Reclamadas por los valorianos (Las Colecciones de Callie nº 6) TRES SEMANAS DESPUÉS
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TRES SEMANAS DESPUÉS

WREN

La cubierta de observación de la Estación Nexus siempre había sido uno de los lugares favoritos de Wren.

Solía venir aquí durante sus primeros meses de misión, cuando el aislamiento aún era nuevo y la soledad todavía no se había calcificado en algo que confundía con fortaleza.

Se había plantado ante esta ventana de observación a ver naves ir y venir, diciéndose que no necesitaba a nadie, que el trabajo bastaba, que los muros que había construido eran protección y no prisión.

Ahora estaba aquí de nuevo, y todo era diferente.

Su marca de pertenencia captó la luz al moverse, tejido cicatricial plateado que relucía contra su piel morena.

Había dejado de ocultarla hacía semanas, más o menos cuando dejó de importarle lo que pensaran los demás sobre su elección.

Que miraran. Que susurraran. Había encontrado algo que valía más que su aprobación, y no pensaba disculparse por ello.

El rescate había sido violento.

Probablemente eso era quedarse corto. «Catastróficamente destructivo» se acercaba más a la realidad, aunque ni siquiera eso reflejaba del todo el alcance de lo que había sucedido cuando ella y Ryx siguieron aquellas coordenadas hasta un almacén en el nivel industrial de la estación.

La facción que había secuestrado a Dmitri los había subestimado gravemente.

Esperaban un operativo solitario de la Casta de las Sombras, quizá con algo de apoyo humano.

En cambio, se encontraron con una pareja vinculada que actuaba en perfecta sincronía, capaz de anticipar los movimientos del otro a través de la conexión que unía sus mentes.

Ryx demostró exactamente por qué su casta era la más temida del imperio valoriano.

Wren demostró que el entrenamiento humano tampoco era algo que pudiera desestimarse.

Para cuando llegó la seguridad de la estación, no quedaba mucho que asegurar.

Recuperaron a Dmitri con heridas leves, sobre todo en su orgullo. La facción responsable quedó tan desmantelada que sus miembros restantes se dispersaron hasta los rincones más lejanos del espacio conocido. Y las consecuencias políticas fueron espectaculares.

El Comando Terrestre no estaba nada contento con los daños colaterales.

El Alto Mando Valoriano estaba fuera de sí porque uno de sus asesinos de élite había abandonado su misión para vincularse con una humana.

Durante unos días tensos, pareció que toda la situación podría convertirse en un incidente diplomático que echaría por tierra años de cuidadosa distensión.

De algún modo, en medio del caos que siguió, alcanzaron un compromiso.

Wren ya no era agente de protección de testigos.

Su nuevo título era «Enlace de Seguridad Humano-Valoriano», un modo elegante de decir que ella y Ryx ahora se encargaban de los casos que requerían experiencia de ambos lados de la división humano-valoriana.

Era un trabajo peligroso, complejo y a veces moralmente ambiguo, pero les permitía operar juntos.

Les permitía poner sus habilidades combinadas al servicio de algo que merecía la pena.

Le encantaba.

Una presencia familiar le rozó la conciencia, y sonrió antes de darse la vuelta. Ahora siempre sabía cuándo él estaba cerca; podía sentirlo a través del vínculo como un segundo latido, cálido, constante e irrevocablemente suyo.

Ryx se materializó a su lado, con movimientos aún imposiblemente silenciosos pese a su tamaño. Le posó la mano en la parte baja de la espalda con una posesividad despreocupada que la hizo recostarse contra su calidez.

—El transporte de Dmitri partió sin contratiempos —informó con voz áspera, tan baja que solo ella podía oírlo—. Me pidió que te dijera que espera que lo visites en la Tierra algún día.

—¿Te pidió que me dijeras eso? —Arqueó una ceja—. ¿El hombre al que te enviaron a matar?

—Ha desarrollado un extraño sentido del humor respecto a todo el asunto —la expresión de Ryx permaneció perfectamente neutra—. Sospecho que es su forma de lidiar con ello.

Se rio, y el sonido sobresaltó a una pareja cercana que no había reparado en el enorme valoriano apostado en las sombras.

—Supongo que se ha ganado el derecho a tener sentido del humor. Tres años protegiéndole el ingrato trasero, y al final acaba secuestrado igualmente.

—Para ser justos, estabas distraída.

—Estaba vinculándome con mi compañero —se volvió hacia él del todo, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos plateados—. Yo diría que es una excusa válida.

Sus marcas pulsaron con una luz tenue, ese brillo plateado que aparecía cada vez que sentía algo demasiado intenso para expresar con palabras.

Tres semanas, y todavía no se acostumbraba a la franqueza con que expresaba sus emociones ahora.

A cómo los años de represión parecían desvanecerse cada vez que estaban a solas, revelando a un varón que lo sentía todo de forma profunda, desesperada y sin reservas.

—Vamos —dijo, tomándole la mano—. Vayamos a casa.

Su hogar era un conjunto de habitaciones que habían reclamado en el Nivel Seis, lo bastante amplio para su corpulencia y equipado con la seguridad suficiente para satisfacer la paranoia profesional de ambos.

