Capítulo 44 El futuro
El silencio de la mansión ya no es el de una tumba, ni el de una jaula. Es, simplemente, el sonido de la calma después de la tormenta. Apoyo la taza de café contra mis labios. Negro, sin azúcar, dos hielos. La temperatura es perfecta, tal como Dante insiste en preparar cada mañana.
¿Por qué sigo sorprendiéndome? Hace semanas, habría dado mi alma por escapar de este despacho.
Ahora, el despacho se siente como el centro de mi universo.
Me miro en el reflejo del cristal negro que cubre la pared norte.
Mi cabello oscuro sigue cortado de forma impecable, mi ropa es funcional, pero ya no me siento una contable atrapada en un fraude ajeno. Soy parte de la estructura.
Matteo entra en la estancia, ajustándose las gafas. Observa los gráficos de flujo de caja que he estado auditando.
—La liquidez del sector sur ha mejorado un cuatro por ciento tras la reestructuración —dice, sin preámbulos. Sus dedos largos recorren el borde de la mesa, un gesto calculado que me recuerda que todo, incluso la lealtad, es auditable para él—. Tu análisis fue, una vez más, quirúrgico.
—No hago magia, Matteo. Solo sigo los números —respondo con un encogimiento de hombros, intentando ocultar la pequeña sonrisa que se me escapa. Es absurdo: me siento halagada por una auditoría financiera. ¿Qué ha sido de mi vida?
Él se acerca, invadiendo mi espacio vital con esa confianza que solo poseen los que ya no tienen nada que temer. Me roza el hombro, un contacto seco, sin promesas vacías, pero cargado de esa posesión que ahora entiendo como mi red de seguridad.
Luca aparece por la puerta doble. La cicatriz de su ceja apenas se nota bajo la luz de la mañana, pero la tensión en su mandíbula es constante, un tic que me hace preguntarme si alguna vez se relajará por completo.
Se coloca detrás de mí, sus manos apoyadas en el respaldo de mi silla, creando un muro físico contra el resto del mundo.
No dice nada. No necesita hacerlo. Su presencia es un ancla.
Nico, más relajado que nunca, se deja caer en un sillón de cuero. Ha dejado de vigilar las sombras. Ya no hay cámaras ocultas que gestionar, ni planes de huida escondidos bajo el suelo de la biblioteca.
—La ciudad está tranquila —dice Nico, lanzando una moneda al aire—. Por primera vez en años, no me siento como si estuviera esperando a que el techo se desplome.
—El techo sigue ahí —replico yo, lanzándole una mirada de suficiencia—. Solo que ahora nos pertenece a nosotros.
Él se ríe, un sonido genuino que rara vez se escuchaba cuando vivía con el miedo grabado en la piel.
Me doy cuenta de que todos hemos cambiado.
Ya no somos cinco individuos compitiendo por un territorio o una posición.
Somos un bloque. Un sistema cerrado del que yo, irónicamente, me he convertido en el engranaje central.
Dante entra al final, como siempre, cerrando la procesión.
Su mirada escanea la sala, confirmando que todos estamos aquí, que nada falta.
Sus ojos, afilados y fríos, se detienen en mí.
Camina hacia la mesa y deja sobre ella el sello familiar.
No es una orden. Es un recordatorio de dónde estoy y con quién.
—Los activos de los Vitti están liquidados —anuncia Dante, su voz bajando un tono, despojada de cualquier duda—. Hemos asegurado la plaza. No habrá más incursiones.
Siento el peso de sus palabras. La paz no es algo que nos hayan regalado; la hemos forjado a golpe de errores y decisiones drásticas.
Me pregunto qué pensaría la Camila de hace tres meses si me viera ahora, sentada al frente de una organización criminal, analizando riesgos con la misma naturalidad con la que antes preparaba mis impuestos.
Seguramente se reiría. O saldría corriendo.
Me pongo en pie, sintiendo el peso de las miradas de los cuatro sobre mí. Ya no es una sensación de amenaza, sino de pertenencia.
—¿Qué sigue? —pregunto, manteniendo mi tono neutro, aunque mi corazón late con una firmeza que me resulta nueva.
Dante me rodea, sus dedos rozan mi cintura antes de detenerse. No hay una invasión del espacio, sino un reconocimiento.
—Lo que sigue es construir —responde él, y en su mirada veo que no habla solo de números—. Ya no hay deudas que pagar, Camila. Solo hay un futuro que gestionar.
Me pregunto si esta paz será duradera. Me regaño a mí misma por el pensamiento cínico; las dudas ya no tienen sitio aquí. He dejado de ser una moneda de cambio para convertirme en la dueña del tablero.
Dante inclina la cabeza, acercándose lo suficiente para que pueda sentir el calor de su aliento contra mi sien. Sus ojos oscuros me atraviesan con una intensidad que, por un segundo, me hace olvidar la contabilidad, el imperio y la guerra pasada.
—No pienses tanto —murmura él, cortando mis cavilaciones con una frialdad que me reconforta—. Pronto comprendería que no hay nada más allá de estas paredes.
Dante me rodea con su presencia, firme y absoluto, y añade, con esa voz que no admite réplica ni discusión:
—Somos nosotros contra el mundo.