PETRA
Llevaba catorce horas trabajando sin parar.
La barrita de proteínas que se había metido en el bolsillo esa mañana seguía allí, intacta.
La cantimplora yacía abandonada cerca de la entrada de la cámara, tibia y olvidada.
El tiempo había dejado de existir en el instante en que se dio cuenta de lo que estaba mirando.
Y ahora sostenía la prueba que reescribiría la historia galáctica.
—Joder —susurró en la cámara vacía.
Las palabras resonaron en paredes que habían permanecido en silencio durante milenios, y soltó una carcajada ante lo absurdo de todo aquello.
Todos esos comités que le habían negado financiación.
Todos esos investigadores sénior que le habían dado palmaditas en la cabeza y le habían sugerido que se centrara en algo más realista.
Todos esos años diciéndole que era demasiado joven, demasiado terca, demasiado humana para hacer una contribución real a la xenoarqueología.
No podía esperar a ver sus caras.
La unidad de comunicación le vibró contra la cadera y destrozó el momento.
Petra la sacó con los dedos cubiertos de polvo y entrecerró los ojos ante el mensaje que se desplazaba por la pantalla.
Sello oficial del Consorcio Universitario.
Notificación prioritaria. El estómago se le contrajo antes incluso de terminar de leer.
Según el acuerdo con la Sociedad Histórica Valoriana, se ha asignado un representante para observar y asistir en las actividades de excavación en el Yacimiento Kerath-7.
El archivero principal Varek llegará mañana a las 0800, hora de la estación.
Se ruega máxima cortesía y cooperación profesional. Esta asignación no es negociable.
De repente, la tablilla le pesó más en las manos.
Dieciocho meses de trabajo en solitario, de documentación cuidadosa, de construir algo que era entera y completamente suyo.
Y ahora le enviaban un supervisor valoriano para «asistirla».
Sabía exactamente lo que eso significaba.
Lo había visto pasarles a colegas, había visto cómo sus descubrimientos eran absorbidos por instituciones académicas valorianas mientras los investigadores originales quedaban reducidos a notas al pie en su propio trabajo.
Esta vez no. Su trabajo no. No después de todo lo que había sacrificado para llegar hasta allí.
Petra guardó la tablilla con cuidado en su estuche protector, con movimientos precisos a pesar de la furia que le bullía por dentro.
Tenía menos de doce horas para asegurar todo lo que importaba, para documentar sus hallazgos de forma que no pudieran rebatirse ni apropiarse.
Si ese archivero principal pensaba que iba a plantarse en su yacimiento como Pedro por su casa y robarle lo que había construido, estaba a punto de descubrir lo desagradable que podía llegar a ser una arqueóloga acorralada.
La lanzadera aterrizó a las 0800 en punto, cómo no. Los valorianos eran patológicamente puntuales.
Petra esperaba en el borde de la plataforma de aterrizaje con los brazos cruzados y una expresión calculada a medio camino entre la neutralidad profesional y la hostilidad abierta.
Había conseguido dormir cuatro horas, tomarse dos tazas de café que sabían a filtros de aire reciclado y hacer una revisión rápida de todo lo que las bases de datos humanas tenían sobre el archivero principal Varek de la Sociedad Histórica Imperial.
La información era desesperantemente escasa.
Tres siglos de publicaciones académicas.
Experiencia en civilizaciones preimperiales.
Ningún detalle personal, porque por lo visto los valorianos consideraban la información biográfica indigna de ellos.
La escotilla de la lanzadera se abrió con un siseo, y la compostura que Petra había construido con tanto esmero se tambaleó al instante.
Había trabajado con valorianos antes. Sabía que eran grandes.
Se había sentado frente a guerreros y diplomáticos en mesas de conferencias, había aprendido a calibrar sus expectativas ante aquellos cuerpos descomunales y sus egos aún más descomunales.
Pero el varón que descendía de la lanzadera hacía que todos los valorianos que había conocido parecieran de tamaño casi razonable.
Tuvo que agacharse para pasar por la escotilla, y cuando se irguió en toda su estatura, Petra sintió que el cuello se le arqueaba hacia atrás casi involuntariamente.
Dos metros diez como mínimo, probablemente más cerca de dos metros treinta, con hombros lo bastante anchos como para bloquear la tenue luz matutina que se filtraba a través del domo.
Tenía la piel bronceada con un matiz casi dorado, más oscura que el gris metálico que había visto en miembros de la casta guerrera.
Los cuernos se le extendían rectos hacia atrás desde las sienes en lugar de curvarse, una marca que recordaba vagamente como indicativa de la Casta Erudita.
Y sus ojos, cuando encontraron los de ella al otro lado de la plataforma, eran del color del ámbar añejo y tan afilados que cortaban.