No era gran cosa: un dormitorio, un pequeño salón y un baño con ducha de reciclaje de agua donde casi cabían dos personas si se apretaban.

Wren jamás había querido tanto un lugar.

Se acomodó en la cama mientras Ryx aseguraba la puerta, observando cómo se le flexionaban los músculos bajo la piel gris mientras cumplía con su rutina nocturna.

Las cicatrices de él captaron la luz, y se descubrió recorriéndolas con la mirada igual que las recorría con los dedos cuando estaban enredados en la oscuridad.

—Hoy contacté con la Inteligencia Valoriana —dijo.

Él se quedó inmóvil, con la atención aguzada.

—¿Ah, sí?

—Solicité oficialmente que se revisen los protocolos de la Casta de las Sombras respecto a los vínculos de pareja —le sostuvo la mirada con firmeza—.

Renunciaste a todo por mí. Tu casta, tu propósito, toda tu identidad.

No voy a permitir que finjan que no existes. Mereces algo mejor que ser borrado.

La emoción que la inundó a través del vínculo casi la abrumó: gratitud, amor y un feroz instinto protector que le cortó la respiración. Él cruzó hasta la cama y se arrodilló ante ella, tomándole las manos entre las suyas, mucho más grandes.

—No tenías por qué hacer eso.

—Sí, tenía que hacerlo —le apretó los dedos—. Ya no eres un arma. Ya no eres una sombra que no deja rastro. Eres mi compañero, y el universo va a reconocerlo, quiera o no.

Él apoyó la frente contra sus manos unidas, y ella sintió que le temblaban los hombros. A través del vínculo percibió la magnitud de lo que sus palabras significaban para él: décadas de anonimato forzado, equilibradas de pronto con la promesa de que alguien lucharía por su derecho a existir.

Cuando por fin alzó la vista, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, las profundidades cristalinas reflejaban la suave iluminación de la ventana de observación.

—No perdí mi propósito —dijo en voz baja, ronca por la emoción—. Encontré uno nuevo. Uno mejor.

La mano de él se deslizó hasta su vientre con lentitud deliberada y se posó allí con un peso que parecía una pregunta que aún no estaba listo para formular en voz alta; la palma cálida a través de la fina tela de su camisa.

Ella le cubrió la mano con la suya, entrelazando los dedos sobre el lugar donde algún día podría crecer su futuro.

—Todavía no —dijo con suavidad, sosteniéndole la mirada para que pudiera ver la certeza en sus ojos—. Pero quizá pronto. Cuando llegue el momento.

La esperanza que brotó en él fue cegadora, brillante y pura, e inundó el vínculo entre ambos con tal luminosidad que a ella se le oprimió el pecho de alegría.

Acabaron enredados en la cama, sin hacer el amor, solo abrazados: la cabeza de ella sobre su pecho, los brazos de él rodeándola como si temiera que fuera a desaparecer. A través del vínculo, ella percibió su sosiego, una paz profunda y serena que parecía ajena a todo lo que sabía de su pasado.

—Recuerdo la primera vez que te vi —murmuró contra su piel—. Una sombra en un corredor de mantenimiento. Una amenaza que no conseguía identificar.

—Recuerdo que pensé que eras lo más peligroso que había encontrado en mi vida —su pecho vibró con una risa grave—. Y tenía razón. Me has destruido por completo.

—¿Eso es una queja?

—Es una celebración —le dio un beso en la coronilla—. Era un arma que pensaba que no merecía amor. Me demostraste que estaba equivocado de la forma más devastadora posible.

Sonrió contra su pecho mientras sus dedos encontraban una de las intrincadas marcas bioluminiscentes que le decoraban la piel y trazaban su patrón con deliberada lentitud.

La marca pulsó con más brillo bajo su tacto, la luz se intensificó en respuesta a su cercanía, sensible a ella de un modo que aún la llenaba de un asombro que no sabía nombrar.

—Eras mi misión —dijo en voz baja, repitiendo palabras que había pronunciado lo que parecía toda una vida atrás, cuando todo entre ellos era diferente—. El fantasma que no podía atrapar por mucho que lo intentara. La amenaza que no podía identificar ni categorizar.

—¿Y ahora? —su voz era grave, curiosa, esperanzada.

Se incorporó sobre un codo para besarlo, suave y dulce y sin prisa, volcando todo lo que sentía en la delicada presión de sus labios contra los de él. Bajo la palma de su mano, apoyada en su pecho, sintió el doble ritmo de sus corazones saltar y luego sincronizarse.

—Ahora eres mi razón —susurró contra su boca—. Para todo.

Los brazos de él se tensaron a su alrededor, y ella se dejó hundir en la seguridad que él le ofrecía. Tres años de muros. Tres años de aislamiento y desconfianza, de negarse a dejar que nadie se acercara lo suficiente para herirla.

Todo había valido la pena, porque la había llevado hasta allí. Hasta él.

Ella había sido una guardaespaldas que pensaba que no necesitaba protección. Él había sido un arma que pensaba que no merecía amor.

Ambos estaban equivocados.

Y ahora, envueltos en los brazos del otro mientras la estación zumbaba a su alrededor y las estrellas giraban más allá del ventanal, estaban exactamente donde debían estar.