Reclamada por mis papás bikers (Forbidden Reverse Harem Fantasies) 5. Cruz
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5. Cruz

CRUZ

Capto la forma de su boca desde el otro lado del salón, la pequeña y valiente curva de sus palabras.

Sí, voy a quedarme.

Sus palabras aterrizan en mi interior como una brasa resguardada entre dos palmas. Roman no se mueve.

Él nunca revela más de lo que permite un suspiro.

Deacon mira por encima del hombro de ella hacia la ventana, donde la nieve arrecia; su mente ya está calculando cómo se asentará la noche a nuestro alrededor.

Apoyo la mano en el respaldo de una silla para evitar hacer alguna tontería, como cruzar el espacio que nos separa y levantarla en vilo.

La tormenta presiona su rostro contra el cristal.

Los pinos lucen la escarcha como si fueran coronas.

En el interior, el refugio se asienta en ese momento tierno del día en el que los platos están calientes y las risas fluyen quedas. La cena no es elegante, pero es perfecta.

Pollo asado con su jugo y romero, zanahorias estofadas con piel de naranja, patatas crujientes hechas en la sartén de hierro fundido y saladas de tal forma que la piel canta cuando los dientes la rompen.

Ella ha traído un stollen que sabe a recuerdos empapados en ron y buenas decisiones.

No dejo de buscar excusas para pasar por detrás de su silla, para dejar otro plato, para rozar el respaldo con dos dedos como si la madera pudiera decirme en qué está pensando.

Isla se ancla al lado de Marisa como si todos hubiéramos estado de acuerdo con la disposición de los asientos sin decir una sola palabra.

Mi niña habla con las manos, con un bigote de migas brillante sobre el labio superior y los ojos resplandecientes cada vez que la miro. Tiene cinco años, pero parece que lleva aquí toda la eternidad.

Le pregunta a Marisa si los ángeles hornean y, de ser así, si usan vainilla de verdad o si en el cielo tienen algo mejor.

Marisa le dice que no hay nada mejor que la vainilla de verdad, lo que le vale un asentimiento solemne.

Deacon come despacio, catalogando las especias como si fueran elementos estructurales de una catedral.

Roman se sienta donde puede ver la sala y la puerta, un hábito del que no puede desprenderse, y observa sin parpadear cada vez que Marisa se ríe.

Los hombres de la granja vecina terminan sus platos, se dan palmaditas en la espalda y se dirigen a sus cabañas con el estómago lleno y los rostros rubicundos.

Un aspirante pregunta si debe sofocar el fuego o dejar que siga ardiendo.

Le digo que deje que siga.

La vieja estufa de la cocina chasquea a medida que se enfría.

Las lámparas parpadean una vez, satisfechas de sí mismas.

Vierto agua en un vaso y lo pongo al alcance del codo de Marisa.

Ella lo coge sin mirar, lo cual significa que confía en mí, o que me muevo como si fuera un mueble más.

Espero que sea lo primero.

Después de cenar, Isla se desliza de su silla y anuncia que es hora de las cartas.

Señala la mesa junto al fuego con el mando de una reina y añade una reverencia, como si recordara que solíamos llamar al refugio «Casa de la Defensa del Cupcake» cada vez que el invierno se ponía difícil.

—Cartas junto al fuego —dice ella—, y rondas de penalización.

Su idea de la justicia incluye nubes de azúcar y vergüenza pública. Me parece perfecto.

Los chicos sacan la caja abollada.

Alguien saca whisky de miel de un armario que debería estar cerrado bajo llave pero que nunca lo está. Inclino la botella, sirvo con moderación y busco la mirada de Marisa.

—¿Juegas? —le pregunto.

—Trabajo —responde ella, mirando hacia las bandejas como si pudieran dar un golpe de Estado en su ausencia.

—El trabajo puede esperar —le digo, y luego bajo la voz—: No jugaremos por nada que no puedas permitirte perder.

Su boca se curva, primero dubitativa y luego con seguridad.

Ocupa el asiento a mi lado.

Isla se sube a la silla al otro lado de Marisa, con ese tipo de ascenso que empieza con ambos pies y un gruñido decidido.

Roman se queda en su silla cerca del hogar, sin unirse al juego, pero sin marcharse. Deacon baraja como una máquina y reparte sin florituras.

Primero blackjack, algo sencillo y limpio.

Pido carta con dieciséis, lo cual es cuestión de fe o de estupidez, y saco un cinco. Deacon se retira con una mano decente porque dice que se niega a ganar por suerte.

La mesa se queja.

Marisa estudia sus dos cartas, se coloca un mechón de pelo tras la oreja y golpea el fieltro con la punta del dedo para plantarse.

Su mano es un veinte perfecto.

Cuando la voltea, el vítor que se alza es más fuerte de lo que la victoria amerita. No se trata de las cartas.

Se trata de cómo se le ensanchan los hombros cuando armamos jaleo por ella.

Isla se aburre de las reglas de los adultos después de dos rondas.

Declara que ahora jugaremos al póker navideño, que es un invento suyo y, por lo tanto, despiadado.

Apostamos con bastones de caramelo. Si te retiras en el momento equivocado, te bebes un chocolate caliente en un vaso de chupito e intentas mantener la cara seria. Si pierdes ante un farol, aceptas un desafío.

Los desafíos están escritos en papelitos que Isla ha doblado como si fueran galletas de la fortuna.

