Reclamadas por los valorianos (Las Colecciones de Callie nº 6) FALLON
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FALLON

Le había estado llevando comida dos veces al día, convenciéndose de que era pura responsabilidad profesional.

Los prisioneros necesitaban comer, y un fugitivo muerto no valía tanto como uno vivo.

Que se quedara más tiempo del necesario, que se descubriera haciéndole preguntas sobre la cultura valoriana y su vida antes del exilio, que hubiera empezado a pensar en él como Korven en lugar del objetivo, el prisionero o el criminal de guerra que supuestamente era...

nada de eso significaba nada. Solo estaba siendo minuciosa.

Recopilando información. Haciendo su trabajo.

La mentira era cada vez más difícil de sostener.

Él le contaba cosas. Del sistema de castas valoriano, de los códigos de honor que regían su sociedad, de cómo su pueblo veía el universo y su lugar en él.

Le hablaba de su entrenamiento como Señor de la Guerra, de las campañas que había liderado antes de que todo se derrumbara, de los soldados que habían servido bajo su mando y los principios que había intentado encarnar.

Nunca mencionaba la masacre a menos que ella sacara el tema, y cuando lo hacía, su voz se tornaba plana, sus ojos se perdían en la distancia, y ella sentía el peso de su dolor a través de aquella extraña conexión que crecía entre ellos.

Estaba empezando a creerle. Esa era la peor parte.

Se había pasado la carrera leyendo a la gente, separando la verdad de las mentiras, y todos sus instintos le gritaban que él no mentía.

Que el monstruo que la habían enviado a capturar no existía.

Que en algún momento, alguien había destruido la vida de un hombre inocente y ella estaba a punto de ayudarles a rematar la faena.

Estaba sentada en la cabina, intentando no pensar en nada de eso, cuando las alarmas de proximidad empezaron a aullar.

Tres naves salieron del hiperespacio justo en su trayectoria, y supo antes de que el escáner las identificara que aquello no era casualidad.

Naves militares valorianas, con los sistemas apagados, posicionadas con una precisión que delataba información privilegiada.

Alguien les había dicho exactamente dónde estaría y cuándo.

Tyrek. Tenía que ser Tyrek. Korven le había hablado de los otros cazarrecompensas, de cómo los habían matado antes de que pudieran entregarlo.

Ella había supuesto que exageraba, que intentaba hacerse valer más estando vivo, pero esas naves no venían a negociar.

Venían a asegurarse de que nunca llegara a su destino.

Fallon ejecutó maniobras evasivas y agarró los controles de armas, pero estaba en desventaja desde el principio.

Su nave estaba diseñada para la velocidad y el sigilo, no para el combate, y tres naves militares tenían potencia de fuego de sobra para destrozarla.

Los disparos láser pasaron rozando el visor, tan cerca que la hicieron encogerse.

Un impacto sacudió el casco y las luces de advertencia empezaron a parpadear en la consola mientras los sistemas comenzaban a fallar.

Soporte vital comprometido. Eficiencia del motor en descenso. Sistema de comunicaciones destruido.

Iba a morir allí. Iba a morir, y Korven también, y Tyrek se saldría con la suya una vez más.

El pensamiento hizo que algo feroz y furioso le ardiera en el pecho, algo que se negaba a aceptar la derrota aunque las probabilidades fueran nulas. No iba a ponérselo fácil. Si iba a caer, les haría sudar por ello.

Detectó el planeta en el escáner: un páramo helado designado Veth-9 que apenas figuraba como habitable.

Atmósfera fina, temperaturas bajo cero, tormentas de hielo capaces de arrancar la carne del hueso.

No era un lugar que nadie elegiría para aterrizar, lo que significaba que quizá, solo quizá, no esperarían que fuera allí.

Fallon apagó los motores principales y dejó que la gravedad hiciera el resto, precipitándose hacia la superficie del planeta en una caída apenas controlada mientras las naves atacantes luchaban por compensar.

Una de ellas intentó seguirla, pero la entrada atmosférica era demasiado pronunciada, demasiado rápida, y se retiró en lugar de arriesgarse a destrozar su propia nave.

Fallon se lo apuntó como una victoria aunque su nave se estuviera haciendo pedazos a su alrededor.

El impacto fue brutal. Perdió la cuenta de las sacudidas, los giros, cómo todo se volcaba hacia un lado y luego hacia el otro.

El arnés aguantó, pero su cuerpo salió despedido contra él con fuerza suficiente para fracturarle las costillas, y su cabeza golpeó contra algo lo bastante sólido como para abrirle un corte sobre el ojo izquierdo.

Cuando la nave por fin dejó de moverse, colgaba del asiento con sangre goteándole por la cara y un dolor lacerante recorriéndole todo el cuerpo.

La puerta de la bodega se abrió de golpe.

Oyó pasos subiendo las escaleras a toda prisa, y entonces Korven apareció allí, con las ataduras rotas colgándole de las muñecas.

