Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 43 Vínculos
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Capítulo 43 Vínculos

El silencio en la mansión ya no es el vacío pesado que me asfixiaba el primer día.

Ahora, es una calma densa, casi tangible, que se asienta sobre los muebles reconstruidos y las paredes que dejaron de oler a pólvora hace días.

Camino descalza por el pasillo central. Mis pies no chocan con la madera; se deslizan.

Es extraño cómo una jaula puede empezar a sentirse como un hogar cuando los carceleros dejan de pedir permiso y empiezan a pedir espacio.

Entro en la biblioteca, donde la luz del atardecer tiñe de ámbar las estanterías de cristal.

Dante está allí, revisando los nuevos protocolos de seguridad, pero cuando me ve, detiene el movimiento de su pluma.

Sus ojos, siempre afilados, se suavizan esa fracción de segundo que solo yo puedo ver.

No dice nada. No tiene que hacerlo. Su tic de tomar decisiones sin consultar se ha transformado: ahora, cada decisión incluye mi nombre de forma tácita.

Se levanta y me entrega un sobre, un gesto seco, sin adornos, cargado de una intimidad que no necesita palabras.

Es el informe final de las cuentas. Aceptado. Por fin, nuestra red es inexpugnable.

—¿Por qué carajo estás contando las hojas, Cami? —me digo a mí misma en un susurro, soltando una risita nerviosa—. Relájate, ya no hay auditoría que temer.

En la cocina, Matteo examina un terminal portátil. Cuando entro, ni siquiera levanta la vista, pero sus dedos dejan de teclear a un ritmo frenético.

—Si sumas la eficiencia de los nuevos nodos, la probabilidad de infiltración externa cae un 14% adicional —dice, señalando la pantalla.

No es una declaración de afecto, pero es su forma de decir que mi trabajo lo ha hecho todo más seguro. Es un dato. Una cifra. Mi pulso se acelera ligeramente ante su proximidad. Él se inclina, acercando su hombro al mío, y por un momento, la tensión del mundo exterior se desvanece.

Luca aparece en el umbral. Sus manos están metidas en los bolsillos, pero detecto la tensión en su cuello.

No ha dicho ni una palabra desde que volvimos, pero cada vez que paso cerca, su cuerpo se orienta hacia mí como un imán.

Se acerca hasta quedar a centímetros, lo suficiente para que el olor a pino y metal me inunde.

Aprieta la mandíbula, ese tic que tanto conozco, y me rozar suavemente el brazo.

Un roce de dedos. Un segundo. No es una caricia, es un ancla.

Me está reclamando sin emitir sonido, marcando el terreno con una posesividad que, lejos de molestarme, me resulta extrañamente reconfortante.

¿Estoy realmente pensando esto? Camila, vuelve a la realidad, antes de que te vuelvas tan predecible como una hoja de cálculo.

Me deslizo hacia el jardín de invierno para buscar a Nico.

Es el único lugar donde la luz parece real.

Él está sentado en el suelo, rodeado de cables y pantallas apagadas.

Su sistema de vigilancia ha servido para salvarnos, pero ahora todo parece redundante.

Cuando me ve, sus ojos brillantes me escanean, buscando señales de duda.

—He borrado los logs, Cami —dice, su voz rompiendo el silencio—. Ya no hay necesidad de vigilar a nadie. El sistema ha cumplido su función.

Se pone de pie y se acerca. Sus rasgos, menos endurecidos que los de sus hermanos, denotan una paz que no le conocía.

Durante semanas, hemos hablado de una huida, de un dinero acumulado en cuentas inactivas, de una salida al mundo que los Rossetti nunca tocarían.

Pero hoy, el ambiente ha cambiado. La lealtad que antes era una imposición se ha convertido en una elección compartida.

—¿Te vas, entonces? —pregunto, sintiendo un vacío repentino en el estómago.

Nico se ríe, un sonido seco que corta la atmósfera.

Da un paso hacia mí y me toma de las manos, un gesto inusualmente directo que me obliga a mirarlo a los ojos.

La ética que siempre cuestionaba parece haber encontrado su lugar dentro de este imperio; ya no es una jaula, es un reino que ahora también es nuestro.

—¿A dónde iba a ir, Cami? —dice, con una seguridad que me desarma—. No me voy, Cami. Me quedo. Aquí.

La pregunta que siempre flotaba entre nosotros, la que me hacía despertar por las noches, acaba de evaporarse.

Ya no hay escape planeado, porque no queda nada de lo que escapar.

Estamos los cinco. Y por primera vez, el mañana no se siente como una condena, sino como una hoja en blanco que empezamos a escribir juntos, sin deudas, sin secretos, y sin más barreras que las que nosotros mismos decidamos poner.

Dante aparece tras él, apoyado en el marco de la puerta, observándonos.

No interviene. No ordena. Solo observa, con las manos cruzadas tras la espalda, aceptando que esta nueva realidad no le pertenece a él, sino al grupo.

Me giro hacia ellos, sintiendo el peso de los cuatro pares de ojos.

Ya no soy la contable que temía por su vida.

Soy Camila, y por primera vez en mi vida, estoy exactamente donde quiero estar.