Capítulo 42 Reestructuración
El aire en el despacho ya no huele a pánico, sino a ceniza y a una calma eléctrica, peligrosa. La reconstrucción de la mansión ha empezado, pero el verdadero trabajo no es el de los albañiles que martillean en el ala este; es el nuestro.
Dante está sentado tras la mesa de cristal negro, su postura es una escultura de autoridad inmóvil.
A su lado, Matteo revisa una pantalla donde las cifras de los activos recuperados parpadean en verde.
Luca permanece a la puerta, los hombros tensos bajo su camisa negra, la mandíbula apretada como si estuviera conteniendo una explosión interna.
Nico, el más inquieto, juguetea con un encendedor, rompiendo el silencio con el *clac-clac* metálico de la tapa.
—La estructura de seguridad interna está obsoleta —digo, lanzando la tableta sobre la mesa frente a Dante—. Si queremos evitar que otro topo se cuele, necesitamos descentralizar los nodos de acceso.
Dante ni siquiera parpadea. Me observa, sus ojos recorriendo mi rostro con esa intensidad que siempre me hace sentir como si estuviera siendo diseccionada.
—Hazlo —suelta.
Es su estilo habitual: el hecho consumado. Pero esta vez es diferente. Ya no es una orden para una prisionera. Es una concesión de poder.
Matteo levanta la mirada de su pantalla. Sus gafas reflejan el brillo azulado de los datos.
—Es un 14% más eficiente si permites que el software de auditoría se vincule directamente con mi terminal principal —explica con esa voz técnica, despojada de cualquier emoción innecesaria, aunque sus ojos, al fijarse en los míos, revelan un orgullo que no necesita ser auditado—.
He calculado que con tu propuesta, el margen de error cae a casi cero.
—¿Casi cero? —pregunto, levantando una ceja—. Aceptaré ese margen si tú aceptas que la gestión de riesgos sea exclusiva mía, Matteo.
Matteo esboza una sonrisa rara, breve, como si estuviera procesando la lógica de mi desafío.
—Es una propuesta matemáticamente sólida —asiente.
¿Por qué carajo te estás divirtiendo, Camila?
—me pregunto a mí misma mientras escondo una sonrisa—.
Estás sentada entre cuatro criminales que te han robado la vida, y aquí estás, negociando el organigrama de su imperio como si fuera el presupuesto de una startup tecnológica.
Es el síndrome de Estocolmo con Excel, claramente.
Luca se mueve de la puerta. Se acerca a mí, invadiendo mi espacio vital con su aura de pino y metal, esa presencia que presiona contra mis pulmones.
Sus manos, cerradas en puños, se relajan apenas un centímetro cuando roza mi hombro.
No dice nada. No tiene por qué hacerlo. Su lealtad es un peso constante y silencioso que me ancla al suelo.
—¿Nadie tiene objeciones? —Nico interrumpe, el encendedor guardado en su bolsillo—. Porque si vamos a dejar que Camila reescriba el protocolo de seguridad, deberíamos dejar de actuar como si ella fuera una invitada. Es una de nosotros. ¿O todavía alguien piensa que esto es una dictadura?
El silencio se siente pesado, pero no es hostil. Es la aceptación tácita de una nueva jerarquía. Nico siempre ha sido el único con el valor de vocalizar lo que los otros tres entierran bajo sus tics.
—No es una invitación —dice Dante, levantándose. Se acerca a mí, su presencia eclipsando a sus hermanos—. Es una reestructuración.
Se detiene frente a mí, demasiado cerca, pero ya no retrocedo. Su anillo de sello familiar brilla bajo la luz artificial, un recordatorio de la cadena que me une a ellos, aunque ahora la cadena parece una joya elegida en lugar de un grillete.
—Camila Duarte es ahora la asesora estratégica de los Rossetti —declara Dante, mirando a sus hermanos—. Sus decisiones tienen mi misma validez legal.
Matteo asiente, Luca da un paso más, colocándose a mi flanco como un guardaespaldas, y Nico me regala una sonrisa cómplice. La tensión se disipa solo para dar paso a algo mucho más oscuro y permanente: la certeza de que mi lugar ya no está afuera.
—Me parece justo —digo, manteniendo la voz firme, aunque mi corazón late con una fuerza impropia de una contable—. Pero quiero el control absoluto del sector sur. Ahí es donde empezó todo.
Dante me mira durante un largo segundo. Puedo ver cómo su obsesión territorial se transforma, ajustándose a la nueva realidad. Él no quiere una prisionera; quiere una reina que no pueda huir porque ella misma es quien ha construido los muros.
—Es tuyo —responde él.
Dante se acerca a mi oído, su aliento frío contra mi piel.
—Eres la reina ahora, Camila. Y las reinas no escapan. Ellas reinan sobre el desastre que queda.
Pronto comprendería que el trono no era un asiento, sino una sentencia dictada por cinco personas que ya no sabían vivir, ni gobernar, sin el caos de los otros.