Reclamadas por los valorianos (Las Colecciones de Callie nº 6) JENNA
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JENNA

La calidez la envolvía, pegada a su espalda y ceñida a su cintura, pero eso no era lo extraño.

Ya había despertado en sus brazos antes.

Lo extraño era la sensación en su pecho, como si alguien se hubiera aferrado a su alma y se negara a soltarla.

Una presencia que vibraba en el límite de su consciencia, que no era exactamente pensamiento ni exactamente sentimiento, sino algo intermedio.

El vínculo. Podía sentir a Caelix a través de él, su presencia constante, su satisfacción, el pulso suave de su amor que latía al ritmo de la luz ámbar que brillaba en su piel donde se tocaban.

Estaba despierto. Llevaba un rato así, sospechaba ella, observándola dormir con una expresión que solo podía describir como asombro.

—Deja de mirarme fijamente —dijo sin abrir los ojos—. Es espeluznante.

—No puedo evitarlo —su voz sonaba ronca, teñida de algo parecido a la reverencia—. Estás en mi cama. Llevas mi marca. Sigo pensando que voy a despertar y descubrir que todo esto fue un sueño.

Se dio la vuelta para mirarlo, con una ligera mueca por el dolor placentero entre los muslos.

Era aún más hermoso a la suave luz de la mañana, su piel bronceada cálida contra las sábanas pálidas, sus marcas latiendo con un brillo que nunca había visto antes.

El cambio era notable. Cuando lo había visto por primera vez en el comedor, hacía ya tantas semanas, su luz estaba casi extinguida.

Ahora ardía como una estrella a la que por fin le permitían brillar.

—¿Se siente como un sueño? —preguntó.

La mano de él encontró la marca en su hombro y la trazó con suavidad.

El contacto le envió oleadas de sensación, placer y pertenencia y algo más profundo que le cortó la respiración.

Ya estaba sanando, convirtiéndose en una cicatriz plateada; el veneno valoriano actuaba más rápido que cualquier medicina humana.

—Se siente como un milagro —dijo.

Pasaron la mañana explorando la nueva conexión entre ellos, descubriendo las formas en que el vínculo los había cambiado a ambos.

Era extraño y maravilloso y a veces abrumador: las emociones de él se filtraban en las de ella, sus pensamientos rozaban los de él, la conciencia constante de otra presencia entretejida en su mente.

Aprendió que podía sentir el estado físico de él a través del vínculo.

Cuando estaba cansado, ella sentía una pesadez fantasma en las extremidades.

Cuando estaba feliz, una calidez le florecía en el pecho.

Y cuando pensaba en las dieciocho voces que aún lo perseguían, sentía el eco de su dolor como una sombra que pasaba sobre el sol.

—Puedo sentirlos —dijo en voz baja, con la mano apoyada en el pecho de él—. Tus fantasmas. A través del vínculo.

Se quedó inmóvil bajo su contacto.

—Lo siento. No quise...

—No te disculpes —se movió para poder mirarlo a la cara; necesitaba que viera su certeza—. Déjame cargar con algunos de ellos. Has llevado esto solo demasiado tiempo.

—No son tu carga.

—Lo son ahora. Eso es lo que significa el vínculo, ¿no?

Compartimos todo. Lo bueno y lo malo —esperó hasta que él la miró a los ojos—.

Te sentaste conmigo mientras hablaba de mi hermano.

Me sostuviste mientras me desmoronaba por una culpa que he cargado durante tres años. Déjame hacer lo mismo por ti.

Sintió la resistencia de él a través de la conexión, el instinto de protegerla, de mantener la oscuridad de él lejos de la luz de ella. Pero debajo de eso, sintió algo más. Anhelo. Esperanza. El deseo desesperado de soltar un peso que había llevado solo durante demasiado tiempo.

—Háblame de ellos —dijo—. No de cómo murieron. De cómo vivieron.

Y eso hizo.

Le habló del cabo Vehn, que estaba a tres días de conocer a su hija recién nacida y le había mostrado a Caelix fotos de la ecografía tantas veces que él había memorizado la curva de su pequeña nariz.

Del soldado Yoren, que tenía una voz terrible para cantar y la usaba constantemente, llenando el transporte con interpretaciones desafinadas de baladas valorianas tradicionales que hacían gemir y reír a todos por igual.

Le habló de la teniente Syx, que había sido su mentora, su amiga, la que le había enseñado que sanar era más que arreglar cuerpos. Había sostenido las manos de soldados moribundos y les había contado historias hasta que se iban, convencida de que nadie debería abandonar el universo en soledad.

Con cada nombre, cada historia, Jenna sintió algo cambiar en el vínculo. No era exactamente sanación. No era olvido. Pero sí liberación. El comienzo de soltar.

—Le habrías caído bien —dijo Caelix finalmente, con la voz ronca—. Syx. Siempre decía que los mejores sanadores eran los que sabían quedarse cuando todos los demás querían huir.