Van desde lo inofensivo hasta lo ridículo.

Mi primera pérdida es a propósito, porque un salón necesita reírse de un hombre que sabe cantar.

El desafío me ordena ejecutar la nota alta de Mariah Carey mientras me arrodillo ante el árbol.

Hago lo que puedo, que no es mucho, y los hombres aúllan. Marisa se ríe contra su palma, con los hombros estremecidos y los ojos apretados.

Perdería veinte manos solo por volver a oír ese sonido.

La boca de Roman se suaviza, la prueba más pequeña de que está escuchando incluso cuando no está jugando.

Deacon parece no tener debilidades en las cartas y, sin embargo, se ve obligado a beberse tres vasitos de chocolate con vodka y nubes porque no se cree la cara de farol de Isla.

Ella se lo toma como algo personal.

Él intenta explicarle algo sobre los gestos delatores y las probabilidades.

Ella le dice que elija un desafío.

El desafío le obliga a llevar el delantal de gallina de ganchillo durante dos manos. Se lo pone sin protestar.

La sala decide que tiene un aspecto distinguido.

Jugamos hasta que la economía de los bastones de caramelo colapsa.

La pila frente a Marisa crece y disminuye con ritmos que arruinarían a una persona menos paciente.

No se muestra insegura, simplemente está aprendiendo cuándo arriesgarse y cuándo volver a guardarse la alegría en el pecho para más tarde.

Estudio su rostro como quien estudia un mapa.

Cada vez que su sonrisa se vuelve cálida y perdura, mis costillas se relajan.

Cada vez que se desvanece, quiero volver a ponerla donde corresponde.

La tormenta exhala un largo suspiro sobre el tejado.

La puerta del gallinero se oye golpear mientras Cleopatra la pone a prueba y decide que es digna.

Un aspirante suelta un taco en voz baja junto a la puerta trasera, mientras se quita la nieve de las botas y luego deja fuera el frío con una tos de disculpa.

El refugio respira con nosotros, grande, viejo y compasivo.

La cabeza de Isla se ladea.

Se apoya contra el brazo de Marisa y parpadea como un gato ante una ventana soleada.

La habitación se suaviza en los bordes, como sucede cuando ya es casi hora de acostar a los más pequeños.

Me pongo en pie y le tiendo las manos.

Viene a mí sin quejarse, con su jersey demasiado grande balanceándose.

Los dedos de Marisa acarician el pelo de Isla al pasar.

Es un gesto cuidadoso. Hace que sienta el corazón demasiado grande para caber bajo la camisa.

Arriba, el pasillo está cálido y en penumbra.

Las mantas huelen a cedro e invierno.

Acomodo a Isla en la cama, le pongo la llama bajo el brazo y tarareo hasta que su respiración se asienta en ese ritmo suave y constante que tanto me gusta.

La lámpara parpadea.

Una vez. Dos veces. Se mantiene encendida.

La voz de Deacon llega a través de la radio de la cómoda, tan calmada como una línea de nivel. —Acaba de salir un aviso de lluvia engelante.

—De treinta a cuarenta minutos para que se forme el hielo.

—Grady está en el carril sur con la quitanieves.

—Mae tiene el generador encendido y dos camas extra preparadas. Tú decides.

Miro a mi niña, sonrosada y somnolienta, y luego a la ventana, donde la nieve empieza a brillar como el cristal.

Por esto es por lo que planeamos las cosas cuando hace buen tiempo.

Los Jackals mantienen un protocolo infantil cada invierno.

Si llega el hielo y prevemos que habrá que hacer rondas de control por la tormenta o despejar el tejado, los niños duermen en la granja de Mae y Grady en el valle.

Tienen el generador grande, la estufa de leña que nunca se apaga y un beagle que ronca como una lancha motora.

—Recibido —digo por la radio—. Trasladémosla ahora mientras la carretera aún es segura. Dile a Grady que espere en el porche.

Roman responde desde el piso de abajo, con voz baja y segura. —Revisaremos el perímetro y el tejado después del traslado. Deja que ella se instale.

Isla me mira, con los ojos brillantes. —Aventura nocturna —susurra, ya despierta de nuevo—. Como el invierno pasado.

—Aventura de despertador —la corrijo, arrodillándome junto a la cama—. Te quedas a dormir en casa de Mae y Grady. Tortitas por la mañana. Patrulla Beagle. ¿Te apuntas, guerrera?

Se incorpora tan solemne como un contrato. —Me apunto. ¿Todavía tienen ese sirope que sabe a árboles?

—Lo tienen.

Saco la pequeña bolsa de lona de su cómoda.

Vive allí de noviembre a marzo porque a las montañas no les importan las mejores intenciones. Pijamas con estrellas.

Calcetines de lana.

Cepillo de dientes con purpurina.

La linterna diminuta que ella llama su sable.

Cierro la bolsa y la ayudo a ponerse las botas.

Da un salto sobre la alfombra y luego se queda quieta para que pueda subirle la cremallera de la chaqueta.

Gorro torcido. Mitones sujetos. Lista.

Bajamos las escaleras. Las luces vuelven a parpadear y regresan.

La puerta principal se abre al frío, al aroma a pino y al barrido naranja de la quitanieves.

Grady espera en el porche con su gorro de lana, con las cadenas ya puestas en los neumáticos y una sonrisa blanca en la oscuridad.