Las marcas bioluminiscentes que le recorrían la piel visible eran intrincadas, casi caligráficas, y formaban patrones más complejos que los de cualquier otro valoriano que hubiera visto.
Pulsaban con una tenue luz dorada mientras él se acercaba, con un estuche de datos en una mano enorme y unas túnicas que parecían casi ceremoniales.
La mirada del valoriano recorrió el yacimiento de Petra, los refugios del equipo, los marcadores de excavación y el domo climatizado que había sido todo su mundo durante año y medio, y algo en su expresión se tornó en desdén mal disimulado.
A Petra se le tensó la espalda. Así que así iban a ser las cosas.
—Usted es la profesora Lindqvist —dijo él.
Su voz era profunda, resonante, con el ligero matiz armónico que caracterizaba el habla valoriana. No era una pregunta. Era una afirmación pronunciada con la certeza de alguien que esperaba que el universo se plegara a sus expectativas.
—Esperaba a alguien mayor.
Petra le sostuvo la mirada sin pestañear, aunque eso significara echar la cabeza hacia atrás en un ángulo que probablemente le costaría un calambre en el cuello más tarde.
—Y yo esperaba a alguien que entendiera que presentarse sin invitación en la excavación de otra persona es profesionalmente inapropiado. Ambos nos hemos llevado un chasco.
Algo cruzó fugaz por sus rasgos. Sorpresa, tal vez, o irritación porque le hablaran como a un igual en lugar de como a un superior. Las marcas le pulsaron con más brillo un instante antes de volver a su resplandor constante.
—El acuerdo del Consorcio Universitario con la Sociedad Histórica estipula claramente que...
—Soy consciente de lo que estipula. También soy consciente de que llevo trabajando en este yacimiento dieciocho meses sin el menor interés valoriano, y ahora que he hecho descubrimientos significativos, de repente necesito supervisión —lo interrumpió ella.
Mantuvo un tono agradable, profesional, el mismo que usaba cuando trataba con rivales académicos que la subestimaban.
—Perdóneme si no me deshago en gratitud.
Los ojos ámbar se le entrecerraron ligeramente.
—Sus descubrimientos son precisamente el motivo de que la supervisión sea necesaria. Las implicaciones de lo que ha encontrado van mucho más allá de los intereses académicos humanos.
—Mis descubrimientos —repitió ella, recalcando cada palabra—.
Míos. Hechos con mi financiación, mi metodología, mis dieciocho meses de trabajo en un yacimiento que todos los equipos de estudio valorianos declararon sin valor.
Estaré encantada de compartir mis hallazgos a través de los canales académicos apropiados, archivero principal.
Lo que no me hace ninguna gracia es que mi investigación sea supervisada por alguien que decidió aparecer cuando ya estaba hecho todo el trabajo duro.
El silencio que se extendió entre ellos era tan denso que se podía excavar.
Las marcas del valoriano pulsaban en patrones que ella no podía descifrar, y la mandíbula se le había tensado en algo que podía ser molestia o respeto a regañadientes.
Petra mantuvo su posición y esperó, porque hacía mucho que había aprendido que quien primero llenaba un silencio incómodo solía perder la negociación.
—Quizás —dijo finalmente, midiendo cada palabra— deberíamos empezar con un recorrido por el yacimiento. No quisiera emitir juicios basándome en información incompleta.
No era una disculpa. Ni de lejos. Pero era una retirada, por pequeña que fuera, y Petra se permitió un momento de satisfacción antes de asentir brevemente.
—Sígame, Archivero Principal. A ver si puede seguirme el ritmo.
Le ofreció la visita más somera posible, mostrándole únicamente las cámaras ya documentadas y publicadas, mientras mantenía sus descubrimientos más importantes bajo llave tras códigos de acceso que él no poseía.
Él formuló preguntas durante todo el recorrido, incisivas y penetrantes, tratando claramente de averiguar cuánto sabía ella y cuánto ocultaba.
Ella las esquivó. Él insistió. Ella esquivó con más ahínco, hasta que la tensión entre ambos se volvió cortante.
Resultaba casi placentero, de un modo perverso.
Había pasado tanto tiempo trabajando sola que había olvidado lo que se sentía al medirse con alguien capaz de seguirle el ritmo.
Sus preguntas eran inteligentes, sus observaciones a veces perspicaces, y contemplar su evidente frustración ante las evasivas de ella resultaba profundamente satisfactorio.
Estaban examinando una de sus matrices de traducción cuando él cometió su primer error de verdad.
—Este símbolo de aquí —dijo, señalando un glifo que ella había estado analizando durante semanas—. Su interpretación es incorrecta. La desviación angular sugiere un modificador direccional, no uno temporal.
Petra miró el símbolo. Lo miró a él. Notó que sus labios se curvaban en algo que no era exactamente una sonrisa.