Se había liberado de algún modo durante el impacto, y se suponía que era su prisionero, y ella ni siquiera podía levantar el arma para impedir lo que fuera que iba a hacer.

Él extendió la mano hacia ella. No para hacerle daño, comprendió vagamente. Para desabrocharle el arnés y sujetarla antes de que cayera. Sus manos eran delicadas mientras la acunaba contra su pecho, y su voz sonó ronca, teñida de algo parecido al miedo, cuando pronunció su nombre.

—Fallon. Quédate conmigo. Vas a estar bien.

—Deberías huir —logró decir. Las palabras le salieron pastosas, torpes—. Podrías escapar.

—No pienso dejarte —ya se estaba moviendo, cargándola entre los restos de la nave hacia la escotilla de emergencia—. Aguanta. Solo aguanta.

El frío la golpeó como un mazazo cuando salieron al aire helado.

Jadeó, y fue un error, porque el aire era fino y cortante y le quemaba hasta el fondo de los pulmones.

Korven la apretó más contra su cuerpo, protegiéndola de lo peor del viento, y echó a andar.

Ella no sabía adónde iba. No sabía cómo podía moverse con tanta firmeza cuando ella apenas conseguía mantener los ojos abiertos.

Solo sabía que en sus brazos se sentía a salvo como no se había sentido en años, y se dejó llevar.

Cuando volvió a despertar, tenía calor.

Algo no cuadraba. Veth-9 era un páramo helado; no debería tener calor.

Pero estaba tumbada sobre algo blando, cubierta con algo pesado, y notaba calor irradiando de algún lugar cercano.

Se obligó a abrir los ojos y se encontró en una cueva, iluminada por la luz parpadeante de un fuego hecho con componentes rescatados de la nave.

Korven estaba sentado frente a ella, observándola con aquellos ojos de oro deslustrado, y vio el alivio inundarle el rostro cuando se dio cuenta de que estaba consciente.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó. Le salió la voz áspera, rasposa.

—Seis horas. La tormenta descargó justo después de encontrar refugio.

No podemos ir a ninguna parte hasta que amaine —se acercó más, y ella vio que le había vendado la cabeza, que había hecho algo para estabilizarle las costillas.

Sus manos debieron de ser delicadas y hábiles mientras ella estaba inconsciente, y pensar en él cuidándola hizo que algo complicado se le retorciera en el pecho.

—¿Por qué? —la pregunta se le escapó antes de poder contenerse—. Podrías haberme dejado en la nave. Podrías haber huido.

—Porque dejarte morir no va conmigo —su voz era serena, firme—. Piense lo que piense la gente.

Lo miró fijamente durante un largo momento.

Aquel alienígena enorme y lleno de cicatrices que se suponía que era un monstruo.

Que había salvado la vida de ella en lugar de la suya.

Que la miraba como si importara, como si su supervivencia significara algo para él, como si hubiera sido capaz de arder hasta las cenizas con tal de mantenerla a salvo.

—Cuéntamelo otra vez —dijo—. Lo de la masacre. Cuéntame qué pasó de verdad.

Él se lo contó. Todo esta vez, no solo los trazos generales sino los detalles.

El asentamiento en la Colonia Verath, los informes de inteligencia que aseguraban que estaban dando refugio a combatientes de la resistencia.

Las órdenes de Tyrek de destruirlo todo, de no dejar supervivientes que pudieran identificarlos.

La negativa de Korven, su argumento de que podían capturar a los combatientes sin masacrar a civiles, su amenaza de denunciar a Tyrek ante el consejo si lo llevaba a cabo.

Tyrek se había limitado a sonreír ante esa amenaza.

Le había dicho a Korven que se quedara con las naves mientras él se encargaba de la situación personalmente.

Korven le había creído, había pensado que había ganado la discusión.

No se enteró de la masacre hasta que llegaron los investigadores del consejo, hasta que Tyrek lo acusó y sus propios oficiales testificaron en su contra para no verse implicados.

—Debería haberlo sabido —dijo Korven, con la voz hueca por un dolor antiguo—. Debería haber ido con él, debería haberlo detenido de alguna manera. Pero le creí, y 137 personas murieron porque fui tan ingenuo que no vi lo que tenía delante de mis narices.

—Eso no es culpa tuya —las palabras le salieron feroces, y la sorprendió su propia vehemencia—. Intentaste detenerlo. Tú no diste la orden. La sangre está en las manos de Tyrek, no en las tuyas.

—Díselo al consejo. Díselo a todos los que testificaron en mi contra —se rio, pero sin rastro de humor—.

Díselo a la hembra que iba a ser mi compañera.

Me miró como si fuera un monstruo durante el juicio.

Ayudó a quemar mis marcas. Dijo que estaba agradecida de haber descubierto lo que yo era en realidad antes de vincularse conmigo para siempre.