—No voy a ninguna parte —Jenna trazó las líneas de sus marcas y las observó brillar bajo su contacto—. Ellos tampoco, no del todo. Pero tal vez no tienen que ser un peso. Tal vez pueden ser solo recuerdos. Personas que amaste y que te amaron a ti.

Él emitió un sonido a medio camino entre la risa y el sollozo.

—¿Cuándo te volviste tan sabia?

—No soy sabia. Solo soy terca —le dio un beso en el pecho, justo sobre sus corazones—. Y he tenido un buen maestro en el arte de quedarse con el dolor en lugar de huir de él.

Cuando volvieron a unirse, fue más lento. Tierno. La urgencia de la noche anterior se había desvanecido en algo más dulce, esa forma de hacer el amor que no nace de la necesidad sino de la elección. De decir con el cuerpo lo que las palabras no alcanzan a expresar.

Él la recostó en la cama y la adoró con las manos y la boca, recorriendo cada curva y cada hueco como si memorizara un texto sagrado.

Ella le devolvió la atención, aprendiendo el paisaje de sus cicatrices, depositando besos en las marcas de violencia que alguien más había tallado en su piel.

Cuando por fin se deslizó dentro de ella, ambos suspiraron con algo que sonaba a volver a casa.

—Pasé tanto tiempo pensando que no merecía esto —murmuró contra su garganta—. No merecía placer. No merecía conexión. No merecía amor.

—¿Y ahora? —ella onduló las caderas, arrancándole un gemido.

—Ahora creo que tal vez estaba equivocado —se echó hacia atrás para mirarla a la cara, con los ojos brillantes de asombro—. O tal vez solo necesitaba que alguien me convenciera de lo contrario.

Ella se apretó alrededor de él y vio cómo su expresión se deshacía.

—Déjame convencerte un poco más.

Se movieron juntos en olas lentas y ondulantes, el placer creciendo como la marea contra la orilla. No había prisa, no había carrera desesperada hacia el clímax. Solo ellos dos, aprendiendo el uno del otro, construyendo algo que se sentía permanente con cada caricia.

Cuando finalmente alcanzó el clímax, él la siguió de inmediato, el éxtasis compartido a través del vínculo hasta que ella no pudo distinguir dónde terminaba su placer y dónde comenzaba el de él.

Sintió la liberación de él como si fuera la suya propia, el calor extendiéndose por su cuerpo mientras la semilla de él obraba su magia sanadora y la dejaba restaurada de formas que trascendían lo físico.

Después, enredados en sábanas que ahora olían a ambos, ella trazó las marcas en el pecho de él y las observó pulsar con un brillo de satisfacción.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora te presentaré a mi casta como mi compañera vinculada —sonrió ante su expresión, ante el destello de nerviosismo que ella no logró ocultar del todo—. No será tan intimidante como te imaginas. Los Sanadores son amables por naturaleza. Te adorarán.

—¿Y tú? ¿Qué quieres que pase ahora?

Él guardó silencio un momento, con los ojos ámbar fijos en algo distante. A través del vínculo, ella sintió que él buscaba algo. Esperanza, tal vez. O el valor para expresar un deseo que había temido nombrar.

—Quiero seguir haciendo esto —dijo al fin—. Trabajar a tu lado. Salvar vidas juntos. Construir una vida que sea más que culpa y penitencia —la miró a los ojos—. Quiero ser feliz. Creo que había olvidado que tenía derecho a serlo.

Las palabras le llegaron a lo más hondo, al rincón donde había enterrado su propia felicidad bajo capas de trabajo, agotamiento y dolor. Ella también lo había olvidado. Se había convencido de que no merecía alegría después de Tobias, de que lo mejor que podía esperar era una distracción útil.

Pero allí, acostada en los brazos de Caelix, mientras sentía el ritmo constante de su amor pulsar a través del vínculo como un segundo latido que resonaba con el suyo, se descubrió creyendo en algo diferente. Algo que ya no parecía una ilusión, sino una verdad.

—Entonces seamos felices —dijo, incorporándose para atraerlo hacia un beso que sabía a promesa, a nuevos comienzos y a todas las mañanas que despertarían juntos—. Juntos.

Las marcas de él resplandecieron con un calor repentino contra la piel de ella, líneas luminosas que trazaban patrones por su pecho y hombros, y ella sintió la alegría de él inundar el vínculo en una oleada de emoción dorada que se mezcló con la suya hasta que ya no pudo distinguir de quién era cada sentimiento.

No importaba. Ahora eran uno, unidos de formas que iban más allá de la piel y el hueso. Dos personas rotas que habían encontrado la una en la otra las piezas que les faltaban para volver a estar completas, para ser más que la suma de sus dolores separados.

Había llegado a la Estación Meridian huyendo del dolor, con el rostro de su hermano acechándola en cada momento de silencio, decidida a salvar a suficientes desconocidos para equilibrar la balanza frente a la única persona que no había podido salvar.

En cambio, había encontrado algo mejor. Algo que no sabía que buscaba hasta que él se sentó a su lado en un armario de suministros abarrotado y se negó a abandonarla en su vigilia solitaria.

Hogar.