras salieron enteras.

—Regresaré con ustedes. Al cañón.

La mano de Alaric se cerró ligeramente sobre el respaldo de mi silla, y me volví hacia él con una disculpa ya formándose en mis labios... pero estaba sonriendo.

—Sé lo que vas a hacer —dijo.

—¿Ah, sí?

—Vas a terminar lo que ella empezó.

Se agachó junto a la silla para quedar a mi altura, como acostumbra.

—Bien. Llevaré al cuerpo real de obras: topógrafos, madera y los hombres que construyeron el camino de Vell.

Llevaré a la mitad de la facultad de medicina; hace una generación que nadie en ese cañón ve a un médico, y quiero que examinen a fondo a todos los niños menores de diez años antes de hacer cualquier otra cosa.

También llevaré al funcionario de la tesorería, porque todo lo que construyamos allí deberá mantenerse después de que volvamos a casa, y es ahí donde estos proyectos suelen fracasar.

Me quedé mirándolo.

—Ya lo habías planeado todo.

—Lo planeé cuando llevábamos unos cuatro minutos de conversación.

Se encogió de hombros.

—Tú estabas ocupada.

—¿Por qué?

La pregunta pareció desconcertarlo de verdad.

—Porque es lo que quieres —dijo—. Y porque hay ciento treinta personas viviendo detrás de un muro de hielo, sin un camino, lo cual representa una falla de mi parte de la que sencillamente no sabía nada hasta esta tarde. Ambas razones son verdaderas. Elige la que prefieras.

Amos nos miró a uno y a otro y dijo, sin dirigirse a nadie en particular:

—Se casó bien, niña.

—Así es —dije.

Alaric se puso de pie y me tendió la mano.

—¿Cuándo nos vamos?

—Ahora —dije.

—Entonces, nos vamos ahora.

Ya se volvía hacia la puerta cuando añadió por encima del hombro, con total impasibilidad:

—Aunque, con ese hombro, viajarás en carruaje, y no quiero discutirlo delante de tu familia.

—Alaric...

—Ahí está —dijo—. La discusión.

Amos se rio por primera vez desde que había cruzado las puertas.